Epílogo #2
―Ah, Isobel te adorará. Tienes un espíritu similar al de ella.
No te asusta enfrentarte a un hombre cuya vanidad es descomunal y cuyo carácter es todavía más impredecible.
Lo dejaremos en tablas, querida, porque sospecho que, tal y como hace mi duquesa, no me dejarás salirme con la mía y no deseo pelear.
No exigiré más disculpas pero sí que me des las gracias por mi…
regalo tardío de bodas. Imagino que ha sido magistral y que tiene maravillado y sorprendido a tu esposo.
Ella comenzó a toser. De lo que su invitado hablaba era un libro del todo indecoroso que era muy explícito sobre posturas y asuntos placenteros entre hombre y mujer.
York sonrió todavía más complacido que antes.
―Ha sido muy instructivo, lo admito, y sin que sirva de precedente haré lo que me pides. Así que… te lo agradezco.
―No es tan difícil satisfacer a un duque. ¿Ves, querida? Solo se necesitan las indicaciones adecuadas.
Ella no sabía si se estaba refiriendo a cuestiones privadas entre ella y Phenton, o a lo referente a él mismo por haber logrado que le pidiese disculpas. Decidió dejar el asunto, porque York era travieso y acabaría haciendo que se pusiera colorada.
―¿Cómo está el conde de Ranfield? ―Decidió pasar a otros asuntos más seguros e importantes.
La pregunta quedó en el aire cuando Phenton ingresó en la estancia con su hija en brazos. Ambos habían estado llevando a cabo las clases de equitación de la pequeña.
―¡York!, qué agradable sorpresa. ―Miró a su amigo que sonreía y a su esposa que estaba seria―. ¿Has contrariado a mi duquesa?
―No seas absurdo, Phenton ―dijo el interpelado―. No es mi estilo molestar a las damas, menos a las mujeres que eligen mis amigos.
―Ese es precisamente tu estilo, como has dicho. ¿Todo bien, Margaret? ―le preguntó a su esposa.
―Perfectamente. Tu querido amigo y yo hemos limado asperezas.
―Te aconsejo que cuando York se porte mal, te quejes a su esposa.
Es lo más rápido e infalible para que él se rectifique.
―Lucien había aprendido eso a lo largo del tiempo.
Malcom solo atendía los deseos de Isobel y eran los únicos que ponía por encima de los suyos propios. Nadie más tenía ese poder sobre él.
York comenzó a reírse.
―¿Qué puedo decir? Es cierto y tú conoces ese secreto porque te hallas en la misma posición que yo.
No hay nada mejor que el amor para enmendar a un granuja.
Ahora sé un buen chico, deja a tu preciosa hija en el suelo para que su orgullosa mamá la tome en brazos y nos deje hablar de ciertas cosas que merecen atención, por favor.
―¿Quieres ir al despacho? ―Phenton le pasó a Calista a Margaret. Y la niña besó la mejilla de su madre en cuanto estuvo en sus brazos.
―No es imprescindible, estoy familiarizado con flores ―había varios jarrones sobre dos mesas auxiliares junto al sofá donde estaba sentado―, adornos con volantes y puntillas ―señaló los cojines que reposaban sobre varias sillas― y otros elementos femeninos, pues Isobel disfruta estando en su salita, y yo me veo esclavo de sus deseos, así que la acompaño allí mientras leemos o conversamos.
Si a tu duquesa no le molesta compartir su rincón, aquí estaremos bien.
―Por supuesto que os dejaré.
York y Phenton se quedaron solos en el lugar. Malcom se sentó de nuevo y Lucien hizo lo propio frente a él.
―¿Qué ha ocurrido, York? ―Debía ser algo importante para que lo visitase sin su esposa y tan pronto, dado que Malcom sabía perfectamente cuánto le beneficiaba la intimidad a una pareja, más cuando se redescubría después de tanto tiempo.
―Vengo a pedir consejo.
Phenton soltó una larga carcajada y al ver que su amigo sacaba su monóculo, lo colocaba en su ojo derecho y lo miraba con atención, decidió callarse.
―Disculpa, eres más propenso a ofrecerlo que a pedirlo, ya sabes, por todo eso sobre tu hermosura, elocuencia y… Lo que sea, la lista cada vez es más larga y solo recuerdo esas dos cualidades tuyas que dices constantemente.
―Se trata de Isobel.
Phenton se puso serio.
―¿Está bien?
―Está embarazada ―desveló lleno de solemnidad.
Llevaban años de matrimonio y los hijos no habían llegado. El duque había nombrado a su hermano heredero por tal motivo.
Phenton sonrió con sinceridad, la expresión le llegó a los ojos y York supo que se alegraba muchísimo por él.
―¡Pero eso es fantástico!
