Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Saber que Ryan estaba convencido de que su condesa era el amor de Phenton… Él ya le había hablado sobre esa cuestión, pero no confiaba en el duque. No era capaz de hacerlo después de esa traición. ¿Qué más sorpresas le esperaban?

―No puedo echarme a un lado sabiendo todo lo que sé, Maggie ―alegó derrotado.

―¿Quieres enfrentarte a él y jugar la partida de tu vida? No estás seguro de ganarle.

―Solo porque me falte una mano no implica que sea inferior ―dijo ofendido, al tiempo que levantaba el brazo izquierdo para señalar su punto.

―No es eso. ―Ella negó con la cabeza―. Tienes un hijo y una esposa a los que proteger. No seré la causa de tu ruina ni la de él.

―¿Lo amas?

―Con toda mi alma, por eso la traición me duele tanto ―dijo con sinceridad y sin necesidad de meditar su respuesta.

―¿Qué ha hecho? ―preguntó, tratando de esclarecer los acontecimientos.

―Lo conoces bien, no hace falta que me lo hagas decir.

El conde asintió en un golpe seco. Mujeres. Phenton pecaba de ser un disoluto de la peor clase. Ella había aludido a la traición, así que imaginó lo que había sucedido. Albemarle carraspeó con incomodidad.

―¿Habrá consecuencias, Margaret?

―Siempre las hay. ―La mayor era su corazón roto y su alma partida en dos.

―Me refiero a… ―comenzó a puntualizar, sin poder mirarla a los ojos.

―Sé a lo que te refieres. No lo puedo saber.

―¡Maldición! ―exclamó perturbado.

―Haz lo que haría cualquier familia en nuestra situación, hermano.

―¿Qué? Porque no diviso el horizonte, Maggie. ―El panorama era desolador. Su amada y única hermana arruinada, su enemigo lleno de orgullo ante la hazaña…

―Envíame lejos, a Escocia tal vez. Una casita de campo.

Deja que salga del problema en el que me he metido por mi cuenta.

Lo odias, puedo verlo en tus ojos. Yo lo amo con todo mi corazón roto en mil pedazos y pese a ello no le deseo mal.

Solo quiero huir de él, de lo que sé que será mi vida si me quedo a su lado.

Confía en mí. Necesito sanar. Mis alas están quebradas y no puedo sostenerme.

Soy muy consciente de la mácula que vierto en nuestra familia.

Confía en que sé lo que debo hacer y ayúdame, Ryan, te lo suplico.

―Ella le tomó las dos manos entre las suyas para terminar de hacerle la petición.

Su hermano le sonrió.

―Padre me lo avisó. Nos avisó a ambos, a mí y a Albert, de que si no íbamos con cuidado nos harías bailar al son de tu meñique.

Eres parte fundamental de mi familia. Te he descuidado, hermana, y me odio por ello.

Las cosas con mi esposa han sido muy complicadas y en el campo hemos tenido que colocar de nuevo los cimientos de nuestra relación. Siento haberte fallado.

Ryan tenía muchas preguntas, pero las principales ya habían sido respondidas, lo primordial era la felicidad de su hermana. Si ella necesitaba alejarse, le brindaría los medios y su protección. No la obligaría a hacer algo en contra de su voluntad. Albemarle no era esa clase de hombre.

―No. ―Ella le tocó la mejilla―. Yo, y solo yo, tengo la culpa de haber elegido lo que deseaba. ¿Puedo contar contigo, Ryan?

―Siempre, Margaret.

―Solo preciso del dinero de mi dote. Debo marcharme ahora mismo, me dejarás tu carruaje, los faroles nos ayudarán. Iré hacia el Norte y pararé en la primera posada que vea para que nos resguardemos de la noche.

―¡Imposible! No te dejaré viajar sola.

Margaret se quedó pensativa un instante.

―Es cierto, Marian vendrá conmigo. Manda a un lacayo para que vaya a buscarla a casa de Phenton. Con un poco de suerte, él todavía no habrá regresado de allí… Dile a mi doncella que empaquete mis cosas. No dispongo de mucho tiempo.

―¿Por qué tanta prisa, Margaret? ―No lo entendía, se veía como si quisiera escapar de las garras de Lucifer.

―Porque si no lo hago ahora, si lo veo, me quedaré.

Soy débil en lo que a él se refiere y no debo flaquear.

A él lo amo, pero me doy cuenta de que lo primero debo ser yo.

Le confié mi corazón y no lo protegió. Solo debo valerme de mí misma.

