Capítulo 14 #3
Margaret reconocía el deseo en sus ojos. El hambre, la sed, porque era lo mismo que ella sentía. La hermana de Albemarle intuía que él no sabía cómo seguir, si terminar de seducirla o no hacerlo en absoluto. Después de todo, el duque Canalla parecía tener escrúpulos. Se decidió a hablar:
―¿Es mi castigo servirte ahora, Phenton?
―¿Lo harás?
―Vengo preparada para librar una guerra contra ti. Esto lo consideraré una tregua. Satisfacer tus necesidades implicará saciar las mías. No me opongo a lo que ambos deseamos.
Margaret Adelaida Cross no existía. Ella era una mujer sin temores.
Una madre que había salido adelante con el apoyo económico de su hermano, con su dote.
Sola, aunque con la inestimable ayuda de Marian, había logrado no rendirse, luchar por su hija.
Llevaba mucho tiempo añorando sus besos, sus caricias.
Él la había conquistado por completo y nunca nadie sería igual.
La sombra de la traición jamás se desvanecería, pero esa noche, en ese mismo instante, Margaret se permitió ser humana, ser una mujer que elegía dejarlo todo a un lado para disfrutar del momento que él le ofrecía. Ella lo deseaba.
La boca de él estuvo sobre la femenina en cuestión de unos pocos segundos. Los pequeños besos se intercalaban con otros rudos, ansiosos, excitantes.
Las manos de Phenton se movieron bajo el vestido de ella. Se separó para observarla otra vez.
―¿Dónde está tu ropa interior? ―preguntó pletórico por encontrar tan poca resistencia en su avance.
―En el mismo lugar que la última vez que estuvimos juntos.
Los dedos del duque no tardaron demasiado en toparse con el objeto de sus deseos.
―¡Lucifer! Estás empapada. ―Los pantalones le estaban estorbando tanto que deseó arrancárselos. La anticipación lo tenía al borde. Necesitaba meterse en su interior. Regresar a casa. Sentirse enfundado en un guante perfecto que lo presionase con fuerza.
―Te necesito, Phenton.
―Lucien. Di mi nombre, Margaret. Dilo ahora ―exigió, con la boca pegada a su cuello mientras comenzaba a acariciarla entre sus pliegues húmedos y resbaladizos.
―Phenton ―susurró ella―. Siempre serás Phenton para mí.
―No. Soy Lucien, soy yo quien te hace suspirar. Te ordeno que digas mi nombre, Margaret, o todo esto cesará.
―Phenton ―lo desafió, mientras mecía sus caderas sobre el dedo que castigaba con ímpetu su perla secreta.
―Maldita seas, Margaret ―maldijo, mientras con la otra mano luchaba para sacarse los pantalones, sabiendo que ella no cedería. Tan testaruda como su hermano.
Cuando logró que su eje saltase libre, quitó la mano del lugar que él deseaba conquistar.
―¡Nooooooo! ―gimió desesperada.
―Te calmaré de inmediato. ―Dicho y hecho.
Lucien le levantó la falda, la aupó sujetando sus posaderas con sus grandes manos, y la ayudó a que lo colocase en su interior. Le gustó sentirla estrecha y receptiva.
Cuando la cabeza de su virilidad entró apenas un poco, sintió un placer que hacía años que no alcanzaba.
Era ella. Siempre sería ella. La maldita mujer que lo abandonó, quien se marchó sin una explicación y le pidió que no la buscase, la que lo calmaría y lo haría suspirar.
La hermana del otro maldito que no le ofreció ni una pista de donde buscarla.
Aquella noche no logró dar con ella y eso lo sumió en una desesperación que no deseaba reconocer.
No. Un duque no era un hombre herido, abandonado.
No. Ella casi lo redujo a la nada. Había luchado durante más de cuatro años para recomponerse del duro golpe.
La tenía sobre él, moviéndose como una mujer poseída por la lujuria, gimiendo, agarrada a su cuello para requerir más y más.
Era una dama que buscaba su placer, que lo incitaba a alcanzar el suyo con urgencia.
Y su corazón, maldito fuese también, latía como hacía tiempo que no lo había hecho.
Las cosquillas regresaron a la boca de su estómago.
Un encuentro rápido, sórdido, impregnado de la amargura de dolorosos recuerdos.
La vida le debía que ella se postrase a sus pies, que pidiera perdón, que demandase clemencia.
No al revés. Y sin embargo, él había cedido como un cachorro ansioso que añoraba a la dueña que lo dejó en el granero para olvidarlo.
Estaba enfadado con ella, consigo mismo. En sus envites ardorosos dejaba clara su postura. Solo era placer. No importaba que su corazón se saltase un latido cuando recordaba quién era la mujer que lo tenía frenético mientras suspiraba. No podía amarla. No podía quererla. No le debía nada.
―¡Dios misericordiosooooooooo! ―Margaret cantó victoria desinhibida y con una gran sonrisa en los labios.
Hacía tanto tiempo que no tenía eso, que Margaret no lograba apaciguar el picor secreto que él le despertaba…
Su mano no resultaba igual de placentera cuando por las noches se acariciaba en secreto, simulando que era Phenton quien la impulsaba a pecar, quien la acariciaba.
Era el paraíso. Estar haciendo el amor con su duque Canalla era maravilloso.
