Capítulo 11
El tiempo, el mejor aliado
Margaret levantó la pistola, cerró el ojo izquierdo y calibró el espacio que la separaba de su objetivo.
La lata que Marian había colocado sobre el pequeño muro de piedra, que le servía para entrenarse, parecía estar mirándola con burla.
Deslizó su fino dedo por el gatillo, lo acarició con suavidad y luego procedió a ejecutar el tiro.
¡Diana! La lata saltó por los aires. Se ladeó para ver la reacción de su doncella, que estaba a unos pocos pasos adelantada con respecto a su posición y se dio cuenta de que algo no marchaba bien.
De pronto un brazo masculino la tenía sujeta por el cuello, un fuerte pecho se sintió detrás. Margaret levantó el pie derecho, le dio un buen pisotón a su captor, a continuación tomó la mano que la oprimía y, en un gesto audaz, se lo retorció de tal modo que el villano quedó inclinado ante ella.
―Has mejorado ―le dijo el hombre con una bonita sonrisa.
―Y tú te has vuelto previsible.
―¿Qué me ha delatado esta vez?
―Tu olor.
―¿Disculpa?
―Hueles a bergamota. ―Margaret odiaba ese olor en particular. Cinco años y todavía lo asociaba con la fuente de todos sus males.
―Imaginé que me acusarías de apestar a caballo o cosas peores. Dejé en la zona trasera a Storm ―ese era el nombre del semental― para no delatarme. He venido al trote desde Londres y al veros a Marian y a ti, no he podido seguir el camino hasta mi casa. ¿De verdad hueles la bergamota?
―Sí. ¿Por qué no usas sándalo? Es más agradable.
Él entendió que a ella no le agradaba absolutamente nada el aroma a bergamota. Seguramente los recuerdos la atormentaban. La comprendía.
―No te gusta ese olor especialmente.
―Lo detesto. ―Fue sincera.
―¿Era necesario pisarme tan fuerte? ―Él cambió de tema.
―¿Y que tú me presionases el cuello con tanta dureza? ―preguntó con una sonrisa.
Él comenzó a reírse.
―Iré a preparar un té y una copa de brandy . Debe de estar helado y hambriento ―le dijo Marian al recién llegado, después de saludarlo apropiadamente. El interpelado asintió.
Ambos observaron a la doncella meterse en la casa que Margaret consideraba su hogar.
No era una propiedad muy grande, pero sí coqueta. Una edificación con cuatro dormitorios, un salón principal y un pequeño despacho. Pertenecía al hombre que tenía frente a ella. Un amigo que había sido un pilar sobre el que sostenerse en los últimos años.
Jacob Donaldson era escocés de nacimiento, aunque sus formas y modales, su dicción, indicaban que era un inglés de pura cepa. Era un hombre de altura considerable. Alto y robusto, pelo negro, ojos castaños, con una tez más oscura que blanquecina.
La casa principal de la finca, donde él vivía, estaba terminando de ser restaurada debido a un gran incendio que asoló el edificio y se llevó la vida de su hermana pequeña y su padre.
El señor Donaldson vivía con su madre cerca de Londres, en un lugar perteneciente a una familia lejana, y, sin embargo, él siempre encontraba tiempo para regresar a su hogar y entretenerla.
Los dos se habían hecho muy buenos amigos en cuanto se conocieron. Pronto se dieron cuenta de que ambos tenían el corazón roto. Él había perdido a su prometida en otro incendio, la hija de un duque, hermana de un primo llamado Aquiles, y parecía que la mala suerte los perseguía.
―Recuerda siempre, Margaret, que tu mejor baza ante un ataque es que te subestimen.
―Nunca lo olvido.
Él asintió.
―¿Dónde está Calista? ―se interesó él, mientras cambiaba de tema.
―En casa de los Farmer. Los niños desean estar con niños.
La gata de tus arrendatarios ha tenido una camada y Calista decidió que le apetecía ir a visitarlos.
Marian la dejó allí un rato, después de pelear y perder la batalla para que regresase a casa con su madre.
La señora Farmer ha aceptado hacer de niñera unas pocas horas.
―Así que tu hija te abandona por unos lindos gatitos y tú te pones a disparar ―sentenció él.
―Señor Donaldson, es usted muy inteligente ―apuntó Margaret, haciendo uso de la formalidad―. No olvide la parte en la que trata de tenderme una emboscada y yo me desembarazo de usted.
―Nunca entendí bien el motivo por el que deseabas aprender a defenderte, a disparar.
Ella agitó los hombros despreocupadamente.
―¿Qué tiene de malo que una mujer se sienta más protegida sin depender de nadie? ¿Cómo está tu primo, por cierto?
―Darkworth está nervioso. Ha decidido este año regresar a la temporada y quiere arrastrarme a los infiernos con él.
―Es un duque, uno joven. Su deber es la procreación. Se espera de él que supere el pasado y siga adelante.
Margaret lo vio ponerse serio mientras le quitaba la pistola de la mano derecha y la examinaba con especial atención.
Jacob Donaldson solía hacer gestos como ese cuando no se sentía cómodo a fin de concentrarse en otra cosa.
Ella lamentó haber traído a colación el asunto.
Sabía que hablar de Aquiles Darkworth era como evocar a la dama que Jacob perdió.