―Un pensamiento muy progresista que había aprendido en las obras de Wollstonecraft a la cual adoraba por ello.

El lugar de la mujer no era solo servir a los hábitos domésticos―.

No puedo hacerlo, verlo y quedarme, digo, ¿lo entiendes?

―Está bien. Dios te ayude, Margaret. ―Suspiró largamente y luego añadió―: Te llevarás a un par de mis hombres y rezaremos para que Phenton no te de caza. Si se lo propone, usará todos sus medios para localizarte.

Dentro de la maldad de ese hombre, Albemarle le reconocía su valía en el campo de los secretos, del rastreo de personas. Phenton era peligroso.

Ryan contaba entre sus empleados con antiguos militares eficientes que llevarían a Maggie hasta donde quisiera ir y estaría segura con ellos.

―Gracias.

―¿Estás segura de lo que vas a hacer?

―Sí. Es lo que siento. Escapar es lo que deseo.

Margaret se levantó para ir hacia el escritorio que ella solía usar para redactar su correspondencia.

Sacó un papel y escribió una nota. Luego se la pasó a su hermano doblada por la mitad.

A continuación se quitó el relicario que llevaba siempre con ella colgado en su cuello, que tenía un retrato suyo pintado a mano en su interior.

Su padre se lo regaló. Lo sujetó entre sus manos.

―Dale ambas cosas cuando venga a exigirte saber sobre mí. Eso lo refrenará. Es un hombre orgulloso y sé que estoy hiriéndolo precisamente ahí, donde sé que más le dolerá. No era mi intención hacerlo, lo hago solo porque confío en que no me persiga una segunda vez.

―¿Segunda? ―preguntó con un gruñido.

Había llegado a conocerlo, no hasta las profundidades de su ser, pero sí tenía muy clara una cosa.

Y eso era que un hombre acostumbrado a que las mujeres se arrojasen a sus pies, no vería rentable luchar por alguien que lo despreciaba abiertamente.

Aunque no era ese el caso. Margaret lo amaría hasta el fin de sus días, y por eso le entregaba un recuerdo muy preciado, pero no podía convivir con la persona responsable de torturarla y romperla con sus traiciones.

El mundo en el que le había tocado vivir era así.

Los hombres disfrutaban de todas las bondades que tenían a su alcance con total impunidad.

Ella estaba destinada, por haber nacido mujer y en una familia noble, a casarse bien y a soportar los caprichos de su esposo durante el resto de su vida.

Si hubiese crecido en el seno de una familia donde no hubiera imperado el amor, tal vez habría claudicado.

Pertenecer a un club secreto en el que las damas lo cuestionaban todo, le había hecho tener un pensamiento crítico.

Algunos las tildarían de alborotadoras, nada más lejos de la realidad.

Solo pretendían que la sociedad no les impusiera costumbres en las que las damas siempre salían perdiendo.

Cada uno era el resultado de sus creencias, de su educación, las normas solo eran indicaciones que podían no siempre seguirse.

Margaret se sentía mucho más que una mujer capaz de soportarlo todo solo para cumplir con su función social.

Una compañera suya dijo una vez que las reglas estaban ahí para saltárselas cuando hicieran falta.

Mujeres fuertes y dispuestas a sacudir los cimientos habían existido desde tiempos inmemorables.

Le venían a la mente las vikingas, grandes luchadoras que tenían que sobrevivir empleando su fuerza e ingenio.

Esa noche sería una de ellas, una dama que hacía su elección.

Para bien o para mal, el destino la había traído hasta ese punto.

―Ve, hermano, tenemos que prepararnos. Necesito a Marian conmigo.

Todos los arreglos se dispusieron como Margaret ordenó.

Albemarle confió en ella. Tal vez en unos meses regresase y todo se arreglase.

Un corazón herido necesitaba su tiempo para sanar.

Al conde le gustaba la idea de hacer sufrir a Phenton y lo odiaba con todas sus fuerzas por haber malogrado a su pequeña, bella y dulce hermana.

Todo salió rodado para Maggie. No tanto para Lucien.

Para cuando el duque llegó a su casa, las pertenencias de ella ya no estaban allí.

Tampoco su doncella. Así que cuando Phenton se dio cuenta de que ella lo había abandonado, se dirigió a casa de la joven.

Allí no tuvo que despertar a nadie. Albemarle, perfectamente vestido porque la ocasión lo merecía, lo aguardaba en su despacho.

Lucien era muy consciente del aspecto que llevaba. Su ropa estaba torcida, su pelo revuelto y él apestaba a perfume barato. El apremio le impidió tomar un baño o adecentarse mejor para presentarse ante la familia de su prometida, ante su némesis.

