Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Ranfield era el hombre que lo había ayudado a encontrar a su primo. Hacía años que se conocían y habían trabado una excelente amistad. No había nada que uniese más a dos hombres que trabajaban con secretos, medias verdades y muchas mentiras que ser espías y confiar en el otro para seguir con vida.

Ranfield miró con discreción a Margaret. Ella se dio cuenta de que era algo delicado.

―Tengo que ir a buscar a mi hija. Así que, caballeros, les dejaré para que hablen. Les deseo buena tarde.

―No, espera… ―dijo Jacob, cuando la vio dar un paso al frente para abandonarlos.

Ella se giró y le sonrió.

―Tu amigo parece impaciente. Sospecho que viene de tu casa, donde el servicio le habrá dicho dónde podía encontrarte. Debe de ser algo apremiante que necesita tu atención.

―Supone bien, Margaret ―confirmó Ranfield.

Jacob suspiró.

―¿Es lo que creo que es?

―Ha sobrevivido. Esta vez ha ido justo. Es necesario que nos movamos con presteza ―respondió el conde de Ranfield.

Margaret no entendió ni una palabra de lo que se dijeron, aunque ellos dos sí estaban comprendiendo lo dicho.

―Vendré a ver a Calista antes de marcharme ―le dijo él.

Se despidieron con cortesía y ella se alejó de ambos.

El camino hasta la granja que regentaban los Farmer estaba muy cerca. No tardó más de diez minutos en llegar.

Cuando entró, agradeció que la chimenea estuviese encendida. La pequeña la vio y corrió hacia los brazos de su madre para darle un largo abrazo.

―¿Se ha portado bien? ―le preguntó Margaret a la señora Farmer, para después comenzar a regar el rostro de su niña con pequeños besos.

Ella le recordaba mucho a él. Al hombre que le había hecho vivir el tormento más duro y que a la vez le había hecho el regalo más fantástico del mundo.

―Ha estado sentada en el suelo mirando a los gatitos. Así que ha sido un ángel.

Calista era una muñequita adorable, calmada, y solía tener un comportamiento adecuado…

la mayor parte del tiempo, cuando se entretenía con algo.

Ella no le había impuesto normas duras todavía.

Su hija crecería libre de restricciones sociales mientras pudiera.

Ya llegaría el tiempo en el que la tendría que instruir sobre comportamientos, normas…

No sabía cómo lo haría sin parecer hipócrita, dado que Maggie se había saltado todas las reglas que una dama, hija de un conde, debía cumplir como si la vida le fuese en ello.

Su pequeña era la hija de un duque, uno poderoso que podría destruirla. El pensamiento la perturbó en exceso.

Margaret llevaba días ansiosa, semanas más bien sintiendo que algo pronto cambiaría.

Quería que no fuese más que una sensación infundada, pero no estaba segura del todo.

Solo tenía ganas de abrazar a su hija, de mantenerla cautiva, por si en algún momento se la fuesen a robar.

El padre de Calista se colaba en sus sueños habitualmente, pero en las últimas noches fue…

perturbador. Escocia era una tierra llena de misterio, de magia, de poder.

¿Y si el destino le estaba mandando una señal?

Sacudió la cabeza. Era demasiado tarde para enmendar cualquier error. Él jamás la perdonaría por haberle ocultado a su hija. Ella nunca podría absolver su traición. Y sin embargo, Calista debía ser lo primero.

―¿Me escuchas, Margaret? ―preguntó la señora Farmer.

La mujer no tenía hijos propios, aunque trataba a su pequeña como si lo fuese.

Le gustaban sus vecinos. Ella en especial.

Era una mujer regordeta bastante más mayor que Margaret, con ojos marrones muy vivos.

Inteligente. Su esposo también era un hombre agradable que le doblaba la edad.

Juntos formaban un matrimonio muy típico que se adoraba.

Maggie dejó en el suelo a la niña y esta regresó de nuevo a la canasta donde estaba la gata con sus gatitos. Ella tomó asiento en la mesa que coronaba el salón de la modesta casa para tomar el té que su anfitriona ya había preparado.

―Lo siento ―se disculpó―. Llevo días que no sé dónde tengo la cabeza.

―Yo sí lo sé.

―¿Sí? ―preguntó con interés.

―En el patrón.

―¿Cómo dice?