―Conoces bien la historia.
―Lo sé, tú mismo me hiciste partícipe de ella ―razonó Margaret con suavidad.
―Cuando él se quedó sin su esposa… fue duro. Cuando me marché a Francia a rescatarlo de las garras del cautiverio y le tuve que decir que su hermana y su hijo habían perecido… Un dolor así jamás se supera.
Margaret había escuchado ese relato una única vez y el modo en el que Jacob lo contaba…
Había tanta pena y lástima en su interior, que ella hubiese querido aliviarlo, mas no podía, dado que Margaret arrastraba su propio pesar.
El dolor los unió y las conversaciones sinceras los liberó a ambos.
Aunque en honor a la verdad, era Jacob quien hablaba mucho más que Maggie sobre el pasado.
Jacob tenía un trabajo un poco delicado en el que servía a la Corona sobre asuntos de los cuales ella no preguntó detalles, sin embargo, adivinó que eran secretos.
Su amigo había estado buscando a su primo Aquiles durante mucho tiempo y cuando consiguió la información adecuada, se marchó para dar con él.
Lo consiguió, trajo a casa al desaparecido duque de Darkworth con valentía y aplomo.
Jacob, su madre Alice y su primo el duque, era la única estirpe viva que quedaba de una gran familia que debió haber sido grande y feliz años atrás, antes de que la calamidad los azotase. La vida era injusta. Ella bien lo sabía.
Maggie se sentía orgullosa de poder considerarse amiga del señor Jacob Donaldson. Era una persona muy agradable con quien había trabado una sana amistad.
―¿Piensas casarte alguna vez? Si tu primo considera que es momento de olvidar, tal vez tú…
―No ―aclaró, negando fuertemente con la cabeza―. No le haría tal deshonor a Atenea. Ella siempre será mi único amor. Como lo fue para ti el padre de Calista. ―Él le sonrió.
―Pero lo mío no salió bien. ―Nunca le había dicho la verdad sobre lo sucedido con el padre de su hija, solo dejó que él sacase sus propias conclusiones y no lo desmintió. Posiblemente era la peor amiga del mundo, pero no deseaba remover un pasado que en algún momento la alcanzaría para destrozarla.
―Peor fue mi situación. La perdí incluso antes de poder hacerla mía.
No me casaré. Mi madre trató de que lo hiciera durante mucho tiempo.
Si Aquiles no hubiese aparecido, el ducado hubiera recaído en mis manos y mi estimada progenitora me diría cada día que mi obligación era tomar esposa por si acaso.
No deseaba hacerlo y ahora que el duque de Darkworth está de regreso y planea recomponer su vida, quedo en libertad para pasar mis últimos días añorando lo que pudo haber sido mi boda con la mujer de mis sueños.
―He aprendido que los sueños a veces se tornan pesadillas.
Jacob entendió que su amiga estaba recordando al padre de Calista.
―Somos un buen par de almas desconsoladas tú y yo. Tal vez deberíamos casarnos y pasar el resto de nuestra desdichada vida tratando de mitigar el dolor del otro.
Ella se rio con ligereza.
―¿Te imaginas algo más deprimente, Jacob?
Él se sumó a las risas.
―Ciertamente, sería todo un fracaso.
Ella miró hacia el interior de la casa.
―Marian nos hace señas desde la ventana. El té está preparado. ¿Entramos y te calientas junto al fuego mientras hablamos del pasado y de cómo olvidarlo?
―Cosas más imposibles se han logrado… ―musitó.
Ambos comenzaron el camino hacia el edificio. Él le tendió el brazo y ella lo agarró con firmeza.
―¿Me acompañarás luego a recoger a Calista? Tendrá muchas ganas de verte.
La niña y él congeniaban muchísimo.
―Por supuesto.
―Debo avisarte, mi hija pataleará y hará un escándalo. No creo que quiera separarse de la madre y sus gatitos.
―La convenceremos para que lo haga.
―¿Un soborno? ―Él asintió―. ¿Qué propones? ―se interesó.
―Seguro que la señora Farmer no se opone a que se lleve uno de los pequeños cuando sea lo suficientemente grande para separarlo de la gata.
―Ah, hay madres y madres ―dijo ella con orgullo.
―¿Qué quieres decir?
―He estado meditando en el futuro. En Calista.
Y al pensar en lo que acabas de decir sobre quitarle un gatito a la madre…
Dudo mucho que pueda entregar a mi hija a un hombre que la merezca.
Haré una escena acuosa cuando llegue el momento de presentar a mi pequeña en sociedad.
Todos los muchachos me parecerán inadecuados y los odiaré, estoy segura.
Entiendo tan bien a mi querida madre en estos momentos…
. ―Suspiró con el recuerdo de la condesa viuda.
Hacía años que no la veía. Se escribían mucho, pero la salud de su madre no era la adecuada para viajar, y ella no tenía fuerzas para acercarse a Londres.
Jacob le sonrió con afabilidad.
―Tiene cuatro años, hay tiempo para que te acostumbres.
Entraron por la puerta, llegaron hasta el salón y Marian ya tenía todo dispuesto para que ambos disfrutasen de un pequeño tentempié. Té para Margaret y una copa de brandy para su invitado, dado que Jacob Donaldson jamás bebía té.