―Ya perdió a un niño hace unos meses. Nadie lo sabe, eres el primero con el que hablo de ello. Y ahora nos mostramos cautos en cuanto a alardear sobre la noticia, en especial ella. ―Fue justo la víspera de Navidad y resultó muy doloroso, mayormente para su esposa.
Phenton suspiró.
―Esta vez no tiene por qué ser como la anterior ―dijo con suavidad.
―Estoy sobrepasado con la situación, Lucien. Yo, un hombre que siempre sabe lo que debe hacer, que tiene un plan al alcance de la mano y que nada lo refrena… ¿Entiendes lo frustrante que resulta?
―¿Qué es lo que te preocupa, además de lo evidente? ―Eso era que ella perdiese al niño, Lucien lo suponía.
―Todo. No me atrevo ni tan siquiera a tocar a mi esposa, por miedo a que… ―No terminó la frase. Suspiró. Su amigo entendió a Malcom.
―Margaret también está encinta, comprendo cómo te sientes. Mi esposa afirma que no ocurrirá nada por hacer uso del matrimonio en su estado, lo ha consultado con el médico.
―No es solo la cuestión carnal. Mi hermano tendría que ser informado de las circunstancias y no me atrevo a hacerlo.
Me ha costado demasiado hacer que Liam entienda que como mi heredero debe casarse y hacerlo pronto.
Solo quedamos dos en la línea de sucesión.
Si se lo cuento podría echar por tierra todo lo que he conseguido avanzar con él.
―¿Has hablado de esto con Isobel? ―se interesó.
―Sí. Ella no quiere decir nada a nadie, teme que vuelva a repetirse lo anterior, o que nazca una niña y no vengan más niños.
Liam se enfadará si lo mantengo al margen.
Sabes bien que mi hermano es reacio al matrimonio.
No creo que tarde mucho en llegar a Inglaterra, ese viaje no lo retendrá demasiado y no sé si debo hablar o callar.
Phenton intuyó que a su amigo le preocupaba lo que Liam pudiese hacer en caso de enterarse de que no tenía sobre sus hombros la responsabilidad de engendrar al próximo duque de York. Y eso atañía a Regina, la hijastra de Isobel también.
―¿Cómo está Ranfield? ―preguntó Lucien a ese respecto.
Un par de golpes en la puerta frenaron la conversación. Lucien dio permiso para acceder a la estancia. Margaret apareció con una bandeja y un par de copas de whisky .
―Lamento la interrupción ―dijo Maggie.
―No es molestia, querida ―señaló York.
―He decidido traer algo más varonil para que os sintáis cómodos mientras hacéis uso de mis dominios.
Lucien se rio con ligereza. Tomó una copa y le pasó la otra a York.
―¿No has traído una para ti? ―le preguntó Malcom a la duquesa.
―No. Me gusta estar lúcida cuando todos a mi alrededor están ebrios. Eso me suele dar una ventaja muy interesante ―respondió con media sonrisa.
York levantó su copa, le sonrió a través del cristal y luego se la bebió de un trago. Fue una pequeña confidencia que ambos entendieron y que Lucien sospechó.
―Debo felicitarte por tu duquesa, querido Phenton. La hermana de Albemarle y yo seremos grandes amigos, estoy seguro. Ya la he perdonado por retorcerte el corazón, por sumirte en las tinieblas, dejarte solo, triste, roto, amargado y…
Margaret le dedicó una sonrisa también. Phenton gimió en alto.
―Eres el peor amigo de todos cuantos tengo, York ―lo interrumpió.
―No es verdad, el hermano de ella es tu némesis ―apostilló Malcom jocoso, luego miró a Margaret y le dijo―: lo dicho, un amigo terrible. ―Ella entendió a lo que él se refería y se rio con ligereza.
Lucien continuaba enfurruñado.
―¿Es preciso que la vincules con Albemarle a cada ocasión, York? Es mi duquesa. ¿Tan difícil sería referirte a mi esposa como parte de mí? ―refunfuñó Lucien.
―Lo siento, es divertido recordarte de quién es ella hermana.
Ahora os dejaré tranquilos y seguiré mi camino, mi esposa me necesita a su lado y quiero brindarle toda mi atención.
Ha sido gratificante comprobar que las cosas entre ambos van bien.
Os deseo la felicidad que se os debe. A su servicio, excelencia ―le dijo mientras le hacía una reverencia a Margaret.
―Confío en verte pronto, también a tu esposa ―habló Lucien.
―Las puertas de mi casa siempre están abiertas para mis amigos ―indicó con afabilidad el duque.
York se dio la vuelta dispuesto a marcharse. Lucien anduvo un par de pasos y lo frenó cogiéndolo del hombro. Malcom se giró para mirarlo.
―Avísame si necesitas lo que sea.
―Eres un buen amigo, Lucien. Lo haré, te lo prometo.
Unos segundos después Phenton y su esposa se quedaron a solas.
