Capítulo 14 #4
―Así es. Ni más ni menos. ―Deseaba zarandearla y comenzar a interrogarla sobre los motivos que tuvo para marcharse de su lado. No lo haría. No se rebajaría a suplicar por una explicación.
Margaret había imaginado muchos escenarios, pero jamás creyó que el que estaba viviendo fuese uno. Después de haberla hecho una mujer feliz, con un encuentro breve pero lleno de promesas no dichas, la lanzaba a los infiernos. ¿Qué podía esperar del duque Canalla?
―¿Y si ya tengo un marido que me abraza por las noches, que me ofrece palabras tiernas de amor, que me consuela cuando la vida es injusta, que me ha dado hijos, que me venera? ¿Qué podría ofrecer a cambio el duque de Phenton en esa tesitura?
―Pobre miserable el que acepte tus condiciones. No eres capaz de comprometerte. Ese escenario no llegará a producirse. ―Luchó contra los celos que ella volvió a despertar candentes, llenos de rabia, de furia, de dolor.
―¿Y tú sí? ¿Puedes comprometerte? ―preguntó obviando el resto de lo que él dijo.
―Lo hice. Maldita sea si no lo hice creyendo que no acabaría con el corazón hecho pedazos. ―Sabía que no debería haber dicho eso. No pudo evitarlo. No soportaba verla tan calmada, aguantando tan estoica la embestida de un toro bravo español que se lanza a buscar el capote rojo.
―¿Y yo? ¿Qué hay de mí? ¿Mi corazón no contaba? ¿No merecía un hombre leal, que me amase sin fisuras, que cumpliese su palabra?
Él no entendía lo que le estaba demandando.
No lograba comprender las acusaciones que le lanzaba a la cara.
Ella no tenía derecho a estar ofendida. Lucien se había quedado con ella.
Renunció a todos sus vicios sin pestañear, se dejó llevar por un amor puro, valiente, que lo hacía mejor persona, que lo llenaba de dicha.
Habría empeñado su fortuna si ella lo hubiese pedido, todo lo que Margaret hubiese exigido le habría sido dado con mayor devoción que la que su mejor amigo Malcom sentía por su duquesa.
Lo despreció. Lo echó a un lado. Lo dejó en el olvido.
―¿A quién tenías más leal que a mí? ¿Quién te amaba más que yo? ―preguntó enfurecido.
―¡Mientes! ―explotó―. Me entregué a ti. Me dejé llevar sin medir las consecuencias y tú lo estropeaste todo. Lo único que te pedí, ¡lo único! y no lo hiciste ―dijo alterada.
Él se controló para no zarandearla y gritarle.
―He matado a hombres por insultarme menos. Tienes suerte de ser una mujer, Margaret ―la avisó.
―Te vi. Aquella noche yo estuve allí.
―¿De qué diablos estás hablando? ―No entendía nada. Detectaba furia en sus palabras. Ella no tenía derecho a mostrarse como lo hacía.
―Eras Baco, estabas desnudo, un harén de cinco mujeres te acompañó hasta una habitación. York era el anfitrión de la fiesta ―desveló ya cansada, con aire altanero.
Se quedó sin respiración. Comenzó a negar con la cabeza, al tiempo que se mesaba el pelo.
―No puede ser… no puede ser verdad ―repetía una y otra vez.
―Y tanto que lo es ―se envalentonó ella―. Te descubrí. Te pedí que no me traicionases, que no rompieras tu fidelidad. Te juré darte con gran placer todo lo que demandases, siempre y cuando no buscases a ninguna otra mujer.
Se colocó más cerca de ella y la miró con intensidad.
―Recuerdo muy bien lo que pediste, pues lo acepté sin pestañear y me juré que lo tendrías.
Ella frunció el ceño.
―¿Estás diciéndome que mi vista me jugó una mala pasada? No me mientas más. Incluso con la máscara reconocí tus heridas porque ya entonces tuve que cuidarte.
―Era yo. Me metí en una habitación con cinco mujeres, no toqué a ninguna, no miré lascivamente a ninguna, puesto que ninguna eras tú.
―¿Y debo creerte? ―se burló―. ¿A ti? ¿Al duque Canalla?
―Puedes creer al hombre que juró amarte y serte fiel.
El otro murió cuando llegaste a mi vida, aunque después lo hiciste renacer en cuanto me abandonaste.
Llevo años considerando el motivo que tuviste para obrar de un modo tan vil y traicionero.
