Capítulo 16 #2
―Siento abrumarte con mi situación, pero no puedo hablar libremente de lo que sucede con nadie. Si lo hiciera con Isobel, York lo retaría a duelo, si se lo contase a Evangeline, mi hermana me llevaría con ella. Llevo mucho tiempo en silencio y…
―Te entiendo perfectamente. Es poco habitual que sin conocernos íntimamente estemos conversando sobre asuntos tan privados, pero yo también necesito sincerarme sobre… sobre todo.
Las dos se sonrieron.
―Mi esposo espera que lo traicione en cualquier momento y resulta frustrante no hacerle entender que nuestro matrimonio está en ruinas solo porque él no confía en mí.
―Phenton pronto se enterará de la magnitud de mi traición.
Es cuestión de tiempo que sepa sobre Calista y cuando llegue ese momento no sé cómo reaccionará.
Regresé a Londres decidida a contarle toda la verdad sobre nuestra relación.
No he podido hacerlo y creo que, aunque me considero fuerte, estoy llena de cobardía.
Me marché de su lado porque, equivocadamente, lo condené por un acto de traición que no provocó.
Lo he descubierto hace poco, así que todas las cosas que hice creyendo que me protegía de un hombre malvado y cruel…
Creo que soy yo la que deberá pedir perdón y no sé si él me lo concederá.
―No niego que tu situación es grave. Yo cada día pienso en huir de aquí con mi hijo.
No lo hago porque sé que él me encontrará incluso en el fin del mundo.
Lo juró, ¿sabes? Me dijo que yo había sentenciado mi futuro cuando lo perseguí, y eso fue lo que hice.
Una y otra vez lo busqué, y lo busqué porque lo amaba y deseaba.
Me aseguró que él no era bueno para mí. Yo le prometí que seríamos felices y…
―Esto comienza a parecer una competición entre las dos. No sé cuál hizo las cosas peor.
Regina se rio con ligereza.
―Se hacen las mayores locuras por amor. Considero que ambas somos un claro ejemplo.
―Lo amo ―susurró Maggie, como si acabase de desvelar un secreto mayúsculo.
―Jamás podré traicionar a Ranfield.
―¿Qué quieres decir? ―No entendía lo que Regina acababa de asegurar.
―Cuando me casé prometí ser suya y es lo que haré.
―Yo también me siento atada a Phenton y no podré alejarme jamás.
―¿Crees que se puede amar a dos hombres? ―preguntó con delicadeza Regina.
―En mi caso… no. Solo está Phenton. No veo más allá de él. De sus abrazos, de sus besos. Incluso cuando lo acuñé como un canalla sin alma, no conseguía olvidarlo. ¿Por qué esa pregunta? ¿Tu corazón está dividido? ―se atrevió a cuestionar.
―Mi esposo me acusa de anhelar a otro hombre en secreto.
―¿Y es así? ―La pregunta salió sin que pudiese detenerla.
Deseaba decirle a su nueva amiga que su esposo era un héroe.
La salvó de morir desangrada en medio de un jardín oscuro.
Se ocupó de su traslado y seguridad. De la de su madre y de su hija.
La opinión que Regina poseía de su esposo, no era la que Margaret tenía.
Aunque entre las parejas las cosas siempre se veían de forma diferente.
Su hermano Ryan aseguraba que Phenton era el demonio, y ella ya no estaba tan segura de eso.
―No me lo había planteado antes de que Lawrence lo mencionase.
El hombre al que mi esposo se refiere es alguien que nunca gozó de mi simpatía.
Lo detesté en el mismo momento en el que lo conocí y su opinión sobre él no mejoró con el paso del tiempo.
Y sin embargo, cuando pienso en todo lo que ese otro caballero que no es mi esposo hizo por mí, al adivinar que yo le he interesado de un modo que jamás preví…
¡Todo esto es culpa de Ranfield! ―exclamó con enfado Regina―.
Quise a uno creyendo que era el adecuado, desprecié al otro afirmando que era lo peor…
Ya no estoy tan segura de mi razonamiento inicial, aunque sí entiendo que soy una mujer casada y no debería darle vueltas.
Es Ranfield quien me hace preguntarme si cometí un error y eso es terrible…
―Suelen decir que la culpa es de las mujeres, pero no.
Son ellos. En mi caso fue su silencio sobre un asunto delicado el que me inspiró a comportarme como lo hice.
No digo que yo sea inocente, por descontado que no lo soy, pero si la sinceridad fuese un tesoro que todos quisiésemos compartir, el mundo sería un lugar menos complejo.
Regina suspiró otra vez más y se tapó los ojos con desesperación.
―Mi esposo es el culpable de que piense en otro.
Si él no fuese tan… No sé ni cómo calificarlo.
Solo hay discusión entre ambos. No me permite visitar a mi familia por Navidad.
Deseo ver a mi hermana, a Isobel, a mi hermano.