―Todos estamos esperando a que al fin él se decida y la haga su esposa. Calista necesita un padre y no es bueno que una mujer esté sola. No. Los hombres tienen necesidades, pero Dios sabe que las féminas que han disfrutado en el lecho también.

―¡Señora Farmer! ―la llamó al orden, mientras se fijaba en si su hija había estado atenta a lo señalado. Calista no hablaba bien del todo, pero era muy inteligente y curiosa. No tenía ganas de que se pasase la noche preguntando sobre lo que su buena vecina le acababa de decir.

―¿Vas a negarlo?

―No, pero el señor Donaldson no…

―A él le gustas ―la cortó.

―Es un buen amigo, no lo negaré, pero no hay nada más.

―Por supuesto que no. No lo alientas lo suficiente. ―Maggie se quedó con la boca abierta. Eso había sonado como una auténtica reprimenda, digna de haber sido dicha por la condesa viuda de Albemarle.

―Yo no puedo casarme ―le dijo, antes de darle un largo sorbo a su taza de té.

―No nos pondremos de acuerdo sobre el asunto. Soy egoísta y no me avergüenza reconocerlo. Un matrimonio con Jacob Donaldson te ataría a esta tierra y me gustaría que te quedases porque os hemos tomado mucho cariño a ti y a la niña.

―No tengo pensamientos de moverme de aquí en mucho tiempo.

No mentía. Su madre la mantenía informada sobre lo que sucedía en Londres, sobre los movimientos de Phenton más concretamente, y ella podía seguir siendo libre en un lugar apacible donde era feliz.

―Tarde o temprano querrás regresar al sitio del que provienes y no podré más que añorarte a ti y a tu hija, Margaret. Eres una dama, por más que nunca lo hayas reconocido ―la regañó. Maggie no se atrevió a hablar―. ¿No te gusta ni un poco Donaldson? ―preguntó haciendo un puchero.

La madre de Calista carraspeó.

―Es un hombre fantástico, pero ya le he dicho en alguna otra ocasión, señora Farmer, que solo somos buenos amigos.

―No entiendo a las mujeres jóvenes. En mis tiempos una no entablaba amistad con un ejemplar así. Solo le echaba la soga al cuello para que ninguna otra lo tuviese.

Margaret soltó una carcajada.

―Lo tendré en cuenta, señora Farmer. ―Se puso de pie―. Le agradezco el té, pero debo despedirme. Quiero llegar a casa pronto y poner en orden la correspondencia.

―¿Por la noche? Seguro que has estado disparando ―la regañó―.

No entiendo tampoco esa manía que os ha dado a todas por aprender a defenderos.

La hija de la señora Green también le ha pedido a su hermano que le dé unas lecciones como hiciste tú con el patrón.

Al principio creí que era una excelente excusa para un acercamiento.

Te alabé por ello, pero el tiempo ha pasado y ningún anuncio de compromiso se ha hecho.

Maggie le sonrió mientras tomaba en brazos a su hija, quien parecía reacia a despegarse de la camada.

―¿Hay algo que no se le escape, querida señora?

―Pocas cosas. Como los motivos que tienes para no casarte con un hombre que fácilmente olvidaría el recuerdo de su difunta prometida, si te lo propusieras.

―El corazón sana cuando lo necesita y en ocasiones la cicatriz no deja de sangrar.

―Vete, Margaret, antes de que caliente tus posaderas por las tonterías que dices, como haría tu madre si estuviese aquí.

Ella soltó otra risa sincera.

―La tengo ante mí y es como ver a mi propia progenitora ―le señaló con cariño.

―Si fuese tu madre, llevarías casada con Jacob Donaldson más de tres años ―le aseguró.

―No quieo ime, mam ―habló la niña. Ese era el modo en el que Calista se refería a su madre: «mam».

―Es tarde, mañana volveremos, pajarillo ―apuntó a la vez que le ponía la chaqueta de lana, el gorro y los guantes. Ella no se había desprendido de las prendas de abrigo, porque la tarde estaba muy fría.

La niña se conformó ante los planes de su madre y se abrazó a ella con fuerza.

―Esa niña merece un padre y Donaldson es el mejor que encontrarás ―la volvió a sermonear.

―Gracias por todo, señora Farmer. Hasta mañana.

