Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12
65%

Capítulo 12

Una enfermera sin igual

De vuelta. Como si el tiempo no hubiera pasado.

Como si el daño no se hubiese producido.

Margaret encontró Londres más lúgubre y gris que nunca.

Había aprendido a apreciar Escocia, vivir en un pueblo cercano a Edimburgo le había permitido tener tranquilidad y a la vez estar cerca del bullicio de una gran ciudad.

Las paradas en las posadas para cambiar el tiro de caballos fueron más llevaderas que la primera vez. Donaldson había sido muy amable al cederle su carruaje, y a dos fornidos lacayos que las acompañaron durante todo el viaje a Marian, a Calista y a ella.

Jacob se excusó lleno de remordimientos por no poder acompañarla, le indicó que su amigo Ranfield y él tenían unos asuntos muy urgentes que atender, y le pidió las señas para ir a visitarla en cuanto llegase a Londres.

Dado que ya no tenía sentido seguir escondiéndose, le dio la dirección de Albemarle sin miedo.

El reencuentro con su madre fue lacrimógeno, especialmente cuando la condesa viuda conoció al fin a Calista.

Vivian estaba bastante desmejorada y se odió por no haber vuelto mucho antes.

Albemarle, su esposa y sus dos hijos estaban en el campo, donde disfrutaban de lo que ella misma acababa de dejar cerca de Edimburgo: paz.

Después de ponerse al día con su madre, cambiarse de ropa y rezar una larga oración para que la guerra con Phenton no fuese duradera, Margaret se encaminó hacia donde tenía que ir: la casa del canalla. Sola. Era un trago amargo que debía digerir ella sola.

La condesa viuda le había informado de los pocos detalles que se conocían sobre su estado de salud y no era nada esperanzador. Sin embargo seguía con vida.

Llamó a la puerta y de inmediato reconoció a Fenix. Al menos una cara amiga que también la recordaba, dado que el sirviente la saludó con afecto y le tomó el abrigo, el sombrero y los guantes sin pedir explicaciones.

―Es un placer verla, milady .

―Para mí también. ―Ella ojeó la casa y la entrada le pareció la misma que antaño―. Veo que no han cambiado mucho las cosas por aquí.

―Un poco sí ―musitó el sirviente.

Ella frunció el ceño en cuanto varias voces femeninas llegaron hasta su oído.

―¿Dónde está Phenton?

―En su habitación. Como las dos últimas veces, Lumière trata de obrar su magia, pero… ―La voz de Fenix se apagó. Ella entendió la preocupación.

―¿Quién está en la salita?

―Uhm… no sé cómo llamarlas. Supongo que son las… amigas del duque.

―Ya… ―Ella lo comprendió.

―¿Quién más está en casa?

―El duque de York está con él. El vizconde Portman, otro buen amigo de Su Gracia, acaba de marcharse hace escasos minutos. Nadie más.

―¿Cuántas… amigas hay?

―Diez.

―¿Qué se supone que están haciendo? Dado que él no puede… atenderlas, no veo el motivo de su visita.

―Lo lloran.

―¿Ha muerto? ―preguntó confundida.

―No, pero es lo que hacen: llorar y pelearse entre ellas. Y…

Ella lo vio tan nervioso que se dio cuenta de que algo más ocurría.

―¿Qué es lo que sucede, Fenix?

―Creo que esperan que él se recomponga y elija a una de ellas para casarse.

―¿Por qué diablos sucedería algo así? ―No entendía nada.

―Porque aseguran que están… están… están…

―Dígalo de una vez ―le ordenó.

―Aseguran que llevan en su vientre al hijo del duque y…

Margaret gimió. Algo así no lo había previsto. Su madre le informaba sobre su soltería, pero no previó que él hubiese ido dejando a su paso… bastardos. ¡Dios misericordioso! ¿Esa pesadilla no terminaría nunca?

―Bien, es momento de que ponga orden aquí. Tráigame una cacerola de la cocina y una cuchara de metal, la más grande que haya.

―Pero…

Lo observó dudar.

―¿Prefiere tenerme solo a mí aquí o a todas esas mujeres?

―Es que yo…

―Haga lo que le he dicho. ―Empleó su mejor tono autoritario y sirvió para que él hiciese lo solicitado.

En pocos minutos Maggie tuvo a su alcance lo demandado.

Le pidió a Fenix que la acompañase y se metió en la salita donde había diez mujeres, algunas sí mostraban una avanzado estado de buena esperanza, otras no…

Y por las ropas de las damas, ellas se dedicaban, la mayoría, a una vida de libertinaje. Aquello parecía el harén de un pachá.

Las mujeres estaban cotorreando, algunas se peleaban entre ellas a viva voz, tal y como Fenix le había indicado que hacían.

Era algo parecido a un corral de gallinas.

Suspiró. Echaba de menos su pequeña casita de campo.

Aquellas gallinas seguro que eran más fáciles de manejar que las que se presentaban ante ella.

Se colocó en el centro de la habitación y comenzó a agitar el cucharón contra la olla. El ruido fue suficiente para que todas se callasen y le prestasen atención.

―Damas, señoritas, me indican que están aquí para hacer las entrevistas al puesto de duquesa. Lamento decirles que el hueco está cubierto. Así que si son tan amables de marcharse…

―Mentirosa… ―Escuchó decir a una.

