Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

―No. La hermana de Albemarle tiene razón, no estás para soportar la pelea que deseas entablar con ella. Te ganará como aquella vez que la secuestraste. ¿Lo recuerdas?

―¡Claro que lo recuerdo! Tráela aquí ―repitió con gritos excesivos.

―Deja que se retire, ha prometido no escapar.

―York, te lo digo de verdad. O la traes aquí o… o…

―¿O qué? ―refutó parsimonioso.

―¡Tráela ante mí! ―rugió de nuevo.

―No. Si quieres verla, recobrarás fuerzas con un buen filete, unas patatas asadas…

―¡No tengo hambre! ¡Ve a por ella!

York lo dejó sobre la cama. Sentado. Él trató de volver a ponerse de pie.

―Querida, si no se da prisa, le dará caza. ―Malcom levantó la voz para ver si ella lo escuchaba.

Phenton se colocó de pie con cuidado. York seguía cerca de él, preparado para sostenerlo en caso de que le flaqueasen las piernas.

―¡Eres un vil traidor! No puedo considerarte mi amigo ya.

―Sí, bueno, me han llamado cosas peores.

―¡Margareeeeeet!

―Ah, eso era. Ella se llama Margaret ―dijo York, mientras se tapaba los oídos―. Antes, cuando has soltado un alarido similar a este, no te había escuchado pronunciarlo bien. No importa. Si no es Isobel, acabo olvidando todos los nombres. Será siempre la hermana de Albemarle. Es más sencillo.

―Ayúdame a ir a por ella. No debe marcharse sin que le diga un par de cosas.

―No puedo dejarte hacer eso.

―¿Por qué diablos no lo harías?

―Porque la enfadarías y no es eso lo que quieres.

―Al cuerno contigo. Lo que deseo es… es…

―Amonestarla y gritarle. Ella hará bien en marcharse y así tú recapacitarás sobre lo próximo que le dirás. No hay peor insulto que una mala palabra a destiempo.

―No se preocupe, York. ―Llegó ella ya vestida portando una pequeña maleta con sus enseres.

Solo se asomó a la puerta, no se atrevía a entrar―.

Imagino todo lo que escucharé de su boca llegado el punto y estoy más que preparada para el veneno.

―Maggie se ladeó para mirar directamente a los ojos del canalla―.

Lo que me recuerda que… Verás un tiro sobre tu ostentoso cuadro, el que tienes en la salita de recibir visitas, tuve que usar tus pistolas de duelo para librarme de las diez mujeres, la mitad de ellas embarazadas, que aguardaban para que convirtieses a una en una mujer honrada.

Me pareció más sensato dispararle al lienzo que a alguna de ellas.

Lamento tener que darte malas noticias, pero no es posible que te cases con nadie. ―Ella le sonrió llegados a ese punto.

―No te vayas. Iré a casa de tu hermano si me obligas a hacerlo y…

―Buenos días tengan, caballeros. Nos volveremos a encontrar.

No esperó más. Se esfumó de inmediato.

Phenton trató de dar un paso y York lo tuvo que sostener para que no acabase en el suelo.

―Te odio, York. Con todas mis fuerzas.

―No. Sé que me adoras. Lo que te aflige es no haberte podido salir con la tuya. Estás acostumbrado a que tu palabra sea la ley, y de nuevo ella, la hermana de tu némesis, vuelve a reducirte a la bufonería.

Phenton suspiró y se sentó.

―¿Qué hacía aquí?

―Ser tu enfermera. Ha estado todo este tiempo ocupándose de ti.

―Mientes.

―No. Lumière mismo me ha informado de ello. No se ha separado de ti ni un momento.

―¿Por qué ahora? ¿Por qué ha vuelto cuando ya había decidido buscar esposa?

―Llevas diciendo lo mismo desde que te conozco.

―No he encontrado a la candidata oportuna, es por eso por lo que sigo soltero ―se defendió. Después se quedó pensativo―. ¿Por qué habrá dicho que no puedo casarme?

―Se presentó ante tu séquito de plañideras asegurando que era tu duquesa, y luego hizo lo que te ha relatado tan alegremente. Disparar sobre tu retrato. ―No le dijo la parte donde hizo diana.

―¿Mi duquesa? ―lo miró con suspicacia.

―Es evidente que ha venido para reconquistarte.

―¿Reconquistarme?

―¿Vas a repetir todo lo que yo diga? Es tedioso y muy absurdo que lo hagas.

―¡La has dejado marchar y no puedo preguntarle nada! ―se quejó.

―¡Vamos, Phenton, alégrate! La mujer a la que no puedes olvidar, a la que llamas cada vez que te emborrachas o alguien trata de asesinarte, ha vuelto y te ha ofrecido sus tiernos cuidados para que regresases del limbo.

―Para estar en el lugar al que aludes hay que morir.

York se encogió de hombros.

―Como sea. ¡La hermana de Albemarle está aquí! Eso es lo que importa. Eso… y que no la enfades.

―Me abandonó, huyó, no he sabido nada de ella en mucho más de cuatro años. Creo que enfadarla no es lo que más tiene que preocuparme.

―Bueno… yo en tu caso mediría bien mi siguiente movimiento. Junto a Isobel he aprendido que ella siempre tiene razón y yo jamás.

