Capítulo 8 #3
Esa noche él le había propuesto un plan de lo más extravagante. Era por eso por lo que se paseaba por los jardines de Vauxhall, ataviada con un vestido de seda rojo que él le había regalado, y con una máscara de raso negra, decorada con plumas.
Cuando horas antes le pidió que lograse salir de casa sin ser vista…
accedió sin que Phenton tuviese que pedir nada más.
Esperó hasta que todo el mundo estuvo dormido y bajó a la calle por la escalera de servicio.
El carruaje del duque, con el servicial Fenix allí para protegerla, la llevó hasta su casa.
Hicieron el amor en su ducal cama, luego se bañaron, se vistieron y salieron hacia una fiesta que organizaban el duque de York y su hermano.
Ese era el lugar en el que ambos se encontraban en esos momentos.
Phenton estaba inquieto. Ella lo presentía.
―No te alejes de mí ni un instante ―le dijo, mientras llegaban a una zona privada en la que había multitud de invitados, todos disfrazados, algunos ligeros de ropa, donde sonaba la música de fondo.
El duque no sabía si había tenido la mejor de las ideas al llevarla a un lugar en el que todo podía suceder. Y ese todo no incluía nada bueno.
Era duro. Durísimo descubrir el modo en el que su mundo dependía de una sola persona.
Lucien tenía tanto miedo de perderla, que dejarla a un lado mientras él acababa con la que sería su última misión para la Corona le parecía un error.
Margaret estaba a salvo a su lado. Los hombres todavía custodiaban la casa de Albemarle y se casaría con ella en cuanto todo terminase.
Su plan de depositarla en Eye Hill sin él, era inviable.
Y deseaba hacer las cosas muy bien con ella.
No cometería ningún error. Un cortejo adecuado era lo que tenía a su alcance para resarcirla del descuido que Margaret sufrió por su parte cuando se marchó a Francia.
Le dio una larga mirada. Era la mujer más interesante que había en la fiesta de York y eso no le agradaba.
Podría despertar el interés de otros hombres y él no debía acabar a puñetazo limpio con el resto.
Ella estaba allí en calidad de su amante y sus congéneres sabían que él no se peleaba jamás por una mujer. Por Margaret, mataría.
Debido a la ropa, el peinado y la pintura cosmética ―o como se llamase eso que le confería un toque cortesano a su rostro― esperaba que nadie la reconociese.
Sheyla se acercaba hacia su posición. Habían confiado en que Gerson se sintiese tentado en acudir a una fiesta del infame duque de York y el granuja de su hermano.
No tenía miedo de que Margaret descubriese cómo había resultado su vida antes de conocerla, dado que las reuniones privadas de los hermanos Banstorn terminaban en auténticas bacanales.
Lo que le horrorizaba era que ella pudiese sufrir algún daño a manos de la gente que lo quería muerto.
York se equivocaba, ser un espía no era un juego.
Era algo muy serio que podría llevarlo al otro mundo, y en esos momentos en que había dado con la mujer que había logrado subyugarlo, no deseaba partir sin haber disfrutado de una larga vida sin altibajos, en donde el amor de su futura esposa fuese el sustento de cada día.
―¡Phenton! ―lo saludó la señorita Malone en cuanto estuvo a su lado, para luego observar a la dama que él llevaba de su brazo―.
Al fin has entrado en razón y has dejado al ratón escondido en la biblioteca.
Temí que vinieses con esa remilgada. ¿No había otra prometida mejor?
Tu acompañante de esta noche es más de lo que preví. Ahí sí alabo tu buen gusto, duque.
Maggie pasó por alto su insulto y comenzó a sentirse cohibida, la denominada Sheyla, además de no serle simpática, la estaba mirando como si fuese una gata a punto de zamparse un pastel de crema.
Margaret se había dado cuenta de que la contemplaba de un modo…
con deseo. ¿Eso era posible? De todos modos no se convertiría en su tarta.
―Sabes que nunca he podido resistirme a una mujer hermosa ―señaló el duque, a la vez que ceñía a Margaret hasta él. Maggie se dejó llevar. Lucien le había pedido que fuese discreta dado que no deseaba que nadie supiese su identidad y trataría de hacerlo. No saltaría sobre la mala mujer con enfado.
―Deberías replantearte lo de la hermana de Albemarle. Sé que dijiste que disfrutarías al llevarla a la cama, por todo eso de que el conde sabría lo que harías en el lecho a su hermanita pequeña, aunque…
―Sheyla, ¿no tienes nada mejor que hacer? ―señaló autoritario, en el momento en el que sintió que su prometida se tensaba junto a él.
No le había contado a Margaret nada sobre su doble vida con el fin de protegerla, menos de dónde venía la animadversión con su hermano. Además, que no deseaba que ella supiera a qué se dedicaba aparte de a ser un duque.
―Sí, pero también habrá tiempo para la diversión. Déjamela cuando te canses. ―Margaret la observó lamerse los labios mientras la miraba de forma lasciva.
―De ella ―Phenton miró con intensidad a Margaret―, no creo que pueda saciarme jamás.
