Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 15
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Capítulo 15

Una ventaja tácita

Al conde de Ranfield siempre le tocaba la peor parte.

Mientras se adentraba en el despacho del duque de Phenton, acompañado por un lacayo, se dio cuenta de que en otra vida debió de haber hecho algo muy malo para merecer lo que le sucedía.

No tenía bastante con su esposa, quien casi no le dirigía la palabra.

No. También le tocaba hacer de guardián de un hombre que estaba tirado en el sofá que había cerca de la ventana.

Uno que estaría ebrio, según le indicaban las dos botellas vacías que había tiradas sobre el suelo.

El despacho estaba totalmente destrozado, libros por el suelo, sillas volcadas, la mesa del escritorio movida, fuera del que suponía que sería su lugar habitual.

Lo único que quedaba medianamente bien era el mueble sobre el que Lucien descansaba.

―Phenton ―lo llamó, al tiempo que se acercaba hasta su posición. El duque ni se movió, ni dio señales de vida.

Lawrence Trent se colocó a su lado y le tocó enérgico el hombro, lo que hizo que el duque se hundiese sobre el sofá. Lucien figuraba tendido boca abajo. No le veía el rostro.

―Uhm… ―Se escuchó, cuando Ranfield lo movió con más violencia.

―¡Phenton! ―gritó.

El conde se giró hacia el lacayo y le pidió que le trajese una jofaina con agua bien fría. Se resistió al pedido, pero Lawrence le dejó claro que no tenía más opción que obedecerle. Si no lograba despertarlo así, tendría que esperar hasta que los efectos del alcohol se desvaneciesen.

Lamentó que Jacob hubiera tenido razón cuando, en el baile del duque de York, le pidió que discretamente pusiera un ojo sobre la pareja que se había marchado hacia el jardín.

Notó muy extraño a su compañero de armas, posiblemente le gustaba mucho la dama que el duque había hecho suya en la oscuridad.

Fue incómodo tener que escuchar los primeros gemidos de lascivia.

Les había dado intimidad, se alejó con discreción, y cuando vio a Phenton marcharse, él se había aproximado, sin ser visto, hasta la dama.

El disparo lo pilló completamente desprevenido, y pese a ello, logró ir en auxilio de la hermana de Albemarle para sostenerla entre los brazos.

Oh, sí, Jacob lo había puesto en antecedentes sobre la identidad de ella porque cuando Phenton se interesó en la bonita mujer, su compañero se puso a recabar información de forma discreta.

El conde la sacó de la casa por la zona del servicio y se la llevó a un lugar seguro.

Le mandó una nota a Jacob para explicarle el problema, y cuando poco después se presentó en ese lugar secreto que ambos tenían para casos de emergencia ―acompañado por un médico―, le contó a su amigo lo que había sucedido con Phenton antes del disparo.

Así que Jacob lo envió a buscar al duque con la finalidad de explicarle que ella estaba herida.

Y así estaba él, contemplando a un hombre enfadado con su amante. Cuando el sirviente del duque se presentó con lo demandado, Ranfield procedió a echarle todo el contenido por encima.

Lucien se removió y bramó colérico por la afrenta.

Por descontado se tambaleó de lado a lado, dado que no estaba en plena posesión de todos sus sentidos.

La noche había resultado ser un fracaso absoluto y necesitaba olvidar sus problemas durante un rato.

El brandy le pareció un remedio muy acertado.

Al fin Phenton había descubierto el verdadero motivo por el que ella se largó.

Dolía. Dolía muchísimo, dado que le dejaba muy claro que jamás había confiado ni un ápice en él.

Comprendía perfectamente lo que los ojos de Margaret habían presenciado aquella fatídica noche, pero la maldecía por ser cobarde, por huir y no pedirle explicaciones.

Se maldecía a sí mismo por no haberle confesado lo que hacía.

No lo hizo para protegerla, y también porque no deseaba que su futura esposa conociese esa parte tan oscura y malvada de su vida como espía.

La hermana de Albemarle ya lo consideraba un auténtico canalla y no deseaba echarse más barro por encima.

Había hecho cosas a lo largo de su vida mucho más cuestionables que disfrutar de un número indecente de mujeres.

La muerte lo seguía de cerca y no sabía cuánto tiempo podría seguir burlándola.

Margaret era lo más puro y bonito que el destino le regaló.

La pérdida fue un sufrimiento terrible. Reencontrarla había vuelto a abrir la vieja herida y todavía era más doloroso de lo que fue.

Cuando el duque se puso de pie y se colocó en posición de ataque, con los puños en alto, para darle una paliza a quien se hubiese atrevido a perturbar su paz, tuvo que estrechar los ojos para tratar de reconocer al hombre que tenía enfrente.

―¿Ranfield?

―El mismo.

―¿Por qué diantres estás en mi casa? No. Olvida eso. ¿Por qué demonios has venido a molestarme?

―La hermana de Albemarle está…

―¡Ahórratelo! ―lo cortó―. No tengo ningún interés en nada que tenga que ver con ella.

Phenton comenzó a sacarse la camisa por encima. Era ahí donde más agua le había caído. Se pasó las manos por el pelo para secárselo.

―Pero esto sí…

―¿Eres sordo? Sea lo que sea que le haya pasado, ve a buscar a su hermano. A él le interesará más que a mí.

