Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

―Hay cosas que no cambian. Estará casado, York, pero su lengua sigue siendo igual de insolente.

―Mi duquesa le dará buena cuenta de lo… bien que sé usar la lengua para….

―¡Dios misericordioso! ¿Quiere dejarlo ya?

―No, hasta que me digas qué haces aquí.

―Ya me ha oído, vengo a ver a mi esposo.

―No lo creo. Yo estaba aquella noche cuando llegó el vicario. Tuviste la oportunidad de ocupar un lugar junto a él y dijiste: «no». ¿Vienes a asegurarte de que está verdaderamente muerto para poder regresar a Londres? ―especuló con rabia.

York llevó a un vicario, Hopkins se llamaba, aquella otra noche en la que Phenton casi perdió la vida.

Él conocía bien a Lucien y cuando le pidió que le trajese a un hombre de Dios, precisamente fue para no dejarla a ella desamparada si al final moría.

Liam y él buscaron a un antiguo compañero de Eton con el que tenían todavía relación.

Acabó ebrio, junto con ellos, porque lo incitaron a beber y beber más, con el fin de que oficiase una boda con un hombre inconsciente y su prometida.

Pero a la hora de la verdad, cuando su amigo se ofreció para casarlos en esas extrañas circunstancias, la dama se negó.

Liam y York no recordaban más, puesto que tanto se esforzaron por hacer maleable al señor Hopkins que se desmayaron debido a tanto alcohol.

Ella suspiró con fuerza, entendió el veneno que destilaba el duque. Era un amigo protector y lo comprendía. Le tendió las pistolas a Fenix y lo despachó.

Malcom y ella se quedaron solos en medio de la entrada de la casa de Phenton.

―Jamás he querido verlo herido o muerto. No soy esa clase de mujer. Mi madre me ha mandado una carta y aquí estoy para… ―No supo cómo seguir.

―¿Para qué? ―la azuzó Malcom.

―No lo sé. Solo sabía que mi deber era estar aquí. ¿Debo irme, York?

Él la miró con suspicacia. Interrogativo. Como si quisiera ver a través de su interior y conocer la verdad. Una verdad que ni ella misma sabía sobre lo que sentía por Phenton. Así estuvieron unos pocos segundos que se sintieron como horas. Al final York se decidió a hablar para decirle que:

―Te llama. Cuando duerme tiene tu nombre en sus labios.

No es la primera vez que se lo escucho. Margaret, dice a todas horas ―Ella se quedó sorprendida al ver que York sí conocía su nombre―.

Alguien quiere muerto a Phenton y él no consigue dar con el paradero de su agresor.

Ha estado tres veces herido de consideración, dos de ellas se ha debatido entre la vida y la muerte.

Tú fuiste testigo de la primera, ahora verás la segunda.

Ha sufrido una docena de tontos accidentes, como ser casi atropellado por un carruaje, ser perseguido por un perro inmenso…

―Se quedó un momento pensativo―. ¿Tú hermano está detrás de esto?

―La pregunta es ofensiva ―rebatió.

―Pero necesaria. El enemigo acérrimo que tiene Phenton es tu hermano. Tú llegas a Londres precisamente ahora. Esto es sospechoso.

Ella lo miró directamente a los ojos componiendo una expresión atrevida, severa.

―Si yo quisiese muerto a Phenton, lo habría matado hace algo más de cuatro años. Precisamente la noche en la que lo vi en tu fiesta depravada meterse con cinco mujeres en una habitación, disfrazado de Baco. ―Al diablo con la formalidad.

Vio a un duque que no se impresionaba con nada torcer el gesto en una mueca de incredulidad.

―¿Por qué huiste hace años? ¿Cuál fue el motivo por el que decidiste desaparecer?

―Porque no deseaba vivir en la traición, en la deslealtad y el deshonor. Aseguras que te has casado. ¿Qué harías si tu duquesa te traicionase? ¿Qué clase de esposo eres, York?

―Soy el mejor que puedo ser, y como bien recordarás me gusta ser excepcional en todo lo que emprendo.

Mi esposa me impulsa a dárselo todo sin contención.

Me esfuerzo para que sienta deseos de permanecer junto a mí.

No tengo necesidad de mirar a otras mujeres porque Isobel está a mi lado. Nada necesito más que a ella.

Las palabras fueron dichas con tanta vehemencia, con tanta pasión y seguridad que Margaret se sintió celosa de que alguien pudiese contar con la devoción de un hombre, especialmente uno con ese pasado tan escandaloso. Estaba incrédula, pero a la vez no podía dudar de su palabra.

―Le daré mis felicitaciones a tu duquesa en cuanto tenga ocasión de conocerla. ―No se le ocurrió otra cosa más que decir.

Él levantó una ceja. Sabía que estaba poniéndolo en tela de juicio y no le agradaba que lo cuestionasen.

―Vendrás dentro de unos días a conocerla. Isobel organiza una fiesta y tú estarás allí. Te llegará la invitación a casa de tu hermano y más te vale venir.

―¿Es una amenaza?

―No. Mi vanidad no soportaría que se desairasen mis deseos, así que estarás. Ahora subirás a ver a Phenton. En cuanto abra los ojos le preguntarás qué pasó aquella noche a la que te has referido y espero que puedas soportar lo que te confesará.