Sheyla comenzó a reírse. Cuando vio que Phenton y su preciosa acompañante se quedaban en silencio, decidió acercarse al duque y le plantó un besó en la boca.
Margaret jadeó con indignación. Ni corta ni perezosa, se soltó de Phenton y le dio un empujón.
Sheyla se movió varios pasos hacia atrás.
Margaret no iba a hablar, no le hacía falta.
Se colocó ante la mujer que se había atrevido a tocar lo que era suyo, levantó la cabeza en alto para mostrar toda la altivez que cualquier hija de un conde podía exhibir, y se preparó para la pelea.
Lo siguiente que vio, más bien que sintió, era que Sheyla la sostenía por la nuca y pegaba sus labios sobre los suyos.
¡Dioses misericordiosos! ¡La estaba besando!
Margaret no supo cómo reaccionar. Toda una suerte que su prometido intercediese y las separase.
Margaret, que estaba al lado de Lucien, buscó la mirada del duque.
Lo veía observando fijamente y con cara de pocos amigos a la mujer que la acababa de besar.
―Nadie toca lo que es mío, conoces las normas, señorita Malone. ―La advertencia de él era más tirante y dura que la cuerda de un arpa.
―Tiene garras ―señaló, obviando el enfado de Lucien y mirando con ardor a Maggie―.
Me gusta todavía más, Phenton. Podría intentar robártela porque sé que valdría la pena, pero no pelearé contra ti por una mujer que intuyo que todavía no ha descubierto el placer de yacer con las de su mismo sexo.
Acabas cansándote de todas tarde o temprano, así que la paciencia será mi aliada.
Se dio la vuelta y se marchó de allí sin dar más problemas.
Phenton ladeó el rostro.
―¿Estás bien? ―preguntó.
―Me ha besado una mujer… creo que ya puedo escribir mis memorias.
―¿Quieres que nos marchemos? ―La veía alterada. El duque entendía que ese mundo tan obsceno no era el de ella. Hasta hacía poco, Margaret había sido una dama protegida e inocente. Ser besada por una mujer… La comprendía.
―¿Tienes miedo de que descubra más cosas comprometedoras de ti? ―preguntó cuando se recuperó por la impresión.
Él gimió al recordar lo que había dicho su compañera de trabajo.
―Te prometo que nunca me he acostado con Sheyla.
―Pero ella lo ha intentado en más de una ocasión, ¿me equivoco?
―Le gusta tratar de conseguir imposibles, lo admito, pero no miraré a otra mujer mientras tú estés a mi lado.
Ella sintió que su interior se estremecía.
Imaginarlo haciendo el amor con otra mujer…
¿Podía un canalla ser fiel? Sacudió la cabeza ante ese pensamiento.
No dudaría de su palabra. Él podía tener a cualquier mujer, haber optado por cualquier otra para casarse y la deseaba a ella.
Creía en él. Tendría fe en el hombre que había elegido para desposarla.
―Supongo que ser la hermana de Albemarle tiene mucho que ver para que nos encontremos en esta situación ―señaló con media sonrisa.
―Lo siento por eso también. Tu hermano y yo… no somos buenos amigos y dudo que lleguemos a limar asperezas alguna vez.
―¿Es por la esposa de él? ―Olivia. Así se llamaba la condesa de Albemarle y ella recordaba bien ese nombre, pues fue lo que más escuchó la noche que él se la llevó hacia el cobijo de la oscuridad para darle su primer beso.
No había surgido esa conversación hasta ese instante.
Él era muy cauteloso al hablar de su pasado, cuando Margaret deseaba conocerlo mejor y le preguntaba.
Ella se prometió que tendría paciencia, pero la dama que los había besado a ambos había abierto la veda y le pareció un buen momento para formular la pregunta.
―Lo fue una vez. Estuve encaprichado con ella, no tiene nada que ver con lo que he descubierto a tu lado. Te lo juro. ¿Me crees?
Ella asintió.
―Te pedí que no me traicionases y confiaré en tu palabra.
La pareja divisó a un lado a una figura masculina. El duque de York, vestido con un traje formal todo negro, incluso la camisa y el pañuelo de la corbata eran de ese color, y sin máscara, tal y como iba Phenton también, se colocó al lado de ambos.
―El duque Canalla ―dijo con diversión, mientras observaba a Margaret. Ella supo que estaba al corriente del apodo que le había puesto por la sonrisa burlona que le mostró― y su prometida.
―¿La has reconocido? ―Lucien no se lo podía creer.
―Tu pregunta es tediosa y te hace absurdo, Phenton. ¿Por quién me tomas? ―preguntó enfadado―. Que Lucifer me lleve a su lado el día en el que no sea capaz de reconocer a una mujer que me impresiona.
―Excelencia ―lo saludó, al tiempo que le hacía una correcta reverencia aderezada con una sonrisa.
York se adelantó para besarle la mano. Ella no llevaba guantes. Phenton gruñó.
―Tienes un segundo para soltarla, York ―lo avisó.
Malcom le soltó la mano de inmediato.