La mujer refunfuñó algo ininteligible y la despidió, acompañándola hasta la puerta.

Las dos salieron para ver que el atardecer estaba muy pronunciado. Margaret caminó con su hija en brazos y se apresuró para regresar a su hogar.

Fue un paseo corto y cuando llegaron la cena ya estaba servida. Marian, la niña y ella tomaron los alimentos y cuando fue momento de ir a dormir, su doncella se ocupó de acostar a la pequeña para darle tiempo a poner en orden las cartas. Había una en especial que no deseaba abrir.

―¡Tonterías! Una carta nunca ha hecho daño ―se dijo a sí misma, mientras se sentaba en el sillón orejero frente a la chimenea con la misiva de su madre entre las manos.

La leyó con interés y cuando terminó, se levantó, pateó el suelo y la echó al fuego.

Las lágrimas habían comenzado a surcar sus mejillas.

No había querido hacer caso a sus instintos, pero sabía que el tiempo en el paraíso se estaba agotando.

Quería gritar, pero no sería justo hacerlo.

El destino acababa de llamar a su puerta.

Parecía que fuese ayer cuando llegó, y más pronto que tarde tenía que volver a enfrentarse a sus temores.

―¿Malas noticias?

Margaret se giró para mirar a Marian, quien estaba al pie de la escalera y suponía que había sido testigo de su arrebato.

―¿Se ha dormido ya? ―Se limpió la humedad del rostro con la manga del vestido.

―Le he prometido que subirías a darle un beso.

―Iré en cuanto me calme.

―¿Qué te ha puesto triste?

Maggie se encaminó hacia el lugar en el que Marian permanecía estática y la abrazó. No eran una dama y una doncella. Se habían convertido en mucho más.

―Se muere.

―¿Quién? ―La doncella no entendía nada.

―Phenton ha sufrido un accidente, madre no lo menciona, pero los rumores aseguran que su estado es muy grave.

―No es la primera vez que tiene un percance.

Margaret sabía a qué se refería ella. Hacía un par de años, su madre le informó de que Phenton había sido apuñalado, aunque no fue algo de gravedad y se recuperó de inmediato.

―Dice que debo ir. Se espera lo peor. Me pide que no tarde si quiero… ―Ella rompió a llorar―. Despe…dirme de él.

Marian la estaba consolando como siempre hacía. Margaret se dio cuenta de que el pasado siempre alcanzaba a quien trataba de huir. No importaba cuán rápido o lejos se corriese, siempre llamaba a la puerta.

―¿Se lo dirás a Calista?

―Cuando sea necesario.

―Si sobrevive, te hará pagar por lo que le has hecho ―la avisó.

―Espero que lo haga, porque si quiere castigarme, yo después le pediré cuentas. ―Todo era mejor que pensar en que Phenton pudiera morirse. Jamás le deseó mal alguno pese al dolor que le propinó.

―Las cuentas se debieron pedir cuando se produjo la afrenta, no ahora.

Margaret se separó de su compañera y amiga. Marian y su madre eran las únicas que estaban al tanto de sus secretos con respecto a Phenton.

―Era joven y estúpida, lo confieso. Después llegó la cobardía, también lo sé.

Ya no más. Una muchacha se marchó de Londres y una mujer que tiene todo que perder regresará.

Nunca le deseé mal alguno y rezaré para que salga adelante.

Tanto daño como me hizo y no seré capaz de llegar a odiarlo como deseo hacerlo.

―La traición no hace que el amor se evapore. Es el mal de las mujeres que se entregan a hombres que no las merecen. No importa si son duques o taberneros. ―Trató de reconfortarla.

―Siempre dices grandes verdades. Descansemos esta noche. Mañana con las primeras luces deberemos partir.

―Es un viaje largo, ¿cómo lo haremos? Esta vez no contamos con el carruaje de Albemarle.

―Donaldson ―musitó―. Él me ayudará a llegar a casa para enfrentarme al diablo. Que Dios me proteja y también a él.

Esa noche fue larga. No durmió. Él copó todos sus pensamientos. Su amor, tenía que protegerlo. Lo necesitaba vivo. ¿Para qué? No lo sabía, pero solo se daba cuenta de que no quería un mundo en el que él no estuviese.

Prefería mil veces enfrentarse a su furia que a la pérdida definitiva.