Capítulo 9 #4
Se veía tan frágil y seductora… Se mordió el labio. La señorita Malone podía entender hasta cierto punto la locura de Phenton por ella, y sin embargo, no era para nada el tipo de mujer a la que él solicitaba cuando acudían juntos a los lupanares en busca del mal.
Se quedó allí durante un par de horas. Y cuando estuvo harta de esperar a que la bella durmiente se despertase, decidió probar un poco de suerte.
Sheyla se acercó al lado de Margaret, se tumbó junto a ella y le levantó el rostro con dos dedos.
―Mi amor… ―murmuró Maggie, antes de dar un largo suspiro y llevar sus manos hasta la nuca de la mujer.
La señorita Malone no se lo pensó dos veces. Jamás renunciaba a una invitación tan elocuente. Bajó la cabeza y buscó los labios de la joven. Ah, era dulce y apasionada. Veía con más claridad por qué Lucien Maldith estaba tan obsesionado con ella.
Margaret se dio cuenta de que algo no iba bien en cuanto sintió… ¿demasiada suavidad? Abrió los ojos y casi le entró un ataque de apoplejía.
Cuando la observó apartarse a toda prisa de ella y comenzar a escupir, al tiempo que se cubría con la colcha, Sheyla soltó una carcajada.
―Conozco bien al hombre que aseguras amar, y por eso me atrevo a decir que habrás probado cosas mucho más… cuestionables que mi lengua.
―Los asuntos privados entre Phenton y yo, no son de su incumbencia ―le reprochó―. ¿Qué hace junto a mí en su cama? ―preguntó indignada.
―Hacer de niñera.
―¿Disculpe?
Margaret la observó ponerse de pie y desde el lado izquierdo del lecho, la vio examinarla muy descaradamente.
―Es natural que haya perdido la cabeza. Sí, eres refrescante y poco mundana, tal y como sostiene el duque de York.
Me gustará probarte cuando Phenton te ofrezca a mí ―le dijo Sheyla, mientras la miraba devorándola―.
Adora hacer eso ―explicó cuando la vio con el ceño fruncido y cara de sorpresa―.
No serás la primera que me será entregada mientras tu prometido nos observa hacer el amor, al tiempo que su mano le proporciona placer.
Le gusta mancillar el pecho de sus mujeres.
¿Te lo ha hecho ya? Nunca finaliza el acto en el interior de su amante.
Siempre nos riega y es fantásticamente depravado cuando nos ordena limpiarnos su estropicio la una a la otra con la lengua.
―Ha cambiado ―afirmó sin vacilación, tratando de no perder la compostura.
La imagen que esa odiosa mujer acababa de meter en su mente era perturbadora. Sabía que deseaba importunarla, así se lo decía la media sonrisa que mostraba en el rostro.
―¿Estás segura?
―Confío en él. Es mío, tanto como yo soy suya. ―Decirlo en alto y con público era maravilloso. Cuatro días de incertidumbre y por fin había luz.
Sheyla le sonrió.
―Lo conoces poco. Yo sé más sobre él que tú. Nada bueno te traerá si sigues a su lado. En su vida no hay lugar para ti.
―¿Dónde está? ―preguntó Maggie, cansada de la conversación.
―Haciendo lo que mejor sabe hacer ―expuso enigmática, como si en verdad le estuviese diciendo que ella lo conocía mejor.
Se sintió inquieta. Margaret la observaba muy segura de sí misma.
―El amor es confianza y yo confío en él con mi propia vida.
―Entonces acabarás muerta.
―¿Me está amenazando? ―Margaret salió de la cama con su camisón blanco puesto.
Esos días en los que nada más importó, le había contado todo a su madre y la condesa viuda le preparó un baúl con sus pertenencias y se lo envió.
Desde luego que la regañó y se enfadó, pero la comprendió.
Su madre se había resignado ante sus decisiones y Margaret se sintió mal por haber sido una carga para ella.
―Por supuesto que no. Si te quisiera bajo tierra, me habría deshecho de ti hace tiempo. He tenido muchas oportunidades, ahora por ejemplo. Te habría asfixiado con un cojín mientras dormías. Hubiese sido muy fácil, te lo aseguro, y no habrías podido luchar contra mí. Soy más fuerte que tú.
―Y yo soy más de lo que parezco ―dijo, desafiante.
―¿Sabes disparar? ¿Pelear? ¿Has tenido que emplear toda tu fuerza para hacer que un hombre se quede sin respiración para escapar? No, seguro que no. Tú has nacido entre algodones, yo he tenido que aprender a cuidarme sola.
―Me desprecias solo por mi cuna. No tengo la culpa de ser la hija de un conde. ―Margaret sabía que a la mujer que estaba frente a ella no le era simpática. El sentimiento era mutuo.
―Ni yo haber nacido como hija de un duque ―respondió igual de altiva.
―¿Quién es tu padre? ―preguntó, mientras la observaba dirigirse a la mesa que Phenton tenía en su habitación, para escribir algo en un papel.
Sheyla se encaminó hasta la posición de Margaret cuando terminó de garabatear y le tendió una tarjeta con unas señas.
―Ven esta noche aquí y juzga por ti misma ―le dijo.
Luego se marchó y ella juraría que se veía… ¿pletórica?
Maggie se sentó en la cama de nuevo. El estómago comenzó a sentirse revuelto.
No podía ser cierto. Esa mujer estaba celosa.
Por eso había tratado de quebrar su confianza.
Phenton no le había dado motivos para… Se detuvo.
Mentira. Sí se los había dado, más de una vez.
Con esa reputación de calavera siempre sobre su cabeza, más de una dama se creería con derecho a buscarlo.
No importaría que ella fuese su esposa o estuviese colgada de su brazo.
Esa odiosa mujer lo había hecho noches atrás sin sentir remordimientos.
¿A cuántas damas casadas habría llevado él por el camino de la traición? Muchísimas, lo sabía.
Se acordó de Bergen en ese punto. Tan seguro, galante y correcto. Había elegido a Phenton a pesar de saber que era todo lo contrario. Sacudió la cabeza con energía. Esa mujer no lograría derrumbar los cimientos de lo que habían construido.
Y pese a obligarse a no minar la confianza, no pudo sentirse menospreciada al recordar que se había levantado en una cama vacía, después de haber estado atendiéndolo sin descanso durante su recuperación.