Capítulo 14 #2
El tirón de su virilidad sobre los pantalones le hizo daño. Le tocó a él acercarse a su oreja para explicarle que:
―Si no vas con cuidado nuestra primera fiesta se celebrará sin los anfitriones en el gran salón.
―¿Es una promesa? ―lo incitó ella, antes de echar a correr hacia la entrada donde estaban todos los invitados aguardando que comenzase la música. Él era más que capaz de cumplir su amenaza, cargársela al hombro y encerrarse con ella en sus aposentos.
―Isobel, Isobel… ―comenzó a decir para sí mismo, mientras dejaba que su esposa huyese―, no creí en el amor hasta que tú me diste con él en la cabeza.
Pasados unos minutos, que sirvieron para que su libido se atemperase, se marchó a buscar a su duquesa y seguir con la fiesta.
***
Margaret podía sentirlo de igual modo que escuchaba las suaves y perfectas notas musicales en sus oídos. Phenton estaba en la sala. Sabía que la observaba, pero no era capaz de determinar su lugar exacto. Era una sensación tan familiar que la abrumó.
Se obligó a recordarse que no estaba en esa fiesta por ella, tampoco para complacer a York, quien seguramente no le perdonaría haber huido de su amigo mientras viviese. Calista era todo lo que importaba.
Su madre trastabilló. Maggie la sujetó por el codo para ayudarla a llegar a la silla más próxima.
―¿Qué ocurre? ―cuestionó llena de preocupación.
―La edad, hija mía ―dijo con enfado.
―¿No te sientes bien? ―Su madre estaba pálida.
―No soy lo que fui. Las fuerzas me faltan algunas veces. Había deseado que esta noche pudieses contar conmigo.
―Nos vamos de inmediato. Agárrate de mí. ―Le ofreció el brazo. Su madre la apartó con delicadeza.
―No. Tienes una situación que arreglar. Phenton está en la parte más escondida del salón y no te ha quitado ojo desde que has entrado. Inicia un acercamiento, Margaret.
Ella sintió su corazón comenzar a latir con fuerza ante las palabras de su madre.
―Pero tú…
―Estaré bien. En un segundo me recompondré, buscaré el carruaje y regresaré a casa. ¿Puedo confiar en que Escocia te haya hecho una mujer salvaje y no necesites mayor protección?
Margaret se rio.
―Yo ya era bastante temeraria antes de llegar allí.
La condesa viuda se puso de pie. Margaret volvió a tratar de ayudarla.
―Estoy bien, solo ha sido un momento. No necesito ayuda, Margaret, de verdad, confía en mí.
Su hija la miró con una tierna sonrisa.
―No pretendas pedirme explicaciones sobre mi tozudez, he salido a mi madre. Aquí estoy frente a la prueba más palpable.
―Deja que me vaya. Trata de no cometer ninguna locura que te aparte de mi lado otros diez años…
―No fueron tantos, madre.
―Los sentí como un milenio ―observó, al tiempo que iniciaba la marcha hasta la salida.
Margaret suspiró. No estaba segura de si en verdad su madre se sentía mal o si todo había sido una estratagema para dejarla con el lobo al acecho.
―¡Margaret! ―exclamó a su derecha Jacob Donaldson.
No estaba sola. Se alegró muchísimo de ver una cara amiga.
Por un instante, solo por un instante, Maggie extendió los brazos y comenzó a ir hacia él para abrazarlo.
Se dio cuenta del movimiento que había dado y lo abandonó de inmediato.
Él la miró con sorpresa, dado que no esperaba un gesto tan efusivo, aunque ella lo había cortado sin demora.
―Lo siento. Esto es abrumador. Hace mucho tiempo que no me rodeo de la alta sociedad y al ver una cara amiga… Ha sido como si te descubriese en medio de una multitud que trata de apalearme ―alegó con sinceridad.
―Encantado te ofrecería un amigable abrazo. ¿Por qué no bailamos, mejor? Estará más bien visto y comprobarás la ligereza de mis pies… en cuanto te pise. Debes prepararte para que ello ocurra, quedas advertida ―propuso con humor.
Ella se rio con franqueza. Le pareció escuchar un fuerte gruñido en alguna parte. Los ojos de ella se movieron por la zona a la que había aludido su madre. Phenton no estaba allí.
―Yo… ―comenzó a hablar dubitativa―. Supongo que no hay nada malo en disfrutar hasta que el infierno se desate… ―musitó.
―¿Cómo has dicho? ―inquirió incrédulo Jacob.
Ella compuso su mejor sonrisa, que le llegó a los ojos y procedió a decir:
―Estaré encantada.
Un vals iba a dar inicio.
Jacob le ofreció el brazo y ella lo agarró con decisión. Se dio cuenta de que él no avanzó un paso y lo miró. Jacob Donaldson estaba pálido como la muerte.
―¿Está todo bien? ―interpeló.
Él carraspeó. Seguramente su vista le estaba jugando una mala pasada, porque juraría que acababa de ver a un fantasma.
La mujer a la que a Jacob le pareció haber visto no podía ser Aura Atenea Darkworth, su difunta prometida, hermana de su primo Aquiles.
Los ojos de él volvieron a buscar la figura de esa mujer que le recordó tanto a Atenea, pero no la divisaba.
Jacob Donaldson dio otro paso al frente. Margaret lo siguió.
