Capítulo 16
Un refugio para guarecerse
Los días se sucedían sin que hubiese demasiados cambios en la rutina de Margaret.
Se sentía tremendamente mayor. Las fiestas navideñas estaban a la vuelta de la esquina.
Un año más estaría sobre sus espaldas. Cercana a los veintiséis, se daba cuenta de que desde que conoció al duque Canalla su vida había sido un camino lleno de baches.
Calista era lo único bueno que sacó de todo aquello.
Estaba en Ranfield Manor, el hogar de un hombre al que no había visto nunca antes, en compañía de la condesa de Ranfield, llamada Regina, junto con Calista y su madre, la condesa viuda de Albemarle.
Varios días después del disparo se había despertado.
Dos rostros conocidos, el de su madre y el de su hija, fueron lo primero que vio al abrir los ojos.
Se acordó de todo. Alguien había tratado de asesinarla.
La condesa viuda de Albemarle fue la elegida para explicarle que saldrían de Londres entre sombras para cobijarse en un lugar donde nadie las buscaría. Ese fue el hogar de los Ranfield.
No entendía todo lo que estaba aconteciendo, pero después de que Phenton le confesase la clase de vida que llevaba…
Espías. El señor Lumière estaba allí para protegerlas a todas.
Le explicó que el duque no podía quedarse a su lado, pero que se reuniría con ellas en cuanto dejase atrás el peligro.
Margaret le pidió que no le desvelase la existencia de su hija, pues tal y como le dijo a Donaldson, era su deber hablar sobre lo acontecido con respecto a Calista.
Estaba tranquila sabiendo que Phenton había estado a su lado cuando la curaron, que había dejado a François Lumière para cuidarlas. ¿Sería una especie de tregua? No podía olvidar lo duro que él se mostró cuando descubrió el motivo por el que se marchó a Escocia.
Phenton era inocente de todos los cargos que ella le había imputado.
Se sentía miserable por cómo habían acontecido las cosas desde aquella fatídica noche cuando lo sorprendió en esa fiesta en casa de York que lo cambió todo.
No estaba libre de culpa. La juventud y su inexperiencia, los deseos de lograr un cuento de hadas, la hicieron actuar del modo en el que lo hizo.
En esos momentos, en los que era una mujer segura de sí misma, y pese a tener la conciencia turbia por lo que le hizo a Phenton al ocultarle a Calista, ella actuaría de otro modo.
Él era el hombre al que eligió amar, sabiendo que jamás habría otro.
Incluso después de mostrarse duro con ella, de asegurar que habían terminado, cuando se enteró de que estaba herida fue de inmediato a su lado.
Lamentaba haber despertado y no verlo junto a ella.
Deseaba explicarle y aclararle tantas cosas…
¿Había esperanza en medio de la compleja situación que tenían encima?
Cuando Phenton terminase sus asuntos con el hombre que lo deseaba muerto y que había atentado contra su vida, ¿llegaría para abrazarla y besarla? ¿Para prometerle amor eterno? ¿O arribaría demandando…?
Había cosas que no estaban destinadas a suceder. ¿Y si ambos eran uno de esos imposibles?
Un golpe de viento frío hizo que su bonete se moviese de la cabeza. Margaret colocó una mano para asegurar que no saliese volando. Su compañera hizo lo mismo.
―El día se presenta complicado ―observó lady Ranfield, quien caminaba a su lado por los jardines de su propiedad.
―Y helado. Aunque la temperatura supongo que es la típica para las fechas que se aproximan. Siempre me ha gustado que nevase en Navidad.
―Las Navidades en mi casa eran muy agradables ―señaló Regina Trent, actual condesa de Ranfield.
―También lo eran en la mía. Supongo que es lo que se tiene cuando uno nace en el seno de un hogar feliz.
Margaret había congeniado de inmediato con la esposa del hombre que se ofreció a esconderlas, a su madre, a su hija y a ella en su hogar. Aunque era unos años más joven que ella, se veía que Regina era una mujer práctica, con inteligencia y un temperamento… peculiar. Ella le agradaba.
―No lo es así en mi caso. No del todo. Mi madre murió y mi padre se casó con nuestra institutriz, para unos días después salir de viaje y nunca regresar con vida.
―Lo siento mucho ―atinó a decir Margaret.
―Las cosas suceden por un motivo. Mi madre sufría demasiado debido a su enfermedad, al fin pudo descansar.
Isobel, así se llama mi madrastra, aunque siempre la llamo madre porque es lo que siento, fue una bendición, es maravillosa.
Hay quienes consideran que no es más que una oportunista.
En Londres he escuchado hablar a algunos mal de ella.
Isobel no tiene la culpa de haber escalado socialmente, dado que jamás lo pretendió.
―Mis padres tuvieron amistades de ese tipo. Gente que consideraba que quien no había nacido en la parte alta de la sociedad no debía optar a un título.
