Capítulo 8 #2
―Te va a doler, no pienso mentirte. Soy un hombre grande y tú eres un pequeño guante decidido a exprimirme.
Vas a permitirme la entrada porque sabes que es así como está escrito.
Solo tú, solo yo. Seré todo lo delicado que pueda.
Me contendré, pese a que lo que deseo es deslizarme hasta el interior para que tu calor me abrace por fin.
¿Vas a ser valiente, pequeña alborotadora?
Ella cabeceó afirmativamente mientras volvía a colocarse la mordaza por si sentía deseos de gritar. Verla así, expuesta ante él, en una posición de sumisión… tan valiente y decidida… Sus sacos se encogieron de pronto y su virilidad pareció ponerse todavía más dura.
Comenzó a abrirse paso en la cueva más estrecha del planeta, al tiempo que le decía palabras tiernas en el oído y le infundía ánimos. La escuchaba gemir y se maldecía, pues sabía que no era puramente por el placer que le otorgaba.
Cuando estuvo a medio camino, decidió terminar con la tortura de ambos y se deslizó hasta la empuñadura, para acabar enterrado en un paraíso en el que podría permanecer por toda la eternidad. Ay, si la vida resultase así de bella, él clamaría al cielo para perecer por siempre jamás.
―Lo peor ha pasado, Margaret. Confía en mí. Relájate. Estoy muy orgulloso de ti. ―La sentía apretada, como si estuviese haciendo fuerza para que él no se moviese en su interior―. En cuanto estés preparada, moveré suavemente las caderas. Te aseguro que borraré el dolor que sé que has sentido.
Lucien le limpió las lágrimas que habían escapado de sus ojos con suma ternura a través de sus pulgares. Comenzó a besarla de nuevo, a la vez que sus manos buscaban sus tersos y delicados pechos para sostenerlos bajo las palmas. Sus hijos se alimentarían de ella algún día, pensó lleno de orgullo.
Con paciencia logró que ella volviese a sentirse tranquila. Así que se mecía sutilmente, para entrar y salir de la cueva de las maravillas con movimientos certeros y delicados.
La volvía a tener donde necesitaba: entregada a sus caricias, anhelando una vez más la liberación. Dejó sus pechos y llevó una mano al lugar en el que sus cuerpos estaban unidos.
Comenzó a masajear de nuevo su perla. Las caderas de Lucien habían incrementado el ritmo porque ella así se lo estaba demandando. Volvía a gemir. Estaba cerca. Él también.
―Mi pequeña alborotadora, es momento de que estalles para mí. Conmigo. Vuelve a estallar para mí, Maaargareeet, ahoraaaaaa ―pidió, en un par de embates que creyó que acabarían matándolo.
―Uhmmmmm. ―Y ella, sumisa y dócil, cumplió con la orden de un tirano libertino que sabía bien lo que se hacía.
Lucifer bendito. Ella era excepcional. Contorsionó su espalda y Lucien logró profundizar la penetración todavía más.
Cuando dejó que su simiente saliese para quedarse dentro de ella…
a punto estuvo de rugir como un león reclamando a su compañera.
Le importaban tres pares de las mejores botas hessianas que alguien lo escuchase, y sin embargo se contuvo, solo porque su prometida no merecía tal vergüenza.
La primera vez que descargaba en el interior de una mujer.
No una cualquiera, dentro de la que había convertido en suya.
Su sentimiento de posesividad jamás había salido así, arrollador, perturbador, increíblemente inesperado.
Margaret era la elegida, la que llevaría su apellido y ostentaría su título.
La que le daría hijos, la que estaría a su lado para convertirlo en un hombre mejor, uno que supiese amar a una sola mujer…
¿Amar? Su corazón se saltó un latido. ¿Se había enamorado de ella? ¿La amaba?
―No te asustes, Margaret ―dijo con seriedad.
Ella se quitó la mordaza y lo observó preocupada.
―¿Qué ocurre? ―Era evidente que se había hecho daño o que… Algo malo sucedía.
―Yo… no sé cómo decírtelo.
―Solo háblame. Sea lo que sea, te prometo que lo solucionaremos. ―Le acarició la mejilla. Él seguía inclinado sobre ella, con los pantalones por los tobillos.
―Esto es serio. Nunca antes me ha sucedido y no sé ni cómo afrontarlo. Duele. Mi pecho me duele.
―¿Es por mi culpa? ¿Te he hecho daño? Sabía que algo no iba bien porque ese alarido que has dado… me avisaste de que tenía que ser silenciosa, pero tú…
―¿He gritado mucho? ―Creyó que no había sido así.
―Es un milagro que no hayas atraído a todo el mundo. La próxima vez, también deberías llevar una mordaza ―trató de bromear a ver si así él se relajaba. Lo sentía tan tenso que comenzó a preocuparse.
―Ah, mi pequeña alborotadora acaba de superar su primera prueba en el mundo carnal y ya está deliciosamente predispuesta para pecar otra vez.
―Dime qué es lo que te preocupa, Phenton. ―Ella sentía un nudo en el estómago.
―Pero no te asustes. ¿Lo prometes?
―Por supuesto que sí. Estás dentro de mí, has tenido tu lengua sobre mi intimidad. Creo que si había un momento para amilanarse ya ha pasado.
