Capítulo 6 #4
Una dama soltera no debería presentarse en la residencia de un hombre soltero, aunque este pudiera ser considerado todavía su prometido.
―Esto no está bien, milady ―señaló su doncella.
―No pasará nada, te lo prometo. Cuando entremos dirígete a la cocina y yo hablaré con él.
―¿No le tiene miedo? ―Marian había escuchado unas cosas temibles acerca del supuesto prometido de su patrona.
―Más del que quiero admitir.
―Debería ser él quién la visitase.
―Pero no lo hace y tengo que aclarar la situación, te lo he dicho antes y has prometido que guardarías el secreto.
―Y lo haré ―apuntó con convicción―. Solo temo que ocurra algo y su madre pida mi cabeza.
―Eso no sucederá.
No hablaron más, un elegante lacayo, muy guapo, tanto que Marian se sonrojó en cuanto lo vio, abrió la puerta.
―¿En qué puedo ayudarla, milady ? ―inquirió cortés y sereno el joven.
―Deseo ver al duque.
El muchacho abrió la puerta para permitirles el paso a ambas. Otro miembro del servicio doméstico de Phenton se apresuró a coger la capa de Margaret, quien inmediatamente se la dio.
―Por supuesto. ¿A quién debo anunciar?
―A una dama que quiere verlo. ―Mejor le iría si no decía su nombre.
―Enseguida ―indicó el sirviente, antes de desaparecer de la vista de ambas para meterse en lo que Margaret consideró que sería su despacho.
Marian y ella intercambiaron una mirada cómplice ante lo que acababa de suceder. En casa de Albemarle no se recibía a nadie que no entregase su tarjeta de presentación al mayordomo.
―Parece que atiende la visita de damas que no quieren descubrir su identidad frecuentemente ―señaló con cautela Marian.
―Yo también me he dado cuenta ―apuntó, tratando de guardar las formas. Tal vez no fuese esa circunstancia exacta, podría ser que hubiese otro motivo para que el lacayo estuviese tan acostumbrado a las exigencias del sexo opuesto.
Unos pocos minutos después, el sirviente regresó, se colocó delante de ambas y les dijo:
―El duque no recibe hoy.
Margaret gimió.
―¿Se da cuenta de que esto es un insulto? ―saltó como una fiera Marian.
―Si quiere puede regresar… ―comenzó a decir el lacayo.
―No importa, vaya ahí dentro y dígale a Phenton que su prometida está aquí para un asunto urgente ―señaló Maggie con la cabeza bien alta.
El lacayo levantó una ceja en un gesto acusador. Ella supo que sospechaba que acababa de decir una gran mentira. ¿Cuántas mujeres se habrían presentado en su casa con subterfugios solo para que las atendiese? Posiblemente le faltarían dedos en las manos para sacar las cuentas.
―Su Gracia ha sido muy claro, milady .
―Le diré cómo va a ser esto… O entra usted, o tendrá que perseguirme y frenarme el paso, porque no tengo pensamiento de marcharme sin que el duque me reciba.
Entre otras cosas porque estoy diciéndole la verdad y no querrá que yo recuerde este altercado cuando me convierta en duquesa.
―No era una fórmula elegante usar una advertencia como la ofertada, pero si funcionaba habría valido la pena.
El lacayo se quedó mirándola con fijación. Ella le sostuvo la mirada, desafiante. Margaret dio un paso hacia delante, mientras que Marian se veía más que preparada para saltar a la espalda del joven para ayudarla a cumplir su amenaza.
―Aguarde un momento, por favor, milady .
Lo observaron marcharse.
―Si se casa con él, va a tener mucho trabajo que hacer. Su servicio no es el adecuado.
―Si me casase con él, lo que menos me preocuparía serían los sirvientes ―musitó ella con desconfianza. Era más que probable que él causase la mayor parte de los problemas en su relación.
El sirviente apareció otra vez… solo. Se colocó delante de las dos mujeres y habló para decir que:
―Su Gracia insiste en que no recibe visitas. Y le señala que, cito textualmente: «Dile a esa mujer que sea más imaginativa en sus artimañas, y que si está necesitada de acción, que busque a otro semental para que la monte, estoy ocupado».
Margaret jadeó con indignación. Marian exclamó un pequeño grito de ira. La joven dejó atrás al lacayo para encaminarse ella misma hasta el despacho. Marian hizo lo que se esperaba de ella y sujetó con firmeza al joven para darle ventaja.
―¡ Milady , no puede entrar ahí! ¡El duque no quiere verla!
