Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Los dos tomaron asiento en un pequeño sofá, uno junto al otro.

―¿Hay más nuevas de Londres?

―Lo de siempre, supongo. No me gusta sociabilizar.

Si mi madre no estuviese tan apegada a Darkworth Park haría años que hubiese venido al Norte para no marcharme.

Pero ella adora estar allí, y como mi primo ha regresado y lo ama, no será capaz de dejarlo solo.

Así que estoy condenado a estar lejos del lugar que considero mi casa.

Escocia es… fantástica. Aquí lo tengo todo.

Edimburgo está a un suspiro y sin embargo gozo de tranquilidad.

―Me gusta mucho el amor que muestras cuando hablas de tu madre.

―Es una mujer excepcional, buena, justa. Cuando perdí a Atenea ―ese era el nombre de su difunta prometida―, ella sufrió tanto o más que yo ―señaló apesadumbrado―. Siempre se ha preocupado por todos los que la rodeaban. Espero que jamás me falte. Estaría perdido sin ella.

―Me gustaría conocerla algún día.

―Confío en que lo hagas pronto. Sé que os llevaréis muy bien. Todo el mundo dice que es dulce y piadosa. Solo debes tener cuidado con que no orqueste nuestra boda. Nunca le he presentado a ninguna mujer y cuando te lleve ante ella, estará examinándote con suspicacia.

Los dos se rieron. Las madres eran así.

Margaret tomó un sorbo de su té caliente y él se bebió la copa de licor de un trago.

―No sé si alguna vez podré regresar a Londres. Hay mucho dolor y aquí he encontrado algo que parecía imposible.

―¿Paz? ―señaló intuyendo a lo que ella se refería.

―Sí. ¿Es inadecuado no extrañar el bullicio y la sociedad?

―Eres hermana de un conde, Margaret, la sociedad está pensada para que la disfrutes. No concibo a una dama que no desee regresar y ocupar su puesto.

Ella le había hablado de Albemarle, sin desvelar su título, de lo bien que se había portado al permitirle marcharse después de perder al amor de su vida para serenarse.

―El padre de mi hija… No estoy preparada para volver y dudo que alguna vez lo esté.

―Es hija de un duque, Margaret. Pese a que no quieras desvelarme su identidad, ella deberá tener la preparación necesaria cuando llegue la hora de ser presentada.

Tú misma lo has dicho. Entiendo que hayas querido romper con todo, incluso con tu posición y que no deseases dar a conocer tu identidad aquí, porque yo mismo lo hubiese hecho cuando la perdí a ella.

No somos tan diferentes a ese respecto tú y yo, pero no siempre se puede escapar del pasado.

Margaret no estaba segura de si había sido buena idea hablar con él más de la cuenta. Y sin embargo, Jacob Donaldson era un hombre tan bueno y cercano, que le fue imposible no contar con su apoyo.

―Falta mucho tiempo todavía, como has señalado. Sé bien lo que dices y no me preocuparé mientras. ―Ella le sonrió―. Apuraré hasta el último instante aquí. Cuando llegue el momento de enfrentarme a todo lo que dejé atrás, estaré preparada, pero echaré siempre de menos todo lo que he construido.

―Hablas como si, cuando tomes la decisión, no fueses a regresar jamás.

―Mi hija crece libre, Marian me reprocha que sea incluso salvaje.

Quiero que tenga una infancia feliz, porque habrá un tiempo en que la esperanza que conocimos aquí, en Escocia, se torne negra como la noche.

Vine aquí para sanar mi corazón y lo he hecho ―expresó con satisfacción al darse cuenta de que lo señalado era verdad.

―¿Crees que podrás dejar de llorar por la pérdida, Maggie? ―Él no creía que pudiera hacerlo. Aura Atenea fue su oxígeno y sin ella se sentía morir cada día un poco más.

―No. Le entregué todo lo que tenía y no me reservé nada. Me consumí. El precio de hacer algo así es el vacío con el que se tiene que aprender a vivir. Por suerte tengo a mi hija. Calista es mi única luz.

Su pequeña de brillantes ojos azules y cabello rubio era un rayo cegador que iluminó su existencia en el momento en el que más falta le hizo.

Fue Marian la que se dio cuenta, al poco de llegar a Escocia, de que algo sucedía en su interior.

Vida. El duque Canalla y ella habían creado vida.

Una preciosa niña, con buenos pulmones, llegó gritando una mañana al mundo para hacer que al fin el corazón de Margaret volviese a latir.

Calista se parecía mucho a ella, pero tenía gestos muy característicos de su padre, especialmente cuando se mostraba insolente y temeraria.

―Tu hija es maravillosa. ―Ella asintió.

Jacob Donaldson no acababa de comprender cómo la viuda de un duque había llegado a vivir una vida tan modesta, pero la respetaba por ello.

La primera vez que la vio, en la puerta de su casa preguntando por la propiedad que poco después rentó…

Le causó una agradable impresión. Se veía que era una gran dama, pero también era una mujer cercana, amable, que no tenía miedo de enfrentarse a la dura vida que suponía residir en una casita de campo.

Solo estaban ella, Marian, la niña, una cocinera que las ayudaba de vez en cuando y la lavandera que hacía lo mismo.

