Capítulo 6 #5
―Espero que solo haya escuchado cosas buenas de mí, querida.
―Que él dijese ese apelativo que ella sabía que les diría a todas, le hizo sentirse maravillosa y apreciada.
Aunque tal vez fuese debido al desplante que acababa de sufrir a manos del que ya no era oficialmente su prometido… si es que alguna vez fue eso en verdad.
―Siento desilusionarle, pero mi hermano no le tiene en gran estima. ―No entendía el motivo, él parecía de lo más agradable, correcto y… Dioses misericordiosos del mundo, era el ejemplar masculino más fabuloso que alguna vez había visto. Y eso que Phenton la había dejado pasmada con su atractivo.
―Ah, pero las damas sí. Y eso es lo que importa. ¿No le parece?
―Sí ―dijo embelesada.
Margaret estaba sonriendo como una tonta.
¿Qué clase de sortilegio acababa de esparcir él en el aire para que se sintiese flotando en una nube?
Ni tan siquiera era capaz de seguir la conversación con este increíble hombre si no usaba su inteligencia.
Había escuchado que él era temible en cuanto a su apariencia, dado que las damas quedaban eclipsadas.
Vivirlo era algo fuera de lo común. Su hermano no hablaba en esos términos tan fascinantes de Malcom W.
Banstorn, el infame duque de York. Lo definía cómo un sátiro inmoral, que se vanagloriaba de ser comparado con un dios viviente, ¿o era Zeus?
Margaret podía entender los celos masculinos que York despertaba entre los de su mismo sexo y también los suspiros que las damas llegarían a emitir a su paso.
El duque de York se dio la vuelta, todavía sin dejar a la dama libre tras sujetar su mano, y miró con diversión a Phenton, sabiendo que el sonido del castañeo de unos dientes provenía de su mejor amigo.
―Ya ves, Phenton, que en esta ocasión se ha presentado en tu casa tu verdadera prometida y tú le has recomendado irse a…
―York… ―Usó el título de su amigo de modo muy cortante, en un claro aviso para que cerrase la boca.
―… a dar un paseo en caballo ―terminó Malcom jocoso.
― Lady Margaret ya se iba. ¿Por qué no le permites seguir su camino? ―recomendó, con suma tirantez, Lucien. Si no le soltaba la mano, él mismo podría arrancársela de un bocado.
York le sonrió a Phenton antes de girarse y mirar a la joven ofreciéndole una muestra todavía más amplia de sus perfectos y blancos dientes.
―No me parece que quiera irse ―apostilló Malcom.
―Yo… esto… creo que… ―Su intelecto la acababa de dejar plantada. Esa sonrisa malévola y pícara que el duque de York exhibía debería estar prohibida por la Corona bajo pena de muerte.
―¿Por qué no se queda un rato con nosotros y…?
―No ―negó con ferocidad Phenton.
―¿No? ―preguntó York, regresando la mirada a su amigo. Malcom lo veía querer saltar encima de él y comenzar a darle puñetazos sin parar. La mujer que estaba a su lado, Sheyla, parecía divertida con la situación también.
―La dama ya se iba ―sostuvo Lucien.
―¿Sola? Un sacrilegio ―siguió hablando York―.
Me temo que es del todo desconsiderado no acompañar a la hermana de lord Albemarle hasta la seguridad de su hogar.
¿Qué clase de duque sería yo si no me ofreciese cortés y correcto para sostener de mi brazo a tan bella joven?
Uno tedioso que merecería un buen castigo. ¿Qué digo un buen castigo? ¡La horca!
―No vas a acompañarla, York ―dijo Phenton, quien había dejado atrás a Sheyla y se acercaba peligrosamente a York.
Margaret, intuyendo que podría haber un problema entre ambos, trató una vez más de retirar la mano que él sostenía entre las suyas. Malcom la miró con una ceja alzada y ella dejó de forcejear. La joven se resignó.
―¡Ah, los celos de un hombre enamorado ante lo que considera un rival! Absurdo, pero comprensible. Soy tu más querido amigo, Phenton, jamás osaría robarte a tu novia…
―Seguro que no ―ironizó Lucien.
York se rio y Margaret juraría que había sido como la risa de un ángel. ¿Cómo lo hacía él? Todos esos años escuchando rumores sobre el duque de York y acababa de comprender que estaban muy lejos de la realidad. Era todavía más excepcional de lo que se decía de él.
―De nuevo eres absurdo. No lo haría frente a tus narices.
Así que os diré adiós a ambos ―dijo refiriéndose a su amigo y a Sheyla―, pediré a tu lacayo, ese que sigue cómodamente instalado en los brazos de quien sospecho que es la doncella de la hermana de Albemarle, que me traiga mi capa, mi sombrero, los guantes y el bastón y guiaré a la joven hasta su hogar.
Marian lo soltó al punto y el muchacho recompuso su vestimenta. Ambos sí se habían retirado a un lugar más apartado, pero la criada de Maggie no lo había soltado por precaución y él decidió que no estaba mal acomodado en los brazos de la joven.
―Será un verdadero placer ―sugirió Maggie, sin saber si en verdad había hablado o lo había pensado.
―York, estás colmando mi paciencia. O la sueltas de inmediato o lo que tendrás acompañándote hacia tu casa será un enorme moratón en tu bella y perfecta cara.
