Capítulo 7 #3
―¿Una petición educada? ¿No una imposición?
¿Está seguro de que ese es su proceder, excelencia?
¿Ha tenido fiebre, se siente mal? Lo pregunto muy interesada en su estado de salud, se lo prometo, porque había pensado que me cargaría al hombro para llevarme a la pista de baile solo para poder cumplir sus deseos.
―Mi salud es de hierro. Consigo ser la corrección personificada cuando me lo propongo. Si me conocieses un poco más lo sabrías.
Ella levantó una ceja.
―¿Y de quién es la culpa de que no lo haya tratado más? Mía no ―lo regañó.
Él se dio cuenta de que ella acababa de traer a colación los meses en los que estuvo en Francia y no rondando a la mujer que hizo su prometida.
―Presiento que exigirás un cortejo, y también deberé hincar una rodilla como un tonto enamorado para hacerte una nueva proposición. Si te portas bien, lo reconsideraré ―le dijo, mostrando una sonrisa.
Ella se rio con ligereza al darse cuenta de que estaba bromeando. No obstante, en cuanto lo vio ponerse serio de inmediato…
―Esa risa debe ser solo mía. Mi corrección podría anularse si vuelvo a presenciar cómo otro hombre te hace reír de ese modo.
―¡Bienvenido, excelencia! ―exclamó Margaret con suma teatralidad―. Por un instante temí que no apareciera. Pero, ¡fíjese! Ahí está de nuevo usted, el de siempre. ―Ese sí era el comportamiento habitual que Phenton había exhibido ante ella desde que lo conocía.
―No estás siendo educada al burlarte de un par del reino, un duque que desea bailar contigo y que mantiene la mano alzada como un estúpido, en medio de un salón atestado de gente que comienza a sentir curiosidad por nuestro intercambio.
―¡Y ahí está de nuevo! ―reiteró su posición.
―Estás colmando mi paciencia. ¿Acaso quieres que haga a un lado mi etiqueta, una que no uso a menudo, te levante entre mis fuertes brazos y te obligue a bailar conmigo? Porque solo tienes que pedírmelo y lo haré. Has comprobado que me importan poco las normas establecidas.
Ah, él sabía coquetear, descubrió con sorpresa.
―Apuesto a que lo haría sin necesidad de petición alguna.
―En tu caso he comprendido, algo tarde, que me irá mejor si siempre te pregunto tu opinión al respecto. Mi padre debe de estar revolcándose en su tumba una vez más, dado que me enseñó a hacer, muy bien, por cierto, todo lo contrario.
―Ahí una explicación al fin de semejante comportamiento ―le dijo, mientras le ofrecía su mano y ambos comenzaban a caminar hacia el centro del salón para prepararse para bailar.
¡Un vals! Phenton se vio tentado a orar para dar gracias por su suerte…
hasta que su mirada se cruzó con la de Liam y el hermano de York hizo un gesto socarrón que él interpretó como que se cobraría el favor.
Estaba seguro de que Banstorn había intervenido para cambiar el programa de la velada, a fin de que pudiese bailar esa pieza en concreto con Margaret.
Le daría luego las gracias por el auxilio prestado.
Las primeras notas sonaron, él colocó una mano en su cintura, ella se sintió extrañamente cohibida.
Comenzó la danza. Phenton estaba muy cerca, demasiado.
Tal vez le prohibiesen a Margaret la entrada en Almack’s por lo indecoroso de la situación.
Bien. La joven no debería sorprenderse a esas alturas con algo como eso.
Él era un pícaro que hacía lo que le venía en gana cuando lo deseaba.
Sintió una caricia por la espalda. Algo secreto, breve, pero intenso.
Sus ojos dejaron de observar el alfiler que sostenía el pañuelo de la corbata para mirarlo.
Su mente recordó lo que fueron aquellos instantes robados en medio del jardín y sus mejillas se incendiaron.
―Eso también me lo enseñó mi padre.
―¿Uhm? ―No era capaz de hilar un pensamiento coherente.
―Bailar así, acariciarte con sutilidad. ―Se pegó a su oreja para decir―: Susurrarte confidencias de este modo.
―Mi padre solo me enseñó a ser honorable. ―Se obligó a mantenerse serena y a darle una réplica mordaz porque de lo contrario… Dioses misericordiosos. Él se veía más seguro, apuesto y encantador que nunca.
―Ah, un golpe del todo bajo. Adoro cuando debatimos sobre mis malos modales y costumbres, Margaret. Tal vez podrías ofrecerte a enmendarme. Tomarme como a un gran reto.
Ella se rio de forma espontánea y sin contención.
―Dudo mucho que un hombre como usted contemple si quiera esa posibilidad.
―No estaría aquí, si la cuestión no estuviese sobre la mesa.
Las palabras junto con la entonación tan segura, la dejaron indecisa. Irguió la espalda. Esta vez no le parecía que estuviesen jugando al ratón y al gato. Y si lo estaban, Margaret no se sentía especialmente como el felino, y eso le preocupaba.
―¿Por qué tengo la sensación de que no estamos interpretando los papeles habituales en nuestros encuentros, donde usted me reta, yo le desespero y luego nos separamos enfadados?
―Porque hoy todo es diferente. Yo estoy dispuesto a mostrarte que puedo ser mejor.
―¿Qué es lo que quiere, excelencia?