―Me parece que no. ―Les llegó una voz furibunda desde atrás. La pareja se ladeó para ver quién había hablado. Se giraron por completo para contemplar al duque de Phenton.
―Excelencia ―dijo ella haciendo una reverencia.
―Excelencia ―repitió Jacob con cortesía extrema.
Precisamente el señor Donaldson estaba en la fiesta para acompañar a su primo en la temporada y también para vigilar de cerca a Phenton, quien había accedido a ser el centro de atención a fin de que Gerson, quien había vuelto a matar a un vizconde hacía un par de días, saliese a la luz.
―Señor Donaldson, permítame presentarle al… ―empezó a decir Maggie.
―Fuera ―le dijo a Jacob sin mirarlo, en voz baja y cortante.
―¿Disculpe? ―Habían quedado en que harían ver a todos que Ranfield, Phenton y él no se conocían, pero la descortesía y el nivel de aprensión hacia su persona era… ¡descomunal!
―Ya me ha oído ―razonó Lucien, sin apartar los ojos que estaban sobre los de Margaret.
―Incluso para un duque, aunque sea uno como tú, lo que dices y exiges está fuera de lugar. ―Maggie olvidó la formalidad.
Lucien ladeó el rostro.
―¿Todavía sigues aquí?
Jacob Donaldson no tenía la menor idea de lo que sucedía entre ambos, pero era del todo evidente que Margaret y Phenton se conocían y tenían una relación… tensa.
―¿Margaret? ―La pregunta fue lanzada por Donaldson directamente para pedirle su opinión sobre el asunto.
Ella le sonrió.
―No sucede nada malo… El duque es un gran amigo de mi hermano ―toda una colosal mentira―. Hace años que no nos vemos, seguramente desea interesarse por él. Bailaremos luego, Jacob, gracias.
El aludido asintió, miró a Phenton con irritación y los dejó solos.
Por descontado que a Phenton se lo llevaban los demonios de los celos, de la posesión, de…
¡de todo! Ella se había reído con otro hombre.
Nadie tenía derecho a escuchar ese canto dulce que era su risa más sincera y mágica.
Debía ser un sonido solo para él. Verla reír…
Casi hubiera preferido pescarla en fragrante delito.
Sí, a Lucien le hubiese gustado verla alzando un cuchillo y apuñalando al maldito hombre que la había hecho reír.
Él la agarró de la mano y se la llevó al jardín. Maggie rodó los ojos. Siempre acababan entre las sombras oscuras. Sin luz, con secretos. Ese era el sino de ambos. ¡Lástima!
Llegaron a la terraza y descendieron por una pequeña escalinata que los llevó hasta un rincón apartado.
―¿Te acuestas con él?
Ella gimió. Tantas preguntas que podía hacerle y esa precisamente fue la primera. ¡Dios misericordioso!
―No ―respondió con calma.
―Lo llamas por su nombre de pila, mientras que yo era siempre Phenton. Incluso enterrado en tu pasaje íntimo yo era el título y nunca el hombre.
―Te veo muy bien. Nadie creería que has estado al borde de la muerte. ―Decidió que era mejor desviar la conversación hacia otro asunto.
―No te pedí que vinieses a velarme, ¿o acaso fue tu cargo de conciencia lo que te impulsó a ejercer de enfermera?
―Era mi obligación estar a tu lado. Todo el mundo me dijo que ibas a morir ―dijo con suavidad, pero con firmeza.
―¿Tu obligación? ―Él se rio sin ganas.
―Bien, ¿esto cómo va a ir? ¿Pasas a los reproches, insultos o…?
―¿Qué es Donaldson para ti? ―Los celos lo tenían en carne viva.
Llevaba días conteniéndose para no ir como un perro faldero en busca de ella.
Deseaba que Margaret volviese arrastrándose del lugar en el que había estado.
No. Después de que Lumière le contase el modo en el que ella lo cuidó y se preocupó por él, no había vuelto a saber de ella.
Luchó con todas sus fuerzas para no ir a su casa y exigirle una explicación, ponerla en su lugar.
Ella no podía desaparecer de la noche a la mañana y luego regresar como si nada hubiera sucedido.
―Es un buen amigo.
―Compartes su lecho. ―No fue una pregunta.
―Te he dicho que no.
―El modo en el que me ha desafiado me dice que eres más que una amiga para él.
―¿De qué os conocéis? ―No había esperado que Phenton supiera su identidad. Le resultó extraño. Además, era mejor centrarse en otra cosa y no en lo que él insinuaba pese a que ella ya se lo había negado varias veces.
―De que ha mirado más de la cuenta lo que me pertenece.
Ella abrió los ojos con sorpresa.
―¿Sí? ¿A alguna mujer rubia que llamase tu atención? Espero que tu convalecencia te permita… disfrutar de…
No pudo continuar con su explicación. Phenton la sorprendió dándole un beso duro, destinado a castigarla, a exigirle que se rindiese a lo que él iba a demandarle. Ella cerró los ojos y se dejó llevar por el recuerdo. Por la pasión que ese canalla siempre había sabido despertar en sus entrañas.
Lucien se deleitó en el sabor dulce de sus labios. ¡Lucifer maldito!, cómo había echado de menos su textura, sus suspiros, sus brazos. Margaret lo estaba rodeando y le devolvía los besos con la misma intensidad que él los demandaba.
Lucien le agarró los tirabuzones en un puñado y, sin hacerle daño, hizo que echase la cabeza hacia atrás. Ambos se quedaron examinándose con fijación.