Capítulo 9 #2
Esa noche quería más. Más lascivia, más atrevimiento. Más lubricidad.
Cuando terminó de atender a su compañero de fechorías se puso de pie. Todavía sostenía su virilidad cuando le dijo:
―Sigues duro, quiero que me hagas estallar, Phenton. Sin delicadeza, sin ternura. Quiero saber lo que siente una mujer de vida alegre, caída en desgracia, que solo se dedica a disfrutar de lo prohibido, de un hombre que se rinde a sus caprichos. ¿Lo harás?
―Todo lo que me pidas… siempre, Margaret.
―Phenton intercambió la posición con ella.
La tomó en sus brazos, pero antes le había arremangado la falda―.
Abrázame con tus piernas, pon tus tobillos sobre mis glúteos y deja que te haga el amor como un hombre desesperado.
No te haré daño. Estarás muy mojada y será fácil llevar a cabo lo que pretendo.
Si algo no es soportable me pararás de inmediato ―le ordenó.
Ella asintió y procedió a hacer lo que le pidió. El duque se sirvió del apoyo de la pared de piedra, se cogió la hombría y procedió a hacer justo lo que ella había demandado.
Se metió en su interior de golpe, sin ceremonias.
Ambos gritaron de puro gozo. Se quedó una fracción de segundo sumergido hasta la empuñadura.
Solo para asegurarse de que ella no se quejaba y que lo toleraba bien.
Como no sucedió nada que indicase que debía ser cuidadoso, los envites comenzaron de manera indolente, rápidos, furiosos.
―Phenton… Phenton… ―El ritmo al que él la sometía era demencial. No podía soportarlo. No había dolor, solo tortura, solo ganas de alcanzar el placer que el acto lleno de aspereza le ansiaba a lograr.
―Estallarás así, mientras te uso. Soy el dueño de tus caprichos. Vendrás conmigo cuando te lo exija. Estoy a punto de consumirme de nuevo y gritarás cuando te lo pida.
―No puedo contenerlo mucho más… Si no te refrenas harás que yo… ¡Pheeeenton!
―¡Ahoraaaaaaa!
Si bien la dama se adelantó a lo que él dejó salir presto, no se lo tomó en consideración. Las sacudidas de goce de ambos contribuyeron a que el disfrute fuese del todo pleno.
Se sintió como un campeón en una justa. Dos veces había sido capaz de descargar su simiente, en un corto espacio de tiempo.
Nunca antes había ocurrido eso. Era ella.
La mujer amorosa que dejaría a un lado el recato para acompañarlo en la danza más perversa en la que un hombre y una mujer se uniesen.
Phenton había encontrado lo que jamás previó alcanzar. La perfección en una sola mujer. Margaret era su sol.
―¿Estás bien?
―Perfectamente ―le dijo, cuando él salió de su cuerpo y ella tocó el suelo con sus escarpines.
―He sido muy brusco… te pido…
―No. Yo te lo he reclamado.
Hubo un minuto de silencio. Phenton percibió un cambio de actitud en ella. Sutil, pero… Se puso nervioso.
―Deja que te ayude… ―comenzó a decir, mientras se subía los pantalones y buscaba un pañuelo. Se lo tendió cuando ella le impidió ayudarla a adecentarse.
―Puedo yo sola.
―Margaret… ¿Debo disculparme?
―No. Ya te lo he dicho.
―Algo ocurre. Lo puedo sentir.
―Ha sido maravilloso. ―Ella le ofreció una sonrisa y le acarició la mejilla.
―Regresemos a la fiesta. Deseo bailar contigo.
Él afirmó con la cabeza. Recompusieron sus ropas y comenzaron el camino de regreso.
Después del placer, era hora de trabajar.
Lucien sabía que había sido demasiado duro.
Aunque ella trató de tranquilizarlo y le dijo que había estado maravilloso, él era consciente de que la bestia que habitaba en su interior tomó el mando y no se sentía especialmente satisfecho con el resultado.
Sobre todo porque ella estaba más callada de lo normal y cuando le preguntó, tres veces más, si había algún problema, ella había reiterado su negativa.
Estaban caminando por el sendero. La luna estaba escondida y la luz era inexistente.
Él conocía muy bien ese camino por el que los dos transitaban.
Ya habían llegado hasta el lugar de la fiesta.
Lucien veía a York en la distancia pese a no haber casi iluminación.
Reconocería la figura de su mejor amigo a mil leguas.
Phenton escuchó un disparo. No sabía de qué lado había provenido, y su instinto fue girarse y colocarse frente a Margaret, cara a cara, para protegerla con su cuerpo.
Sintió el picor en la parte izquierda de su pecho antes de ejecutar la acción.
La escuchó chillar mientras ambos caían al suelo.
La cubrió con su cuerpo. Ella no veía nada.
Un nuevo dolor punzante, provocado por la hoja de un metal, se incrustó en la parte derecha de la espalda de Lucien.
Él gritó lleno de un dolor lacerante, para tratar de sentir un poco de alivio. No podía moverse. Ella era su principal misión. Tenía que cuidarla.
Percibió dos sombras a cada lado. O tal vez estuviese soñando. Trató de enfocar la visión para descubrir quién le acababa de disparar y apuñalar. No logró aguantar, el umbral del dolor acababa de ser sobrepasado. Todo se volvió negro.
―Te amo, Margaret ―susurró, antes de que las fuerzas lo abandonasen.
