Capítulo 7 #4
―¿Disculpa? ―preguntó incrédula, ante lo que acababa de suceder.
―¿Te has vuelto loca? ―inquirió, al tiempo que se mesaba el pelo y comenzaba a andar por la habitación farfullando cosas que ella no era capaz de comprender.
―¿Qué he hecho? ―No entendía ese cambio tan brusco. Creyó que lo vería feliz ante la confesión más dura que alguna vez hizo en alto. ¡Si era el duque Canalla! Había esperado que la besase de inmediato y… Acabaría en el infierno de cabeza, sin parada redentora.
Dejó de moverse por la biblioteca y volvió a ponerse delante de ella.
―Te he traído aquí para hablar, no para… para… eso .
―¡Qué novedad! ―exclamó con desdén―. Hubiera sido un milagro que por una vez hicieras algo que yo deseo.
―¡No puedes acusarme todo el tiempo de ser un canalla, para luego… para luego… decir eso que has dicho!
―¿Tienes tantos remilgos con las demás damas, excelencia, o solo con la única a la que pretendías hacer tu esposa? ¿Es así cómo será cuando te cases? ¿Dejarás a tu esposa marchitándose en el campo mientras tus amantes te complacen? ―lo desafió.
―¡Quería hacer las cosas bien! ―gritó más alto de lo que debió―. Pero no, la pequeña alborotadora tenía otros planes. Tuve que habérmelo imaginado.
―Soy una Wollstonegista, no lo que has dicho. Soy una mujer que sabe que debe pensar por sí misma y que merece ser algo más que un mueble para un esposo ―precisó, por si él no había tenido acceso al material de Mary Wollstonecraft, tal y como sospechaba que ocurría.
Él la pegó a su cuerpo. Sus bocas se quedaron a pocos milímetros de distancia. Ambos tenían la respiración alterada.
―La que no lo entiende eres tú. Te deseo desde que creí que pertenecías a Albemarle.
Desde que tus suaves, dulces y virginales labios me permitieron darte tu primer beso ―apostilló―.
Te necesito desde que subiste a mi carruaje y me convertiste en un tonto mayúsculo.
Te pretendo desde que probé tu increíble sabor con mis dedos.
Te siento mía, Margaret. No soy un hombre paciente, fácil, correcto o sosegado, y por ti estoy dispuesto a intentarlo o moriré en la prueba.
Tú me hablas con libertad de lo que necesitas de mí ahora y yo preciso dártelo todo.
Cuando trato de deshacerme de mi lado oscuro, de la clase de hombre que tú no deseas que sea, me haces caer en la tentación y resurge lo que no debería salir a flote.
¡No puedes hacer eso, Margaret! ―exclamó desesperado.
Necesitado. Hambriento. Temeroso por todo lo que acababa de confesar.
Nunca le había dado a una mujer tanto poder.
Ella podría alzarlo hasta el cielo o llevarlo al infierno para que sufriese por el resto de la eternidad.
Tenía que ser así. La hermana del hombre al que odiaba.
El rival que le quitó a la mujer que creyó amar.
No. Olivia era un vago recuerdo de lo que la actual esposa de Albemarle le había hecho necesitar y soñar.
―Te he invitado a seducirme, Phenton ―dijo con suavidad, entendiendo el debate interno que él tenía consigo mismo.
―Di mi nombre, Margaret. Lucien, dilo ―la apremió. Necesitaba escucharlo salir de entre sus cálidos y preciosos labios. Una boca que él se moría por saquear como si no hubiese mañana.
― No. Eres Phenton. No te llamaré como les permites a las demás cuando tienes intimidad con ellas, porque yo soy diferente.
Y más cuando estoy a punto de ofrecerme por completo a ti.
Nunca me escucharás usar ese nombre, únicamente emplearé tu título, independientemente del momento.
Y sospecho que será especialmente cuando nos peleemos.
―¿Es un sí, Margaret? ―inquirió lleno de esperanza.
―¿A qué pregunta, Phenton? ―cuestionó con una sonrisa trémula.
―No debo subestimarte, dulzura. ―Ella era una muchacha del todo inesperada.
―No. No me llamarás tampoco como al resto. No soy como ellas ―se reafirmó. Él la entendió.
―Eres mi pequeña alborotadora. Serás mi fiera duquesa ―sentenció con rotundidad, mientras colocaba su rodilla derecha sobre el suelo, le tomaba la mano y la miraba a los ojos.
Pasaron unos pocos segundos en esa tesitura.
―¿Y bien? ―preguntó impaciente al ver que él no hablaba.
―Deseaba componer un soneto, algo espectacular que recordases hasta el fin de nuestros días.
Algo memorable que pudieses relatar a nuestros hijos y los hijos de estos.
No se me ocurre nada. La dicha me consume y la anticipación de saber que deseas que ponga mis manos sobre ti, me mantiene en un estado de placentera congoja.
Así que será algo sencillo: lady Margaret Adelaida Cross, me harías el canalla más feliz de este mundo si aceptases convertirte en mi esposa.
No será un camino lleno de rosas, pero si me das una oportunidad lucharé para que esto funcione.
Tienes mi palabra y yo nunca la rompo ―afirmó con solemnidad―. ¿Cuál es tu respuesta?
Ella le sonrió conmovida ante su sinceridad.
―Te amaré con mi cuerpo, te mostraré mi alma sin restricciones. Te sanaré con mis abrazos. Calmaré tu angustia con una palabra cálida cuando sea consciente de tu estado. Te haré comprender la satisfacción que supone lograr un matrimonio bien avenido. Esa es la promesa que te hago hoy aquí, Phenton.
―Y yo te bajaré la luna si me la pides ―afirmó, tras un suspiro.
Jamás imaginó que escucharía semejantes palabras de devoción de una mujer.
Emotivas, verdaderas, amorosas… Promesas que sabía que ella cumpliría.
Atrás quedaban las damas que solo lo buscaban para complacerlas.
Junto a Margaret aprendería el valor del amor.
Lo que suponía estar con la mujer adecuada.
Daría lo mejor de sí en esta nueva andadura.
―No ―negó con la cabeza―, no es necesario tanto.
No me traiciones. No rompas tus votos, no busques en otra mujer lo que yo te daré con gusto y gran placer.
Otórgame hijos, hazme formar parte de una familia feliz.
No pido más que lo que cualquier mujer merece.
A cambio recibirás lo mismo, sin contención. Te lo juro.
―Así será.
El duque se levantó, la rodeó entre sus brazos y le dio un beso. No uno cualquiera. No ocultó nada en esa muestra ofrecida. Los dos habían sellado su destino.