Esa niñera usa a mi hijo como escudo, de modo que no me enfrento a ella por temor a enzarzarme en una disputa que acabe con Kyle en el suelo.
Si pudiera me marcharía de inmediato. Estoy tan cansada de no encontrar un poco de paz, de consuelo.
Eres la primera persona a la que le hablo de mis miserias.
No es correcto hacerlo, lo sé, pero si no confesaba la situación creo que hubiese acabado volviéndome loca.
―Tal vez la cuestión sea más fácil que todo lo que dices. Aunque debo avisarte de que no soy la más indicada para dar consejos. Yo también me he sincerado contigo y te he puesto al corriente de mi sufrimiento.
―¿Qué sugieres? ―se interesó Regina.
―¿Amas a tu marido? ―La pregunta salió en un susurro.
Regina se tomó unos segundos para valorar la cuestión.
―No lo sé ―musitó, descorazonada―. Únicamente entiendo que necesito salir de esta cárcel de oro en la que él me permite vivir con mi hijo. Me siento sola, terriblemente sola.
Una lágrima escapó de su ojo derecho. Maggie se dio cuenta de que su nueva amiga se la limpió con delicadeza. Margaret le tomó la otra mano. Ese sencillo gesto logró que ambas se infundiesen ánimos la una a la otra.
Regina necesitaba alejarse de su esposo, mientras que Maggie deseaba desesperadamente todo lo contrario.
***
Callejones sin salida. Recopilaban información pero sin ser concluyente.
Las semanas pasaban y nada se solucionaba.
La Navidad había quedado atrás. Fueron las fiestas más horribles jamás vividas.
Phenton se estaba volviendo loco. Estaba cansado de interpretar un papel, de no poder hablar con libertad de lo que le sucedía incluso con sus amigos más cercanos.
No podía arriesgarse a que alguien se fuese de la lengua sin querer.
Había tenido que volver a ser un granuja de la peor calaña para tratar de averiguar quién se ocultaba tras la máscara de Gerson.
Un nombre sin apellido, sin más información que las muertes que dejaba a su paso.
Lord Liam Banstorn lo había acompañado a las fiestas más indecentes que se celebraban en Londres, al menos lo había hecho hasta que se marchó de viaje fuera de Londres para hacer un tour por Europa.
Algo relacionado con una mujer que lo tenía desesperado.
Si le hubiesen dicho a Lucien que tanto York como su hermano acabarían de rodillas por un par de mujeres…
Se hubiera reído en la cara de quien hubiese hecho tal afirmación.
Y no debía hacerlo, dado que su situación no era mucho mejor que la de sus dos amigos.
Lo que juró que no volvería a hacer, tuvo que ser emprendido para tratar de terminar con la pesadilla. Orgías, visitas a burdeles, reuniones en los lugares donde Gerson pudiese querer estar. No tocó a ni una mujer, fue un espectador ansioso que la veía a ella dibujada tras las máscaras. Margaret.
Sentado en su despacho, mientras revisaba por enésima vez la documentación que le había enviado Sheyla sobre localizaciones, nombres y hazañas cometidas por el villano, se dio cuenta de que estaba en un embrollo del que difícilmente podría salir.
La echaba de menos. Necesitaba estar con ella, verla, terminar de aclarar las cosas y empezar de una vez por todas de nuevo.
No. Una vez más tuvo que mostrarse como un duque que iba en busca de esposa, que disfrutaba de las fechorías que alimentaban la lujuria y la depravación.
Todo con el fin de protegerla. De protegerlos a los dos.
Phenton deseaba ser feliz con una mujer.
Margaret era la única en la que pensaba cuando se acostaba, a quien recordaba cuando las primeras luces de un nuevo día lo despertaban.
Por las noches ella lo atormentaba con su recuerdo.
Tanto, que en más de una ocasión se había visto obligado a darse placer de madrugada mientras su nombre era pronunciado entre sus labios para calmarse.
No debía ponerse en contacto con ella. Ni escribirle.
Lumière tenía órdenes de avisarlo solo si fuese imprescindible.
Únicamente confiaba en que su mayordomo la cuidase.
Comenzaba a sospechar de Ranfield, de Donaldson, de Sheyla…
Estaba tan desesperado que en alguna ocasión había mirado mal al propio Banstorn.
¿Y si fuese Liam el maldito? Todos. Sospechaba de todo el mundo.
¿Y si el villano fuese alguien cercano a su círculo?
Y luego recordaba a quienes habían estado a su lado desde prácticamente el principio y se daba cuenta de que el enemigo no habría conseguido engañarlo.
No a él. A un duque que era excelente en su trabajo como espía.
Gerson tenía que ser alguien de fuera de su círculo.
Escuchó un alboroto en la entrada de su casa y se puso de pie para salir a investigar el problema, no sin antes guardar los papeles que estudiaba a diario sobre Gerson.
No anduvo más que unos pasos hacia la puerta del despacho cuando lord Albemarle la abrió con violencia. El hermano de Margaret estaba hecho un basilisco.