―El absurdo ahora eres tú.

―Seguramente, pero soy un duque absurdo tremendamente feliz, con una esposa perfecta.

Si de verdad deseas ganártela, ten cuidado y sé inteligente.

Todos sabemos lo que ella supuso para ti, lo que significa para ti.

Estás frente a un hombre que no dudaría en pedirle perdón a su duquesa cuando se equivoca porque yo amo a Isobel.

Nunca te recuperarás, Phenton. Ella te dejó su huella.

Sé prudente, yo entiendo de lo que hablo.

―¿Qué propones que haga?

―Cásate con ella, y cuando ya no tenga escapatoria…

―¡La atormento! ―exclamó lleno de júbilo Phenton.

―Ah, ya ves, luego el bárbaro resulto ser yo. ¡No, hombre, no! Cuando te cases con ella la haces feliz.

―Ahí están los unicornios rosas, los arcoíris y toda esa bazofia que sueles vomitar desde que eres un hombre casado. No sé cómo has podido cambiar tanto, York.

―Ah, tengo que dejarte ya. Hay una fiesta en el horizonte. Si estás bien deberías venir. Es la primera que Isobel y yo hacemos desde que nos hemos casado.

―Hace casi tres años que te has casado y, ¿todavía no has presentado formalmente a tu duquesa?

―Hemos estado muy ocupados. ―Le sonrió con picardía―. Ven a vernos si te sientes bien. Tu… ―no supo cómo referirse a ella―, la hermana de Albemarle ―ese era un título bastante aceptable para referirse a la dama en esa situación concreta―, también vendrá.

Phenton no quiso hablar sobre la ocupación de York, dado que en tres años el matrimonio no había producido ni un solo vástago y todos sabían que su mejor amigo había designado a Liam como su heredero. Dos duques sin descendencia… Al menos York era feliz con Isobel.

Phenton había visto nacer ese amor en primera persona.

Mientras sus amigos seguían sus caminos, él se quedaba con Liam Banstorn, quien también tenía mal de amores por culpa de cierta dama a la que no podía olvidar.

¡Quién le iba a decir que los mayores disolutos de todo Londres acabarían enamorados hasta la médula!

Los hermanos Banstorn habían entregado su corazón.

York era dichoso, pero Liam… Liam estaba en la misma tesitura que él.

Ninguno de los dos podría olvidar a las mujeres de sus sueños, por más que ellas lo merecieran.

Ay, pero Margaret había regresado y lo había cuidado mientras agonizaba. ¿Por qué? Era algo que tenía que averiguar de inmediato.

―¿No te ibas ya? ―lo despachó con un alarido.

―Sí. Iré a confirmarle a Portman que nuestro querido Phenton vuelve a ser el ogro de siempre.

―Adelante, lárgate. No creas que olvidaré que la has ayudado a escapar otra vez de mí. Y antes de salir por la puerta, pasa por la cocina y ordena ese filete, patatas, queso, pan, jamón cocido, huevos revueltos… Que traigan un poco de todo lo que haya. Tengo que recuperarme.

York le sonrió y asintió.

―Buena caza, duque ―le dijo antes de marcharse.

―Lo será ―convino, mientras sonreía.

El duque de York se encaminó hacia la casa de su amigo el vizconde Portman para avisarlo de que Phenton estaba fuera de peligro.

Allí, cuando llegó a su destino, se dio de bruces con otro hombre enamorado.

Esa institutriz que había contratado su amigo Thomas Foster para los mellizos lo hacía muy feliz.

Solo tuvo que observar a Portman una fracción de segundo para darse cuenta de que estaba preso del hechizo de esa bonita dama que él había visto en algún otro lugar y que no lograba recordar…

Y como no podía ser de otro modo, York le propuso a Portman hacer una fiesta de compromiso para él, pues su querido Thomas Foster tenía pensamiento de pedirle matrimonio a su dama.

Aura… le pareció recordar que se llamaba.

Aura Holt. Un nombre y un apellido que le decían más de esa mujer de lo que sabía.

Tenía que hacer sus averiguaciones, dado que los ojos de la futura esposa de Portman ya los había visto en otro lado.

Su amada Isobel se alegraría mucho en cuanto le dijese que la fiesta que ella planeaba iba a convertirse en una de compromiso. Isobel adoraba a Thomas tanto como él.

Su duquesa, que era viuda y era la madrastra de unos hijos mayores a los que York apreciaba ―Evangeline y Regina, que se había casado ya, y Theodore, quien se estaba convirtiendo en un disoluto―, había sido una bendición caída del cielo.

Nunca se imaginó a sí mismo como un esposo devoto, fiel, amoroso, pero los milagros existían y era momento de que Phenton también tuviese uno.

La hermana de Albemarle debía obrar un milagro y confiaba en que su buen amigo tuviese el temple necesario para no estropearlo todo. Si había algo peor que una dama despechada era un hombre con el orgullo herido.

Trataría de ayudar a Portman y a Phenton y luego vería qué hacer con Liam, dado que su hermano tenía serios problemas con cierta dama que…

El amor era complicado. Alcanzarlo era todavía más difícil, pero cuando todo salía bien, la felicidad llegaba y esa era la meta de todo hombre o mujer.

York deseaba eso para su familia y sus amigos.