―¡Exacto! Isobel sufrió mucho. En el campo nada le afectaba, pero cuando fue el momento de llevarnos a la ciudad para la temporada… Ahí todo se complicó. Los cuchicheos eran malintencionados y la cuestión empeoró cuando el duque de York la tomó por esposa.
―¿York es el esposo de tu madras… madre? ―se rectificó en la última palabra. La conexión que hizo su mente con lo que Regina le contaba, casi hizo que su cabeza explotase.
Regina se sonrió.
―¿Habrá alguien en el mundo que no conozca a York? ―se preguntó con humor.
―Es que… bueno… él es… ―Margaret se dio cuenta de que se había metido en un problema importante. No sabía cómo continuar la frase sin ofender a nadie.
Lady Ranfield se apiadó de su incomodidad.
―Su reputación es escandalosa y dudo que alguna vez deje de serlo. Mi madre es feliz a su lado, he visto y comprobado que están enamorados. Nada más me importa.
―York es el mejor amigo del padre de mi hija…
―Conozco a Phenton. ―Maggie se dio cuenta de que Ranfield seguramente había puesto en antecedentes a su esposa.
―¿Por qué todo tiene que ser tan complicado? ―se quejó Margaret―. Solo deseaba encontrar a un hombre bueno, enamorarme y casarme, o casarme y enamorarme. Lo que he conseguido es tener un lío que…
―Mi esposo me dijo que estás en peligro y que por eso tenías que ocultarte en un lugar en el que nadie te encontrase. ―Lawrence no había querido darle esa información hasta que ella le dijo que se marcharía si no le explicaba lo que sucedía.
―Sí. Eso resume bien la situación. ―Ninguna de las dos había tenido hasta el momento una conversación tan íntima.
―No hay nada sencillo en esta vida. Yo deseo ir estas Navidades a York Park para reunirme con mi hermana y mi madre y mi esposo no me…
―Se quedó callada y suspiró. No eran tan amigas ni confidentes como para compartir información sensible.
Regina no sabía si confiar en la mujer que estaba a su lado.
―Me enamoré de un canalla. Tengo una hija de la que él no sabe ni que existe.
Soy la menos indicada para juzgar cualquier tipo de unión o convivencia.
―Margaret se había dado cuenta de que la condesa no era demasiado feliz en su matrimonio.
Ranfield le aseguró que guardaría su secreto respecto a su hija si Phenton le preguntaba algo, del mismo modo le pidió que no le hablase a su condesa sobre tiroteos, pistolas y demás cuestiones que pudieran inquietarla.
El conde no deseaba que su esposa supiera que él estaba inmerso en una misión para ayudar a Phenton a descubrir quién estaba detrás de los intentos de asesinato del duque y de Margaret.
Ambos intercambiaron promesas sobre no hablar de más.
Pese a que Ranfield había estado pocos días en la propiedad, Maggie había comprobado que la relación entre ambos era fría.
El niño, llamado Kyle, era motivo de discusión continua.
Cuando el conde se marchó a Londres para atender sus asuntos, Regina había estado más relajada.
Era evidente que tenían problemas. Seguramente no eran ni la mitad de terribles que los que ella arrastraba con Phenton, así que se sintió libre de hablar sobre sus propias circunstancias.
No sabía cuánto tiempo estaría con lady Ranfield, pero sospechaba que sería mucho y le agradaría tener una amiga como lo fue Marian.
Su doncella se había quedado en Londres, ya que cuando Phenton decidió que era su madre quien debía acompañarla hasta Ranfield Manor, nadie contó con su querida Marian.
Además, Margaret no deseaba poner a nadie más en peligro.
Regina paró su andar y la dirigió hacia un celador. Allí se sentaron cómodamente. La condesa suspiró. Margaret sabía que su compañera se estaba preparando para desahogarse.
―Mi esposo tensa mucho la cuerda. No soy dócil, como habrás podido comprobar, y ha traído a esa espantosa señora Pars como niñera para controlarme a través de mi hijo.
―Regina sentía que esa mujer no le tenía ningún respeto.
Solo seguía las órdenes de su esposo y la relegaba a ella a la servidumbre.
―Ninguna pareja lo tiene nunca fácil. Bien lo sé yo ―dijo con lástima.
―He tratado de llegar a él. Me enamoré de Lawrence siendo poco más que una chiquilla.
Renuncié a él en el instante que dejó de venir a la finca donde residíamos cuando yo era pequeña, pero el destino lo trajo de vuelta y…
Me lancé sin considerar nada, creyendo que podía salvarlo de su soledad, de su tormento.
―Regina recordaba bien verlo destrozado cuando era más joven y había estado convencida de lograr su cometido.
Él merecía que alguien lo amase y se preocupase, pero Ranfield no facilitaba las cosas, solo ponía trabas.
―Sé bien lo que es eso. ―Margaret hizo justo lo mismo con Phenton.
―El pasado no nos permite avanzar en nuestro matrimonio.
―También conozco eso. ―Se sentía cada vez más cercana a la condesa de Ranfield. Se veía reflejada en ella.