Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 13
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Capítulo 13

Un juego de espías

Margaret llegó a su casa después de alquilar un carruaje y sentía como si alguien la persiguiese. Como si la estuviesen observando. Como si Phenton hubiera puesto a alguien tras sus pasos. Cuando pasó y cerró la puerta de casa de su hermano se sintió al fin segura.

Para un primer encuentro había ido todo rodado. Le había hecho saber que estaba cerca, en Londres, y que lo había cuidado. Eso tal vez lo aplacase para cuando se descubriese todo el pastel. No. Seguro que no lo contendría lo más mínimo.

Vio a su hija corriendo hacia ella.

―¡Mam! ―exclamó, al tiempo que alzaba las manos para lanzarse a sus brazos.

―Pajarillo, te he echado de menos terriblemente.

La condesa viuda llegó hasta la entrada desde la salita de recibir visitas. Margaret se dio cuenta de que la miraba con aire interrogativo.

―¿Qué ha pasado?

Ella no sabía por dónde empezar a relatar su historia.

―¿Se ha portado bien la niña? ―Decidió cambiar el rumbo de la conversación.

―Es un ángel. A diferencia de su madre, que jamás me hizo caso, Calista es muy obediente. ―Margaret se sintió satisfecha, aunque lamentó la punzada sobre su comportamiento.

―Vaos a jugar, mam ―le dijo a Maggie.

―Tengo que hablar con tu abuela. ―La madre de la niña divisó a la doncella de la condesa y vio una oportunidad―.

Ve con Lydia ―así se llamaba la mujer― al cuarto de la guardería y juega con los juguetes que yo tenía cuando era pequeña.

Hay algunos caballos de madera de tu tío también. Subiré enseguida. ¿De acuerdo?

A la niña se le iluminaron los ojos con la sugerencia. Desde que había desembarcado en la casa de los Cross, su abuela la había llevado a todas partes, pero todavía no había descubierto los tesoros de la niñez de su madre.

Margaret la dejó en el suelo y de inmediato le sostuvo la mano a la denominada Lydia para disfrutar de los juguetes.

Margaret y su madre se metieron en la salita. El té, todavía caliente, estaba en la tetera y la condesa les sirvió una taza a ambas. Todo se digería mejor con algo líquido.

―¿Dónde está Marian? ―Le había extrañado no ver a la que se había convertido en algo parecido a una hermana acompañando a Calista.

―Le di unos días libres para que visitase a su familia.

―Es una excelente idea que lamento que no se me haya ocurrido a mí ―dijo con molestia por no haber estado atenta a eso.

―Tienes problemas más importantes que atender. Todo Londres está inquieto porque me ha visto con mi nieta. Especularán. Dime que se lo has dicho ya ―le rogó.

―Uhm…

―¡Margaret! ―la amonestó, al darse cuenta de que no le había desvelado la existencia de su hija.

―He dejado que se hiciera al ánimo de que he vuelto. Pronto le confesaré todo lo que le he ocultado. Solo es cuestión de un poco más de tiempo.

―¿Tienes miedo? ―preguntó su madre con curiosidad. Pudiera ser que ella estuviese aterrada.

―No lo sé. No lo he pensado detenidamente, pero creo que sí. Trataré de soportar las palabras y todo lo que me lance. Él no puede huir de la situación, ni yo tampoco. Estamos atados hasta el fin de nuestros días. ―Suspiró cuando terminó de hablar. Calista los unía de ese modo.

―¿Te das cuenta de que será mucho peor si se entera por otras personas? ―Su madre estaba muy disgustada y no la entendía.

―No creo que se relacione con la misma gente de tu círculo.

―Era un libertino y moriría siéndolo, ella no tenía la menor duda.

A menos de que alguien hablase de la nieta de la condesa viuda de Albemarle en un prostíbulo o en una de esas fiestas a las que él tanto le gustaba ir, su secreto no saldría a la luz.

―No entiendes lo complicados que son los hombres.

―¿Complicados? ―preguntó escéptica―. En absoluto. Phenton no ha cambiado. Dale una mujer, la que sea, y será feliz. ―Ella lo acababa de volver a ver.

―No eres consciente de los encontronazos que ha tenido con tu hermano todos estos años.

Es un milagro que no se hayan matado. Debí haberte hablado de eso con profundidad en las cartas, pero ya ves, querida hija, que no deseaba apenarte.

Así que tampoco sabes las veces que se ha presentado en casa exigiendo saber cuál era tu paradero.

Ese hombre no se contenta con cualquier mujer.

―¿Ahora es cuando me dirás que ha permanecido célibe? ―inquirió con mofa.

Su madre le había contado algunas de las cosas a las que acababa de aludir en sus cartas, pero no de un modo tan ferviente como el que acababa de escuchar, así que Maggie nunca le dio veracidad. Solo se trataba de un hombre con el orgullo herido.

―¿Por qué habría de hacerlo, si fuiste tú la que huiste de su lado? ―rebatió su madre.

―¿Te pones de su parte?

―Esto no es ninguna guerra, Margaret. Esto trata de que jamás haces caso a tu madre. Soy una mujer con experiencia, ¿qué crees que hará él cuando se entere de que le has ocultado tantas cosas?

―Poco puede hacer… más que aceptarlo.

―Has estado con Phenton el tiempo más que suficiente para hablarle de todo y lo has desaprovechado. Eres una inconsciente, Margaret. Creí que estos años fuera te habrían dado más sensatez.

