Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 13 #3
66%

Capítulo 13 #3

―¿Y lo dices así? ¿Tan sereno? ¿No se supone que cuando uno descubre que algo no anda bien debe arreglarlo?

―No entiendo el motivo por el que te lo cuento. Seguramente es porque ya me he dado por vencido con ella. O más bien es al revés. ―Regina se rindió desde el principio… Suspiró.

―Eres capaz de agotar la paciencia de un santo. Eso lo sé también. No creía que fueses de los que se rendían ante la adversidad. Me decepcionas, Ranfield ―lo regañó.

―No tiene arreglo y lo he aceptado. Le confesé algo que nadie más sabe y ella no me lo perdonará jamás.

―¿Te acostaste con su madre o su hermana? Porque lo que dices tiene que ser algo así de grave.

―Fui el causante de la desdicha de su hermana durante muchos años. ―Él nunca olvidaría la cara de Regina cuando le confesó que su hermana, de nombre Evangeline, tuvo que renunciar al amor de su vida siendo joven porque él le desveló al padre de ambas una verdad que dio pie a esa separación.

Ella no podría perdonarlo y él no confiaría en ella nunca.

Estaban en un hoyo del que no podrían salir.

Su amigo se equivocaba en una cosa, y era que Regina ya estaba al tanto de los rumores que lo relacionaban con varias damas y otras mujeres de vida alegre.

Su esposa le había negado sus derechos conyugales y eso lo estaba volviendo loco.

Lo peor de todo era que Lawrence le era fiel.

Y posiblemente siempre se lo sería, pese a que él sabía que tarde o temprano ella acabaría traicionando sus votos matrimoniales y le sería desleal con otro. Y él odiaba a ese otro.

―Ponte de rodillas y pídele perdón.

―No es tan fácil.

―¿Por qué no?

―Porque llevo tantos años siendo un villano que lo soy incluso con ella. Cuando estoy con Regina no la trato como debería, bien lo sé, y cuando no la tengo cerca la necesito ―susurró.

―Eso también tiene solución ―apuntó con afabilidad.

El conde comenzó a negar con la cabeza.

―¿Recuerdas a ese tipo con el que me aticé en El Placer del infierno? ―Era un club del East End al que Ranfield acudía de vez en cuando. Especialmente por trabajo.

―Te peleas con muchos. ¿Cómo voy a recordarlos a todos? ―No mentía. Ranfield estaba enfadado con el mundo, con cuantos moraban en él. Era habitual que se metiese en peleas solo para descargar toda esa rabia y dolor que lo inundaban.

―El hermano del duque de York.

―¿Cuántos duques conoces? ―El tipo al que estaban esperando y que llegaba tarde era también un par del reino.

―¿Me lo preguntas tú que eres primo de uno?

York, York… le sonaba ese título. Jacob se quedó pensativo.

―¿York es ese hombre tan pomposo que se cree el ombligo del mundo? ¿Ese que está maldito con tanta belleza y soberbia?

―Ese mismo.

―Ha invitado a mi primo, al duque de Darkworth, a un baile o algo así, y por descontado tengo que acompañarlo. ¿Qué sucede con él?

―Conozco el título de tu primo. No era necesario sacarlo a colación.

―¿Qué estabas diciendo de ese York?

―El hermano de ese duque, que se cree más bello que un querubín celestial, está enamorado de mi esposa ―reconoció con tirantez.

―¿Y es tan apuesto como York? ―quiso averiguar Jacob.

―Nadie es como el pomposo. El problema es que tarde o temprano mi esposa me comparará con el hermano de York y decidirá que cometió un error cuando se casó conmigo.

―Creo recordar que me dijiste que ella te persiguió porque te amaba fervientemente.

―Oh, sí. Eso fue hasta que confesé que le causé mal a su hermana, a la mujer que más ama.

―Todo aquello fue… Y al ver que ella había sido falsa en sus afirmaciones y no contó con su lealtad ni su perdón.

La relación entre ambos estaba tan emponzoñada que…

Ranfield no veía salida posible. Los celos que sentía por Liam Banstorn, que se había erguido como paladín de su esposa, unidos a la decepción en la que Regina lo sumió…

Todo parecía irse al traste y él no tenía ganas de luchar por un amor que estaba muerto antes de nacer.

Sí. Ella mató toda posibilidad de felicidad cuando decidió mostrarse fría, insensible, desconfiada y otras miles de cualidades más, con él.

―¿Has probado a seducirla? ―Arrojó un poco de luz.

Ranfield gruñó. No iba a mendigarle atenciones a su esposa. Ella lo echó de la cama una vez. No lo haría una segunda.

Ante esa respuesta del conde, Jacob decidió no seguir con sus preguntas o sugerencias. Hubo un momento de silencio, en el que el viento azotó los árboles.

Ranfield se dio cuenta de que echaba muchísimo de menos a su hijo. A Regina la daba por perdida, pero podrían tener un matrimonio como se estilaba: cordial, frío, donde lo principal fuera su hijo.

