Capítulo 17
La verdad siempre duele
Margaret se giró para ver si su guardián seguía cerca. El señor Lumière era peor que una sombra. Le incomodaba que siempre estuviese al acecho, pero lo agradecía.
Desde que la condesa de Ranfield se marchase con su hijo antes de Navidad, y de modo intempestivo y sin despedirse, la vigilancia del hombre de confianza de Phenton sobre ella se había intensificado.
El conde le pidió explicaciones a Lumière por haber consentido que Regina se fugase de su casa.
El interpelado razonó que él estaba al servicio del duque de Phenton, y que por lo tanto la culpa no recaía sobre él.
Margaret no sabía exactamente lo que sucedía entre Regina y su esposo, pero sí sospechaba que los problemas eran más graves de lo que supuso en un primer momento.
No solo era falta de entendimiento o amor.
¿Qué mujer se marcharía sin equipaje, con su hijo en brazos, cuando el duque de York llegó a su casa? Regina estaba desesperada.
Su madre, Calista y el señor Lumière habían estado en aquel momento en el pueblo comprando y disfrutando de una merienda, por lo que fue la señora Pars quien las puso en antecedentes sobre el asunto en cuanto llegaron.
Maggie no se sorprendió, dado que la condesa había manifestado en más de una ocasión su deseo de escapar de su jaula.
Solo el tiempo decidiría sobre esa pareja en particular.
Su madre, Calista y Margaret estaban en la parte frontal de Ranfield Manor, entreteniéndose con las flores.
Tenían permiso de Regina para trabajar en el jardín e iban ataviadas para hacer esa actividad.
La condesa viuda de Albemarle había insistido en que Calista tenía que aprender a cultivar sus propias flores para cuando fuese la señora de una casa similar a esa en la que residían.
―Así no es, querida niña ―le decía Vivian a Calista, mientras le pasaba un lirio y procedía a mostrarle cómo debía cortarlo.
―Ahoa yo, ahuela ―le dijo la pequeña, cuando terminó la abuela de llevar a cabo la acción.
―Es muy pequeña para sostener las tijeras de podar, madre ―señaló Margaret.
―Tonterías, tú a su edad ya sabías cortar las rosas y no terminaste con ningún dedo amputado.
―¡Mam! ―Calista alzó los brazos para que su madre la cogiese, a fin de poder cortar un tallo que la condesa viuda sostenía para la niña.
La aupó y la abuela le pasó las tijeras, por lo que Calista procedió a llevar a cabo la operación. Cuando el lirio estuvo en las manos de la niña, comenzó a reírse, contenta por su hazaña.
Margaret le dio un sonoro beso.
Un carruaje apareció ante la vista de las tres mujeres. El señor Lumière se colocó ante ellas rápidamente.
―¿Quién será? ―inquirió la duquesa viuda. Su vista no era lo que una vez fue y no identificaba el blasón que había pintado en el vehículo.
―Problemas, madre. Son problemas.
―¿Por qué lo serían? ―La orgullosa abuela no entendía nada.
―El duque de Phenton acaba de llegar a Ranfield Manor ―señaló con satisfacción el señor Lumière.
―¡Oh! ―exclamó su madre, sin saber qué más decir.
―Son buenas noticias ―tomó de nuevo la palabra Lumière.
―¿Usted cree? ―Margaret lo dudaba.
―Por supuesto. Si él está aquí, eso indica que el peligro ha pasado, y usted y Calista están a salvo.
Ella suspiró. Lo que él acababa de decir tenía sentido y pese a ello no se sentía pletórica ni tranquila.
La hora de la verdad estaba avanzando a paso ligero hacia ella.
Margaret lo había visto bajar del vehículo, fijar su mirada en ella y comenzar a caminar en su dirección, pronto lo tuvo enfrente.
Phenton la había tenido durante todo el proceso subyugada, presa bajo su escrutinio.
―Llévate a Calista dentro, madre. No será una conversación agradable. ―La postura de él así se lo indicaba, pues lo estaba viendo serio y sus andares habían sido furiosos…
La condesa viuda hizo lo que ella le pidió. Se marchó por detrás, seguida de Lumière de cerca.
Lucien no se lo podía creer. Sí existía una niña.
Una que había visto en brazos de Margaret desde el camino lejano de la entrada.
Y la había tenido delante durante unos breves instantes.
La pequeña, que era tal y como le había dicho Albemarle ―con el pelo del color de la mantequilla, y unos ojos claros, que se apreciaban más azules que los de su madre―, lo había mirado con curiosidad antes de que la abuela la tomase en brazos.
Había observado con expectación a Margaret darle un beso y un abrazo a la pequeña y sintió que su corazón se quebraba de nuevo. Margaret… su Margaret con una niña… La rabia lo invadía. ¡Ella tenía una hija!
―Te has recuperado ―le dijo con tirantez.
―Tenía motivos para seguir aferrándome a la vida.
―Ya lo he visto. ―La traición le dolía como si fuese un hierro al rojo vivo apoyado sobre su carne.