―Tengo ganas de salir de aquí y de no decirte lo que le ha sucedido, solo para que te atormente el resto de tu vida ―le dijo Ranfield con irritación.

―Ahí está la puerta ―lo invitó a marcharse.

―Y lo haría, pero sé que cuando te enterases pedirías mi cabeza, y no me arriesgaré a engrosar todavía más la lista de mis enemigos.

―Oh, no. No pasaría nada. Ve a buscar a Albemarle. Nada me une a ella. ―Estaba tan enfadado con Margaret que era la rabia, su orgullo y testarudez los que hablaban.

―Le han disparado.

―Seguro que se lo merecía ―sentenció con un bufido.

Ranfield emitió un silbido largo.

―¡Vaya! Tengo una reputación horrorosa de la que Banstorn o York ya te habrán puesto en antecedentes. Tú me superas con creces, pues jamás hubiera hecho el amor con una dama y luego la despreciaría de tal forma. Me alegra ver que no soy tan malvado como tú.

―¿Qué demonios dices?

―En el jardín de York. Donaldson me mandó a vigilarte y…

―No tenías derecho a estar espiándome en esa situación en concreto. ―Sabía lo que él había presenciado y le dieron ganas de volver a ponerse en una posición de ataque para darle su merecido por la intrusión en su intimidad.

―Es cierto, pero mi amigo temía por la dama y cuando Donaldson me pide un favor, yo lo hago de inmediato.

―Ella no corría peligro conmigo ―refunfuñó con enfado.

―Sí, puede ser, pero Jacob no opinaba igual y me fío más de su criterio que del tuyo.

Phenton gruñó.

―¿Quién le ha disparado a Albemarle? ―Volvió al asunto por el que intuía que Ranfield estaba ahí.

―Nadie.

―Has dicho que alguien le ha disparado. ¿Has venido a mi casa para echarme agua e irritarme o qué?

―Han herido a la mujer con la que aseguras que no tienes nada que ver.

El conde se dio cuenta del momento exacto en el que Phenton comprendió lo sucedido. Lo vio ponerse pálido, luego apretó los dientes lleno de rabia y finalmente entró en pánico. Todo ello mientras buscaba el único asiento que seguía decente, aunque mojado, en el despacho.

―No… No… Lo que dices es…

―Si sigues pensando que debo ir a buscar al hermano, iré de inmediato. La dama está siendo atendida por el médico y está sola…

Se puso de pie sin demora.

―Llévame con ella.

―¿Seguro que…?

―¡Cállate de una vez! ―le gritó―. ¿Quieres que te dispare yo a ti? ¡Debiste decírmelo de inmediato! Nada más entraste.

Ranfield suspiró. Primero lo había enviado al demonio y luego lo regañaba por no haberle contado una cosa que él se empeñaba en decir que no era de su interés.

―Está viva. Herida, pero viva ―le dijo, para ver si el duque se calmaba. Veía la congoja en sus húmedos ojos.

Comenzaba a entender lo que soportaba Regina cada vez que ambos tenían una discusión, algo que sucedía muy a menudo.

―¡Lumière! ―llamó a su mayordomo a grito vivo, al tiempo que volvía a colocarse la camisa de lino mojada. El requerido era el médico en quien confiaba y él la vería.

No tardó más que unos segundos en presentarse ante él, vestido con unos pantalones y una camisa, y con su maletín en la mano.

Era habitual que cuando el llamador de la puerta sonaba a altas horas de la noche, fuese por asuntos urgentes.

El señor Lumière estaba acostumbrado a aguardar órdenes y tenía el sueño muy ligero, herencia de los años vividos en el campo de batalla.

―¿A quién debo atender?

―Es Margaret, le han disparado.

―¿Está aquí?

―No seas estúpido, hombre. Si ella hubiera estado aquí, te habría llamado hace rato.

Su subordinado lo miró con enfado. Phenton se dio cuenta de que él mismo estaba muy alterado y que había volcado su rabia con un inocente. Además había sido consciente de la terrible preocupación de su mayordomo y amigo cuando le reveló lo sucedido.

―No perdamos más tiempo, cuando la dama esté fuera de peligro escucharé sus disculpas ―le dijo el médico. Lucien asintió, avergonzado por sus palabras y a la vez aliviado. Confiaba en Lumière más que en cualquier otro matasanos.

Cuando los tres estuvieron saliendo por la puerta principal, Phenton habló para decirle a Ranfield:

―Llévanos con ella de inmediato y mientras lo haces, cuéntame los detalles por el camino ―le pidió.

El duque se fijó mejor en el conde cuando se colocó a su lado y fue entonces cuando se dio cuenta de la enorme mancha de sangre que tenía en su chaqueta.

Sangre de Margaret. De la mujer a la que se había prometido apartar sin remordimiento.

La dama a la que jamás conseguiría olvidar y que haría que él fuese detrás, si ella moría.

***

Una fuerte punzada de dolor hizo que Margaret abriese los ojos. Estaba en un lugar que no conocía. En la cama, tumbada boca abajo. Trató de moverse cuando sintió que alguien hurgaba en su piel.

―¡Dios misericordioso! ―gimió, casi sin fuerzas.