Capítulo 8
Un cortejo interesante
―Margaret, deberíamos parar. Esto se nos está yendo de las manos ―le dijo, mientras ella le besaba sin descanso el cuello. Si le hubiesen dicho que él, un disoluto, trataría de frenar a la mujer que más deseaba en el mundo…
Phenton estaba más necesitado que nunca.
Hacía una eternidad que no disfrutaba de una mujer.
No quería a otra si no podía tenerla a ella.
Y la dama de sus sueños estaba implorando por sus besos, por sus atenciones.
Si no lo dejaba en paz, la joven se desprendería de su inocencia esa misma noche.
Lucien no podría resistirse durante mucho tiempo.
―No creo que pueda parar, Phenton ―le dijo, al tiempo que sacaba la lengua y rodeaba el lóbulo de la oreja del duque para engullirlo con glotonería. Ella era una aprendiz de lo más aventajada―. Y no creo que tú debas privar a tu prometida de sus deseos.
―¿Qué pasa con tu madre? Dijiste que te buscaría.
―No nos encontrará aquí. Te he visto cerrar la puerta con llave, así que no me digas que no ansías esto tanto como yo.
Estaba frenética. Se sentía tan liberada por contar con un compañero de fechorías tan… canalla. Él hacía que su audacia venciese a su inocencia. Deseaba explorarlo, conocer más, descubrir los secretos que escondía un acto sobre el que había leído, pero del que desconocía la práctica.
―Te juro que no eché el cerrojo con esa… ―No pudo seguir hablando. Las tiernas manos de la dama habían sacado su camisa de dentro de los pantalones y trataba de acariciarle el torso. Su chaqueta y chaleco habían desaparecido en algún momento de encima.
Lo que estaba ocurriendo era extraño. Solía ser él quien desvestía a las damas y no a la inversa.
El nuevo cambio se sentía… gratificante.
Ella lo deseaba. Su virginal prometida quería explorarlo, aprender.
Y por Lucifer, que la convertiría en una alumna aventajada si él no estuviese tan lleno de cicatrices en la piel.
Cansado de contenerse, la alzó en sus brazos para colocarla sobre la mesa más próxima. Margaret se sonrió ante el hecho. Él se dio cuenta de ello y le gustó que se sintiese pletórica con el triunfo logrado.
―Por un momento creí que serías capaz de resistirte a mis poco mundanos intentos de seducción.
―Es tu falta de experiencia lo que me vuelve loco.
Ella abrió los ojos por completo.
―Había dado por supuesto que en un hombre… con tu vasta experiencia… preferiría todo lo contrario.
―Nunca me han ofrecido un regalo como el que tú traes bajo el brazo. ¿Estás segura de que deseas esto aquí y ahora? Puedo esperar. El Maligno sabe que será mi muerte, pero si me lo pides aguardaré hasta la noche de bodas.
―Te deseo, Phenton ―le dijo, al tiempo que lo abrazaba para después besarlo de nuevo en el cuello.
―Margaret, no podré parar si no me frenas ahora. Te haré mía y ningún otro hombre te tendrá jamás. ¿Comprendes lo que vas a permitir?
―Solo anhelo estar contigo, mi duque Canalla. No habrá otro nunca, te lo juro por mi vida ―afirmó, segura de lo que acababa de prometer.
―Entonces me tendrás ―sentenció, antes de soltarse de su abrazo, extenderla sobre el escritorio en el que estaban y levantarle la falda para explorarla a placer.
Sus pechos recibirían atención en otro momento. Desde que sus dedos estuvieron enterrados en su interior y él conoció su dulzura, había planificado el modo en el que bebería de la fuente. Al fin era su hora.
―¿Qué te propones? ―preguntó insegura. La posición en la que la tenía era… muy decadente. Sentada sobre la mesa, con las piernas abiertas, él estaba retirándole las enaguas… Lo observaba relamerse los labios.
―Probar lo que es solo mío.
Se colocó de rodillas sobre el suelo y cantó un aleluya cuando se dio cuenta de que su boca estaba a la altura de la fruta fresca y prohibida, de aquel manjar que no estaba destinado a un disoluto sin corazón. Ay, pero en su pecho algo latía fuerte y seguro, lleno de vida e ilusión.
El aroma a frescura inundó sus fosas nasales y pronto un gemido masculino reverberó en su garganta. Estaba más que listo para mostrarle la gloria a su prometida. Lucien entreabrió los labios y colocó la boca en el lugar donde sabía que ella lo deseaba.
―¡Aaaaaah! ―gritó la dama, a la vez que flexionaba la espalda, para retorcerse.
Era algo sórdido. Tener a un hombre ahí … y pese a saber que sería un pecado mortal, deseaba sostenerlo más cerca, mucho más. Le agarró la cabeza y comenzó a jugar con su cabello.
Oh, los dulces tirones que ella le daba lo hacían querer levantarse y hundirse en su interior para reclamarla al fin. Lo haría. En un momento lo haría, cuando lograse que ella gritase llevada por la locura.
Encontró ese nudo tan sensual y comenzó a lamerlo sin descanso, así Margaret gimió más alto. Hubo de separarse de su trofeo para hablar:
―No puedes ser una pequeña alborotadora ahora. Te oirán. Trata de ser silenciosa.
