Capítulo 10
La verdad frente a los ojos
Maggie se adentró en la habitación de la duquesa, una que ella misma se había apropiado sin que Lucien la invitase a hacerlo.
El servicio le había ayudado a instalarse allí, dado que nadie, afortunadamente, la cuestionaba.
Sabían la relación que unía al duque con ella, y la respetaban, era más, contaba con una buena dosis de lealtad por parte de los criados.
Pidió que le subieran una bandeja para cenar.
Un poco de pan y queso le sirvieron para matar el hambre.
No tenía demasiada. Él se había marchado sin más y no daba señales de regresar.
¿Sería así su vida a partir de ese instante?
¿Qué locura había cometido? ¿Por qué le disgustaba tanto que Sheyla lo conociera mejor?
¿Por qué sentía que él escondía muchos secretos que no quería desvelar?
Y después estaban todas esas cicatrices por su cuerpo.
Se sentó en la silla más próxima a la ventana.
La habitación era hermosa, decorada en tonos dorados y rosas pálidos, pero sentía que el techo se le iba a caer encima.
Se levantó y volvió a caminar en círculos mientras se tocaba el rostro, llena de inseguridad.
Se paró cerca de la mesa que hacía las veces de escritorio, detectó el papel y su mirada buscó lo que allí había escrito.
Suspiró con exasperación. Alguien que confiara en su hombre no tendría dudas.
Estaba en una encrucijada. Como si fuese una mujer malvada, llena de celos, cuyo corazón se emponzoñaba.
Todo era por su reputación. Phenton había sido terrible.
Sabía que la amaba, pero, ¿sería eso suficiente? ¿habría abandonado su vida disoluta?
Cansada de darle mil vueltas a la cabeza, se encaminó hacia el guardarropa y se colocó una capa gris oscura con la capucha echada.
Abrió la puerta de la habitación de la duquesa y se aseguró de que nadie la veía.
Era bastante tarde, podría acabar muerta, pero algo le decía que tenía que terminar con toda esa inseguridad, ya fuese para mal o para bien.
Se encaminó por la calle oscura y localizó un carruaje de alquiler cerca de su posición, le dio las indicaciones al cochero y rezó una plegaria para que el mal pensamiento que tenía acabase en una anécdota.
En pocos minutos llegó a su destino, sacó el dinero de su retículo y le pagó al hombre, después de pedirle que la esperase porque pensaba regresar.
Subió unos escalones y se vio ante una gran puerta que abrió un lacayo en cuanto hizo sonar la campana.
Al acceder a la edificación se dio cuenta de que había muchísima gente.
Silbidos, aplausos y vítores procedían de un gran salón.
Sin quitarse la capa se acercó hasta allí y se quedó junto a la entrada.
Desde su posición tenía una visión magnífica de lo que parecía ser un escenario improvisado.
Vio al duque de York haciendo de anfitrión. A cara y pecho descubierto, solo luciendo unos finísimos pantalones de seda. Dos mujeres completamente desnudas estaban a ambos lados y las besaba y las acariciaba a su antojo. Empezaba a comprender la fama tan tenebrosa que Albemarle le adjudicaba.
York las subastó ―eso le pareció a ella― y las dos se fueron con un hombre que ella no conocía.
Segundos después apareció en el escenario un hombre llevando una máscara negra que le tapaba todo el rostro y tenía una gran nariz puntiaguda.
Iba ataviado con ¿una túnica atada a la cintura?
Era algo blanco, fino y que dejaba a la vista sus fuertes pantorrillas y todo ese musculoso torso lleno de cicatrices. Se apreciaba una muy reciente…
Sintió que su corazón, su estómago y su mente comenzaban a desvanecerse debido a la impresión.
Phenton estaba ahí, simulando ser el dios Baco, mientras tomaba varias copas de alcohol que se bebía y se tiraba por encima.
Cinco mujeres, desnudas con máscaras, lo rodearon y él salió de escena con ellas ―por supuesto, una era Sheyla, Margaret estaba segura― en dirección a no sabía dónde.
Se apartó del lugar de inmediato en cuanto se dio cuenta de que se dirigían hasta su posición y se escondió para no ser vista.
Cuando subieron las escaleras para adentrarse en el primer piso, ella los siguió, solo cuando estuvo segura de que no la veían.
Entraron en una habitación y Maggie se quedó en la puerta, con la oreja pegada.
Su corazón se había fracturado, su mente no era capaz de asimilar lo que acababa de ver.
Tomó el pomo de la puerta decidida a enfrentarlo, a gritarle a…
¿qué? ¿Qué ganaría con enfadarse y ponerse todavía más en evidencia?
No la amaba lo suficiente como para olvidarse de sus vicios.
Era un duque libertino, un hombre sin moral.
No era nada nuevo. Lo eligió a pesar de todo lo que sabía de él y no debería sentirse hundida, muerta en vida, como si el suelo se hubiese abierto para llevarla hasta el infierno y El Maligno estuviese estrujando su pecho, su corazón y su voluntad para dejarla sin nada, sin vida, sin alma. Rota. Abatida.
Dos minutos después comenzaron a llegar esos sonidos que ella ya era capaz de identificar. Gemidos, jadeos, órdenes de él.
