Capítulo 9
Cuando la complicación surge
La pareja se adentró hasta un escenario donde la luz parecía no existir. Las plantas que los envolvían eran suntuosas, y por la seguridad con la que Phenton la conducía, ella sabía que no era la primera vez que llevaba a una amante hacia el lugar secreto.
―Yo aquí me perdería, pero veo que conoces bien los pasadizos ―le dijo con suavidad.
Él frenó su andar y se giró para mirarla. Había notado esa breve entonación de… ¿reprobación?
―¿Por qué hay una nota de reproche, Margaret?
Antes me divertía haciéndote enfadar porque me entusiasmaba verte celosa.
Ya no es agradable. Si fuese un falso te diría que me gustaría volver atrás y cambiar la vida disoluta que he llevado.
Por ti lo podría intentar, pero si soy como soy es precisamente por la experiencia que he cosechado.
Es todo lo que ha habido antes de ti, lo que me ha ayudado a valorarte como el tesoro que eres.
Sabes bien la clase de hombre que he sido, una que no volverá, siempre y cuando tú estés a mi lado.
Te he prometido fidelidad y te juro que cuando termine lo que me traigo entre manos, serás la mujer más bella y dichosa que hará acto de presencia en una catedral.
Si temes que aquí alguien nos descubra, tu reputación está a salvo.
Es un lugar que pocos conocen, llevas la máscara, puedes estar tranquila porque estás con el hombre adecuado.
Lo sé porque yo me hallo en compañía de la mujer perfecta. Solo… déjate llevar.
No mentía. Se había comprometido con ella en cuerpo y alma.
No se había atrevido a usar la dispensa especial porque deseaba darle a Margaret todo lo que una joven dama casadera merecía, y eso era una gran boda ante un montón de desconocidos que solo acudirían en busca del chisme más jugoso.
Era esa la tradición y ella tendría la boda más elegante y sublime jamás vista en Londres.
―¿Qué es lo que tienes entre manos? ―preguntó, sintiéndose satisfecha con el resto.
―Hacerte el amor, pequeña alborotadora, y en estos vergeles de pecado, si afinas bien tu oído escucharás los sonidos que los amantes se ofrecen el uno al otro.
Gritarás, tanto o más que cuando lo haces en mi casa, porque aquí serás libre de dejarte llevar.
Esta noche es para que te sientas una libertina conmigo.
Tú no eres tú, eres mi concubina, traída hasta las entrañas del jardín secreto de Vauxhall para disfrutar de mí.
Ella le sonrió por la idea tan seductora que había sembrado en su perversidad incipiente.
―¿Y qué pasa si fuese yo la que quisiera que te rindieses a mis pies?
La anticipación le provocó un tirón doloroso entre las piernas. Phenton no se lo pensó dos veces, la terminó de llevar hacia donde había previsto para comenzar con el juego.
Ambos estuvieron pronto en un rincón tan escondido, que sería un milagro que alguien los encontrase. La altura de los arbustos les daba privacidad y a la espalda de Phenton había un muro elevado de piedra, por lo que estaban bien cobijados.
―¿Qué has pensado, Margaret? ―le dijo, al tiempo que buscaba sus labios para besarlos.
Ay, los besos. Una caricia así, con la mujer indicada, era más grato que cualquier acto de lujuria. Cuando ella le envolvía entre sus brazos parecía que el dolor sufrido en el pasado se esfumaba para dar paso a la paz, a la seguridad de un hogar. Sí. Margaret era su hogar.
La dama, envalentonada, al percibir que él podría estar dispuesto a cederle el mando esa vez, se colocó cerca de su oreja.
―¿Sabes que mi ropa interior se quedó sobre tu ducal cama, Phenton?
Él tenía razón, aunque los descubriesen nadie imaginaría que la hija de un conde con reputación intachable estaría en un jardín… pecando. Así que se había decidido por lanzar la preocupación al viento y vivir.
―¡Lucifer! ―No había estado preparado para imaginar que ella no llevaba nada bajo sus finas faldas. De pronto le pareció que Margaret iba desnuda por completo. No pudo refrenarse, tenía que comprobar si ella había dicho la verdad.
Su mano derecha buscó la tela para arremangarla. Lucien palpó primero la suavidad de su muslo para luego…
―¿Te agrada que tu concubina se muestre desvergonzada? ―preguntó, haciendo gala de una audacia desconocida incluso para ella misma.
―Todo lo que haces resulta divino, el paraíso en la Tierra. ―Su mano estaba surcando las olas resbaladizas de su feminidad y era delicioso saber que ella se humedecía por él con un simple beso.
―Esta noche no soy la correcta hija de un conde. No, quiero ser tratada como la más exquisita de las amantes del duque Canalla. Quiero verte en tu máximo esplendor. Deseo que me lleves a la locura.
―Tus deseos deben ser cumplidos de inmediato, milady .
Él procedió a colocarse de rodillas. Sabía bien lo mucho que su dama disfrutaba cuando se deshacía en ricas lamidas para honrarla con la lujuria más deliciosa.
―¡Ah, ah! ―Margaret lo empujó hasta la pared de piedra que tenía a su espalda y él no pudo llegar hasta lo que más deseaba probar.