La mirada de uno buscó la del otro. De pronto la estancia se congeló.

Albemarle se controló para no lanzarle un derechazo al recordar el estado en el que había llegado su hermana a casa.

Se contuvo. También esperó a que él hablase primero.

Esa no era una visita de cortesía. Lo había estado esperando con ansias, pues sabía que el duque llegaría a su puerta exigiendo conocer el paradero de Maggie.

Ahí estaba. El duque maldito que tuvo que poner sus ojos en Margaret.

La rabia bullía en su interior y pese a ello optó por ser indiferente.

―¿Dónde está? ―inquirió Lucien, conteniendo la rabia en cuanto entró por la puerta de la estancia. No hizo falta emplear nombre alguno en su pregunta.

―Ha dejado esto para ti. ―Le pasó primero el medallón y luego la nota. Él la desplegó para leerla:

Al duque de Phenton:

Lo he intentado. Dios sabe que he tratado de aceptarte tal y como eres.

El destino es cruel y nos separa. No puedo ser la esposa que necesitas, la mujer que estará a tu lado el resto de tu vida, sin romperme en mil pedazos.

Déjame ir, te lo imploro. Respeta la decisión más difícil que he tomado nunca.

Si alguna vez he significado algo para ti, me dejarás a mi suerte.

Siempre tuya,

Maggie

―Ahora, si me disculpas, tengo que acostarme. Ha sido una noche larga y mi esposa me estará esperando.

El conde se levantó de la silla.

Phenton no se había ni sentado porque él no le ofreció su hospitalidad. Estaba de pie y era evidente que deseaba despacharlo lo antes posible.

―Dime dónde está. Haz que venga aquí.

―Creo que no ―expuso con tranquilidad.

―Ella es mía ―le dijo, sabiendo bien lo que acababa de revelar.

―Entonces no cuidas bien tus posesiones, si la has perdido ―razonó con tirantez.

―Tú eres el menos indicado para darme lecciones. Conozco bien tu historia con Olivia, yo estuve allí cuando sucedió.

―Para ti es lady Albemarle.

―¿Jamás lo olvidarás? ―se burló.

Albemarle suspiró.

―Vete, Phenton, porque le prometí a mi hermana que no haría una barbaridad cuando llegases y no sé cuánto podré contenerme.

―¿Algo como retarme? Estoy deseando que lo hagas.

―Me lo ha hecho prometer y no lo haré.

―Asaltaré tu casa, entraré en cada una de las habitaciones hasta que descubra dónde la escondes.

―Puedes hacerlo, pero acabarás cansado y no lograrás dar con ella. No está aquí.

―Te mataré si la has dejado marcharse sola en medio de la noche. ―Imaginarla en esa tesitura lo tenía al borde del abismo.

―Está bien acompañada y segura. Mucho mejor que contigo, me atrevo a observar.

Lucien comenzó a negar con la cabeza.

―Desde que firmé ese contrato supe que harías todo lo posible por alejarla de mí. No sé qué mentiras le has contado, pero te aseguro que…

―Ahórratelo. Ella no está, tengo sueño y no quiero volver a verte mientras viva. Regresa a tu madriguera, Phenton, antes de que olvide mi promesa y acabemos enzarzados en una pelea que será el fin de uno de los dos.

―Pienso encontrarla, y cuando la tenga en mi poder…

―¿Qué harás? ―preguntó despectivo―. No lo entiendes. Mi hermana no quiere verte y te pide que no la busques.

―¿Has leído la carta? ―preguntó sabiendo la respuesta. Estaba colérico.

―No la he protegido bien, pero ahora haré lo que me ha pedido.

Ella ha tomado su decisión y la respetaré, como harás tú ―lo sermoneó―.

Buenas noches, Phenton ―comenzó a decir saliendo por la puerta y dejándolo a él en el interior del despacho―.

Confío en que nuestros caminos no vuelvan a cruzarse jamás.

―No estés tan seguro ―espetó airado, mientras ponía rumbo a toda carrera hacia su carruaje.

Lucien arrugó la carta y se la metió en el bolsillo, junto con el relicario que mostraba la bella imagen de una dama a la que debía perseguir hasta la eternidad.

No sabía cuánta ventaja le llevaría, pero podía encontrarla.

La localizaría. Por Dios que lo haría. No importaban las mentiras que su hermano le hubiese contado acerca de él para separarlos.

Lucien arreglaría la situación. ¡Por Lucifer que lo haría!