Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

―Porque York así lo quiere. ―Se hacía una buena idea de la trampa que ese duque pomposo iba a tenderle. No se acobardaría. ¿Qué podía hacerle Phenton en una fiesta de la alta sociedad a la vista de todo el mundo? Tal vez fuese un escudo perfecto para un segundo encuentro.

―Visitarás a la modista. ―No era una pregunta.

―¿Recuerdas todas las veces que me quejé siendo joven de lo insufrible que era estar enfundada en sedas, encajes y demás complementos?

―Perfectamente. Tu padre insistía en que era mejor así, dado que le ahorraste una fortuna al no pedir más que los vestidos necesarios para la temporada.

―Eso ha cambiado. Deseo verme como una princesa en medio de un baile.

―¡Margaret! ―exclamó sin dar crédito a lo que escuchaba―. ¿Qué te ha pasado en Escocia?

―Allí he aprendido a valorar muchas cosas que tenía y por las que no daba gracias.

Los vestidos son algo trivial. Te he echado terriblemente de menos.

Antes dijiste que no te trato con formalidad.

Me siento cercana a ti. Soy madre como tú y al fin comprendo lo que has debido sufrir con mis hermanos y conmigo.

Te pido perdón por todas esas ocasiones en las que no te tomé en consideración porque me sentía, falsamente además, más inteligente que tú.

Te doy las gracias por cuidar de mí, por no repudiarme cuando descubriste lo que hice y por guiarme cuando tuve que tomar la decisión adecuada.

Te quiero, madre. He tardado una eternidad en mostrarte mi gratitud y mi cariño, pero te la exhibo con total franqueza hoy.

Margaret finalizó su discurso dándole un beso en la mejilla. Tal y como estaban ambas, sentadas en el amplio sillón de la salita, las dos se unieron en un abrazo.

―Me has hecho llorar, malvada ―le dijo su madre, cuando se retiró para tomar un pañuelo y sonarse la nariz.

―Es hora de que Calista tenga vestidos nuevos, ¿nos vamos a Bond Street de compras?

―¿Gastar dinero con mi hija y mi nieta? No sabría de un plan mejor, mi querida Maggie. Daré buena cuenta este mes del estipendio que me otorga tu hermano. Cuando muera le dejaré a tu hija una suma considerable. Soy una mujer que apenas sale ya de casa y economiza sin querer hacerlo.

―Yo también administré bien la dote que Ryan me cedió. Y… espero que estés a mi lado muchísimos años. Tienes muchos nietos a los que conocer. ―Sabía que él necesitaba un heredero y ella debería proveérselo.

―Das por seguro que Phenton te aceptará con facilidad. No censuro tu entusiasmo, pero sí la alegría con la que hablas de ello. En tu lugar, yo estaría muy inquieta.

―Estoy muerta de miedo, pero lo hecho, hecho está. Solo queda aceptarlo.

La condesa viuda de Albemarle suspiró. Se enjugó las últimas lágrimas y las dos se dispusieron a ir en busca de la niña para disfrutar de un día en la modista. Los vestidos que había traído Calista de Escocia no eran apropiados para la hija de un duque.

***

El señor Jacob Donaldson y el conde de Ranfield, Lawrence Trent, estaban en una zona apartada de Hyde Park, bajo un conocido árbol que pocos sabían que servía para conspirar.

Era un lugar de reunión seguro, donde veían a cualquiera acercarse para poner la oreja, y daba al mismo tiempo intimidad para debatir asuntos complejos.

―¿Has vuelto a ver a la mujer por la que suspirabas?

―¿Disculpa? ―Jacob no había esperado una pregunta así. Acababan de hablar sobre pistolas y de repente…―. ¿De dónde sale una pregunta así?

―Se te veía muy cómodo con ella.

―¿De quién hablas? ―Se había perdido. No entendía a Ranfield. Después de tantos años siendo compañeros, y todavía él lo sorprendía.

―La mujer de Escocia, a la que le prestaste tu carruaje y a dos de tus mejores hombres. No me habías hablado de ella. ―Ranfield levantó un par de veces las cejas de forma pícara para ver si comprendía lo que le estaba preguntando.

―Margaret es solo una viuda que necesitaba compañía. No hay nada reprochable en nuestra relación, te lo aseguro. Es una mujer de lo más respetable.

―No me dio la impresión de que solo fuera una mujer más para ti.

―Hablemos de otras cosas mientras llega nuestro invitado. ―Jacob no tenía ganas de abordar ese asunto. No veía a Margaret como otra cosa que no fuese una amiga a la que ofrecer compañía, con la que poder consolarse solo con palabras.

―¿Crees que él vendrá? ―preguntó Ranfield en alusión a la persona que esperaban.

―Yo lo haría. Si fuese mi pellejo el que estuviese en juego, haría lo que fuese para descubrir quién puede haber detrás. ¿Por cierto, contrataste a la señora Pars?

Lawrence Trent, lord Ranfield, puso mala cara.

―Mi esposa la odia y por ende a mí. La relación con Regina ―así se llamaba su condesa― ya era bastante mala debido a todos los secretos que me veo en la obligación de guardar. No debí haberte hecho caso.