Dime que no fue por lo que viste, dime que tu hermano envenenó tu mente, porque no tienes la menor idea de lo que has hecho…
―Te vi y mi corazón se rompió en mil pedazos. Albemarle no hizo nada. ¡Tú fuiste el único culpable!
―Así que fue por eso… Que sea ese el motivo… ¡Maldita sea! ¡Yo era inocente! ―gritó con fuerza, al darse cuenta de que por un error ella se había ido.
Lucien se acercó a su oreja para asegurarse de que nadie más lo pudiese escuchar. Ella se alejó medio paso, pero el duque la retuvo. Se quedaron muy juntos.
―Margaret, soy un espía. Trabajo para la Corona, como hacía tu hermano años atrás.
Me viste en esa tesitura porque tenía que hacerlo de ese modo.
Persigo a un villano que asesina a gente inocente.
Yo era el cebo en aquella fiesta. Solo pensaba en ti y en terminar para regresar a tu lado y que estuvieses a salvo cuando lo capturase.
Ella buscó sus ojos para ver si había mentira en ellos. Su corazón se sintió… Una sensación nunca antes conocida la inundó. Pena. Pánico. Rabia. Si él estuviese diciendo la verdad, la afrenta sería…
―¿No me mientes? ―musitó.
―No, todo lo contrario. Por un momento deseé herirte, decirte que me acosté con las cinco durante toda la noche. No puedo porque soy inocente. No pienso cargar con ese pecado sobre mis hombros.
Ella tragó saliva. La situación había dado un giro totalmente inesperado. Inocente. Si lo creía, cosa que sí hacía, implicaba que ella se había marchado sin ningún motivo.
―Tuviste que haberme informado de lo que sucedía. ―Casi no podía hablar. Su respiración era entrecortada.
―¡Tú tuviste que haberme enfrentado! ―levantó la voz en cuanto se separó del cuerpo de ella. Lucien no podía creer lo que acababa de confesarle.
A Margaret le dolía la cabeza. Esto era una pesadilla que…
―Si yo hubiese sido una espía ―dijo la palabra en tono muy bajo―, que no te hubiera desvelado mi secreto y me hubieses visto adentrarme en una habitación con un solo hombre, y no cinco, ¿qué habrías hecho?
Sé franco y admite que no me habrías perdonado jamás.
―Era la única defensa que encontraba para enmendar toda la situación.
Lo vio apretar los dientes una vez más. Tomó aire, la miró con fijación y luego le dijo:
―¡Yo te habría pedido explicaciones antes de huir con cobardía y egoísmo!
―le gritó sin pretenderlo. Ella dio un respingo hacia atrás.
Lucien masculló una maldición, luego tomó una larga bocanada de aire y buscó una tranquilidad que estaba lejos de sentir―.
Al cuerno, ¡al cuerno contigo, Margaret!
―exclamó sin levantar el tono esa vez―. He tenido suficiente de ti para el resto de los siglos.
Aquí acaba todo lo que teníamos que decirnos.
Una última noche para recordar, porque me hiciste un favor cuando te marchaste sin echar la mirada atrás.
El que te pide ahora que no lo busques, que le permitas ser feliz, soy yo. Tú nunca me amaste, no me valoraste.
―Eso no es cierto. Sabes que no es así.
―Poco importa. Eres libre para seguir tu camino. «Si alguna vez he significado algo para ti, me dejarás a mi suerte». ―Él acababa de recitarle las últimas palabras que escribió en aquella carta. Ella se dio cuenta.
―No puedo hacer eso ―musitó, tratando de encontrar las palabras para explicarle el motivo de fuerza que tenía para volver.
―Es una lástima que no dependa de ti. He tomado mi decisión. Dos veces te perseguí sin tregua, no habrá una tercera. Me condenaste, no tuviste fe en mí, no confiaste en mis promesas.
Lucien se dio la vuelta y la dejó en el jardín. Margaret llevó las manos a su mejilla y se dio cuenta de que había estado llorando en silencio. Cerró los ojos. ¿Cómo seguiría a partir de ahí?
Lo vio atravesar el umbral de la puerta que daba acceso al salón de baile y se dispuso a ir tras él. No habían terminado nada, solo estaban volviendo a empezar y se lo haría comprender.
Un ruido sordo rompió el silencio de una dura noche que sería mejor olvidar. Un picor punzante en su espalda la hizo gritar débilmente. Luego todo se oscureció. Alguien acababa de dispararle, mientras otro alguien la sujetaba en brazos.