―¿Ha sucedido algo malo? ―inquirió Margaret. York, antes de marcharse, le pareció… ¿triste? No sabía si esa era la palabra, tal vez preocupado.
―No. York necesitaba hablar con alguien. Solo es eso. ―Phenton lamentó no haberle sido de más ayuda.
―De acuerdo. ―Ella no insistió en el asunto―. ¿Te gustaría dar un paseo por los jardines con tu esposa y tu hija?
―Nada me agradaría más, amor mío.
―Vayamos, Phenton. Disfrutemos de un día soleado, porque siento que soplan vientos favorables y quiero regocijarme en lo que al fin tenemos.
La pareja fue a la cocina a buscar a su hija, quien estaba comiéndose un bollito de canela, para salir a divertirse al aire libre. Todo comenzaba a estar en su lugar.
***
El señor Jacob Donaldson no tenía un buen día. Pararse a socorrer un carruaje cuya joven lo miraba con altivez desde su posición, le daba ganas de… de algo, pero no sabía el qué.
La dama, de cabello negro y ojos verdes, sostenía su sombrilla en alto y la había pescado un par de veces examinándolo.
Lo había tomado por un mozo o algo más bajo.
Comprendía que un hombre que viajaba a caballo después de tantas horas no podía ofrecer su mejor imagen.
Él lo sabía y no se había molestado en sacarla de su error.
Se dirigía a su casa en Escocia, donde podría terminar de lamerse las heridas y confiaba en reponerse de tantas malas noticias como había recibido.
Cuando vio a un vehículo varado porque una rueda se había salido de su eje… Entre el cochero de la joven, otro lacayo y él estaban obrando un milagro para poder asegurar que la dama y su doncella pudiesen continuar su camino.
―¿Va a tardar mucho? ―preguntó ella, mientras movía el pie para mostrar su impaciencia.
―Ya casi está, milady ―le señaló el cochero.
―Estará cuando esté. No querrá que seamos negligentes, no reparemos bien el carruaje y acabe usted muerta a causa de un accidente.
―No hace falta ser grosero ―lo amonestó.
―Tampoco es necesario mostrarse déspota con quienes la están ayudando. ―Jacob también sabía cómo poner a alguien en su lugar.
―No le he faltado al respeto, y usted ha aludido a mi muerte. Una gran desconsideración por su parte.
―Ya está. Arreglado ―dijo Donaldson cuando vio que todo se encontraba en su lugar.
Se incorporó y la miró con atención. Era bonita. Muy altiva, pero hermosa.
―Sigamos con nuestro camino. No quiero llegar más tarde de lo necesario ―apuntó ella a sus empleados.
El cochero se subió raudo al vehículo, el lacayo lo hizo en el pescante, su doncella dio un salto y se metió en el interior.
Él bufó. Estaba claro que la dama acostumbraba a que su palabra fuese la ley.
Le tendió la mano para ayudarla a subir y esperó a que ella le agradeciese su intervención.
Al ver que la muchacha ni lo miraba, decidió cobrarse el favor.
Le dio un tirón y acabó pegada sobre su torso.
Le gustó el pequeño gritito que dio ante la sorpresa.
Jacob le levantó el rostro colocando un dedo en su barbilla y luego bajó su boca para darle un beso.
Lo que comenzó siendo un escarmiento duró demasiado. Puesto que la muchacha le estaba devolviendo el beso. Su hombría estaba revolucionada y era momento de cortar la acción. Donaldson se separó de ella y la miró sonriente.
―No será necesario ningún otro agradecimiento. Considere cumplida su gratitud, milady .
La vio ponerse roja, llena de furia. Él la dejó atrás y comenzó a dar un par de pasos. La escuchó gritar algo ininteligible y no se giró para mirarla.
Un carruaje se aproximaba y fue entonces cuando Jacob se giró. Vio a un hombre elegantemente vestido con una chaqueta de seda oscura, con puntillas en las mangas, asomarse por la ventana.
―¿Necesitan ayuda? ―preguntó Malcom, quien había salido de casa de su amigo Phenton hacía unos pocos minutos rumbo a York Park.
Jacob observó a la muchacha meterse en el carruaje sin responder. Mujer consentida…
―Está todo bien, puede seguir su camino ―le dijo Jacob alzando la voz.
―Muy bien. ―York dio un golpe en el techo y su cochero prosiguió la marcha.
Mientras, Jacob se subió a su corcel y se quedó mirando cómo el carruaje de la dama altiva se marchaba. ¿Por qué las jóvenes nobles tenían que ser tan desagradables con los que no consideraban de su misma posición?
Sacudió la cabeza. Poco debería importarle la bella, pero desagradecida hija de un hombre rico y posiblemente con título.
Jacob ya había tenido suficiente desengaño con la hija de un duque. Aura Atenea lo había dejado vacío de confianza y lleno de resentimiento. Se prometió que no cometería el mismo error una segunda vez.
Fin.