―¿Está feo que desee que Phenton muera para poder regresar a mi casa? ―preguntó Ranfield con una sonrisa.

―¿Eres consciente de que la Corona te asignó vigilar a cuatro nobles y que de ellos… solo te queda Phenton vivo?

―¿Qué quieres que haga si ese maldito Gerson es como un fantasma? ―se quejó el conde.

―No es ningún espectro. Es alguien que sabe matar y si no descubrimos pronto quién está detrás de esas muertes y de los intentos de asesinato de Phenton, el Ministerio comenzará a preguntarse si nosotros dos somos los buenos o los malos.

―¿Conoces a algún hombre que haya sobrevivido a tres intentos de atropello con un carruaje, dos ataques de perros, tres apuñalamientos y un tiro?

―Ranfield estaba maravillado con las proezas de ese hombre.

Para ser amigo del duque de York, quien además era el esposo de la madrastra de su condesa, le caía bien.

El conde se quedó pensativo. ¿Por qué el mundo tenía que ser un lugar tan pequeño?

Cierto que cuando el Ministerio lo destinó a Londres y lo puso a vigilar a Phenton, eso fue el detonante para que él se reencontrase con Regina.

Fue la relación entre York y Phenton lo que hizo posible que él la volviese a tener cerca, dado que por aquel tiempo el vanidoso Malcom W.

Banstorn se había casado con Isobel, la madrastra de su condesa, pero…

A veces desearía que no hubiese sucedido así, que lo hubiesen destinado a otro lado.

Y solo cuando se acordaba de su hijo, se daba cuenta de que Regina era lo mejor que le pudo pasar, puesto que le había dado a Kyle.

―Confieso que Phenton parece invencible. Tal vez al duque le quede algo pendiente en este mundo que debe poner en orden, y no desea partir hasta solucionar sus asuntos. Tengo entendido que es el único de su estirpe. Posiblemente no quiera morir y que su fortuna y título revierta a la Corona.

―Como no venga pronto, yo mismo lo mataré. Hace un frío del demonio. ―Ranfield se subió las solapas del abrigo gris marengo de lana para protegerse del viento gélido. Así se sentía él con respecto a su matrimonio.

―Espero que no se refieran a mí cuando hablan de asesinato, caballeros, puesto que unos cuantos lo han intentado ya y sigo aquí, respirando. ―El aludido acababa de llegar.

Ranfield gimió. No era bueno para la misión que ese hombre, amigo íntimo de York y que sospechaba que lo odiaba, hubiese escuchado su afirmación. El muy ladino había aparecido entre las ramas de unos arbustos sin hacer el menor sonido. ¿Acaso era otro maldito fantasma como Gerson?

―Estamos aquí justo para lo contrario, excelencia ―tomó la palabra Jacob―. Debemos protegerle y averiguar quién es el que está detrás de la muerte de dos condes y sus intentos de asesinato.

―Infructíferos intentos de asesinato ―puntualizó Phenton con satisfacción, sobre su situación.

―Es evidente que así es, excelencia, porque de otro modo no estaría usted aquí ―habló Ranfield con tranquilidad.

―Sé quién eres ―le dijo Lucien, al tiempo que lo observaba con fijación.

―Y yo sé quién es usted.

―¿Te refieres al mejor amigo del duque de York? El que fue tutor de tu esposa por un breve periodo de tiempo ―precisó por si no lo ubicaba con la primera referencia.

―No ―apuntó despacio―, es amigo de Banstorn, el hombre que trata de robarme a mi esposa.

―Sí, ese también soy yo ―le dijo con condescendencia.

A Phenton le había llegado una carta, sin firma, hacía unos pocos días, para pedirle una reunión en Hyde Park, precisamente bajo el árbol que tantas ocasiones había servido a espías como él para citarse y hablar sobre los detalles de una misión.

Lucien mismo había estado con el hermano de Margaret muchas veces en ese lugar exacto, trazando planes y luchando contra quienes deseaban la extinción de la Corona o provocar otra guerra todavía peor que la de Napoleón.

Algo le olía mal. En cuanto identificó a Ranfield desde una distancia prudencial… aquello comenzó a apestar a podrido.

Conocía a ese hombre porque York solía decir que el conde de Ranfield, el esposo de una de sus hijastras, pupilas, o lo que ellas fuesen en esos momentos de Malcom, no era trigo limpio.

Además, estuvo en primera fila cuando el hermano de York se peleó con él en un ring para demandarle que cumpliese con su deber de caballero.

La historia de Liam con la esposa de Ranfield era…

No sabría cómo calificarla. Aunque todo indicaba que los caminos de Regina y Banstorn se habían separado, el hermano de su mejor amigo parecía reacio a asumirlo y eso era un gran problema para todos los implicados.

Phenton miró con suspicacia a los dos hombres.

―A él lo conozco y no por nada bueno. Deduzco que Ranfield se dedica a lo mismo que yo si me ha citado aquí. ¿Quién eres tú?