―Falsedades… ―saltó otra pelirroja.

―Esto es un escándalo ―habló una morena de ojos violetas.

Desde luego no había ni una sola que fuese poco agraciada.

La agitación comenzó a producirse y ella tuvo que volver a hacer un ruido espantoso para que se callasen. Lo logró. El silencio imperó.

―Creo que no he sido lo bastante clara al respecto.

Si no se marchan de inmediato, iré al despacho de mi esposo, empuñaré las dos pistolas de doble cañón que guarda en el último cajón de su escritorio y comenzaré a pedirles de otro modo, que no será ni amable ni cordial, que se marchen. Así que, ¿qué va a ser?

―Embustera… ―la acusó una rubia.

―Perra fraudulenta… ―gruñó la morena de antes.

Dejó de hablar y se encaminó hacia donde dijo que iría. Esperaba que él no hubiese cambiado las pistolas de duelo de su lugar…

Dos minutos después se volvió a personar en la misma salita y levantó las armas y se dispuso a mostrarse tirana por completo.

―Aquí ya hay una duquesa, si tengo que matar a alguien para demostrar que están allanando mi casa, que así sea.

La justicia es más indulgente con una dama de alto rango que tiene a su esposo malherido en la cama, y que trata de librarse de los buitres al acecho.

―Llegados a ese punto Margaret martilleó el arma para dar credibilidad a sus palabras.

Nadie se movía, así que disparó a un cuadro, precisamente uno que era el vivo retrato de Phenton. Encontró una satisfacción especialmente maravillosa al haber hecho un tiro tan certero. Le dio en sus partes privadas. Solo era un lienzo, una réplica de él, pero se sintió glorioso.

Las mujeres comenzaron a gritar llenas de histerismo y empezaron a correr hacia la puerta para huir en masa. Sonrió satisfecha, Donaldson la había enseñado bien y ella sola se había curtido en la astucia de la seguridad.

Se acercó a la puerta principal y cuando la última de las mujeres hubo salido, procedió a hablar:

―Cierra la puerta, Fenix, y no dejes entrar a nadie si no doy mi autorización.

―Pero… ―comenzó a decir el sirviente.

Ella levantó las pistolas.

―¿Voy a tener que mostrarlas cada vez que tenga que exigir que se me haga caso?

El lacayo no respondió a la pregunta, dado que comenzaron a escucharse unas palmas procedentes de la base de la escalera.

Fenix y Margaret se giraron para descubrir al duque de York observándolos.

―Ha sido un discurso precioso ―apuntó Malcom―, pero lo que ha resultado espectacular fue el disparo.

―York ―le dijo con tirantez, al tiempo que le ofrecía una reverencia breve con la cabeza―. Más brillante ha sido el lugar en el que ha impactado el tiro. Debería entrar a verlo ―señaló con altivez.

El amigo de Phenton le sonrió.

―Creo recordar que hay en esa sala un lienzo de cuerpo completo de Phenton. ¿Le ha dado en la cabeza?

―En otro lugar más divertido para mí.

York comenzó a carcajearse. Él sabía dónde se habrían incrustado las balas.

―¿Quién le enseñó a disparar, excelencia? ―Se quedó pensativo―. ¿Debo llamarla Su Gracia la duquesa de Phenton, o algo más informal? ―preguntó con diversión.

―Le daré una libra si recuerda mi nombre de pila.

―Ah, por suerte no necesito más dinero del que tengo. Lo lamento, para mí siempre serás la hermana de Albemarle. ―Cambió a la informalidad.

―No es capaz de recordar cómo me llamo, pero sospecho que el título de mi hermano no lo olvidará jamás.

―No, demasiadas rencillas entre él, los valerosos de sus amigos y nosotros, los disolutos. Soy terrible para los nombres, únicamente puedo recordar el precioso nombre de mi esposa. Isobel. Es un nombre escocés, poderoso, como mi duquesa.

Ella comenzó a reírse sin tregua. Era la mejor broma que jamás le habían gastado.

El duque de York casado… ¡Dioses misericordiosos!

La mujer que cargase con semejante ejemplar tendría que llevar siempre a su lado un par de buenas pistolas para ahuyentar a las mujeres que se le echaban encima.

Eso, además de que él seguro que era tan miserable como Phenton en cuanto a los asuntos de fidelidad.

Al ver a York sacar un monóculo del bolsillo de su chaleco color burdeos para observarla con severidad…

―¿No era una broma?

―No era una vil mentira como la que tú has soltado sobre tu identidad. La duquesa de York, a diferencia de la duquesa de Phenton, sí existe. Es una dama impresionante ante la que me arrodillo cada vez que deseo…

―¡Sí, sí! ―exclamó para pararlo, adivinando lo que veía detrás de sus palabras―. No hace falta que…

―… hacerla gritar de puro éxtasis mientras le demuestro lo salvaje, depravado y enamorado que estoy.

―York estuvo satisfecho al verla tan azorada.

Y no, no se sintió culpable por ser tan indecente en su aseveración.

Ella conocía más que bien a Phenton y, por lo tanto, no estaba ante una dama inocente.

La mujer guerrera que tenía ante él le hacía sentir varias cosas muy contradictorias. Una de ellas era rabia por haber herido tanto a su mejor amigo cuando lo abandonó sin explicación alguna.