Lucien trató de moverse, ella no se lo permitió.
―Entendí que deseabas abrazar la locura ―señaló un poco desconcertado.
―En efecto. Pero tú lo harás primero ―dijo, mientras le guiñaba un ojo. Margaret llevó las manos hasta la presilla de su pantalón. Él la acompañó en la hazaña―. No, Phenton. Quiero que te quedes quieto.
―No creo que pueda hacerlo.
―¿Alguna mujer ha estado por encima de tus caprichos?
―Si te refieres a si he sido dócil y sumiso en el lecho… No. No está en la naturaleza de un duque arrogante mostrar ambas cualidades, mucho menos en asuntos carnales.
―Por mí, hoy lo serás ―expresó con convicción.
―Lo seré. ―Phenton dejó de ayudarla en su empeño, se recostó lo más plácidamente sobre la pared, y cerró los ojos.
Pasados unos minutos, en los que la humedad de la noche se sentía en su hombría y sus piernas, puesto que sus pantalones estaban sobre sus tobillos, la escuchó decir:
―York tenía razón. El césped es más cómodo.
Eso hizo que Phenton despegase los párpados para observarla. Ella estaba de rodillas y se disponía a agarrar su falo. Su dulce y graciosa boca lo envolvió por completo segundos más tarde.
Gimió en alto, echó la cabeza hacia atrás y volvió a cerrar los ojos para concentrarse en esa bendita mano que lo acariciaba de arriba abajo mientras su boca lo engullía hasta el fondo.
Los sonidos de succión de ella, junto con la saliva que escapaba de su cavidad debido al esfuerzo… Había muerto y estaba en el Edén de la lubricidad.
No pudo contenerse y sus caderas comenzaron a mecerse al mismo ritmo que ella lo acariciaba y tragaba. ¿Cómo una mujer podía tener el poder de hacer que se olvidase de todo? No existía nada más. Solo el presente. El placer. La pasión… El amor. Un amor tan grande que lo ponía nervioso.
¿Qué motivo podía tener una mujer excepcional, maravillosa, dulce y amorosa para aceptar a un canalla como él?
Cada noche se despertaba envuelto en sudor, preocupado por el hecho de que ella se diese cuenta de que él era un fraude.
Un hombre que solo entendía de matar y destinado a descubrir secretos para la Corona.
Había estado tan vacío durante tanto tiempo…
Ella era su luz y sin Margaret se consumiría de nuevo en la oscuridad más absoluta, fría y soporífera.
No podría vivir sin ella y temía tanto que lo descubriera, que se diera cuenta de que no había nada de especial en él…
Si lo abandonase no se recompondría. Se lo llevaría todo con ella.
Abrió los ojos para comprobar que no estaba soñando.
Que la mujer que había prometido amarlo lo complacía sin reticencia.
La veía arrodillada, con su falo sostenido en su boca y su mano derecha rodeándola.
Los ojos femeninos no lo habían abandonado ni un momento, él lo supo cuando los suyos se perdieron en los de ella.
¡Qué cuadro tan maravilloso para ser enmarcado!
Amor y lujuria convergiendo en un plano único.
Sin vergüenza. Sin restricciones. Sin moralidad.
Solo placer. Y se odió y felicitó al mismo tiempo por haberla creado a su imagen y antojo.
Como un mesías que corrompía a una dama virginal para aleccionarla sobre sus gustos y perversiones.
Ella era diferente a todas las demás. No era solo la percepción de un hombre profundamente enamorado, era la experiencia que se lo gritaba desde su experimentada mente.
Margaret había nacido para ser suya. Del mismo modo que él recorrió tan largo camino para encontrarla y poder optar a la redención.
―Querida, si no me sueltas, harás que estalle en tu boca. Y nada me gustaría más que eso, pero deseo adentrarme en tu interior y hacerte ver lo que ocurre cuando un hombre te usa solo para su placer.
Margaret dejó de engullirlo un instante. Se lamió los labios cuando su boca dejó de estar llena y luego le dijo:
―Estalla para mí, Phenton. Ahora.
Tras la orden, ella regresó a su labor. Lo albergó hasta la campanilla, de tal modo que una arcada estuvo a punto de hacer un verdadero estropicio.
Se dio cuenta de que no podía ser tan mundana como deseaba aparentar.
Le quedaba mucha práctica por delante. El objeto que sostenía en su mano y que desaparecía de vez en cuando dentro de su boca era bastante largo y grueso.
Se lo tomó con más calma. Así que decidió mantener la cabeza de su virilidad en su cálida cavidad, mientras su mano se esforzaba por llevarlo a la demencia.
―¡Margareeeeet! ―gritó, al tiempo que los calientes chorros de su esencia inundaban la garganta de la joven.
Lo sintió convulsionar y supo que debía tragarlo todo.
A él le gustó que ella lo hiciera. Siempre se lo pedía cuando jugaban a darse placer el uno al otro con sus bocas.
Lo haría porque al aire libre, con la música de la fiesta llegando a sus oídos aderezada con otros gemidos del todo lujuriosos, ella se sentía como su amante. No su prometida. No una mujer decorosa.