Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

―Más te vale que no sufra ningún daño y ella misma me lo haga saber cuando la vea.

Cosa que espero que sea pronto. No pienso dejar de buscarla, te lo advierto.

Puede que la consideres tuya, pero antes fue, y siempre será ―puntualizó sin un ápice de dudas―, mi hermana pequeña.

La defenderé con mi vida si es preciso. Es mi familia.

Phenton asintió, dando conformidad a lo dicho por su némesis. Acababan de alcanzar una especie de tregua.

―Tienes mi palabra de que, al igual que la tuya, mi vida servirá de escudo para ella.

Albemarle suspiró. No le quedaba otra que confiar en lo dicho por Lucien Maldith.

―No te he mentido. Margaret es madre y si la niña no está con ella, has cometido un error que jamás te perdonará.

Se marchó de inmediato sin dar más explicaciones. Phenton buscó la silla más cercana. Un sudor frío le recorrió la frente. Su enemigo le acababa de revelar algo que… Y lo había visto tan seguro que no sabía si poner en duda lo dicho.

―¿Albemarle preguntando de nuevo por su hermanita? Siempre te traerá problemas, sé bien que detestas que te lo diga, pero te hubiese ido mejor sin ella cerca. ―Sheyla Malone acababa de ingresar en su despacho. Se había cruzado en la entrada con un conde enfurecido.

Fenix estaba al lado de la mujer y lo miraba con una disculpa por no ser capaz de frenar a los intrusos o anunciarlos debidamente. Una vez más, Lucien lo despachó y se quedó con la recién llegada.

―Es mucho más que eso, me temo.

―¿Ha averiguado que le dispararon por la espalda a tu dama? ―preguntó al verlo tan pálido.

Las discusiones entre Phenton y Albemarle estaban a la orden del día, pero no recordaba haberlo visto nunca tan… ¿asustado? Sheyla dejó su tono mordaz lleno de humor y se acercó al duque. Le colocó una mano en el hombro.

―Dice que ella tiene una hija.

―¿Qué? ¿Quién? ¿Qué hija? ―Sheyla se había perdido algo importante y no lograba darle forma a lo que Lucien le decía.

―Margaret. Albemarle me ha asegurado que su hermana es madre.

―¿Puede ser verdad? ―Tal vez fuese un truco, pensó Sheyla.

―No lo sé, pero tengo que averiguarlo sin demora. Si ella tiene una hija… ―Se calló. Implicaba que Margaret había sido de otro hombre. No podía soportar tener ese pensamiento.

―¿Vas a ir a buscarla?

―De inmediato. ―Phenton se levantó, y sin despedirse de Sheyla puso rumbo a la casa que Ranfield tenía en Londres.

Tardó poco en presentarse ante Lawrence Trent.

No había visto al conde desde antes de las fiestas navideñas.

Lo dejó en la estacada cuando recibió una carta de una tal señora Pars, una niñera o empleada o lo que fuese, en la que le indicaba que su esposa Regina y su hijo habían dejado Ranfield Manor en compañía de York.

Ranfield se había marchado de inmediato en busca de su esposa y no había sabido más de él…

Hasta ese momento, en el que se encontraba en la habitación del hombre del que York decía que no era confiable.

Y no era el único que aseguraba eso. Sheyla todavía hablaba de lo poco que se fiaba de Ranfield.

Por algún extraño motivo, Lucien sí creía que el conde no era quien había disparado a Margaret o quien trataba de asesinarlo.

Lo había investigado y nada los unía, aparte del hecho de que York estuviese casado con la madrastra de su condesa.

No tenía motivos para querer verlo enterrado.

Phenton se acercó a la cama donde había un gran bulto, tiró de las sábanas y pronto aparecieron tres cuerpos desnudos. Ranfield estaba acostado entre dos preciosidades rubias.

―¿Ella tiene una hija? ―preguntó con ansiedad.

Lawrence abrió los ojos y al reconocer al intruso, dejó la pequeña pistola que había cogido, escondida tras una de las almohadas.

―¿Qué demonios haces? ―El conde estaba cansado, tenía mucho sueño y acusaba una noche de lo más… lujuriosa.

―Haz que tus… amigas nos dejen.

Las dos mujeres continuaban extendidas sobre la cama sin inmutarse ante la interrupción.

Ranfield lo miró con seriedad.

―Nadie me dice lo que debo hacer en mi casa.

―Hazlo o yo mismo las cargaré y las colocaré fuera de aquí.

―¿Y qué harás con la que tiene Donaldson a su espalda?

Phenton se giró para seguir la mirada del conde y divisó un gran sofá donde Jacob Donaldson figuraba tendido con los ojos abiertos examinándolos. Tras su cuerpo había una mujer que seguramente estaba dormida.

―¿Por qué sospecho que me encuentro ante dos hombres despechados que se han vengado de alguna afrenta importante?

― Reconocía esa situación porque él mismo había estado en esos zapatos tiempo atrás.

Deseaba indicarles que era imposible sustituir a quien el corazón ya había elegido. No lo hizo. No era su guerra.

―Yo no estoy atado a nadie ―dijo Jacob―. Es más, mi prometida, la mujer a la que amaba y por quien habría dado mi vida gustoso, está casada con un amigo tuyo, el vizconde Portman ―le espetó con resentimiento.