Traicionada. Sin fidelidad, sin amor, sin confianza. Esa sería la existencia que llevaría junto a él, siendo su duquesa.
Unos pocos meses no servían para conocer bien a una persona y ella era plenamente consciente del error que había cometido al dejarse llevar, al entregarse al deseo y al amor tan arrolladores que él le inspiraba.
Con los restos de la compostura que le quedaban, se dio la vuelta y dejó atrás al gran fracaso de su vida. Todo estaba perdido. Su existencia descompuesta. Sola y desamparada. Arruinada. Destruida.
Su madre le vino a la cabeza. La condesa viuda de Albemarle la ayudaría a ver una solución al problema. No la había, pero una madre amorosa podría darle consuelo. Se sentía morir y rezó para que el abrazo de la condesa le diese un poco de esperanza.
El camino hasta llegar a su anterior residencia fue larguísimo pese a que lo hizo en unos pocos minutos.
El cochero la llevó de regreso hacia donde no debió de haber salido: su verdadero hogar.
Las lágrimas no dejaban de caer por sus mejillas.
Acabaría sin líquido en su cuerpo. El dolor era tan lacerante que la muerte le parecía una buena salida para dejar de sentir tanta pena, congoja y tristeza.
Entre lloros, sollozos, gemidos y gritos de dolor, Margaret entró gritando.
―¡Madre, madre! Madre, madre, madre ―chillaba, mientras se dejaba caer en el suelo de la entrada. No le quedaban más fuerzas.
Unos pocos minutos fue lo que tardó en bajar el primero en escucharla.
―¿Margaret? ―Su hermano llegó hasta su posición y la puso de pie para cargarla en sus brazos―. ¿Qué te sucede? ―le preguntó Ryan Cross, conde de Albemarle, lleno de ansiedad.
―Muerta… he muerto y he llegado a los infiernos, hermano. Por Dios, que no puedo controlar lo que me aflige. Lo siento… lo siento…
La joven se agarró a su cuello y se cobijó en el abrazo de Ryan. Albemarle entró en la primera salita que vio cerca y la dejó en el sofá. Ella no le permitió retirarse. Necesitaba un pilar que la sostuviese. Así que Ryan la volvió a acomodar en sus brazos.
―¡Por Zeus divino! ¿Está herida? ―preguntó una voz femenina que Margaret no reconoció. No importaba quien fuese. Ella solo necesitaba a su madre y en su ausencia se conformaba con el hombre más importante de su vida. El único que no le fallaría nunca: su bendito hermano.
―No me deja verla ―le dijo Albemarle a su esposa Olivia.
―Yo la revisaré ―señaló lady Albemarle, mientras se aproximaba a la joven para tratar de quitarle la capa y ver si había sangre. La examinó como pudo, porque ella no se despegaba de Ryan y concluyó que―: Está perfectamente. Su malestar tiene que deberse a otra cosa.
―Debí haber venido mucho antes. La carta de mi madre… sabía que me ocultaba algo ―dijo él. Margaret continuaba llorando y sollozando.
Olivia le había pasado un pañuelo para que se sonase la nariz y se limpiase las lágrimas.
―¿Crees que Phenton es el motivo? ―interrogó Olivia con suavidad.
―Madre dijo que estaban prometidos. Lo que no entiendo es la tardanza por escribirme con semejante noticia. Es del todo evidente que él está detrás de esto y juro, por lo más sagrado, que lo mataré esta vez.
Se escuchó un sonido proveniente de la puerta principal.
Olivia y Albemarle, que habían llegado a Londres justo cuando oscurecía, se habían encontrado con la casa vacía.
Margaret no estaba por ningún lugar, y la madre de ambos había acudido a una fiesta benéfica en favor de militares.
Albemarle supuso que la condesa viuda acababa de regresar de su compromiso.
Sí. Efectivamente. Era ella, porque estaba en la puerta y los observaba con preocupación a los tres.
―¿Qué ocurre? ―preguntó la viuda.
―Sabemos tanto como tú. Tu hija acaba de llegar así como la ves. No me dice lo que sucede y no quiere soltarme ―explicó Albemarle.
―Todo va a salir bien ―le decía Olivia sin cesar, quien además odiaba conocer a la familia de su esposo en esas circunstancias.
―Tengo que huir ―señaló Margaret, en cuanto los sollozos se apaciguaron. La joven estaba en su mundo, pensando, maquinando, ideando una solución a su problema.
―¿De quién? ―inquirió su madre. Vivian ya se estaba acercando para relevar a Albemarle en sus funciones.
La condesa viuda se sentó al lado de sus hijos y Margaret, instintivamente dejó de aferrarse a su hermano para buscar los brazos de su madre.
La condesa viuda comenzó a acariciarle el pelo.
―Me ha traicionado. Juró que no lo haría y no puedo estar al lado de un hombre como él. Vendrá a buscarme, no quiero estar aquí cuando lo haga. Él no es lo que yo pensaba. Tienes que ayudarme, madre.
―Tomaste tu decisión, hija mía. Te avisé de que estuvieses muy segura. Me confirmaste que lo amabas y que era lo que siempre quisiste. ¿Qué ha pasado?