Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

No. No. No. No. Ella no podía hacerle eso…

No podía revelarle esa información. No en esos momentos.

No podía haberse casado con otro. Si el bastardo no estaba muerto, él mismo lo asesinaría.

¡Ella era suya! ¿De qué servía el dolor vivido?

¿La dicha de confesarse a sí mismo que la amaba y que no podía mantenerse lejos de la única mujer a la que adoraba?

El odio lo encendió al darse cuenta de que Margaret había hecho lo que él fue incapaz de llevar a cabo: olvidarla y dejarla atrás. Casarse.

La ira lo consumió.

Hasta que…

―¿Cuántos años tiene tu hija, Margaret? ―Algo le decía que tenía que investigar sobre esa cuestión. Albemarle se había visto complacido con esa información cuando se la tiró a la cara… El rompecabezas cada vez estaba más disperso y no lograba darle la forma adecuada.

―Este año cumplirá cinco.

―Dilo ―la azuzó.

―¿Qué deseas saber?

―Tu tranquilidad me irrita, Margaret.

―No lograré nada con alterar mis nervios. Tú ya estás lo suficientemente furioso por los dos.

―¿Quién es el padre de tu hija? Dilo. ―Regresó a la cuestión principal.

―Creí que ya lo sabías.

―¡Dilo! ―repitió por tercera vez, gritando con ansiedad. Ella no se inmutó. Estaba preparada para lo peor.

―Tú ―le dijo con la voz gruesa, sin miedo, con seguridad.

Comenzó a negar con la cabeza. Su hija. Una niña…

Y ella se había casado… No regresó para informarle.

Ni una misiva para pedir su ayuda. Tener una hija fuera del matrimonio era peor que caer enferma de peste.

No. La orgullosa hermana de Albemarle era como su némesis.

Había preferido buscar socorro en otro lado, en otros brazos. Lo había privado de su hija.

―¿Has podido hacerlo con una bastarda a cuestas? ¿Te casaste para protegerte? ¿Cómo lo hiciste? ¡Habla de una vez, mujer ―la urgió.

Margaret tragó saliva. Calista era solo la punta del iceberg. Solo uno de los dos secretos que tenía que confesarle. No podía seguir escondiéndose, era hora de hablar y no reservarse nada.

―Mi hija no es ninguna bastarda. Su padre no la engendró fuera del matrimonio ―señaló con la cabeza bien alta.

Phenton repasó la frase hasta cinco veces en su cabeza. No la entendía. Ella acababa de decirle que la niña era suya… que se había casado, y que la pequeña no era ilegítima. ¿Qué clase de nuevo embuste era ese?

―Tengo ganas de retorcer tu bonito cuello, Margaret.

O comienzas a hablar de una maldita vez de lo que debo saber o me iré sin mirar atrás y no lo haré solo, porque si ella es mía, me la llevaré.

Sería lo justo, quitártela, pues tú no tuviste remordimiento cuando la ocultaste de mí ―le espetó entre el dolor, la rabia y la desesperación.

Ella tomó una bocanada de aire y se preparó para desvelar el último misterio de sus palabras.

―Soy Margaret Adelaida Maldith, duquesa de Phenton.

Mi hija es lady Calista Adelaida Maldith, primogénita del duque de Phenton.

Tu hija legítima. Juré que no sería de otro y no lo he sido.

¿Puedes decir tú lo mismo? ¿Cuántas mujeres has llevado a tu cama, esposo, para que borrasen mi recuerdo?

―Le pareció oportuno recordar ese asunto en ese momento.

Él siseó algo ininteligible. Se colocó frente a ella. Unos pocos centímetros los separaban. Margaret no le temía, así que se negó a recular.

―Si me encamé con cuantas se me insinuaron, fue solo porque me dejaste atrás.

¿Casados? No. York me contó muy bien cómo intentó persuadirte de que accedieses la primera vez que creí que moriría y pedí un hombre de Dios para llevar a cabo nuestra boda.

Ni una sola vez me retiré de tu interior para alcanzar el placer de la liberación.

No podía morir y dejarte sin nada en caso de que estuvieses embarazada.

Tú no consentiste en ser mi esposa cuando tuviste la oportunidad, porque una vez más decidiste que yo no era digno de ti.

Comienzo a cuestionar si en verdad la niña que estaba en tus brazos es hija mía.

―Ella mentía. Pero lo peor es que no se veía como alguien que estuviese faltando a la verdad y eso lo incomodaba.

―¿No te has preguntado nunca por qué no volviste a ver la dispensa especial que pretendías usar cuando me secuestraste después de regresar de Francia? Estamos casados porque un vicario ebrio así lo estimó oportuno ―se reafirmó.

―No. York me dijo que… ―volvió a insistir en ese punto en concreto.

―York y Banstorn bebieron mucho más que el señor Hopkins ―lo interrumpió―.

Tu amigo me dijo que el motivo de la borrachera era para hacer que el hombre de Dios consintiese en casar a un hombre que no podía moverse ni hablar, y que parecía estar más muerto que vivo.

Lo que tus disolutas amistades no llegaron a presenciar, fue cómo mi madre arribó aquella noche para interesarse por tu salud, y para hacer razonar a su única hija sobre la gran locura que era residir en casa de un hombre soltero sin que el matrimonio se hubiera oficiado.

