Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7
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Capítulo 7

La moralidad de un caballero

No se podía creer lo que estaba a punto de hacer. Él, el hombre que generalmente se ocultaba de quienes estaban casados o comprometidos, estaba buscando con fijación a Berebereg, o como se llamase el estúpido conde.

Lucien había dejado de lado una reunión excesivamente importante con su compañera y York para hacer lo que le dictaba la decencia.

La señorita Sheyla Malone ―si ese era su verdadero nombre― había logrado dar con alguien que podría ser a quien Phenton buscaba.

Había trabajado con ella en París, era eficiente, muy inteligente y astuta y creía que era de fiar, aunque en su trabajo no debía bajar la guardia frente a nadie, por muy bonita que fuese, y Sheyla lo era en exceso.

Hacía años que la conocía, mejor dicho, que había escuchado hablar sobre ella.

Y tenía que admitir que era buena en lo que hacía.

Las mujeres, en un mundo de espías, debían usar todas las armas de que disponían y ella lo hacía muy bien.

Tenía fama de ser una cortesana maravillosa, sin embargo, en una de las conversaciones que mantuvieron, Sheyla le confesó que solía usar una poción, que ella misma elaboraba y mezclaba en una copa de vino para que sus víctimas cayesen en un sueño delicioso, que hacía que cuando despertaban creyesen que habían vivido una noche inolvidable con ella.

Su compañera en esa lucha, que se inició en Francia meses atrás y que los había traído hasta Londres, tenía inclinaciones peculiares sobre su intimidad a la hora de buscar entretenimiento.

York no había logrado cautivarla. Cosa rara, porque Malcom W.

Banstorn no necesitaba más que una mirada incendiaria para que las damas se derritiesen y supieran lo que se deseaba de ellas.

Sheyla no era una mujer que buscase la compañía de un hombre para disfrutar de la lujuria. Ella prefería a las mujeres para esos menesteres y, en opinión de Lucien, había sabido esconder muy bien su predisposición.

Sus amigos, Malcom y Liam, lo estaban ayudando a preparar la captura del hombre responsable del asesinato de su compañero de armas, Jared.

Era indispensable localizar a Gerson, un alias sin rostro que era susurrado aquí y allá, pero especialmente donde imperaba la depravación más excéntrica.

Por suerte, Lucien era un maestro en esas cuestiones y York y lord Liam le iban por delante.

Así que si Gerson estaba en la ciudad, las fiestas de los hermanos Banstorn tenían que atraerlo como la miel a las moscas.

Sheyla era el otro trofeo que habían colocado sobre la mesa para ver si el topo salía de la madriguera.

Margaret era un problema que debió haber solucionado mucho antes.

El matrimonio era una prioridad para un duque que podría acabar muerto en cualquier momento, así que tener un heredero debía ser indispensable.

Siempre salían cosas que hacían posponer su misión familiar.

Y cuando regresó de Francia estuvo convencido de que al fin lograría terminar con el punto número uno de la lista de prioridades.

No. Seguía soltero, sin una esposa debidamente colocada en custodia en su casa de campo, en Eye Hill, y sin previsiones de que naciese un muchacho.

En medio de Hyde Park, después de haber asaltado la casa de Bergerentusen para exigir hablar con él y agarrar al lacayo de la pechera para que confesase el paradero de su patrón, Phenton detuvo sus pasos y se agarró el pecho.

Le oprimía y dolía muchísimo. Margaret Adelaida Cross le importaba.

Le importaba de verdad. No solo había sido una prometida que eligió al azar y a la que solo tenía pensamiento de cuidar.

No. Era mucho más. Debía serlo para hacer que él, que la deseaba con fuerza, estuviese buscando con desespero al hombre que la joven había elegido para casarse, a fin de explicarle que tenía que regresar con ella de inmediato si no quería acabar en el fondo del Támesis alimentando a los peces.

Lucien comenzó a negar con la cabeza, mientras emitía una ligera risa cargada de tristeza.

Phenton era egoísta por naturaleza porque así le habían enseñado a ser.

Su padre le inculcó valiosas lecciones sobre el uso que tenía una mujer, en la cama y el matrimonio.

Y pese a todo ello, estaba dispuesto a echarse a un lado, reprimir el dolor que sentía en su interior y dejar que fuese feliz con otro hombre.

No era amor, por supuesto que no. No podía soportar el modo tan censurador con el que Margaret lo miraba, tampoco su tono de voz cargada de indignación cuando lo amonestaba por todo. Ella lo desaprobaba completamente, lo hacía sentir inferior, carente de moralidad… aunque esto último sí era verdad.

Había disfrutado de la vida. De cuantas mujeres se pusieron delante de él.

Vivió una infancia adecuada, con unos padres como cualquier otros…

Se podría decir que había tenido muchísima suerte.

¿Entonces por qué se sentía vacío y como si fuese a cometer el mayor pecado de su vida, al ofrecerle a Margaret a ese conde, tonto y frío como el invierno?