―Ah, lo lamento ―dijo Phenton. Sabía que su amigo Thomas Foster había encontrado el amor, pero no tenía la menor idea de que la dama fuese conocida, exprometida en ese caso, del señor Donaldson.

―Sí, bueno ―siguió Jacob―. En pocos meses lo he perdido todo, a mi madre ―quien resultó ser alguien a quien él no conocía en verdad―, al amor de mi vida, me he enterado de que mi primo, a quien le salvé la vida en Francia, creyó que yo era un villano.

Así que encontrar un poco de consuelo con una mujer bien dispuesta es lo menos que merezco.

Phenton se dio la vuelta y miró a Ranfield. El conde estaba de pie, cubriendo su desnudez con una bata y se disponía a despertar a sus dos compañeras de cama para despacharlas.

―¿Cuál es tu problema? ―se interesó Lucien.

―Mi esposa, la que supe que no me amaba tanto como decía, considera que está mejor lejos de mí ―dijo como si fuese lo más normal del mundo―, y me he cansado de serle fiel a alguien que me echa de su cama.

Un hombre debe tener… diversión, más si su trabajo es la muerte.

―No tenía caso sentir vergüenza por lo que había hecho estando casado.

Entre otras cosas, porque él estaba convencido de que Regina no era inocente.

Ranfield había ido a buscar a Regina a casa de York en cuanto la señora Pars le escribió para decirle que no podía asegurar el bienestar de su esposa y su hijo si dejaban el hogar.

El conde había ido hasta York Park para recuperarla.

No. Regina le anunció su intención de vivir separada de él por tiempo indefinido.

Era una cuestión breve que el odioso Liam Banstorn encontrase el momento y le hiciese cometer adulterio ―si no lo había logrado ya―, así que él consideró que era mejor ofrecerle el mismo trato que Regina, más pronto que tarde, le dispensaría, si no lo había hecho todavía, por supuesto.

―Parecéis un par de plañideras llorando el día de un entierro ―apuntó Lucien.

―No lo creo ―tomó la palabra Jacob, quien también estaba de pie, colocándose sus pantalones y despidiendo a la mujer que lo había ayudado con sus penas.

―La verdad es que coincido con Jacob, Phenton. La noche ha sido maravillosa. Hacía mucho tiempo que una mujer, dos en este caso, no me hacían sentir tan… bienvenido.

―Lo mismo digo, amigo mío ―dijo Donaldson.

Los dos comenzaron a reírse. La cosa no fue premeditada. Se cruzaron con un trío de damas muy divertidas en un club de caballeros. Apostaron con ellas que si perdían tenían que… Y perdieron ante los dos.

Ranfield se pidió a las dos rubias y Donaldson tenía más que suficiente con una.

Así que el reparto de las féminas fue justo.

Lo que habían compartido ambos esa noche los hacía mucho más que amigos.

Eran hermanos de penurias. Jacob sabía que Ranfield estaba sufriendo por el abandono de su esposa, pero él no se quedaba atrás.

Su familia al completo, incluida su madre, le había fallado y eso era algo difícil de superar.

Las mujeres se marcharon y los caballeros se quedaron a solas en la habitación de Lawrence. Era momento de averiguar lo que Lucien había ido a buscar.

―Margaret está bajo tu protección. Te llevaste a la madre como te pedí. ¿Había alguien más?

Ranfield no habló, buscó la mirada de Jacob. Phenton se dio cuenta y se giró para mirar a Donaldson también.

―¿Qué debo responder a eso? ―interpeló el conde tras su espalda.

―¿Tú lo sabías? ―Lucien le preguntó a Jacob. El duque comenzaba a verlo todo… oscuro. Ya tenía su respuesta.

―Sí ―afirmó con rotundidad Jacob.

―Una niña… una hija… y no me lo dijiste. ¡Ninguno de los dos me informó de ello! ―exclamó con un grito furioso.

―La dama deseaba contártelo ―se excusó Donaldson.

―Y lo hará. Vaya que si lo hará. ―Sonó a amenaza.

―No puedes ir a buscarla ―habló Ranfield―. Las pondrás en peligro.

―Llevamos meses detrás de susurros, de rumores que no conducen a ninguna parte.

Mucho tiempo en el que me habéis mantenido en la oscuridad sobre un hecho importante.

Separado de ella… No voy a terminar como vosotros dos.

No seré una plañidera que llora porque la mujer a la que ama lo ha desterrado. No.

―No tienes alternativa ―dijo Jacob, con los dientes apretados por el insulto recibido.

―Me iré de Londres. Los Estados Unidos de América son una buena opción para desaparecer. No me arriesgaré a perder una vez más lo que me pertenece. Estoy cansado de pelear, de no saber lo que me depara el futuro. Margaret es mi destino.

―Las cosas son más complicadas de lo que crees, Phenton. Eres un maldito duque. Los de tu especie no dejan su legado, su título, para desaparecer. Eso sin contar con que Gerson te perseguirá allá donde vayas ―le aseguró Donaldson.

El duque ya no los escuchaba, estaba saliendo por la puerta para poner rumbo a la casa campestre de Ranfield. Tenía que hablar con Margaret.

No podía acabar como uno de esos dos hombres tristes y maltrechos como lo eran Ranfield y Donaldson, aunque Lucien no estaba seguro de ser uno de ellos ya.