Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

―Te dije que le habías dado poco láudano ―murmuró alguien. Ella conocía esa voz.

―Phenton… ―susurró en medio del delirio.

―No ―señaló el mismo hombre de antes. Cuando se puso a su altura para que le viese la cara lo reconoció―. Soy Jacob, Margaret. Te han disparado, estás débil y tienes que tomar un poco más de láudano para que el médico pueda terminar de coserte. ―Le pasó la cuchara con la dosis.

―Necesito aquí a Phenton ―susurró de nuevo.

―Lo intuía, alguien ha ido a buscarlo. No tardará en venir.

―Es el padre de Calista. No debes hablarle de la niña ―logró decirle.

―¿Qué? ―Eso sí que no se lo esperaba.

―Debo confesarle mis pecados… No puede ser otra persona la que delate mis secretos. Debo decírselo yo. Tráelo, te lo suplico, Jacob, es vital que sepa toda la verdad.

―Creí entender que el padre de Calista no estaba vivo.

―En ningún momento dije que él hubiese muerto ―razonó―. Por favor, si muero, mi hija debe estar con su padre, si sobrevivo, debo decirle yo… la verdad. ―El dolor volvió a hacer mella en su cuerpo y le costó trabajo pronunciar las últimas dos palabras.

―Tengo que acabar de atenderla ―dijo quien ella suponía que sería el médico.

―No vas a morir, Margaret, te lo prometo.

―¿Guardarás silencio? ―lo interrogó.

―Yo… ―comenzó a decir.

Él se tomó un momento para evaluar lo solicitado.

Su amiga estaba en graves problemas, no solo por el tiro recibido, sino también por el gran secreto que guardaba.

Estaba harto, agotado de darse cuenta de las mentiras que había en el mundo.

No debería sorprenderse de que todo fuese una gran falsedad.

Él se dedicaba precisamente a jugar entre la farsa y la verdad.

Si para Margaret todo estaba resultando una gran complicación, él no estaba mucho más tranquilo.

Para Jacob Donaldson la fiesta del duque de York se convirtió en una auténtica pesadilla en cuanto la mujer a la que había amado en vida, con la que estaba prometido y creía muerta, se dio a conocer ante toda la sociedad en lo que resultó su fiesta de compromiso.

Así era. Aura Atenea Darkworth, a quien el hombre que le había propuesto matrimonio se había referido como señora Holt ―algo que él no entendía pero que pronto averiguaría―, había aceptado casarse con otro.

La había visto delante de él, sonriendo, con una mano en el corazón, y afirmando llena de júbilo que sería la esposa de alguien que era el vizconde Portman.

Cuando toda esa estampa se produjo, Jacob había querido ir hacia ella, cargársela al hombro y marcharse lejos.

No podía creerse que estuviese viva. El amor de su vida ante sus ojos, declarando devoción a un maldito que no era él.

El hermano de Aura, su primo Aquiles, se adelantó a la situación y la abrazó para no soltarla.

Jacob no pudo hacer nada. Ella estaba custodiada por Aquiles, el denominado Portman y el duque de York.

Se quedó a la espera de recibir noticias, mientras su corazón bombeaba con fuerza y se hacía trizas. La breve nota que recibió de Ranfield lo hizo salir a toda carrera. Alguien había disparado a Margaret, y las cuestiones con su prometida y su primo tendrían que aguardar.

―¿Jacob? ―la voz de Margaret lo devolvió al presente.

―Condeno lo que has hecho. No sé lo que te llevó a ocultarle a un hombre, un duque ―alegó, dado que eso era más grave aún―, la existencia de su hija. Voy a respetar tu decisión y no diré una palabra. Ahora abre la boca y tómate el láudano para que el buen doctor pueda curarte pronto.

―Gracias. Si muero, dile a Phenton además que él es mi…

―Margaret, no hay tiempo ―la interrumpió―. Estás perdiendo mucha sangre, por favor.

La hermana de Albemarle obedeció. Estaba tan cansada y dolorida, que en cuanto cerró los ojos se perdió en la inconsciencia de nuevo.

Y mientras ella se dejaba llevar por un poco de paz, Phenton llegaba a su lado, junto a ella.

―Lumière… ―susurró.

Su mayordomo sabía que solo empleando su nombre estaba pidiéndole que la salvase, que obrase un milagro, que la aliviase…

El médico recién llegado se colocó junto al hombre que acababa de cerrar la herida y le aplicaba un bálsamo para después colocar una venda.

Los dos intercambiaron información sobre la paciente. Cuando terminaron de hablar, Phenton lo interrogó con la mirada.

―¿Debo preocuparme? ―le preguntó inquieto.

Phenton figuraba junto a ella, le estaba sujetando la mano y le acariciaba el cabello con ternura. Los ojos los tenía cargados de preocupación y las lágrimas amenazaban con salir.

Verla sobre la cama, indefensa, herida… Un cúmulo de sensaciones se habían apoderado de él.

¡No podía perderla! No. En esos momentos en los que se daba cuenta de que la muerte podría arrebatársela para siempre, descubrió cuánto la amaba, cómo la deseaba, cuánto la necesitaba, cómo la había añorado.

