Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 10 #2
63%

Capítulo 10 #2

―Traición ―repitió―. ¿Qué duele más que eso? ―cuestionó la muchacha.

―Las jóvenes no pueden abandonar a su….

―Si es Phenton, sí pueden. Debe hacerlo. Más si es mi hermana la que está en esa situación insostenible ―la cortó Ryan.

―Albemarle, no lo entiendes, ellos están… ―comenzó a decir la viuda.

―Me equivoqué, por favor, madre ―le pidió que no desvelase nada más ante su hermano.

Estaba avergonzada con su proceder―. Me escaparé si me obliga a hacer lo correcto.

Se lo prometo. Lo haré ―dijo convencida―.

No puedo superar lo que ha ocurrido. No es el capricho de una joven testaruda el que habla.

Es la voz de una mujer que ha sentido cómo la muerte la atravesaba para dejarla vacía.

Esto no es nada pequeño e insignificante.

Me conoce. Soy valiente y enfrento la situación cuando sé que debo luchar.

Esta batalla está perdida. Se lo ruego, no diga ni pregunte nada más.

Mi hermano está aquí y no quiero que se enfrente a él.

Albemarle ha traído a casa a su condesa y no debe ocurrirle nada malo.

La situación no es irremediable. Tengo opciones.

―¿Qué me estáis ocultando? ―intervino el aludido.

Maggie miró a su hermano con los ojos rojos, las mejillas todavía húmedas, pero tenía que ser fuerte y sobreponerse al momento de debilidad.

―Nada, solo digo que te conozco. Me ves en este estado y sé que ardes en deseos de ir a pedir venganza.

―Haré mucho más que eso, te lo aseguro, hermana. He traído mis dos mejores pistolas de duelo sabiendo que podría necesitarlas. He hecho bien, ahora lo veo.

―¡No! ―gritó Olivia―. Tu hijo te necesita, Ryan.

Margaret y su madre miraron a lady Albemarle con estupefacción. ¿Un hijo?

―Es una historia larga para contarla en estos momentos en los que es evidente que Maggie necesita toda nuestra atención ―apuntó Ryan.

―¿Tienes un hijo? ―inquirió la condesa viuda con los ojos brillantes debido a la emoción.

―Sí. Un muchacho de casi cinco años y lo único que debéis saber es que está todo en orden. Incluida su legitimidad ―señaló con satisfacción.

Margaret y su madre compartieron una mirada. No entendían nada. Pero no había tiempo de averiguar esa historia tan peculiar. Su hermano, al igual que ella, tenía muchos secretos y los respetaría.

―Razón de más ―tomó la palabra Margaret― para que no pongas tu vida en peligro. Si algo te sucediera nunca me lo perdonaría.

―Las cuestiones de honor se saldan al amanecer. Phenton te ha hecho daño, no quiero ni imaginar cómo, y debe pagar.

Olivia se acercó a su esposo y lo tomó de la mano para decirle:

―No lo hagas. Escucha a tu hermana.

La situación era tan rocambolesca que no se habían hecho ni las presentaciones formales.

Margaret se levantó y se colocó frente a su hermano, quien estaba de pie, junto a su esposa. Se dio cuenta de que los dos iban en camisón y camisa de dormir y que seguramente los había despertado de mala manera con su entrada. Se sintió horriblemente mal por ello.

―Entiendo que no sois amigables ninguno de los dos y cualquier excusa os servirá para pelearos.

Si me quieres y confías en mí, hermano, porque jamás te he dado motivos para dudar, creerás en mi palabra.

Nada le hará tanto daño como hacerme desaparecer de su vida.

―No estaba segura del todo, solo suponía que su orgullo se resentiría.

―¿Está enamorado de ti? ―preguntó por curiosidad el conde.

―No lo creo, pero sí te aseguro que sin mí, su vida está condenada. ―La rabia hablaba por ella.

―¿Qué quieres decir? ―Albemarle necesitaba más datos.

―Es todo cuanto debes saber. Yo deseo escapar del dolor que me atraviesa, tú quieres revancha, no me perdonaré si algo os sucede a ninguno de los dos por mi causa.

Confía, cuando te digo que él ha sentenciado su vida y que debo marcharme, curar mis heridas.

Te lo suplico, confía en mí ―volvió a alegar.

El conde suspiró.

―¿Podéis dejarnos a solas? ―les pidió a Olivia y a su madre.

Ambas accedieron a la petición y salieron por la puerta.

Cuando estuvieron fuera, la condesa viuda suspiró al tiempo que miraba a la mujer que había elegido Ryan como esposa.

―Debería estar acostumbrada, mis hijos hacen su santa voluntad y me buscan para que los sostenga cuando el mundo se derrumba.

Te tengo ante mí y solo puedo darte la bienvenida a la familia.

Me hubiese gustado que fuesen otras las circunstancias.

La vida es así, llena de imprevistos. Con Ryan y Margaret todavía más. ¿Eres feliz con mi hijo?

―Completamente, milady .

―No. Nada de títulos, sin cortesías. Puedes llamarme madre, como hacen ellos dos, o Vivian.

Te lo agradeceré. Para mí ya eres una hija más.

Me has traído un nieto y deseo escuchar la historia íntegra, aunque sospecho que hay más dolor que el que he visto reflejado en los ojos de mi hija.