―¿Ha terminado todo? ―Maggie sabía que él estaba a la defensiva. La miraba de un modo que no era capaz de calificar. No lograba averiguar cómo debía comportarse, así que optó por ser cautelosa.
―No. Solo he venido a averiguar una cosa que no creí que fuese posible.
―Si te refieres a…
―¿A tu hija? ―la interrumpió.
―Sí. Es mi rayo de luz. No la cambiaría por nada en el mundo.
―¿Disfrutaste?
Margaret frunció el ceño, no solo porque no entendió la pregunta, sino por la furia con la que fue espetada.
―No sé qué debo contestar a eso, dado que no entiendo lo que pretendes averiguar.
―Te pregunto si gozaste cuando fornicaste con su padre.
Seguía sin entender lo señalado, de todos modos, decidió contestar:
―Sí.
―Tantas promesas que me hiciste, tanto amor declarado y ahora me encuentro con esto… ¿Cuántos fueron, Margaret? ¿Cuántos pasaron por tu cama después de que huyeses de mi lado siendo yo inocente de traición?
El duque trataba de controlar su temperamento. No lograba hacerlo. A duras penas se contenía para no gritar y acusarla de todo el dolor que le había causado a lo largo de los años. Si ella se hubiese quedado, si le hubiese preguntado por lo sucedido en casa de York aquella espantosa noche…
Margaret había estado con otro y los celos lo consumían.
Todo sería diferente si él supiera que ella solo había tratado de encontrar placer, de disfrutar de la lujuria sin comprometer su alma y su corazón, como había hecho él.
No. La conocía bien, si ella se había encamado con alguien, era solo porque había estado enamorada.
En la mente de Phenton había un hombre sin rostro que la hacía reír, que le hacía el amor con devoción.
Un varón al que ella le cantaba su adoración.
La podría perdonar si hubieran pasado por su lecho hombres a los que solo les entregase su cuerpo. Saberla enamorada de otro… Era la muerte en vida para él.
Margaret levantó su nariz para darse un aire de superioridad que tal vez no debía adoptar, pero que fue imposible evitar.
―Te juré que no sería de otro y no lo he sido ―se defendió del ataque.
Él apretó los dientes.
―Tienes una hija ―hubo de recordarle. ¿Por qué le mentía?
―La tengo.
Verla tan tranquila mientras él se devanaba los sesos componiendo el rompecabezas que tenía frente a sus narices… ¿Quién era el otro? ¿Quién era el hombre que le había dado una niña? Seguro que lo había amado, que había luchado por ese hombre sin rostro, por su amor.
Diferente se comportó con él. A Lucien lo apartó a un lado en cuanto surgió el primer problema. Lo dejó lejos. Como si no valiese nada. El pecho le dolía una barbaridad.
―¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¿¡De lo que me has hecho!? ―Alzó la voz más de lo que pretendió.
―Hubiese vuelto si hubiese podido, pero decidí… ―No supo cómo continuar.
―Ser cobarde y cruel ―le espetó con ira.
―Eso no es cierto.
―¿No? ―cuestionó mordaz―. Me arrancaste las ilusiones, pateaste mi corazón sin remordimientos.
―Eres un hombre, uno duro además. Dudo que te haya hecho semejantes acusaciones.
―¿Por qué? ¿Porque únicamente las damas tienen derecho a tener sentimientos tiernos? ¡Te maldigo, Margaret Adelaida Cross! Te maldigo por haber logrado que me enamorase de ti y luego defraudarme de un modo tan repugnante.
Las palabras contenían más dolor que odio y ella sintió que su interior se hundía.
Era el momento de enfrentarse a toda la ira y rabia que él le arrojaría reconociendo su error y sus pecados.
Estaban uno frente al otro, solos en medio del jardín.
Las nubes comenzaban a tapar el sol. Un estado del clima muy adecuado para lo que allí sucedía.
―Te equivocas, Phenton ―alegó con seguridad.
―No. Sé exactamente lo que me hiciste y cómo me sentí.
Me arruinaste para todas las demás. Soy un hombre seguro de sí mismo, que se conoce bien y que dejó atrás la juventud hace años y no me avergüenza reconocer lo que acabo de admitir ante ti.
Lograste tu cometido. No he podido ser feliz con ninguna otra.
Ni la lujuria me recompuso ante tu abandono.
Si regresaste a Londres para disfrutar de tu triunfo, puedes irte sintiéndote más que satisfecha.
La coraza que construí cuando me abandonaste se mantiene dura y así será.
Ella levantó la cabeza y se preparó para lo peor.
―Cuando afirmo que te equivocas, no lo digo en el sentido en el que crees. La identidad que evocas para referirte a mí es la que debía usar siendo soltera, por lo tanto, ya no es la que has señalado. No soy Margaret Adelaida Cross desde hace años.
Phenton sintió que la desesperación lo comenzaba a envolver con sus frías garras. Se tambaleó brevemente, al comprender lo que ella trataba de señalarle.
―¿Te has casado? ―La pregunta fue agria.
―Sí ―afirmó con un golpe seco de voz.