Margaret tenía que quedarse a su lado, porque jamás podría querer a otra como a ella.

Prefería mil veces pelear con la hermana de Albemarle que seguir viviendo en un mundo en el que no tuviera esa oportunidad.

No. El destino no podía volver a llevársela a un lugar donde esa vez él no podría encontrarla a menos de que partiese tras ella.

Al fin entendía a York. Al fin comprendía lo que su mejor amigo había tratado de explicarle cuando hablaba de su esposa Isobel.

Al fin entendía el motivo por el que ella llegó a Londres para cuidarlo.

Alguien le tenía que haber hablado sobre su estado y el amor la trajo hasta él.

Tal y como le había sucedido a Phenton esa noche.

―Las perspectivas son buenas ―comenzó a explicar el mayordomo de Lucien―. La bala ha hecho un agujero limpio y ha sido extraída con facilidad. Es una mujer joven y sana, tiene muchas posibilidades de que no sea más que un mal recuerdo.

―Bien. ―Lucien encontró consuelo y alivio en el razonamiento de Lumière. Él no solía errar en sus diagnósticos y predicciones. Confiaba en que le estuviese diciendo la verdad y no solo dándole esperanzas.

―Lo siento ―le dijo Donaldson―. Ninguno previó que tuvieras a alguien tan cercano como para…

―Esta mujer es mía, tanto como yo soy suyo ―afirmó con rotundidad, interrumpiéndolo―.

Solo los que estamos reunidos lo vamos a saber.

El que me quiere muerto ha descubierto mi punto más débil y no pienso ponerla a ella en peligro.

Los aquí presentes ―señaló mirando especialmente a Ranfield y a Donaldson― difundiremos rumores sobre que ella no es nadie para mí.

Sigo buscando una prometida, un heredero.

Mentiré a todos con los que me encuentre a mi paso.

Amigos y enemigos. Nuestra versión debe ser sólida.

Nadie le hará daño a la mujer que amo por mi culpa.

―¿Dónde la dejarás? ―se interesó Ranfield―. Tu plan parece válido, pero ella debe quedarse en algún lugar seguro fuera del alcance de Gerson. ―Los tres sabían que el enemigo de Phenton estaba detrás del disparo de Margaret.

―Ella aseguró que eras su amigo ―comenzó a explicar mirando a Jacob.

―Así es.

―¿Sabes dónde ha estado escondiéndose de mí los últimos años? ―trató de averiguar el duque.

―Escocia, pero no es una opción. Es un viaje largo y en sus condiciones no es recomendable. ―Jacob no lo aprobaba.

―¿Y si la dejamos con su familia? ―propuso Ranfield.

―No ―se negó Lucien―. Si el hermano se entera de que esto es por mi causa se la llevará al fin del mundo, y ahora que la tengo a mi alcance he decidido que no se irá a ningún lugar que yo no autorice.

Escucharon suspirar al conde.

―Ranfield Manor ―era el nombre de su finca campestre― puede ser una buena opción. Nadie la relacionará conmigo y por tanto no la buscarán allí. Mi esposa puede atenderla. ―No sabría qué le diría a Regina al respecto, pero… algo se le ocurriría.

―Phenton, ¿podrás mantenerte alejado de ella mientras resolvemos la situación? ―se interesó Jacob.

―Su vida depende de que así sea. Lo haré ―sentenció sabiendo que no sería una tarea fácil.

―Entonces debes marcharte a tu casa, nadie debe saber que has estado con ella. Este será nuestro secreto. La trasladaré a Ranfield Manor en cuanto se encuentre bien para viajar ―apuntó el conde.

―No irá sola. Tiene a alguien que debe acompañarla ―dijo Phenton.

Jacob se tensó. ¿El duque sabría de la existencia de Calista?

―¿Quién? ―preguntó con cautela Jacob.

―Id a por su madre, traedla aquí y en cuanto sea seguro, con discreción, trasladadlas a las dos. ―Lucien consideró que era lo mejor.

―Así se hará ―opinó Ranfield.

Lucien se acercó a ella. El resto de los hombres se retiraron para darle intimidad.

―No sé cómo, ni cuándo, pero tú y yo volveremos a vernos y aclararemos todo lo referente a nuestro futuro.

Acabaré con quien te ha causado mal con mis propias manos.

Te lo juro, pequeña alborotadora. Vas a ocupar el lugar que te corresponde a mi lado y pienso cobrarme todas las afrentas que me has hecho.

Estarás condenada a la servidumbre de tu duque y serás feliz con el castigo, te lo prometo.

―Phenton. ―La escuchó susurrar.

―Descansa, amor mío, pero no me olvides.

―Phen…ton… ―volvió ella a musitar.

Lucien se acercó a ella para darle un largo beso en la mejilla. Se incorporó y miró a Ranfield.

―Está a tu cuidado. No dejes que nada malo le pase.

―La cuidaré con mi vida. Tienes mi palabra.

Así fue como una vez más, el duque de Phenton tuvo que volver a despedirse de Margaret para luchar con fervor en la batalla contra el mal. Gerson perecería pronto, dado que una hermosa mujer a la que le acababa de jurar de nuevo su amor eterno, su devoción y lealtad, estaría esperándolo.