―Si Ryan había traído a una dama y a un hijo del que no tenía constancia…

―No mentiré, nada es sencillo en las cuestiones del amor. Conozco a Phenton y no es un hombre fácil.

―Albemarle tampoco lo es.

―Lo sé bien ―le concedió Olivia.

―Descansemos esta noche. Mi hijo la sosegará y ella lo engatusará para que él claudique a fin de que le permita hacer lo que desea. No lo apruebo. Ella eligió y decidió lanzarse al vacío. ―Vivian chasqueó la lengua y se apenó al recordar que ella fue partícipe del destino de Maggie.

―¿Es grave? ―preguntó Olivia, sospechando que Phenton hubiese empleado sus trucos.

―Más de lo que crees, y sé que si se marcha él la odiará por ello.

No sé qué pecado ha cometido con exactitud, lo sospecho, sí, pero mi hija está cegada por el dolor y no atenderá a razones.

Solo cabe esperar y ver a qué conduce todo esto.

Podría ponerme a patalear, a exigir obediencia y lloriquear.

No sería efectivo. Ha llegado el punto en que mis hijos creen que su madre no sabe nada de la vida moderna.

Si Albemarle es testarudo, Margaret lo es mucho más.

El carácter del padre. Mi hijo mayor era más dócil, más parecido a mí y lamento que los que me quedan vivos no se asemejen a su progenitora ni un poco.

Sospecho que eso les hubiera ahorrado muchas penurias.

―Me preocupa toda esta situación y no sé cómo ayudar.

Vivian le sonrió ante la muestra de sinceridad.

―Acostémonos. Mañana veremos las cosas con más luz. No hay nada que podamos hacer.

Mientras las dos mujeres se encaminaban hacia sus habitaciones, ambos hermanos se preparaban para debatir sobre sus puntos de vista.

Albemarle se sentó en el sofá y Margaret lo hizo junto a él. Ella seguía descompuesta, pero el llanto parecía estar controlado. No así las lágrimas que eran ingobernables y escapaban de sus párpados sin poder evitarlo.

―¿Qué te ha hecho?

―¿Vas a explicarme tú el origen de tu hijo?

―Solo necesitas saber que lo he arreglado muy bien. Es mi primogénito. ¿Phenton te ha tocado? ―Era la pregunta más apremiante.

―¿Has tocado tú a tu esposa antes de casarte con ella? ―rebatió con suavidad. Ella sabía la respuesta a la cuestión recién planteada. Se lo imaginaba porque Ryan también fue un pícaro, pero seguramente no estuvo al nivel de un duque libidinoso.

―¡Lo mataré! Pero después de que te cases con él.

―Hagas lo que hagas he tomado mi decisión. No quiero saber nada de él. No he mentido cuando te he dicho que haría cuanto estuviese en mi mano para escapar de la situación. Huiré sola y pobre para no volver a verlo. Así que tienes dos opciones, repudiarme o apoyarme. ¿Qué vas a elegir? ―lo desafió.

―Te mandé en bandeja de plata a lord Bergen. ¿Qué pasó?

―El corazón siempre elige lo que menos le conviene. Es evidente que cometí un terrible error, aunque sé que con él tampoco hubiese sido dichosa.

―No estuve diez meses luchando contra ese compromiso para que esto termine así. Tú mancillada y él libre ―aclaró.

Ella ya se había imaginado que su hermano trató desde el principio de anular el acuerdo con Phenton. Así que no fue una sorpresa reveladora, solo una confesión esperada.

―Me consta lo que has hecho por mí y no te lo agradezco. Mantenerme en las sombras sobre el contrato que firmaste con Phenton… no fue buena idea. Perder una partida al ajedrez y mandar al perdedor hasta la puerta de tu hermana, tampoco es digno de ti.

Albemarle masculló una maldición en alto.

―¿Por qué demonios te lo dijo Bergen?

―Porque es honorable y digno, y no quería medias verdades o sombras en nuestra relación.

―Todo lo hice por tu bien, te lo juro. Cuando lo vi manosearte…

―Se mesó el pelo con inquietud al recordar la noche en la que Phenton se interpuso en el camino de Maggie―.

Le ordené que se casase contigo porque es lo que obliga el honor, pero no pude aceptarlo.

En mi vida hay muchos secretos, oscuros, que no puedo revelarte.

En la de Phenton los hay más. Él está enamorado de mi esposa y jamás la olvidará.

Traté de apartarlo de tu lado porque lo conozco bien.

Es un tramposo, ruin y mezquino, y pese a que le debo la vida ―recordaba con nitidez el episodio vivido frente al duque de Balzack, un demonio al que vencieron juntos― jamás te ofrecería a ese hombre.

No sé cómo arreglarlo, Maggie. Te veo llorosa, con los ojos enrojecidos como tu preciosa nariz, y siento que he fracasado. No te he cuidado bien.

El que fuese exteniente del Regimiento 69 no sabía si Lucien le había confesado que era, al igual que él, un espía que había trabajado para la Corona.

No creía que le hubiese desvelado una cosa tan importante, dado que él, no se lo diría para mantenerla a salvo.

Cuanto menos supiera Maggie de su vida en el ejército, mejor.

―Puedes enmendarlo todo ayudándome. Haz lo que te pido. No me obligues a quedarme aquí. Me crie en un hogar lleno de amor, de respeto, de cordialidad… Por favor, Ryan…