El conde llevaba casado con la que fuese Regina Dreyer antes de convertirse en lady Ranfield, casi dos años.

Sus inicios fueron complicados, pero a medida que el tiempo pasaba la relación con ella no mejoraba, era tensa y desastrosa.

Un hombre que no estaba hecho para el matrimonio y que tenía un trabajo tan peligroso no debió haberse casado jamás.

Menos con una mujer a la que posiblemente no merecía y en la que no confiaría nunca.

―Winona Pars es todo lo que necesitas. No hay mujer más capacitada para su labor.

―Es una niñera pésima ―se quejó Lawrence.

―Sí, pero defenderá a tu familia con su propia vida.

Te lo garantizo. Es leal al dinero que le pagas, pero también me consta que es feliz en tu casa.

Así que puedes confiar en que no te traicionará si llega otro que le pague más por darte tu merecido.

Nadie sospechará de su… formación, por decirlo de alguna manera.

Ranfield refunfuñó. Debido a los asuntos en los que estaba metido, no podía estar siempre protegiendo a Regina y a su único hijo, el pequeño Kyle, así que cuando una noche, ebrio, le habló de la inseguridad que sentía al dejar su casa de campo desprotegida, Jacob le recomendó contar con la señora Pars.

Ella era algo parecido a un coronel, había sido compañera de Donaldson antes de retirarse de los asuntos turbios, y dado que la mujer deseaba un lugar tranquilo en el que vivir sin grandes sobresaltos y estaba más que capacitada para pasar desapercibida y defender a su condesa y a Kyle de cualquier ataque, él tuvo que contratarla.

La supuesta niñera se tomaba muy en serio su trabajo y Regina la odiaba con todas sus fuerzas porque se atrevía a desafiarla y el conde se veía en la obligación de respaldarla.

Por descontado que él también lo aborrecía.

No obstante, los problemas que arrastraba con su esposa, la mayoría los había provocado él por ser sincero y haberle confiado un par de secretos que nunca debió mencionar.

Las mujeres hacían eso. Pedían sinceridad, aseguraban ofrecer amor incondicional, pero cuando las cosas no eran de color de rosa se tornaban frías e insensibles.

Y no era agradable saber que ella tenía un pretendiente concienzudo que no aceptaba que la dama estuviese casada.

Un hombre al que él detestaba como la peste negra y que no paraba de buscar ocasiones para pelearse con él.

―Creo que es más probable que Pars haga que mi esposa acabe decapitándome. Regina es… ―No sabía cómo calificarla. Era obstinada y tirana.

La conoció en su niñez. Él le dio su primer beso.

Ella era la hija protegida de un conde y la deseó desde que la vio.

Su vida, a causa del anterior lord Ranfield, era un caos, él estaba roto por completo y le pidió a ella, cuando se reencontraron años más tarde, que lo dejase marchar.

No. Trató de desembarazarse de aquella pelinegra de ojos turquesas, pero no lo logró.

Un embarazo lo cambió todo. Lady Ranfield se quedó encinta mientras era perversa y soltera, y en honor a la verdad él…

él… no hizo nada para remediarlo. Tal vez en su fuero interno desease que sucediera, porque ni una sola vez, de las que jugaron a la indecencia, le preguntó si usaba esponjas o algún otro método para prevenir la llegada de una criatura.

―¿Sigues teniendo problemas con tu esposa? ―preguntó con suavidad Jacob.

Los dos hombres se conocían bien. Cuando lo único que a uno lo separaba de la muerte era la confianza en el otro…

No había nada que uniese más que eso. Donaldson confiaba en su compañero con su propia vida.

Habían estado juntos demasiado tiempo como para no saber la clase de persona que era.

Jacob era consciente de que Ranfield había pasado por demasiado en su vida, en especial a causa de su progenitor.

Cuando se emborrachaba hablaba más que estando ebrio.

Esos hechos angustiosos que superó, lo hicieron brillante para el papel que desempeñaba, pero el coste era muy elevado para afrontar el resto de las facetas de su vida, como su matrimonio, por ejemplo.

―No me fío de nadie, me conoces bien. Sé que ella hará como todo el mundo y acabará traicionándome. ―Esa era la historia de su vida. Había aprendido, entre palizas y desprecios del anterior conde de Ranfield, que estaba solo y que dependía de sí mismo para salir adelante.

Jacob le sonrió mientras negaba con la cabeza.

―Me gustaría pensar que te soy leal y que puedes fiarte de mí.

Lawrence Trent lo miró de soslayo y con media sonrisa.

―Bueno… la vida es larga… ya veremos cómo terminamos tú y yo.

Jacob soltó una larga carcajada.

―Debiste haber confiado en tu esposa y ponerla al corriente de tus…

actividades alternativas al título. Tarde o temprano le llegarán rumores sobre los prostíbulos que visitas.

Te aseguro que no se lo tomará bien y entonces comprenderás que lo que has vivido a su lado, por más que te pareciera un tormento, no era ni el principio de la pesadilla.

―¡Oh, no!, eso es imposible. Somos del todo desdichados el uno y el otro. Lo peor acaba de empezar y sé que con el tiempo se convertirá en un infierno.