York pasó por su lado sin mirarla. Era evidente que estaba enfadadísimo con ella. Margaret no entendía el motivo. Se sentía como una niña pequeña a quien un padre ponía en su lugar.

―Estoy harta de los secretos. Me fui porque era lo que tenía que hacer. No me arrepiento de mi decisión.

Malcom se giró, mientras otro sirviente le tendía su abrigo, los guantes, el bastón y el sombrero. La miró con seriedad.

―El poder curativo de una mujer es más efectivo que el de un buen amigo. Tráelo de vuelta. Luego, eres libre para hacer lo que desees, huir o abandonarlo como la otra vez.

―Mi hermano no atenta contra la integridad de Phenton. Yo tampoco. No soy una jovencita llena de sueños. No logrará romperme esta vez. He venido para reclamar lo que se me debe y no me conformaré con menos.

La miró brevemente y se dio la vuelta.

―Volveré. Te deseo suerte. ―Fue lo último que le dijo antes de marcharse de allí.

Margaret se quedó pensativa. No entendía nada. Phenton la traicionaba, ¿y ella o su hermano tenían la culpa de los males del canalla?

Negó con la cabeza al tiempo que comenzaba a subir por la escalera principal en dirección a la guarida del león.

Entró en la estancia y vio un bulto sobre la cama. Su habitación estaba tal y como la recordaba. No habían pasado los años. Así lo sentía.

Se acercó con cuidado y se sentó sobre el lecho, justo a su lado. Estaba empapado en sudor y se removía inquieto. Los ojos cerrados.

―No te va…yas… Albemar…le, no, no. Es mí…a ―decía en la vigilia.

―¿Quién quiere hacerte daño, Phenton? ―preguntó, a nadie en particular―. Tanto tiempo sin ti a mi lado y parece que fue ayer cuando…

―Creo que debo delatar mi presencia ―habló una voz masculina.

Maggie buscó la fuente del sonido y divisó una figura en el fondo de la habitación. Cerca de la ventana.

―¿Señor Lumière?

―A su servicio. ―El mayordomo que hacía las veces de médico llegó a su lado. Ella se levantó y se colocó junto a él.

―Tiene que calmarse. ¿Qué medicina le está dando?

―El láudano es lo único que lo sosegaría y, antes de caer en la fiebre, me dijo que me pegaría un tiro si salía de esta y se enteraba de que se lo había dado.

―Lo necesita.

―Lo sé.

―Déselo. Tiene que relajarse para que su cuerpo comience a sanar… ¿Es grave lo que padece?

―Lo mismo que la última vez. Sea quien sea, ha copiado la puñalada que recibió tantos años atrás. Está en el mismo lugar. Es muy curioso.

―¿Quién haría algo así?

―Alguien que desea acabar con su vida y que lo odia especialmente.

El señor Lumière le estaba entregando el frasco de láudano y ella se disponía a verter las gotas en una cuchara. Se la acercó a los labios y le hizo tragar el contenido.

―Será nuestro secreto ―le señaló a Lumière.

―Les dejaré solos, milady . ―Hubo un momento de silencio y ella lo miró a los ojos en cuanto escuchó al médico suspirar.

―¿Hay algún problema?

―Me alegro muchísimo de verla, excelencia.

―¿Ha escuchado mi discurso allí abajo?

―El estruendo nos advirtió de que algo sucedía.

Y ha sido perfecto. El duque no la ha olvidado en ningún momento.

Tiene el medallón en el cajón superior de donde sospecho que ha sacado las pistolas de duelo, junto con una carta plegada cuyo contenido no he leído jamás, se lo garantizo.

La necesita y no sabe cuánto. Usted hará que quiera vivir de nuevo. Será como aquella vez. Estoy seguro.

―He tenido que desembarazarme de diez mujeres ahí abajo. Algunas de ellas embarazadas. Fenix me ha puesto al día. Yo creo que me olvidó incluso estando yo a su lado. Estoy aquí porque es mi obligación.

―Phenton la ama ―apuntó con suavidad―. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará.

No está bien que un hombre al servicio de un duque traicione a su patrón, así que lo hará un buen amigo.

Yo lo he visto en sus peores momentos, ebrio, acabado, moribundo…

Son los instantes en los que uno no tiene nada que perder, cuando se da cuenta de lo que echa de menos, de lo que necesita para poder seguir viviendo.

Usted y solo usted es su pilar. Es el aire para respirar, el agua para no morir de sed, el alimento para no desfallecer.

No negaré que ha sido un pícaro, pero debido a la pérdida que supuso quedarse sin la mujer a la que le había entregado su corazón.

Tiene que creerme, él estaba dispuesto a enmendarse y no fallar en el intento.

―Un canalla siempre es un canalla.

―No. Se habrá cruzado con el duque de York abajo.

―Sí, se marchaba.

―York era más pecaminoso, truhan y depravado que Phenton, y está felizmente casado.

Se lo juro por mi vida, no lo creí hasta que lo vi con mis propios ojos.

El duque de York besa el suelo por donde pisa su esposa y se enorgullece de hacerlo y de que todos lo comenten.

Phenton la ama y se lo dirá él mismo en cuanto despierte.

―No. Cuando despierte y sepa lo que he hecho, le aseguro, señor Lumière, que el infierno será lo que nos espere a ambos.