―Otro igual que Ranfield y usted. Jacob Donaldson ―se presentó.

Un espía, Lucien se dio cuenta de que los tres estaban metidos en asuntos similares. Lo que no le quedaba claro era si eran del bando de los buenos o de los malos.

―¿Qué hacemos aquí?

―Conocí a Contacto ―habló Ranfield. Phenton conocía ese alias. Era el nombre de su superior, que murió en una misión―. Así que si está pensando si estoy a favor o en contra suya, creo que es necesario sacar a colación…

―Ahórrate las palabras ―lo cortó Phenton―. No me fío de nadie, por lo que a mí respecta todos son susceptibles de ser traidores. ¿Qué hacemos aquí? ―repitió la pregunta.

―Gerson lo quiere muerto ―dijo Jacob.

―No es ninguna novedad.

―Venimos a ayudarle a detenerle ―ratificó el conde.

―Para eso primero hay que identificarlo. ―Phenton llevaba años tratando de hacerlo.

―Sheyla Malone está de regreso en Londres ―dijo Ranfield.

―¿Qué hace ella aquí? ―preguntó extrañado Phenton.

―Es la única que puede identificar al villano que debemos apresar ―dijo Donaldson.

La última vez que vio a su compañera fue en aquella fiesta indecente llevada a cabo en casa de York, porque el malhechor voló y le perdieron la pista.

Recordaba perfectamente aquella fiesta de York.

Los tres habían trazado un plan maravilloso donde él era el cebo para cazar a Gerson.

El asunto era que lo viesen desnudo para que el malhechor pudiera identificar sus heridas, y que Gerson o sus secuaces tratasen de atacarlo, pero no pasó nada de eso.

Se metió con un buen número de mujeres en una habitación esperando que algo sucediese y al fin terminase, de una buena vez por todas, con su vida como espía.

No. Aquella noche fue solo el inicio del fracaso.

Incluso el comienzo para su vida disoluta y libidinosa, vacía.

Ver a todas aquellas preciosidades dándose placer no le hizo desear hacer ninguna travesura.

En su mente solo estaba ella. La mujer que lo abandonó sin pestañear.

Fue entonces, mientras tenía ante sus ojos esa bacanal en la que Sheyla sí se puso morada, cuando se dio cuenta de que su vida no volvería a ser la misma jamás.

Lucien estaba cansado de la perversión, de la lujuria sin amor.

Margaret lo había cambiado para toda la eternidad y maldita fuese por marcharse después sin mirar atrás y dañarlo.

No entendía cómo había podido gozar de algo como eso, de la lubricidad sin devoción.

Nada era comparable a acostarse con la mujer indicada.

Así que dos horas después, y viendo que nada sucedía mientras iba disfrazado de Baco, Phenton se marchó de aquel lugar para vivir el dolor más grande producido.

Ni la puñalada ni el disparo que exhibió desnudo sin pudor ante el público, le hicieron tanto daño como el abandono de la hermana de su némesis.

La vida era injusta. Tocó el cielo para luego sumirse en el infierno.

Desde Margaret, el placer no volvió a ser igual.

Solo fue una forma de desahogarse. Se mantuvo célibe durante unos meses, porque la deseaba a ella y solo a ella.

Luego llegó la rabia y la ira. Eso le hizo buscar el consuelo en la carne.

No llegó. El consuelo no se presentó ante él ni una de las veces en las que estuvo en una orgía, o en la habitación de un club muy interesante llamado El placer del infierno, donde había mujeres que harían a un santo pecar.

Era como un ciego al que le ponían delante manjares y no los veía, no los disfrutaba porque además todo le sabía a cenizas. Margaret, maldita fuese, lo había arruinado para el resto. Por más que trató de enterrar su recuerdo, de olvidarla, le fue imposible.

El también maldito York tenía razón. Una vez que el amor tocaba un corazón ya nada era igual. No lo reconocería mientras viviese. Margaret no se lo merecía. No merecía su amor incansable, su constancia. Ella se merecía que se casase con otra y que la olvidase.

―¿Cuál es el siguiente paso? ―preguntó Ranfield.

La pregunta trajo de regreso a la realidad a Lucien.

―Si os habéis dado a conocer ante mí ahora, después de tanto tiempo vigilando mis pasos, intuyo que buscáis que sea el anzuelo. ―Si la labor de ambos era, como sospechaba que sería, la vigilancia… ya se habían delatado. Eso era desesperación. Lo veía en los ojos de ambos.

―Es usted el único al que intenta matar y sobrevive ―sentenció Donaldson.

―Haré que pongan eso en mi lápida ―se burló Phenton.

―No hay otra manera. La señorita Malone asegura que el mismísimo Gerson ha vuelto para terminar el trabajo ―aseguró Ranfield.

Lucien suspiró antes de decir:

―Entonces hagamos lo que tengamos que hacer para que todo termine al fin.

Al parecer, Margaret no era la única que había regresado a su vida. El villano también lo acababa de hacer.