Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

―Esto no va a llevarnos a ningún lugar, excelencia ―lo interrumpió cansado de la conversación―.

No me pelearé con usted por una dama que tomó su decisión y cuyo veredicto yo acepté con deportividad, cuando mi prometida está justo detrás.

Hacer eso sería abominable para las dos mujeres, en especial porque lady Blanche Adquinson ―era la joven que lo acompañaba en el paseo― no merece tal deshonor.

A diferencia de usted, cuando yo empeño mi palabra, la mantengo.

Phenton sintió una sacudida dentro de su interior ante la revelación. Le importaba poco que lo hubiese insultado de modo velado… Bueno, no tan sutilmente.

―Margaret lo ha rechazado… ―masculló, sintiéndose un estúpido ante un hecho que no había contemplado, esa posibilidad jamás se le habría pasado por la cabeza. Aunque Lucien estaba sonriendo como si hubiese descubierto una veta de oro en una mina de carbón.

¿Por qué había hecho eso ella? ¿Por qué había ido a su casa si no era para pedirle la libertad a fin de poder casarse con el hombre indicado? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? No veía la luz en medio de la oscuridad en la que el conde lo acababa de sumir.

―Poco cortés hasta el final ―le reprochó. No era caballeroso recordarle a un rival de forma tan clara su fracaso―. No seré un duque, pero mi título no es menor y merezco su respeto ―señaló con severidad―. Le agradeceré que no vuelva a molestarme en el futuro. Tenga buenos días, excelencia.

Lord Bergen salió de escena, dejando a Lucien al borde del abismo.

¿Debería tener esperanzas? No sabía cómo sentirse al respecto, pero su corazón se había aligerado como si hubiese soltado un lastre muy pesado.

Incluso su pecho estaba libre de opresión.

¿Eso que sentía en el estómago sería hambre?

Porque un cosquilleo del todo desconocido revoloteaba en sus entrañas…

***

―No hacía falta que me acompañases ―le ladró Phenton al hombre que estaba situado a su lado, en la fiesta de… ¿Quiénes organizaban la reunión social? Lucien no lo recordaba, y le traía sin cuidado. Se encontraba ahí solo porque su servicio había averiguado que ella estaría esa noche.

―¿Y perderme la función? ―preguntó Liam con diversión.

En esa ocasión se había ofrecido voluntario para acompañar a Phenton a un acto civilizado, sin necesidad de haber perdido una apuesta, porque estaba intrigado.

Eso y que la preciosa rubia de grandes pechos a la que le había echado el ojo había escapado de su red y no disponía de un plan mejor.

―Ha estado muy mal decir que fue tu hermano quien se desnudó y orinó en el ponche en la última fiesta social ―lo sermoneó Lucien.

Al llegar, el anfitrión, el conde de Lumberg ―Lucien se acordó al fin de quien lo había invitado a la reunión―, quiso impedirle el paso a lord Liam porque había escuchado un rumor de lo más preocupante.

Banstorn, ni corto ni perezoso, había dicho que eso lo protagonizó su hermano, dado que él sabía bien a qué se refería Lumberg.

―Fuiste tú el que me dio la idea, así que no te pongas digno. York jamás se enterará de lo que se dice de él en los círculos respetables, dado que antes se dejaría disparar en un pie que venir a un sitio como este, donde las damas llevan demasiada ropa.

―En eso tienes razón.

―Ahora dime cómo vas a enfrentarte a la situación que tienes entre manos.

Lucien se ladeó y lo miró con disgusto.

―¿Eres consciente de que sé que has insistido en acompañarme porque deseas ver cómo fracaso estrepitosamente?

Liam se rio con una fuerte carcajada. Había interrogado a Phenton sobre sus motivos para volver a pasar por el suplicio de una fiesta ejemplar. Él no había desvelado nada, pero había una mujer implicada. Seguro.

―¿Qué otro motivo podría tener para venir aquí si no fuese ese? Me encontraba ocioso, sin una mujer con la que pasar la velada, así que tú eras la alternativa más divertida.

―Eres un pésimo amigo, peor que York ―farfulló con enfado.

―No lo creo. Mi hermano me contó cómo se pavoneó ante tu dama no hace mucho, con el único motivo de verte celoso, yo no haría jamás eso. En especial porque huyo de las damas respetables como del fuego eterno del infierno.

―Me alegra ver que os sirvo de jugoso chisme para alegraros la vida ―ironizó.

―Deja de quejarte y ponte a trabajar. La hermana de Albemarle se ve más bonita que nunca esta noche y está rodeada por un enjambre de abejas.

―¿Dónde está? ―Lucien había estado vigilando el salón como un halcón y no la había divisado.

―En la parte norte, justo al lado de la viga. Tiene con ella a cuatro cachorros que claman por su atención ―apuntó de modo bufón.

―Deben de tener tu misma edad ―lo amonestó, por referirse así a los muchachos que la rodeaban.

―Cuando tengan mi misma ―alegó con retintín― experiencia en asuntos de la carne, los trataré con el debido respeto.