Le conté a mi madre cuánto te amaba y cómo te necesitaba y le juré que no me separaría de ti.

Así que ella le echó una jarra de agua fría a Hopkins y logró que el enlace se oficiase.

Tengo el acta matrimonial a buen resguardo entre mis pertenencias para demostrar que no miento.

La condesa viuda de Albemarle fue testigo, Marian, mi doncella, fue otra.

Tú, entre la vigilia de tu sufrimiento, pediste varias veces que me casase contigo y no tuve corazón para negarte lo que confiaba que no fuese tu última voluntad.

El vicario te escuchó y no dudó en ser partícipe de lo que finalmente ocurrió: la boda del duque de Phenton con la hermana del conde de Albemarle.

―No puede ser verdad… ―La cabeza le iba a explotar.

―¿Crees que mi madre dejaría que su única hija estuviera en casa de un hombre soltero y perdiese su reputación sin armar un escándalo?

Cuando me envió mis pertenencias a tu residencia, fue porque ella sabía que yo era una mujer casada.

Cuando me apoyó para que tuviese a la niña y no fue a pedirte explicaciones, fue porque sabía que Calista, tu hija, estaba protegida por tu título y por tu apellido.

Cuando mi hermano se enteró de que alumbraría a una criatura, mi madre tuvo que desvelarle la verdad para que no te retase a duelo.

¿De verdad crees que mi familia se hubiese quedado de brazos cruzados sabiendo que me habías arruinado?

Phenton sentía que sus fuerzas flaqueaban con las revelaciones. ¡Casados!

―¡Huiste de mí! Me apartaste de mi hija, me dices que llevo casado años contigo… ¿Qué te proponías, Margaret? ¿Qué hubiera pasado si yo me hubiese casado con otra mujer? ¡No entiendes lo que has hecho! ―repitió de nuevo.

―Mi madre me informaba de tus movimientos y yo estaba convencida de que tú no eras capaz de casarte.

―¡Me dejaste atrás y me pusiste espías! ―le reprochó con un nuevo grito.

―Era joven, cobarde y no confiaba en ti.

Te vi aquella noche y no pensé en que fueses un espía tratando de averiguar quién quería verte muerto.

Solo descubrí al hombre, por el que lo dejé todo, desnudo ante un gran público, para después adentrarse en una habitación con un harén.

Sé que estás dolido y que me odias. Eso fue justo lo que yo sentí en aquel momento.

Quise confiar en ti, te juro que lo intenté.

Cuando aquella mujer, amiga tuya, me dijo que si quería averiguar la verdad sobre ti debía ir esa noche a casa de York…

―¿Quién? ¿Quién dijo que fueras? ¿De quién hablas? ―Su furia tuvo que ser aplacada con esa revelación.

―La que me besó en Vauxhall. Ella me avisó de que ibas a traicionarme, sembró la duda, te vi y me largué.

Me duele lo que te he hecho. Sí, claro que sí.

Me siento estúpida por no haberte pedido explicaciones.

Me siento terriblemente culpable por haberte ocultado a Calista, por no haberte dicho que era tu esposa.

Pero tú tampoco estás libre de culpa. Tuviste que haberme hablado de tu otra vida, tuviste que haberte quedado aquella mañana en la cama conmigo.

¡Estuve días cuidándote y me desperté sin ti!

Me dejaste con una mujer que me odiaba y que logró separarnos porque tú no me dijiste la verdad en ningún momento.

Me mantuviste en la oscuridad y eso nos perjudicó a ambos.

―No confiaste en mí… Margaret, ¡por Lucifer!, lo que ocultaste es… ―No encontró la palabra para calificar la situación.

―¿Cómo iba a confiar en un hombre que se prometió conmigo, que desapareció diez largos meses y que regresó para secuestrarme porque alguien tenía que ser su duquesa?

Tenía apenas veinte años, era una joven inmadura, sí, debí quedarme y pedirte explicaciones como estoy haciendo ahora, lo comprendo al fin.

No. No lo hice. ¿Por qué? Porque no concebía el hecho de que un hombre como tú, que podía tener a cualquier mujer, me hubiese elegido a mí.

¿Qué tenía yo de especial más allá de ser la hermana del hombre al que odias?

Lo vi claro. La situación estaba ante mis ojos, tal y como aquella mujer, con la que te vi transitar de tu brazo por Hyde Park tras tu regreso de Francia, me dijo.

―No puede ser Sheyla… No puede ser que estemos así por su causa. No… ―musitó más para él que para ella.

―¡No me miraste! Me subiste a un carruaje sin atender mis deseos, sin cortejarme, sin conquistarme. Fue fácil creerla, Phenton, porque tu reputación era espantosa.

Él la tomó por el brazo para que parase de hablar y lo atendiese. La duquesa de Phenton se quedó en silencio ante el gesto tan colérico.

―¿Fue Sheyla la que te dijo que tenías que estar en casa de York aquella noche, el último día en el que te vi?

―Eso te estoy diciendo.

―¡Por El Maligno, Margaret! Debiste confesarlo mucho antes. Porque es ella la que sabe quién trata de matarnos a todos y sospecho que está implicada.

―¿Disculpa?