Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Ella se dio cuenta de que el mayordomo se había quedado muy atónito con sus palabras. Lo escuchó carraspear antes de decir:

―Si necesita algo, toque la campana y vendré de inmediato. El descanso es lo único que el duque necesita.

―Gracias.

Margaret se quedó sola en la habitación.

Él no había dejado de decir cosas incoherentes, mezcladas con su nombre, mientras había hablado con el señor Lumière.

El amor fracasaba si no iba acompañado de algo más.

El problema que ambos tuvieron no tenía nada que ver con el deseo.

Al canalla le gustaban demasiado las mujeres…

Le quitó las mantas que tenía por encima y no se sorprendió al encontrarlo desnudo. Tenía que bajar la temperatura de su cuerpo. El láudano pronto le haría efecto y podría soportar los temblores febriles con mayor predisposición.

Estaba igual que lo recordaba. Todo músculo.

Lleno de cicatrices. Ella también portaba las suyas, aunque no eran visibles.

Su rostro también era el mismo, pero ella lo sentía diferente.

Más ojeroso, con el cabello un poco más blanco que cuando se marchó.

Se veía maduro. Apuesto. Como siempre. Perfecto incluso con las vendas cruzando por su pecho como la última vez que tuvo que cuidarlo.

Maggie se movió hasta la ventana más próxima y la abrió para dar paso al aire fresco de la calle.

Regresó a su lado y se tendió junto a su cuerpo. Le acarició el rostro para tratar de tranquilizarlo. Una mano masculina se colocó sobre la suya.

―Margaret…

―Estoy aquí, mi duque Canalla, y necesito que te quedes para luchar conmigo.

Tenemos mucho de lo que hablar. Y debes conocerla.

Me odiarás por ocultártelo, lo sé, pero te alegrará que esté aquí.

Ella es… perfecta. Hicimos algo bien antes de que todo saltase por los aires.

Acusé a la juventud en un primer momento, la inexperiencia me obligó a huir, a no enfrentarte.

La cobardía y la seguridad de un lugar plácido me mantuvieron lejos de ti.

Las cosas no han salido como me hubiese gustado, pero te necesito vivo, Phenton. Nuestra hija tiene que conocerte.

―El vicario… el vica…rio está aquí… Lo escu…cho. York tiene que con…vencerte…

―Shhhh, no te alteres. Descansa. Te prometo que yo misma iré a buscarte allá donde vayas, porque Calista tiene que saber quién es su padre. Ahora que me siento fuerte y estoy preparada para lo que tú nos decretes a los tres, no me rendiré.

―Mar…garet…

―No me iré de tu lado, esta vez no. No hasta que sepa que estás fuera de peligro.

La mano de Phenton descendió para acabar sobre el lecho. Ella lo percibió más frío que cuando llegó. Le pasó una sábana por encima entonces. Al fin se había dormido por completo y ya no hablaba.

Se acomodó a su lado y ella también se durmió.

A medianoche, él comenzó de nuevo a alterarse.

Se levantó y le dio unas gotas más de láudano.

Aprovechó para limpiarlo con un trapo de lino y un poco de agua tibia que demandó a las criadas.

El señor Lumière llegó cuando terminó de adecentarlo y revisó la herida.

Le echó por encima algo que ella no identificó y Phenton se removió por el dolor.

Luego el galeno lo volvió a vendar otra vez.

―Es bueno que le escueza. Mi padre, que era médico como yo, solía decir que lo que quema, cura.

―¿Cuándo recuperará la consciencia?

―Es imprevisible. Lo peor todavía no ha pasado. Tiene menos fiebre, pero… Tenemos que esperar.

Así lo hicieron.

Tres días pasaron con sus respectivas noches.

Ella había atendido a sus amigos, quienes habían ido a interesarse por su salud.

El que no apareció fue York, lo cual agradecía.

Él la ponía nerviosa. Sí vino el hermano.

Liam hizo varias visitas. Además, otro conocido, llamado lord Portman, lo había frecuentado y se veía muy afectado por el estado que presentaba Phenton.

A ella le gustaba saber que el duque Canalla contaba con el respaldo de grandes amigos.

Su madre, como antaño, le mandó algunas pertenencias, dado que no se movería hasta saber que estaba fuera de peligro. Ser su enfermera era su trabajo.

Le habían cambiado las sábanas no hacía mucho, ella le seguía dando baños en el lecho, le rasuraba la barba…

necesitaba sentirse útil. Y por las noches se tendía a su lado para dormir.

Era como si el tiempo no hubiese pasado.

Muchas veces se despertaba con él pasándole una mano sobre la espalda, buscando su contacto.

Aquella mañana, precisamente ella estaba de espaldas a él, durmiendo, cuando percibió un movimiento…

Los labios de Phenton estaban sobre su cuello.

―Uhm… rubias, York sabe que me gustan las mujeres con ese color de pelo. Siempre he considerado que mi amigo conoce bien cuál es la mejor medicina para un enfermo. No hay nada que un buen revolcón no sane…

Ella suspiró. Ahí estaba. De regreso. La misma voz. El mismo comportamiento… ¡El mismo canalla de siempre!