―Intenta no meterte en problemas mientras veo a qué atenerme con la hermana de mi enemigo.

―Tranquilo. Si algo sale mal, volveré a decir que fue York, y no yo, quien causó el estropicio.

Lo cual es una idea fantástica para usar en todo tipo de situaciones.

Sobre todo cuando un marido celoso me pille en el lecho con su esposa.

¡Soy el duque de York!, búsqueme mañana por la mañana.

―Liam terminó su simulación con una risa fresca.

―Tu hermano tiene razón sobre ti. Eres tedioso, Banstorn.

―Mi hermano opina que todo es tedioso a todas horas.

Solo encuentra no tediosa la lujuria. No es un buen referente, Phenton.

Ahora ve a conquistar a la dama, antes de que alguien te la arrebate.

Bergen sí era un conde demasiado frío y correcto, lo conocí en Eton y lo sé, pero ella podría descubrir pronto a otro, alguien con quien ilusionarse si no actúas con rapidez.

―¿Por qué me ayudas? ―indagó.

―Porque competir con dos duques cuando deseo la atención de la mujer más bella de la orgía es mucho trabajo. Si elimino a uno de la ecuación, la situación se tornará más equitativa, dado que suplantaré la identidad de mi hermano siempre que lo necesite.

Lucien se rio ante lo señalado.

―Ten cuidado, York parece muy bueno, pero cuando se enfada, es capaz de convertirse en Lucifer ―le advirtió, antes de salir hacia su destino.

―Suerte ―le deseó Liam desde la lejanía, mientras observaba el salón en busca de alguna dama, casada o viuda, a la que pudiese seducirle la idea de cometer una deliciosa locura.

Las inocentes no eran para él. En su depravación siempre había tenido un interés especial en las viudas. Le agradaban mucho.

Por su parte, Margaret estaba disfrutando de un montón de atención que era más que bienvenida. No comprendía a qué se debía el nuevo cambio, pero no se quejaría. Volvía a ser interesante, los pretendientes aspiraban a conquistarla, se sentía en la cima de nuevo.

Se rio con algo muy gracioso que le acababa de decir el joven barón Berth, hijo de un vizconde. Había olvidado lo que era flirtear, aunque no había perdido su toque.

Escuchó algo parecido a un gruñido desde la lejanía y al buscar la fuente de ese sonido, se vio observando al duque Canalla.

Oh, sí, ese título le venía como anillo al dedo en esos momentos, puesto que verlo enfundado en un traje formal, en tono canela, perfectamente combinado con un chaleco del color de la mantequilla, lo hacía parecer perverso y refinado al mismo tiempo.

―Fuera ―dijo en tono bajo, sin necesidad de alzar la voz, y sin dejar de mirar con intensidad a Margaret.

Los muchachos que estaban rodeando a la dama la miraron sin entender muy bien lo que sucedía. Ella asintió, dando conformidad a que podían retirarse. Solo uno se quedó cuando el resto se marchó con prisa.

Phenton dejó de mirarla para centrarse en el cachorro ―como se había referido Banstorn― que se había atrevido a desafiarlo. Lucien cruzó los brazos por debajo de su pecho y repiqueteó el mármol con la suela de sus zapatos.

Los dos se midieron las miradas durante unos pocos segundos, y finalmente el joven insolente se marchó.

―Veo las ventajas de ser un duque. Debe de ser gratificante hacer un gesto y que el resto de los mortales hagan lo que uno ordena sin necesidad de mencionar la exigencia.

―Estoy aquí por ti ―le señaló con efusividad.

―Eso les ha quedado muy claro a mis acompañantes. ¿Qué puedo hacer por usted, excelencia? ―dijo con cortesía, al tiempo que hacía una correcta reverencia.

―Bailar.

Ella abrió los ojos con sorpresa.

―¿No tiene a su… amiga a mano para que lo ayude con sus deseos?

―Estás adorable cuando te pones celosa.

―Agradecida. La palabra que debió haber usado un segundo atrás es agradecida, no celosa ―lo rectificó.

Estaba celosa, él lo sabía y ella jamás lo admitiría. Al menos la notaba menos belicosa que de costumbre. Eso debería darle esperanzas. Lucien le tendió la mano mientras sonreía.

―¿Me haría el honor de bailar conmigo, lady Margaret Adelaida Cross? ―inquirió con suma etiqueta. Iba a comenzar un baile y sería fantástico que fuese un vals. Deseaba sostenerla entre sus brazos a fin de que la sociedad entendiese lo que la joven significaba para él.

Una vez más ese cosquilleo poco varonil se sintió en la boca de su estómago.

Había cenado bien, así que no era hambre…

Era anticipación, él lo sabía, pero no despertada por su virilidad.

Era algo que debería asustarlo y, sin embargo, no lo hacía.

Podía controlar la lujuria muy bien, y no estaba seguro de si sería capaz de manejar lo que comenzaba a despertar en su interior con fuerza.

Y pese a ello no sentía pánico alguno. Una extraña paz nerviosa lo invadía solo por tenerla frente a él.

La interpelada lo miró con suspicacia.