―Tienes tu boca sobre mi… ahí . No puedo callar.
Phenton se levantó de su posición, se desanudó el pañuelo de la corbata y procedió a atárselo en la boca, de modo que el nudo quedase bien sujeto en la nuca.
―Confía en mí. Así serás más silenciosa. Cuando estés en mi lecho, te prometo que gritarás tan alto como desees. Lo harás. ―Sonó a promesa y ella lo creyó.
Si la postura antes de estar amordazada ya era decadente, en esos momentos era del todo depravada.
Regresó para colocarse entre las piernas de Margaret y su boca buscó el elixir de la vida misma.
Estaba tan mojada, que su entrepierna palpitaba.
Estaba dolorido. Así que mientras lamía y le daba placer sin tregua, mientras se deleitaba en los sonidos amortiguados de su virginal compañía, Lucien tuvo que desabotonarse los pantalones para liberar su miembro.
La presión de la ajustada tela lo tenía preso del maltrato más extremo.
Imprimió un ritmo certero sobre sí mismo, con cuidado de no terminar antes de haber comenzado. Era idéntica velocidad a la que usaba para mover su lengua sobre la perla secreta de Margaret.
Ella se removía sobre la dura madera y él sabía que estaba haciéndolo muy bien.
Su mano izquierda llegó a la estrecha entrada para meter un dedo, y acompañar así a la lengua.
La necesitaba fuera de sí o acabaría derramándose en el suelo.
No. Esa noche por fin dejaría parte de su ser en el interior de una mujer.
De su futura duquesa. Margaret. La dama que estaba destinada a acompañarlo en el trayecto de la vida que le quedase.
Lucien se cuidaba bien de no dejar bastardos a su paso. Eso ya no le importaba. Por fin sabría lo que era sacudirse en una entrada virgen, lo que significaba ser el primero, el único, en bombear en sus entrañas para verterse sin cargo de conciencia.
Se obligó a no seguir acariciándose ante el último pensamiento para guardar su simiente.
Lucien dejó de meter y sacar su dedo índice de su interior, para sostenerla por las posaderas, a fin de que ella no consiguiera huir de su agarre porque se movía demasiado sobre el escritorio.
Su lengua incrementó el ritmo, tanto que incluso sintió dolor por el esfuerzo.
No importaba. Debía hacer que ella llegase al punto de no retorno para poder reclamarla para sí mismo.
―Uhm, uhm, uhm, uuuuuuuuuuhm. ―Explotó. La mordaza no le permitía expresar mejor lo que su cuerpo sintió de pronto. Fue como si el sol acabase de estallar en su interior de un modo todavía más glorioso que cuando recibió su toque en el jardín largas semanas atrás.
Y lo supo. En cuanto ella gimió en la medida en la que el pañuelo de lino se lo permitió, se dio cuenta de que había cumplido su cometido.
Y quedó confirmado cuando la percibió laxa.
Lucien tenía los labios impregnados de ella, su barbilla, parte de las mejillas.
Sí. Así era como ella también acababa de reclamarlo a él.
No podría volver a tener paz mientras Margaret no estuviese a su lado para alimentarlo con tan dulce esencia cada día.
La más delicada de cuantas había probado.
Ninguna otra era comparable a ella. No. Era suya, solo suya.
Nadie había tenido el privilegio de besar su feminidad, de succionar su nudo secreto, de beber su producción.
Una mujer única y exclusivamente para él.
Se sintió como un colonizador que acababa de exigir su tierra prometida.
Se levantó y se posicionó sobre su cuerpo, con cuidado de no lastimarla. Acercó sus labios a los suyos.
―¿Deseas probarte, Margaret? Te aseguro que es lo más delicioso que jamás paladearás.
Ella no entendió la pregunta… hasta que él le quitó la tela de lino y buscó sus labios para besarla con fuerza. La besó hasta que estuvo seguro de que ambos habían compartido la delicia y no quedaba ya ni rastro.
―Eres del todo perverso.
―Y desde que te subiste en mi regazo para asaltarme en el carruaje, entendí que tú estarías a mi nivel. Estoy seguro de mi elección. Si no eres tú, ninguna otra será.
Ella se complació, no tanto por las palabras, que la hicieron suspirar, sino por la convicción con la que fueron dichas. Como si fuese un juramento eterno.
Tendido en parte sobre ella, con los pies en el suelo, procedió a levantarle las piernas a la joven para que sus rodillas se quedasen mirando al techo, con los escarpines apoyados en la madera. Se agarró el falo y se colocó en la entrada.
―Mía, solo mía. Nadie más sabrá lo que escondes, el modo en el que gimes. Al fin un presente sin desenvolver. Lo merezco. Yo te merezco, Margaret Adelaida Cross.
Empujó la cabeza de su órgano masculino y la observó tratando de huir de su agarre. Él cesó de inmediato su acción. Ahí la prueba más evidente de que era pura. Divina. Virgen. Intacta. Él la profanaría. Solo él.
Se quedó en la entrada de su sexo y llevó la mano derecha hacia el cabello para acariciarla. Buscó sus ojos. La mirada de uno estaba fija en la del otro.