Capítulo 14
Una fiesta de compromiso
Margaret estaba enfundada en un precioso vestido de seda, color azul noche, con el escote algo pronunciado, adornado con perlas y brillantes blancos.
Los guantes de seda, blancos también, le llegaban hasta el codo y las mangas eran abullonadas, con los mismos detalles del escote adornándolas.
Un lazo de color marfil se ceñía a su cintura.
Los zapatos estaban forrados como la misma tela del vestido.
El pelo lo llevaba recogido en el lado izquierdo de la cabeza y varios tirabuzones dorados caían sobre sus hombros.
Las horquillas que sujetaban el peinado eran pequeñas perlas de varios colores.
Se sentía una princesa, aunque era consciente de que no estaba en ningún cuento de hadas.
Su madre parecía haber rejuvenecido de forma milagrosa con la llegada de Calista e insistió en acompañarla a la fiesta que daban los duques de York. El vestido de la condesa viuda era gris oscuro, pero tan elegante… Vivian todavía conservaba buena parte de su belleza.
Mientras avanzaban por la fila de recepción de los duques, ella se obligaba a mantener la calma. Algo importante sucedería, lo sabía.
―La duquesa es una mujer bonita, pero no es una gran belleza. La imaginaba de otro modo, más… ―Vivian no supo cómo continuar la frase.
―¿Excepcional en su aspecto? ―la ayudó Margaret.
La mujer que estaba al lado del terriblemente apuesto duque de York tenía los ojos marrones y el pelo castaño, estirado en un elegante moño sin demasiadas florituras. Su vestido era de color crema, sin apenas adornos. Le pareció que la duquesa de York era una dama increíblemente sencilla.
―¿Qué tendrá esa mujer para haber captado toda la atención de un hombre como York? ―La condesa viuda se hizo la misma pregunta que le rondaba la cabeza a Maggie.
―No lo conozco lo suficiente, pero creo que el carácter de la dama debe haber sido decisivo para que él esté así de embrujado.
―Te has dado cuenta, ¿verdad? ―Margaret afirmó con la cabeza.
―Si un hombre me mirase como él la mira a ella, creo que me derretiría como un rico helado de Gunter’s. Él mismo me dijo que estaba enamorado de su esposa, hasta que no lo he visto con mis propios ojos no lo había creído.
―Fuimos muchos los escépticos cuando escuchamos que York se había fugado con ella.
―¿Una fuga? ―No se lo creía.
―A Gretna Green, ya te hablé de ello. Una historia deliciosa. Según quien la narre ocurre de un modo o de otro, ya sabes cómo funcionan los rumores, pero todos coinciden en que él bebió los vientos por ella desde que la vio.
―Ver para creer… ―musitó Margaret.
Cuando llegaron para presentar sus respetos a los anfitriones, el duque de York sacó el monóculo del bolsillo de su chaleco y la examinó.
―Ah, la hermana de Albemarle nos honra con su presencia. Sea bienvenida usted también, condesa viuda ―le dijo a la madre de Margaret. Ambas hicieron una reverencia muy correcta ante los duques.
―Y así es como seré conocida para la posteridad… La eterna hermana de Albemarle. ―Maggie le sonrió―. ¿Tan complejo resulta mi nombre que no es capaz de recordarlo? ―lo amonestó con humor.
Él soltó una carcajada. Le divirtió el tono cansado que usó. Casi parecía que lo estaba imitando. No se sintió ofendido.
―Es lady Margaret ―tomó la palabra la duquesa de York―, y trataré de que mi esposo no lo olvide ―le dijo con una dulce sonrisa.
―Ah, ya ves, querida ―comenzó a hablarle a Maggie―, tan inteligente como me considero y, aunque mi amada esposa haya hecho esa promesa…
No, no creo que pueda ser cumplida. Me gusta pensar que fue la hermana de Albemarle quien dejó destrozado a mi buen amigo, y no la dulce y adorable mujer que tengo frente a mí.
―¡York! ―lo regañó su esposa, al tiempo que Maggie suspiraba.
Margaret sentía que la ofensa la había sufrido York y no el propio Phenton.
―No he dicho ninguna mentira ―se excusó él, con las manos en alto.
―Deben disculpar a mi marido ―habló de nuevo la duquesa de York―, estoy en proceso de domesticación y, como pueden ver, todavía me queda algo de trabajo pendiente.
York miró a Isobel con fascinación. Ella estaba muy seria y lo observaba con una ceja alzada. Lo estaba avisando.
―Si crees que voy a enfadarme por lo que has dicho estás muy equivocada, mi amor.
Me gusta que trates de domesticarme, como bien has dicho, pues me hace parecer el rey de la selva, un león orgulloso, majestuoso y audaz.
Y dado que Margaret ―dijo su nombre mirando a su esposa para que viese que le hacía caso― ha venido a comprobar si le mentí cuando le dije que era un esposo devoto, toca decir que eres la única que hace que me convierta en un lindo gatito cuando me acaricias la…
―Yooork ―lo avisó.
―… barriga cuando merezco tus mimos y reconocimientos.
―Isobel asintió tranquila. Él lo notó y la miró con media sonrisa.
Su esposa, que lo conocía bien, se preparó para lo peor―.