Llegó hasta donde Bergenturen estaba paseando con una muchacha que lo miraba embelesada, y los interrumpió como solo hacía un noble de alto rango que se orinaba en toda la galantería y etiqueta social.

―Tenemos que hablar. ―Un duque tampoco debía ser formal en exceso, no cuando quería ejercer influencia en su inferior. Así que se ahorró el saludo de cortesía o cualquier otra muestra considerada adecuada.

Observó al conde mirarlo con seriedad. Su rival no mostró ningún otro tipo de sentimiento ante la intrusión.

―Disculpe, pero en estos momentos estoy ocupado, como puede ver. ―La joven iba colgada de su brazo y lo examinaba con interés.

―El familiar que va tres pasos tras los dos, o su doncella o lo que sea, se hará cargo de la dama hasta que usted y yo hayamos compartido unas palabras.

―No veo qué tendríamos que tratar usted y yo, excelencia, puesto que nuestros caminos no se han cruzado jamás debido… a nuestros diferentes puntos de vista sobre la vida misma.

―Yo creo que sí sabe de qué tenemos que hablar. Dado que, como dice, nuestros caminos convergieron en una persona en particular. ―Lucien levantó una ceja para ver si el bobo comprendía hacia dónde quería llegar.

Lo observó decirle algo en confidencia a su acompañante y la muchacha se retiró a un lado, donde la carabina que transitaba con ambos se quedó guardando a la joven.

Phenton y Bergen se movieron hacia un lugar más discreto. El conde lo hizo de muy mala gana, Lucien se dio cuenta, pero poco le importó.

―No nos conocíamos en persona… ―comenzó Phenton.

―Eso poco le ha importado para avasallarme ―lo interrumpió―. Insisto en que no sé qué podemos tener en común usted y yo, excelencia.

―Iba a decirle que el uno sabíamos de la identidad del otro porque los dos hemos estado en contacto con lady Margaret. ―Bergen se tensó ante la alusión.

―Y una vez más debo señalar que no tenemos nada que compartir.

―Yo creo que sí, porque la dama no merece lo que usted le ha hecho. Con toda esa petulante moralidad que rezuma y se ha atrevido a poner a lady Margaret en boca de todos al dejarla plantada. Ella vale su peso en oro y solo un necio no sería capaz de verlo.

Lucien era consciente de que el besugo se estaba conteniendo para no darle una réplica mordaz, pues si lo que acababa de decir era verdad ―y lo era― él mismo sería el rey de la necedad en el país de la estupidez.

Y por partida doble. Primero por haberla dejado olvidada durante su estadía en Francia y, segundo, por estar tratando de convencer a otro sobre la conveniencia de no dejarla marchar.

Bergen exhaló profundamente y se mostró desairado, aunque su carácter le impedía dar rienda suelta a lo que deseaba decirle y hacerle al pícaro que tenía delante. La violencia nunca era la solución. El saber estar y las palabras ganaban más batallas.

―Mi educación me obliga a rebatir la grosería que acaba de insinuar. Si alguien dejó en una posición precaria a lady Margaret fue usted y la dama no lo merecía en absoluto ―lo acusó sin tapujos.

El duque comprendía la alusión, dado que Kensington le había advertido algo similar. Decidió tragarse su soberbia para explicarle:

―Todo ha sido un malentendido que ha quedado superado.

Si bien es cierto que hubo un compromiso oficial, que por algún motivo que desconozco no se reafirmó con fuerza durante mi ausencia, la dama lo rompió y yo respeto sus deseos.

Me consta que ha pasado dificultades porque su reputación, que es del todo intachable, se vio cuestionada cuando no había razón para ello.

Desde mi regreso, he hablado con personas de lo más influyentes para que la amparasen, dado que ella es inocente de cuanto se le pudiese haber acusado.

Nunca debió ser apartada de la sociedad y me he hecho cargo de que regrese por la puerta grande.

―Lucien, sorprendentemente, mantenía una actitud respetuosa y cordial.

Él no poseía ninguna de las dos cualidades porque no le hacía falta. Para eso era un duque.

―¿Qué espera que haga yo con la información que me ha ofrecido?

―Lo retaría a duelo solo por su pedantería. ―Fue bonito mientras duró. La cortesía se acababa de ir a paseo.

―Si considera que no estaría a su altura, tal vez se llevase una sorpresa. No aplaudo los barbarismos, pero me sirvo de ellos cuando no queda otra opción ―apuntó, tratando de mantener la compostura.

El hombre que Maggie una vez aseguró amar, estaba poniéndolo muy nervioso.

No sabía cuánto tiempo más podría mantener su temperamento sujeto con correa.

Lo miraba por encima del hombro y se creía superior a él.

Phenton no necesitaba que Bergen se lo dijese con palabras, lo veía en sus ojos.

Decidió respirar profundamente para sosegarse antes de volver a hablar:

―A ver… empecemos de nuevo, porque esto…