Margaret se desenvolvía bien y él la admiraba.

Lástima que su afecto se comprometiese años atrás con su desaparecida prometida.

Si fuese libre, podría haber intentado algo más.

No era posible. Ninguna otra serviría más que para aliviar sus bajos instintos.

Su corazón, como el de su gran amiga, jamás estaría en paz.

―¿Cuánto tiempo te quedarás esta vez?

―Un par de días, tal vez tres. Darkworth me ha pedido encarecidamente que lo ayude a sortear a las madres.

―¿Qué? ―Ella se había perdido.

―Mi primo tiene miedo a los dragones que custodian a las hermosas damas casaderas. Desea que lo acompañe en Londres, como te he dicho. Así que no estaré mucho tiempo aquí.

―Es un camino largo para estar tan pocos días ―señaló enfurruñada. Él era el único hombre con el que estaba cómoda. Su compañía era más que bienvenida. En esa parte de Escocia no había muchos con quienes sociabilizar.

―Con un poco de suerte lo alargaré más. No me apetece nada estar entre la alta sociedad en plena temporada. No soy tan buen partido como mi primo Aquiles, pero creo que todavía puedo tentar a una muchacha sin pretenderlo y no quiero desilusionar a nadie.

Margaret se echó a reír.

―Estoy segura de que cuando encuentres a la mujer adecuada lo sabrás. Eres un gran hombre y estoy convencida de que alguien te necesita desesperadamente.

―¿Lo harás tú? ¿Encontrarás a otro? ―preguntó con suavidad.

―Mi caso es más complicado.

―Perdiste al hombre que amabas. No veo que difiera mucho de mi situación.

―Tengo a Calista para superar todas las pruebas que lleguen.

―Mi madre asegura que no me abandonará tampoco. Creo que estamos igualados en cuanto a luz se refiere.

―Estoy de acuerdo ―señaló, al tiempo que tomaba de la bandeja que había preparado Marian unos sándwiches para ofrecerle un bocado.

Jacob cogió uno y se lo comió agradecido. Sí, estaba famélico.

―¿Es hora de ir a buscar a tu pequeña?

―Sí. El sol no tardará en desaparecer y aunque es un paseo corto, quiero regresar antes de que se haga de noche.

Jacob alcanzó otro alimento y lo devoró.

―Te acompañaré. Aguardaré por el baño que debería haber tomado antes de presentarme ante ti. Storm tendrá que aguantar un poco más también para llegar a casa y que le sirvan la mejor de las avenas y lo premien con un buen cepillado. Calista merece nuestra espera.

―El otro día me dijo si podrías ser su padre ―señaló Margaret con tristeza. La niña hablaba poco y su dicción no era demasiado adecuada, era pequeña aún. Además, Maggie entendía todo lo que no expresaba con las palabras correctas. Ella sabía siempre lo que la pequeña deseaba.

―Yo perdí demasiado pronto al mío. No es agradable.

«Y por eso ruego a Dios que Calista pueda perdonarme cuando el momento se presente», pensó con inquietud, aunque no se atrevió a decirlo abiertamente.

Ese puente lo cruzaría cuando no tuviese otro remedio.

Al final, de un modo u otro Margaret tendría que regresar, pero lo haría cuando no tuviese otra opción.

Los dos se levantaron y salieron en dirección a la puerta, decididos a ir en busca de Calista. En cuanto llegaron afuera, escucharon los cascos de un caballo. Un hombre, con el mismo aspecto fiero que presentaba Jacob, estaba a punto de colocarse frente a ellos.

―¡Ranfield! ―lo saludó amigablemente Jacob al reconocerlo.

El hombre que Margaret no conocía le sonrió a su amigo y desmontó de un salto.

Los dos caballeros se dieron un fuerte apretón de manos en señal de fraternidad.

El recién llegado saludó a Jacob y luego se giró hacia ella.

―Disculpe mis malos modales, señorita… ―dijo el desconocido, para dar pie a una presentación. Ella sonrió.

―Margaret estará bien. ―Ella lo invitó a que la llamase por su nombre de pila.

Donaldson la conocía bien y no se sorprendió, pero el denominado Ranfield sí lo hizo, así que ella continuó diciendo que―: Los amigos del señor Donaldson son los míos.

En Escocia no se exige tanta formalidad como en otros lugares.

Se solía identificar como Margaret Cross, sencillamente. Jacob lo sabía porque se había presentado así ante él, para con el tiempo y la confianza necesaria, narrarle una parte de su dolor.

El recién llegado le sonrió y le ofreció una breve inclinación de cabeza en señal de gratitud.

―Margaret, deja que te presente a Lawrence Trent, conde de Ranfield, le debo mucho a este bribón más de lo que puedo pensar ―explicó mientras le palmeaba la espalda.

Maggie le hizo una pequeña reverencia.

―Uno tiene que preocuparse de sus amigos ―señaló complacido Lawrence.

―¿Qué te aleja de tu esposa y de tu hijo, Ranfield?

―Tú. Vengo a buscarte porque tenemos asuntos serios que atender en Londres.

El aludido no tenía ganas de pensar en su esposa. Lady Ranfield era muy complicada y él todavía más.

―¿Qué ha sucedido? ―inquirió con preocupación Jacob.