Era su fin. El día en el que los enemigos del duque de Phenton lograron acabar con él. Dejaría en ese mundo a una mujer sola y desamparada a la que pudieron haber asesinado.
***
Margaret estaba sentada junto a su cama. Él estaba adormilado, pero consciente, rugía de dolor y no deseaba tomar láudano.
El duque de York, quien había sido testigo de la mitad de la hazaña, junto con su hermano Liam, habían sacado a Lucien lo más discretamente posible de Vauxhall.
Margaret había controlado las lágrimas y la histeria lo mejor que supo. Su vestido estaba lleno de la sangre del hombre al que amaba. No había querido cambiarse.
No se llamó a un médico. El mayordomo de Phenton, el señor François Lumière, lo estaba tratando.
Cuando lo desnudaron… Ella ahogó un grito lleno de pena.
Él no solía quitarse por completo la ropa cuando hacían el amor.
Siempre se dejaba la camisa puesta. Al fin lo entendía.
Su cuerpo estaba tan lleno de heridas, marcas y señales de lucha que…
―¡Luciferrrrr! ―gritó Lucien cuando el mayordomo le sacó la bala.
―¿No deberíamos llamar a un doctor? ―inquirió Margaret, quien le sujetaba la mano a Phenton.
―No. El señor Lumière es más eficaz que un médico de Londres ―le dijo York.
―Era el mejor curando, se atrevía a usar técnicas que sus colegas no empleaban en el campo de batalla. Muchos soldados le deben su vida ―dijo Liam, con reconocimiento.
El mayordomo estaba concentrado en sus labores.
―¿Todo el servicio guarda secretos? ―se preguntó Margaret en alto, sin ser consciente de que lo hacía. Se había dado cuenta, desde que el duque la llevó a su casa, que los sirvientes, la mayoría masculinos, no eran lo que parecían ser, pero no entendía el motivo.
Margaret observó que York le tendía una copa de licor a su prometido y lo miró interrogativo. Malcom cabeceó afirmativamente en un golpe seco de cabeza. Ella comprendió que no debía hacer preguntas.
―Toma un poco de whisky , querido amigo. No quieres láudano, deseas pasar el dolor, pero un poco de licor de los dioses te vendrá bien para soportar la aguja y el hilo que cosen tu carne.
Phenton le tomó el vaso. Él estaba tendido sobre el lecho. Una gran mancha de sangre, producto de la herida que todavía permanecía abierta en su espalda, se veía cubriendo el colchón de plumas.
Lucien se bebió el contenido de un solo golpe. Miró a Malcom con el ceño fruncido.
―Me mareo. Me has vertido lo que no deseaba tomar. Eres el peor amigo de todos cuantos he tenido. Ruin y mezquino. Me dejas sin tiempo, York. Ve a buscar a un vicario porque mi vida se apaga y no saldré de esta.
―No diga tonterías, Su Gracia ―le dijo el mayordomo que hacía las veces de médico―. Lo he visto salir de situaciones más peliagudas. No me gusta que dude de mis capacidades. Una bala y un cuchillo no son nada en comparación con otras armas que se usaron sobre su cuerpo. ¿Ha olvidado la flecha?
―Ni la flecha del arco, ni de la ballesta, ni tampoco el cuello de aquella botella que casi me sesga la femoral ―dijo, tratando de no desfallecer.
―Saldrá de esta, Su Gracia. Se lo garantizo ―aseveró Lumière.
―No lo creo. ¿Sigue el traidor de York aquí? ―trató de averiguar Lucien, pues su vista se estaba nublando.
―Saliendo por la puerta estoy. No creí jamás que me verían ir a buscar a un ministro de Dios después de una orgía.
―No uses esa palabra, hay una dama aquí ―lo regañó Phenton.
―La dama está más que curtida en estos asuntos. Pensar en orgías y no en tu muerte le vendrá mejor. ¿Dispones de algo más o busco a un vicario, arzobispo o lo que sea capaz de encontrar a estas horas intempestivas, Lucien?
―Ve… ―No pudo decir más. Phenton cayó sumido en un sueño profundo.
Margaret lloraba en silencio, y cuando vio que York se marchaba de la habitación, le pidió a Liam que tomase su lugar junto a la cabecera del lecho del amor de su vida.
Salió corriendo tras los pasos del duque de York y lo interceptó en la escalera, cuando se disponía a bajar al piso inferior.
―¡Espere! ―le ordenó ella.
―Ah, será una duquesa excepcional. Gobernará a Phenton con mano de hierro y todos esos sirvientes de cuestionable reputación, pero más leales que un perro lobo, la amarán por ello.
―No es momento de hacer bromas.
―No he hecho ninguna ―le reprobó.
―¿Qué es lo que está sucediendo?
―¿A qué se refiere?
―¿Por qué solo yo estoy sorprendida de que mi prometido esté desangrándose en la cama? Es como si fuese lo más normal que le hubiesen disparado y acuchillado.
―Ah. Su futuro esposo tiene muchos secretos, veo que no los ha compartido con usted y no es a mí a quien debe pedirle cuentas.
―¿A quién si no?
―No me corresponde desvelar lo que no ha sido explicado, milady . Lo lamento.
―¡Al cuerno con sus modales, York! Me dirá de inmediato lo que deseo saber o… o… o… No sé lo que haré, pero le aseguro que no le gustará.