―Estoy aquí. Me dijiste que debía volver y lo hice sin cuestionarte. Soy valiente, madre, pero cuando se trata de él, nunca sé cómo actuar. Llevo años con una cicatriz abierta en el corazón, no me juzgues tan severa por no querer volver a abrirla en carne viva tan pronto.

―Dios santo, hija mía, sigues sin entenderlo. Ese hombre ha estado hablando de buscar una prometida desde que se dio cuenta de que lo abandonaste sin miramiento. ¿Qué habría pasado si llega a casarse?

―Pero tú me informabas de todo. No se ha casado, así que no hay que lamentar nada.

―Oh, Margaret, eres peor que Albemarle. Me rindo. Haz lo que consideres oportuno como has hecho desde que tienes uso de razón.

―Debes confiar en mí. No soy la misma que era, pero todavía tengo que ser precavida. Con él debo ir con cuidado. Lanzará todo su arsenal sobre mí y es necesario ir poco a poco.

Su madre le sonrió tímidamente.

―Has cambiado. Mucho. Te ves espléndida, más madura, con una mirada un tanto salvaje, supongo que eso lo aprendiste en Escocia.

Me doy cuenta de que has vuelto y no me tratas con la formalidad excesiva que cuando vivías bajo mi techo.

Eso lo considero un paso, solo lamento que sigas obviando los sabios consejos que te da una mujer que ha estado en tus zapatos.

―Mi padre no era como Phenton.

La condesa viuda se acercó a ella y le tocó la mano derecha.

―Calista tampoco recordará que estuvo años separada de su padre.

―¿Qué quieres decir? ―Margaret no había esperado una revelación así.

―No serás la primera ni la última mujer que hace las cosas imposibles para exigir fidelidad.

Tu padre y yo tuvimos un matrimonio excepcional, pero no desde el principio.

Las parejas, cuando son como nosotros, que se ven obligadas a aceptar acuerdos familiares, están condenadas al fracaso.

Yo, hija mía, soy tu madre, pero una vez fui una mujer enamorada de otro hombre y mis padres no me dejaron seguir a mi corazón.

Me casé con Albemarle contra mi voluntad, solo acepté lo que me obligaban a hacer.

Los primeros años fueron un infierno. Yo tenía que darle un heredero.

Le di uno, el repuesto y una niña. Cuando me cansé de no ser más que un adorno para él, decidí tomar cartas en el asunto.

―¿Qué paso? ¿Qué hiciste? ―inquirió llena de curiosidad cuando su madre se quedó callada.

―Lo necesario, Margaret.

―¿El qué? ―Ella necesitaba toda la información.

Su madre le volvió a sonreír con la mirada llena de sinceridad.

―Nunca quise subyugarte a un contrato matrimonial.

No me decanté por eso para ninguno de mis amados hijos.

Cuando el amor finalmente llegó para tu padre y para mí, cuando lo descubrimos, decidimos que el mejor regalo sería daros la independencia para elegir sobre vuestro futuro.

Te permití demasiada libertad con Phenton porque tú tomaste tu decisión y todo estaba sentenciado cuando fui a pedirte explicaciones sobre lo que estabas haciendo.

Lo recuerdas, ¿verdad? Aquella vez él también estaba herido, como ahora.

―Jamás lo olvidaré. Tomé una decisión. Calista llegó y estuve satisfecha por haber obrado como lo hice y lo volvería a hacer una y otra vez, incluso sabiendo que mi corazón se rompería en todas las ocasiones.

―Te marchaste de esta misma casa cuando él te traicionó. Tu hermano y tú sentenciasteis tu futuro. Yo te habría aconsejado quedarte y luchar.

―No podía hacerlo.

―Debiste hacerlo por la niña. Él no merecía que le ocultásemos tu embarazo.

―Te lo juro, madre. No sabía que estaba embarazada. Ni tan si quiera lo pensé. En tierra lejana estuve tranquila, sin él. No deseaba volver y no lo hice porque era consciente de lo que tenía que hacer: quedarme allí.

Hubo un momento de silencio.

―¿Qué harás?

―No tengo ni la menor idea.

―Ese amigo suyo… el que odia tanto tu hermano también.

―Albemarle detesta todo lo relacionado con Phenton.

―Me refiero a ese tan apuesto y disoluto… el que se casó y dejó a toda la sociedad incrédula.

―¿York? ―Era el que primero le vino a la mente.

La condesa viuda no se creía cómo un hombre que huía del matrimonio como de la peste había logrado casarse por amor. Los duques de York protagonizaron un escándalo de lo más romántico cuando huyeron a Gretna Green para enlazarse, y dejaron a todos los invitados plantados en la catedral de Londres.

―Sí. Ha llegado una invitación para una fiesta.

―Ya, dijo que tenía que ir. ―Era otro tirano y sospechaba que peor que el padre de Calista.

―No he escondido a tu hija de los ojos indiscretos. Si accedes a ir, serás pasto de las burlas. Pronto te relacionarán con la niña a la que he paseado con orgullo por la ciudad. Tal vez Phenton esté allí y descubra la existencia de tu hija. ¿Crees prudente acudir?

―Sé que Phenton estará allí.

―¿Cómo puedes estar tan segura? ―La forma en la que Margaret habló, con tanta seguridad, la dejó perpleja.