―Allá va.
―Te escucho ―lo animó.
―Prométeme que no te reirás y que no se lo contarás a nadie. Es nuestro secreto.
―Me estás alterando, Phenton. No puede ser tan grave como todo lo que pasa por mi mente.
Lo observó suspirar. Luego le dio un beso en los labios.
―Creo que me estoy enamorando de ti. ―Él empleó un tono tan lleno de pánico que ella rompió a reír―. Al menos creía estarlo hasta que has comenzado a burlarte ―expuso ofendido.
Ella se puso seria y lo retuvo en cuanto se dio cuenta de que él pretendía alejarse. Lo envolvió en un abrazo y él se dejó agasajar.
―Lo siento. No debí haberme reído. Solo ha sucedido que me has colmado de dicha con esa revelación. Por un momento temí lo peor, que dijeses que esto que acabamos de compartir había sido un error. Comprendo que estás habituado a yacer con mujeres que saben cómo complacerte y yo…
―¡No! ―la frenó―. Saber que no tienes experiencia, que eres pura…
No sabía que deseaba eso hasta que te vi.
Soy el único y seré el último. Me emociona pensar que voy a adiestrarte.
Te mostraré cómo debes tocarme, cómo debes acariciarte.
Todo lo harás ante la atenta mirada de tu buen tutor. Te prometo que nos divertiremos.
―¿Te cansarás de mí, Phenton? ―No pudo guardarse la pregunta―. Cuando eso suceda, yo…
―Serás mi duquesa, la madre de mis hijos. Entre los dos haremos que nuestro matrimonio sea uno basado en el amor, sustentado en la lujuria, lleno de amistad y…
―Devoción ―terminó por él. Lucien afirmó con la cabeza.
―¿Me amas? He luchado con todas mis fuerzas. Incluso cuando siento que en algún punto podrías flaquear…
―No lo haré.
―No quise caer en la deliciosa trampa que me tendiste. No, porque tu reputación es…
―No pensemos en eso. Confía en mí, Margaret. Sé que tú me sostendrás.
―¿Y tú, Phenton? ¿Me tomarás para jamás soltarme de la mano?
―En brazos, Margaret. Te llevaré en volandas mientras Lucifer no me llame a su lado.
Ella lo creyó.
***
Los días pasaban y era todo maravilloso. Phenton. El Canalla. Su prometido. Había tantos matices de él bajo la superficie que no sabía a qué atenerse.
Tras aquella noche, en la que sellaron sus votos sin que nadie lo certificase, solo ellos dos, y tras haber sorteado a su inquisitoria madre, quien la miró con suspicacias, se marchó a dormir con una enorme sonrisa en los labios.
La mañana llegó con el sol mostrando su mejor cara.
A la hora del desayuno recibió en su casa una cantidad indecente de rosas rojas.
Todas de él. Notas por todos lados. Anónimas, llenas de poemas, que si bien no tenían demasiado sentido, sí debía reconocerle el mérito a la hora de querer ser un perfecto pretendiente embelesado.
Se presentó ante ella un poco más tarde para invitarla a un paseo por Hyde Park y aceptó. Todo Londres los observó y él se vanaglorió de ir a su lado, con la cabeza bien alta. Las especulaciones no tardarían en volver a surgir.
Así fue toda la semana y la siguiente. Él la visitaba en su casa, como el más perfecto de los caballeros.
Ella había logrado escabullirse con discreción para encontrarse en su residencia, y en sus escarceos secretos disfrutaban el uno del otro.
Para lograrlo, Margaret tuvo que pedir la colaboración de Marian.
Se escondían en el hogar de Phenton y todo era delicioso, sublime, perverso.
No mentía cuando le dijo que le enseñaría el modo en el que un hombre necesitaba ser tocado por su mujer.
No. Él había exigido tenerla de rodillas, mientras permanecía sentado sobre un cómodo sillón y le enseñaba a mover la mano sobre su carne.
No se conformó solo con la presión que sus finos dedos ofrecían, la adiestró para tomarlo en la profundidad de su boca y le mostró el modo en el que su simiente debía ser tragada, sin desperdiciar una sola gota.
Malvado. Pecaminoso. Tirano. Maravilloso.
Otra tarde, la desnudó con parsimonia, la situó sobre ese mismo sillón, se sentó en una silla y le dijo exactamente cómo quería que se tocase solo para él.
Fue lo más inmoral que una vez hizo y se sintió viva, llena de pasión.
Especialmente cuando su prometido llevó su boca hasta su feminidad para lamer los restos de su elixir.
La volvía loca. Deseaba ser lo que él necesitaba. Tenía miedo de no complacerlo. De que se diese cuenta de que no era la clase de mujer que necesitaba a su lado. La inseguridad era fastidiosa. Solía esfumarse cuando él le susurraba palabras de amor al oído.
Estaba enamorada por completo de él. Phenton le aseguraba que se estaba enamorando, pero no solía ir más allá.
No le importaba. No había sabido cómo era su canalla hasta que la acarició aquella primera vez.
Era peligroso, duro y en su opinión, había dicho más de lo que Margaret hubiera esperado al reconocer que sentía algo muy fuerte por ella.