―¿Por qué? ¿Qué motivo habría para que nos enzarzáramos en una pelea? ―preguntó falsamente ofendido―. Todo el mundo en Londres sabe que busco a mi duquesa. Has señalado hace escasos minutos que la dama no está comprometida contigo, y la joven parece disfrutar de mi compañía.
―Mucho ―susurró Maggie, sin poder apartar la mirada del hombre más increíble que alguna vez había visto.
Estaba obnubilada. No era que hubiese caído presa de un enamoramiento, lo que sucedía era que él… ¡Era excepcional! Cualquier dama que lo viese de cerca estaría en igual estado que la hermana de Albemarle. Garantizado.
―York no lo volveré a repetir. ¡Su-él-ta-la ya mis-mo! ―dijo, como si hubiesen sonado veinte palabras furiosas.
York la dejó ir, pues era muy consciente de que había llegado al límite de la paciencia de Phenton.
―Para haber insistido en que ella no te pertenece, y haberle recomendado dar una vuelta… a caballo…
―Te queda un solo segundo para refrenarte si no quieres que nuestra amistad acabe.
Y terminará porque allí donde te enviaré no podrás hacer gala de tu gran atractivo, inteligencia y riqueza, dado que te dejaré el rostro irreconocible, te sacaré el cerebro por la nariz como a las antiguas momias y… ―No supo cómo seguir.
―¿Me desplumarás? ―lo ayudó Malcom.
Phenton no le hizo caso, se interpuso en medio de Margaret y del que pronto dejaría de ser su amigo para convertirse en su enemigo, con la intención de que ella se centrase solo en él.
Dado que el gesto de Margaret fue ponerse de puntillas a fin de poder volver a observar a Malcom, Lucien la sostuvo con una mano sobre un hombro para que apoyase toda la planta del pie de nuevo en el suelo, y luego llevó un dedo hacia su barbilla para obligarla a fijarse en él.
―Al lado de York soy un santo, te lo garantizo. Ni tan siquiera lo pienses ―le habló directamente a Maggie en confidencia y sin etiqueta.
Ella atinó a cabecear afirmativamente mientras comparaba a York con Phenton. El duque Canalla no era de una belleza tan evidente, era algo más animal, más… No sabía cómo definirlo, aunque era también espectacular.
―Puedo cambiar ―señaló York desde atrás, con seriedad, porque lo había escuchado―, siempre he pensado que con la mujer adecuada lo lograría. Tal vez estés frente a ella, Phenton.
Phenton se dio la vuelta, sin soltar a la hermana de Albemarle y gruñó para espantarlo. York levantó las manos en alto y comenzó a carcajearse, mientras se retiraba hacia el despacho por el que habían salido todos, llevándose con él a Sheyla.
En el instante en el que Malcom salió de escena, Margaret recuperó la lucidez. Sacudió la cabeza, al parecer el hechizo había sido roto en cuanto dejó de admirarlo.
―Si no le molesta, Su Gracia, debo regresar a mi casa.
―Te acompañaré ―dijo Lucien.
York tenía razón, ella no debería ir sola transitando por las calles. Mayfair era un barrio seguro, pero no quería que le sucediese nada malo.
Al ver que él no le quitaba las manos de su hombro y que seguía acariciándole el rostro de un modo pausado, ella se retiró hacia atrás para eludir su contacto.
―No es necesario.
―Sí lo es. Además, creo que tenías algo que decirme antes de que… ―Su voz se apagó y acabó dando un largo suspiro.
―¿De que una mujer saliese de su despacho y usted dejase bien claro la relación que mantiene con ella? ¿Antes de sugerirme que me busque a un semental para que lo monte? ―El duque de York había sido sutil a ese respecto, ella no lo sería.
―No es lo que piensas.
―No es de mi incumbencia, lamento haberlo sacado a colación ―expuso mortificada.
―Me gusta cuando estás celosa, pero no tienes motivos para estarlo.
―Buenas tardes, Su Gracia.
Margaret comenzó a darse la vuelta. Lucien no la dejó ir. La sujetó contra su pecho desde atrás, de tal modo que la espalda de ella se quedó pegada a él.
―¿Por qué motivo acabamos siempre peleados cuando estamos juntos? ―susurró en su oreja.
La vista de Maggie se dirigió a su doncella y hasta el lacayo. Los observó a ambos darse la vuelta para evitar ser testigos de un gesto del todo inapropiado. Y pese a ello, no se atrevió a moverse. No debería disfrutar del calor de su cuerpo, de la dureza y seguridad que desprendía.
―Eso no importa, dado que esta será la última vez que nos veamos ―dijo tratando de desembarazarse de él.
―Has venido a buscarme.
―He averiguado las respuestas a mis preguntas ―apuntó con severidad.
Él supo que se refería a Sheyla. No era seguro ponerla al corriente de lo que tramaba.
Los asuntos de su otra vida eran tan complejos…
No debía desvelarle lo que hacían Sheyla y York en su casa, ni hablarle sobre lo importante que era para la Corona.
Incluso en tiempos de paz, la guerra estaba diluida en cuestiones diplomáticas y conspiraciones que debían ser sofocadas.
―Eres una mujer complicada.
―Y feroz, tanto que cuando me case no compartiré a mi esposo con nadie.