Capítulo 16 #3
Los dos se miraron con fijación. Phenton no se atrevió a decir las primeras palabras. No sabía qué habría traído ahí al que fuese el teniente manco Ryan Cross. Le dio una indicación a Fenix para que se marchase y los dejase a ambos solos. Comprendía que su sirviente no hubiera podido frenarlo.
―¿Dónde las tienes? ―preguntó el conde.
―Tus visitas son siempre desagradables y nunca son bien recibidas. ¿Por qué no te las ahorras?
No era la primera vez que Albemarle irrumpía así en su despacho. Hacía semanas, cuando Margaret desapareció de la faz de la Tierra porque Phenton así lo tramó, su hermano ya había ido a pedirle explicaciones.
Los dos, como era habitual, se enredaron en un cruce de acusaciones que no llegó a las manos por puro milagro. Phenton no había titubeado cuando lo acusó de querer asesinarlo, y Albemarle no tartamudeó cuando reconoció que le agradaba la idea de verlo muerto.
―Esto ha llegado demasiado lejos, Phenton. No es solo mi hermana. Mi madre no goza de buena salud y necesita estar en Londres, cerca de los médicos. Si las has secuestrado o todo esto es algún tipo de venganza por lo que mi hermana te ha hecho…
―¿Huir porque creyó que yo le había sido desleal cuando no hice tal cosa? No seas absurdo. ―Ah, comenzaba a entender el gusto de York por esa frase en particular. Lo hacía sentir superior cuando la decía.
Albemarle frunció el ceño. No sabía bien lo que Phenton había averiguado o no sobre la escapada de Margaret años atrás.
Lo veía demasiado tranquilo como para manejar toda la información al respecto.
Pero si él sabía el paradero de su hermana, tenía que estar al corriente sobre Calista, ¿no?
La otra vez que lo había visitado no se planteó que Phenton pudiese desconocer la existencia de su propia hija… ¿Podría ser?
―¿Qué es lo que sabes sobre los motivos de mi hermana para abandonarte, Phenton?
Uno y otro estaban de pie, con una distancia prudencial para separarlos. Se miraban con rabia. Nunca se llevarían bien.
―Creí que fuiste tú quien la envenenaste sobre mí, pero no.
Ella me acusó de cosas de las que no fui culpable.
Fue gratificante verle la cara que compuso cuando descubrió mi inocencia.
―No se atrevió a decirle que una vez más la había poseído.
Albemarle no entendería mientras viviese que Margaret era suya, y Lucien no tenía ganas de seguir haciéndoselo comprender.
―Dime dónde están ―le ordenó tiránico.
Le tocó el turno de fruncir el ceño al duque.
―¿Recuerdas las ocasiones en las que yo te pedí que desvelases el paradero de ella y tú te negaste?
―No fueron pocas las veces que Phenton se tragó su orgullo y pidió su ayuda.
Albemarle no le tendió la mano ni una sola vez.
Así que Lucien no tenía remordimiento alguno por haberla escondido y no decirle dónde estaba.
―Mi hermana no deseaba que dieses con ella. Respeté sus deseos.
―Eres un mentiroso de la peor clase. Disfrutaste cuando supiste que ella me abandonaba ―le reprochó.
―Yo no la forcé a huir. De eso te ocupaste tú solito. Primero trataste de quitarme a mi esposa, luego probaste con mi hermana. Margaret fue muy inteligente cuando huyó de su verdugo.
Lucien mostró una sonrisa juguetona.
―Pero ahora eres tú quien implora por mi ayuda. Has sido un espía y no logras dar con ella, tal y como me sucedió a mí. Es frustrante, ¿verdad?
―Ciertamente creí que cuando descubrieses la verdad… Creí que mi hermana lograría desprenderse de ti en cuanto supieses… su secreto. Eres orgulloso y…
―¿Qué estás diciendo?
Albemarle le sonrió. ¿Y si Phenton no estaba al corriente de lo que él había dado por supuesto que conocía?
―Te intercambiaré mi información por la tuya. Sales ganando, te lo garantizo. ―Estaba casi seguro de que no sabía nada sobre Calista.
―No. Puedo preguntarle a tu hermana lo que desee conocer.
Al fin la confirmación de lo que Ryan había sospechado durante tanto tiempo desde la desaparición de ellas.
―Así que las tienes tú. Eres un bastardo, la primera vez lo negaste. Te conozco bien y sabía que tú estarías detrás de su desaparición. Son mi familia y me mentiste a la cara. Debería retarte a duelo solo por haberme tenido en vilo tanto tiempo. Dime dónde están las tres.
―¿A quién más se supone que tengo en mi poder? Son dos, no tres ―puntualizó.
―No lo sabes… ―Albemarle le sonrió todavía más.
―¿Qué se supone que tengo que saber? ―refunfuñó.
―¿No te lo ha explicado mi hermana?
―¿El qué? ―Se estaba cansando de juego.
―No lo acabo de entender… Aseguras que sabes dónde está mi hermana… y no has negado nada sobre mi madre. Ellas son tres, no dos. ¿Cómo es que no lo sabes? ―Parecía que Ryan estuviese hablando consigo mismo.
Phenton no seguía su explicación.