¿Ves, esposa? Algunas veces puedo dejar de ser escandaloso, porque bien pude haber aludido a que es en el lecho cuando demando todo tipo de atenciones a fin de permitirte que me amanses.
La condesa viuda de Albemarle jadeó. Margaret no supo si fue porque le hizo gracia o porque lo censuraba.
―¡Adelante, queridas, sean bienvenidas! ―dijo Isobel mortificada―. Si esperan una fiesta típica y sin sorpresas, me temo que no se lo puedo garantizar. Mi duque no desea ser un hombre del montón, le gusta destacar y ser atrevido siempre que ve la ocasión.
Margaret y la condesa viuda entraron con una sonrisa en el rostro. Sospechaban que la duquesa lo pondría en su lugar cuando tuviese la oportunidad.
La pareja estuvo unos minutos más recibiendo a los invitados y cuando terminaron, los dos se quedaron un momento disfrutando de cierta intimidad. Isobel miró a Malcom con reprobación.
―¿Qué? ―alegó York, componiendo su mejor cara de inocencia ante los cargos silenciosos que le estaba leyendo su amada. Él sabía que se refería a su reciente actuación con respecto a la hermana de Albemarle. No estaba en su sangre ser desagradable, pero…
―Te has portado mal.
―Esa mujer muy posiblemente acabará casada con Phenton y, pese a que me tiene tomada la medida, debe saber que estoy enfadado e irritado por lastimar a Lucien. En cuanto a lo del castigo…
―¿Tienes que molestar a todas las damas en las que se fijan tus amigos? ―lo cortó.
―¡Oh, qué pecado tan desagradable pones sobre mis hombros! Además de ser un duque apuesto, inteligente…
―No recites toda la lista, te lo suplico ―dijo ella, mientras ponía los ojos en blanco.
―No lo haré porque vivo solo para complacerte, Isobel, pero sí afirmaré con rotundidad que no he hecho nada como lo que dices.
―Tu amigo, el vizconde Portman ―precisó―, ha entrado en nuestra casa hace unos breves minutos y has hecho que su acompañante se sonrojase por completo cuando has aludido a estar sobre tus rodillas para…
York sonrió. Recordaba ese pasaje bien. Thomas Foster había traído a la institutriz de sus hijos, la señora Holt, quien tenía algún que otro secreto según había logrado averiguar York, y esa misma noche anunciarían el compromiso de la pareja.
Malcom tenía una maravillosa sorpresa para la futura vizcondesa Portman que se desvelaría cuando fuese el momento, aunque esa era una historia del todo curiosa que no venía al caso recordar en esos instantes.
―En realidad no fui yo quien dijo nada reprochable, fue Portman, quien alegó de modo explícito lo que significa que un hombre esté de rodillas para saborear los secretos de una dama.
―¡York! ―lo volvió a regañar.
―Lo dijo él, no yo, recuérdalo. Y además, solo aludió a esa obscenidad con el fin de demostrar que no es tan mojigato como lo tildamos Phenton y yo. Aunque lo es, y mucho ―sentenció.
―Me conformaré con que la noche termine bien.
―¿Por qué no iba a hacerlo?
―Porque he escuchado a muchos de nuestros invitados decir que les gustaría ver como York se desnuda, aunque no desean verte orinando en el ponche. ¿Cuándo hiciste eso, esposo?
―Seguro que eran damas. No puedo evitar ser el epítome de la belleza y la virilidad masculina. Tendrás que aprender a vivir con todas las grandes virtudes y escasos defectos de tu adorado esposo ―sentenció como si hubiese dicho algo normal y común.
―¿No vas a decirme por qué creen que volverás a desnudarte y a profanar el ponche?
―Eso es más propio de mi hermano.
Ella levantó una ceja.
―¿Estás seguro? ―Amaba a York con todas sus fuerzas, pero él tenía sobre sus hombros un pasado muy lamentable. Podía esperar cualquier cosa.
―Lo cierto es que estoy convencido de que no he hecho eso en toda mi vida.
―¿Cómo puedes estar tan seguro?
―Porque antes de conocerte recuerdo haber ido a una o dos fiestas decentes, y fueron aburridas e insípidas. Recordaría perfectamente haber dado un poco de diversión…, creo ―dijo la última parte dubitativo.
―¿Crees? ―cuestionó ella, al tiempo que suspiraba.
―Bailemos, Isobel. Los que hoy nos acompañan aquí no han venido solo para ver si pueden admirar mi belleza al desnudo, están aquí para comprobar si el mayor disoluto de Londres está completamente enamorado de su duquesa.
―¿Y lo está? ―preguntó ella con diversión. A él le gustaba hablar de sí mismo en tercera persona para darse más importancia y a ella le divertía eso.
―Tus dudas me ofenden, Isobel. Esta noche recibirás tu castigo y luego te permitiré darme el correctivo que crees que merezco. Y te advierto que tu penitencia implica el uso de tu boca sobre…
―York, pueden oírnos. ―Ella se giró para comprobar que estaban solos.
―… sobre la parte de mi cuerpo que desees. ¿Te place que lo deje así?
Ella se acercó a su oreja. Él gimió de placer ante el gesto.
―Tú también estás castigado, por descontado, por portarte mal con las damas de tus amigos, tu lengua estará sobre mi feminidad todo el tiempo que estime oportuno ―sentenció en tono bajo y muy travieso.