―El duque de Phenton desea recuperar a su prometida ―dijo sin amagues.
Ella tropezó en la vuelta que él acababa de darle por la pista de baile, y tuvo que sujetarla para que no acabase en el suelo. Volvieron a quedarse muy juntos y con las miradas conectadas.
―Si nos casásemos, un tribunal me absolvería por su asesinato.
―Lo dices con convicción.
―Porque todo Londres está al tanto de quién es ―razonó.
―Si nos casásemos ―usó la misma fórmula condicional que ella― me querrías a tu lado a cada minuto ―rebatió convencido. Ella se quedó asombrada.
―¿De nuevo trata de seducirme?
―Lo hago porque sé que lo deseas. ―Ella buscó burla o prepotencia, y lo que sus ojos claros le transmitieron fue seguridad en su aseveración.
Maggie se separó de su firme agarre y él le permitió la huida… por el momento. Siguieron bailando con una separación más decente.
―Mucha confianza derrocha, excelencia.
―Rechazaste al otro en mi favor ―apuntó al fin, con orgullo desmedido.
―¿Su vanidad tiene rival?
Ante la pregunta, a Lucien le vino a la mente el duque de York. Se consideraba mucho más humilde que su amigo.
―Sé bien que el conde te hizo una proposición y que tú lo rechazaste.
¿Vas a mentirme, pequeña alborotadora? Te ruego que lo hagas, así te besaré en medio de esta fiesta y antes de un día, tal vez dos, estaremos haciendo uso de la dispensa especial que he solicitado con tu nombre y el mío y que llevo en mi bolsillo.
El arzobispo fue muy amable después de darle un generoso donativo, que seguramente sirvió para purgar mi alma.
Así que desde que hablé con él soy un santo sin mácula. Absuelto de todos mis pecados.
Ella no se atrevió a bromear sobre la cuestión, lo observaba muy serio tras la aseveración.
―Es cierto que decidí que lord Bergen ―ella se había dado cuenta de que él no usó el título y lo dijo con retintín― sería más apropiado para otra dama. Lo admito.
―Y te presentaste en mi casa para informarme de que yo era tu opción principal.
―¡No! ―Alzó la voz más de lo que pretendió y el resto de las parejas pusieron los ojos sobre ellos. Phenton dirigió sus movimientos hacia la salida más próxima.
―Sí.
―Lo desmiento categóricamente ―sentenció la joven, cuando estuvieron cerca de un pasillo. El duque y ella dejaron de bailar y la guio, con poca reticencia, hacia un lugar más privado.
Margaret entendió que él deseaba que hablasen. No se opuso porque no había peligro, dado que no se dirigían hacia el corazón de un jardín oscuro.
Llegaron hasta la biblioteca. El duque accedió y cerró la puerta tras de ella cuando la invitó a entrar y estuvo en el interior.
―Me hubiese gustado que pusieras un poco de resistencia. Alzarte en brazos es mi deseo más ferviente. Me frustra verte tan complaciente y al mismo tiempo me da ánimos.
Ella rodó los ojos.
―Mi madre comenzará a preocuparse si no vuelvo pronto. Confío en que este interludio sea solo para charlar y no para…
Sus mejillas se sintieron al rojo vivo una vez más. Sus besos, sus caricias, regresaron para atormentarla. Sus propios gemidos cuando él la tocó ahí , resonaron en sus oídos.
―¿Por qué lo has rechazado? Estabas convencida de que era él, el hombre de tus sueños, con quien te veías casada. Alegaste también, en mi fallido intento por secuestrarte, que lo amabas. ¿Por qué él está prometido a otra y tú estás aquí conmigo, Margaret?
Estaban uno frente al otro en medio de la estancia. Ella se dio la vuelta incapaz de poder responder a esa pregunta.
―No es galante hablar sobre una cuestión así. Simplemente decidí que no podía ser su esposa.
Sintió las manos de Phenton sobre sus hombros y le dio la vuelta.
―No te escondas de mí, dulzura, y dime qué ha sucedido.
―¿Para que su vanidad se crezca todavía más?
―Para saber si debo perseguirte como intuyo que deseas que haga.
―No es eso ―dijo por lo bajo.
―Dilo de todos modos.
Él le levantó el rostro con el dedo índice, pues ella había mantenido sus ojos ocultos de los de él.
―No puedo dejar de pensar en lo que sucedió en el jardín ―confesó con vergüenza.
―Es del todo lógico y no debes sentirte mal por ello.
Eras una dama inocente y yo no debí haber actuado de ese modo.
Lo comprendo ahora. No hiciste nada malo.
El placer es algo natural, como respirar.
Tu virtud sigue intacta, así que únicamente fue una pequeña travesura de la que solo yo soy responsable.
―No lo entiendes ―dijo en un susurro, cambiando a la informalidad.
―Entonces, explícamelo.
―Deseo… ―tragó saliva― deseo que vuelva a suceder… ahora ―confesó en un murmullo, sintiéndose una libertina que acabaría en los infiernos más profundos.
¡Dioses misericordiosos! No podía seguir negando lo que deseaba. No, cuando un hombre que posiblemente fuese el príncipe de la lujuria le pedía sinceridad.
Lucien abrió los ojos con sorpresa. Luego le dio un ligero empujón para separarla de su cercanía, como si ella fuese la serpiente y él estuviese en el Edén.
―¡No puedes decir eso!