―¿Qué tres?
Albemarle ya supo con certeza que él no tenía toda la información a su alcance y se vanaglorió con ello.
―¿Seguro que quieres saberlo? ―preguntó jocoso.
―Digas lo que digas, afirmes lo que afirmes, ya te dije en su momento, años atrás, que Margaret era mía. Eso no va a cambiar jamás ―afirmó con seguridad.
―¿No? ―lo pinchó todavía un poco más Albemarle.
―Mía. ¿Quieres que te lo repita en algún idioma que no sea el del rey, para que lo entiendas mejor? ―preguntó con severidad.
―Ella tiene una hija ―soltó la bomba sin más dilación.
A Lucien se le abrieron las aletas de la nariz para inhalar. Apretó los puños.
―¡Mientes! ―le gritó con furia.
Albemarle se sintió pletórico.
―Si no sabes eso, tú no tienes a mi hermana y a mi madre. Ibas de farol y al final te he atrapado. Y aunque me alegro de que no estén bajo tu yugo, tengo miedo por su paradero. Debo hablar con…
―Yo sé dónde se encuentran ―lo interrumpió―. Están sanas y salvas. Tu hermana no es madre. No inventes cosas, Albemarle. Hablas de la reputación de una dama y eso es caer muy bajo, incluso para ti.
Ryan lo seguía mirando con fijación.
―Que tú, que la corrompiste, te atrevas a darme lecciones…
―Vete, esto no nos lleva a ningún lado y no deseo asesinar al hermano de una mujer que me pertenece. Ya sabes… Ella no me lo perdonaría… con facilidad ―dijo con una sonrisa.
El conde se enervó. A darse golpes sin tocarse podían jugar los dos.
―Una niña preciosa. Tiene el color de pelo de su madre.
Y no solo eso. Sus ojos son más azules que los de Maggie.
Mi hermana no se separaría de su hija. ¿Estás seguro de que tus informaciones son correctas, Phenton?
Son tres ―repitió―, no dos como tú aseguras.
Mi madre estará con ella, sí, pero su hija también.
―¿Crees que no sabría si ella contase con más compañía que la de vuestra madre?
Estás haciendo el ridículo. Deja de tratar de importunarme ―le pidió con cansancio―.
Tengo cosas importantes que necesitan mi atención.
Hasta que no las resuelva no podré estar con la mujer que amo, a la que hice mía años atrás y que me pertenece.
―Deseaba que el hermano de ella diese el primer puñetazo para atizarle como deseaba.
No lo acusarían más que de ser el instigador.
―Debería matarte por lo que acabas de decir.
―¡Como si no lo hubieses sabido antes! ―ironizó.
―Solo porque nos enfrentamos juntos al duque de Balzack, solo porque mi esposa me pide que no te rete, es por lo único por lo que sigues vivo.
―Disfrutaste al verme atado en aquella mazmorra cuando te presentaste del brazo de aquella traidora, y escuchaste cómo el matón de Balzack hablaba sobre el placer que le daría violarme.
―El episodio al que Phenton acababa de aludir correspondía a una de las misiones en la que los dos habían participado años atrás, cuando Olivia todavía no era lady Albemarle.
Lucien recordaba bien lo sucedido en aquel lugar frío donde le pegaron sin descanso, donde lo azotaron y trataron de quebrar su espíritu y su cuerpo.
Los dos acabaron con el duque de Balzack, quien era el cabecilla de los traidores más peligrosos que trabajaban contra la Corona.
―Te equivocas, Phenton, no deseaba que nada malo te sucediese.
―¡Claro! ―exclamó con suma ironía.
―Trataste de robarme a mi esposa.
―¡Olivia no significaba nada para mí después de saber lo que podía tener con Margaret!
¿No lo entiendes? Nunca fue tu esposa. Llegué hasta Olivia, hasta ti, solo para encontrar a la mujer con la que sería feliz.
¿Por qué es tan difícil que lo entiendas, si tú mismo has estado en mi posición?
Tu esposa te hacía a un lado y tú tuviste que luchar por ella.
Es eso lo que trato de hacer. ¡La amo, maldita sea!
―gritó cansado de contener sus emociones―.
Tu hermana podría ser la culpable de la destrucción de la Tierra, de la aniquilación de la especie humana, y todavía yo la veneraría.
Eso es el amor, la maldición que tengo con Margaret.
La tengo escondida, sí. Pero no porque quiera tu tormento.
Es por su bien. Ella está con su madre y tienes mi palabra de que están perfectamente y a salvo.
No dejaré que nadie la dañe y esto es lo que debo hacer para frenar a quien me quiere muerto.
Nadie le causará mal a tu hermana. Quieren matarme, quitarme lo que más deseo y por eso ella debe estar escondida.
Deja el pasado a un lado, Albemarle. Nunca nos llevaremos bien, lo he reconocido, pero tu hermana va a ser mi esposa y cuanto antes lo aceptes y dejes de mentir para separarnos, mejor para todos.
Albemarle no cambió su gesto o posición. Phenton nunca sería bueno para Margaret, pero respetaría lo que su hermana decidiera.
―Confiaré en tu palabra por el momento.
―Y yo humildemente te lo agradeceré.