Lucien se enfadó al ver que ella no lo había esperado para alcanzar el clímax. Quería haber marchado hacia la gloria con ella. Juntos. No. Margaret, una vez más, tenía sus propios planes y le molestaba hasta límites insospechados que no contase con él para nada.
Apretó los dientes en cuanto el placer lo atravesó, se debatió entre quedarse dentro y derramar su semilla o salir de su interior.
El placer ya lo desbordaba y, con un esfuerzo hercúleo, y más tarde que pronto, se obligó a abandonar su calidez.
La dejó libre de su abrazo y los últimos coletazos de su simiente acabaron sobre el sucio suelo.
Se odió. La odió. Se enfadó. Nunca antes le había pasado algo así.
Era muy disciplinado y Margaret siempre lograba doblegar su voluntad, incluso sin proponérselo.
El placer que había sentido segundos antes se convirtió en algo turbio, desagradable, amargo.
La frustración, la insatisfacción y el arrepentimiento llegaron para hacerle hervir en la furia más extrema.
―¿Por qué te has apartado de mí? ―Se había dado cuenta de lo que él había hecho y no lo comprendía.
Lucien, quien estaba de espaldas a ella, se sacó un pañuelo, se limpió y luego lo volvió a guardar en el bolsillo de la chaqueta.
―Mi futura esposa no agradecerá que deje bastardos a mi paso. Aunque no lo creas, todas aquellas mujeres a las que aludiste después de ser mi… cuidadora, no cargaban con ninguno de mis hijos.
Jamás le había sucedido lo que acababa de ocurrirle, pues era sumamente cuidadoso con respecto a su simiente.
Ella se colocó delante de él. El tono de voz de Phenton había cambiado. Sabía que llegaba el peligro que había estado postergando. La valentía que se obligó a sentir, hizo que se irguiese.
―No puedes casarte con otra.
Lo escuchó apretar tanto los dientes, que creyó que alguno se le saltaría.
―Creo que no te he escuchado bien.
―Puedo repetirlo, Phenton. ―El uso de su título, después de que él le suplicase que lo llamara por su nombre, hizo que él apretase los puños a ambos lados con fuerza.
―¿Por qué no habría de buscar a mi duquesa? ―le espetó con altivez. Ahí venía la batalla, pensó Maggie―. ¿Crees que estoy enamorado de ti? No. El puesto de duquesa no está disponible, pero puedo plantearme otra solución que te haría feliz.
―Sospecho que te preparas para lanzar tu arsenal. Así que no te interrumpiré, di todo lo que tengas que decir para que podamos pasar a asuntos más importantes.
La mirada de uno estaba sobre el otro. Margaret sabía que él estaba colérico. No era nada para lo que estaba por llegar. Tendría que soportar las consecuencias de haberse marchado. Calista lo merecía.
Él sonrió de lado, le acarició uno de los muchos mechones de pelo que habían escapado de su lugar y la miró con lascivia de arriba abajo. Margaret se sintió como si fuese una falda ligera siendo evaluada en un burdel. Él lo estaba haciendo aposta. Lo soportaría.
―Puedo ofrecerte un lugar como mi amante.
Me siento generoso esta noche. ―Se agarró las solapas de la chaqueta para componer una postura altanera y siguió―: Nunca he sentido la necesidad de atarme a una mujer, pero ya sabemos que tú siempre has sido diferente.
El arreglo que está sobre la mesa es ese.
―No estás hablando con una joven impresionable que se echará a llorar y saldrá corriendo por una pequeña infamia como esa.
―Lo sé. Estoy ante una vil traidora, una hipócrita que aseguró amarme y venerarme, y decidió creer en las mentiras que su hermano le contó.
―A Albemarle no le eres simpático. No lo negaré.
―Tu hermano me odia.
―Puede ser, pero jamás hizo falta que dijese una palabra contra ti para hacer que me alejase.
Lo escuchó coger aire con fuerza. Se dio cuenta de que sus palabras lo habían sorprendido.
―Poco me importa lo que sucediese en el pasado. Tienes la posibilidad de ser mi…
―Dilo ―lo desafió en cuanto él se quedó callado―. Tu ramera. Dilo ―lo azuzó.
―Valdrás cada libra que invierta en ti. Has demostrado lo bien que sabes satisfacerme. No solo ahora, años atrás también. Unos pocos minutos y ardo. No son muchas las mujeres capaces de semejante… gran hazaña.
―¿Por qué intuyo que mientes y que son más de las que pueda imaginar? ―inquirió seria y serena, sin alzar la voz.
―¿Celosa? ―rebatió él con orgullo.
―Imagino que debería dar gracias al cielo por tan generosa oferta.
―Y responder rápido. La oferta, como tú la has llamado, no durará mucho tiempo.
―¿Y qué pasa con el matrimonio?
―Eres una mujer inconstante, mucho más que yo. Ningún hombre debería sufrir tu hipocresía. Le haré un buen favor a cualquier incauto que pueda sentirse tentado, si te hago mi amante. Dispondrás de joyas, un carruaje a tu servicio, vestidos nuevos, una preciosa casa para ti sola…
Ella se envaró. Tenía poca gracia que se atreviese a acusarla cuando fue él quien rompió su palabra.
―Lo normal en estos casos. ¿No?