Ella se movió y saltó de la cama. El camisón de algodón blanco que llevaba se sintió… demasiado liviano. Estaba de espaldas a él.

―No está usted para hacer ese tipo de ejercicio, excelencia ―le dijo en un susurro, todavía sin volverse, mientras buscaba la bata que estaba colocada sobre la silla.

―Desnudo en mi cama, después de sobrevivir a la muerte y con una preciosa mujer cuidándome. Creo que podré cumplir con lo que se espera de mí.

Ella se giró lentamente y lo miró con fijación. Recordaba bien sus ojos verdes claros.

―¿Seguro?

Lo observó atentamente. Él estaba pasando por muchos estados de ánimo: alegría, asombro, pánico y… ahí venía la furia.

―¿Qué haces en mi cama?

―Alguien tenía que cuidarte.

―Lumière hace bien su trabajo. No precisaba de nadie más. Mucho menos de ti.

―Sí, ya lo veo. Buenos días, Phenton.

Ella dio dos zancadas y agarró el pomo de la puerta para salir de allí.

―Ni se te ocurra irte ―la avisó. Sonó a amenaza.

Ella se giró para observarlo. Alzó la cabeza y se mostró altanera.

―No te preocupes, haré venir a otra mujer rubia para que te… entretenga. La desilusión, mejor dicho, la frustración, te durará poco.

No esperó respuesta. Se marchó.

―¡Margareeeeeeeeeeeeeet! ―rugió desde la cama.

Ella, por descontado, no regresó a la habitación.

Se fue hacia la de enfrente, lugar donde estaban sus pertenencias para colocarse un sencillo vestido que tenía a punto para cuando él se despertase y marcharse.

Esa vez no había utilizado las dependencias que le correspondían a la duquesa.

Estaban demasiado cerca de él e intuía que en algún punto tendría que escapar.

Era valiente, y se enfrentaría al canalla, pero solo cuando él asimilase que ella había vuelto y se serenase.

Por el rugido escuchado, Maggie sabía que la ira sería la que hablaría y no deseaba que él tuviese una batalla como la que se avecinaba, dado que todavía no había recuperado por completo las fuerzas.

―Ah, ya ves, varios días esperando malas noticias y por fin veo que lo has traído de vuelta y que… no está contento. Le has preguntado por aquella noche, ¿no es cierto? ―Se cruzó con York justo cuando iba a ingresar en su habitación.

―No he tenido tiempo. Se acaba de despertar por primera vez hoy. He estado ocupada bañándolo, haciendo que beba, que tome la medicación, ocupándome de su casa… ―relató con condescendencia―. ¿Quiere que siga, York? ―le habló con formalidad.

―Cuánta impertinencia. Te perdonaré el hecho de que no hayas seguido mi orden porque lo oigo gritar como si fuese un corsario, y eso denota que no partirá para reunirse con Lucifer gracias a tu intervención.

En efecto, los chillidos del tirano no habían descendido, ni en frecuencia ni en volumen mientras ella hablaba con York.

―Muy considerado por su parte, ahora entre ahí antes de que quiera ponerse de pie. Yo he cumplido por el momento con mi cometido.

―¿Te vas? ―No podía creerla.

―La primera batalla ha sido ejecutada. Me retiro solo para enfrentarme al segundo turno. No crea que huiré. Me voy porque mi presencia solo lo hará alterarse y necesita mucho descanso todavía. Entre. Estará desesperado. ―Las voces de Phenton evidenciaban precisamente eso.

―Tu marcha lo afectará sobremanera, no sé hasta qué punto es buena idea que te retires.

―Oh, no. Él está así porque ha visto a una mujer rubia, es decir a mí, ha creído que yo era otra persona, un regalo enviado por su mejor amigo, usted, para terminar de curarlo gracias a la fornicación. Lo que oye es frustración.

Escucharon un fuerte golpe y supieron que Phenton acababa de caerse de la cama.

―Salvado por una caída ―señaló York, al darse cuenta de la recriminación que había entre líneas en su exposición.

Malcom abrió la puerta de la habitación, Margaret estaba cerca de York. Lo observaron envuelto en la camisa de dormir que Lumière y ella le colocaron al segundo día, tratando de incorporarse. Cosa que no era capaz de hacer.

La mirada de Phenton se cruzó con la de Margaret. Ella se mostró tranquila. Era como un bebé indefenso. Ay, pero pronto sería un verdadero león…

―Dígame que puede levantarlo sin mi ayuda. ―Ella deseaba vestirse y largarse. Él se veía enclenque, pero… fiero y colérico incluso tirado en el suelo. El paciente llevaba muchos días sin comer, con fiebre, era natural que sus piernas no respondiesen. ¡Hombre testarudo!

―Está débil como un gatito. Quédate y sigue atendiéndolo ―sugirió York.

―No. Tengo otras obligaciones que cumplir.

―¡York! Te prohíbo que le permitas marcharse de aquí ―le ordenó Lucien al duque.

―¿Y qué esperas que haga? ―le preguntó Malcom mientras se acercaba hasta su posición para socorrerlo. Ella ya se había marchado al interior de su habitación.

―Usa la imaginación. Me da igual si la atas con una cuerda, o lo que sea. La quiero frente a mí ahora. Tiene muchas cosas por las que responder.