―Me verá, ¡vaya que lo hará! ―aludió enérgica, mientras llegaba hasta la meta.
―¡ Milady ! ¡ Milady , por favor! ―gritó más fuerte el lacayo.
El alboroto hizo que Phenton saliese por la puerta, así que Margaret no llegó a sujetar el picaporte, dado que se encontró cara a cara con el duque Canalla. Decir que se chocó con él sería más fiel a lo que sucedió.
Las manos de Lucien llegaron hasta su cintura para sujetarla en cuanto la observó balancearse de lado a lado. Logró estabilizarla.
―Margaret… ―musitó, sin creerse lo que tenía frente a él. Ahogó un gemido al darse cuenta del recado que le habría dado el sirviente en su nombre. ¿No podía hacer bien nada cuando se trataba de ella?
―Excelencia ―dijo ella, para después carraspear y dirigir una mirada hacia donde él tenía todavía sus manos puestas. Toda su piel se erizó al recordar su toque en su intimidad. Quisiera o no admitirlo, Phenton tenía un efecto impredecible sobre su persona y eso la desconcertaba.
La soltó como si quemase.
―Lo lamento mucho, Su Gracia ―se disculpó el lacayo, mientras trataba de desembarazarse de la mujer voluminosa que lo mantenía cerrado en un abrazo. Marian era joven, lozana y con curvas y fuerza.
―Está bien, Fenix, yo me ocupo.
Marian y el otro empleado se colocaron en un lugar discreto a la espera de órdenes. La doncella no pensaba alejarse de lady Margaret.
―Lamento la intrusión, pero era importante que hablásemos ―le dijo, mirando sus increíbles ojos verdes que la observaban con mucha curiosidad.
De pronto se dio cuenta de que él se cuadraba, como si hubiese recordado algo importante. La máscara que ella creyó que había caído volvió a ponerse sobre su rostro.
―Lo supongo, milady, y debo tranquilizarla, dispénseme por no haberlo hecho mucho antes.
―Margaret frunció el ceño debido a la corrección que había en sus palabras y modales.
¿Este era Phenton o acaso tenía un hermano idéntico?
―. Le he escrito a su hermano informándole de que el compromiso se ha roto.
Mi copia del contrato fue pasto de las llamas e imagino que su hermano hizo lo mismo mientras cantaba lleno de alegría.
―Lucien se lo podía imaginar así―. Dejo en sus capaces manos las cuestiones puntuales sobre el asunto con respecto a informar al resto de la sociedad, y por descontado acarrearé con todas las culpas de la ruptura.
Ella parpadeó un par de veces mientras le daba sentido a las palabras que acababa de oír y que le parecía que habían sido dichas por otro hombre que no era el duque Canalla.
Le molestó sobremanera su frialdad y el modo en el que la trataba, con esa etiqueta que le daban ganas de levantar una mano y despeinarlo para ver si así lo hacía reaccionar.
¡Este no era Phenton! Y no le agradaba en absoluto.
―Pero yo… ―comenzó a decir. No pudo continuar porque en el marco de la puerta apareció una mujer.
Él se quedó esperando lo que ella iba a responderle y lo cierto era que tenía mucha curiosidad, dado que por un segundo le pareció que ella estaba… ¿desilusionada con la noticia? No, seguro que era imposible.
―¿Qué decía, lady Margaret? ―la animó para esclarecer los hechos. Lucien no se había dado cuenta de que tenían una nueva espectadora en su reunión.
―Había olvidado lo referente a la fidelidad… ―dijo por lo bajo, sintiéndose como una tonta.
Él la escuchó.
―¿Perdone? ―la interrogó, en cuanto la observó jadear con molestia y empezar a negar con la cabeza.
―¿Phenton? Tenemos asuntos importantes que tratar. ―Ante la voz que provino de su espalda él se dio la vuelta para ver a Sheyla. La mujer caminaba hacia él.
―Dame un momento ―solicitó el duque.
―¡No! ―gritó ella más alto de lo que quiso.
Se dio cuenta de que los celos se habían metido en su interior y le causaban estragos en su corazón.
Hizo una pausa para tomar aire a fin de tranquilizarse.
Compuso una sonrisa que esperaba que no fuese trémula y dijo―: Su Gracia y yo ya hemos terminado.
―Margaret asintió tras decir eso y Lucien se dio cuenta de lo que ella acababa de insinuar.
La hermana de su némesis era igual de efectiva a la hora de mutilar su orgullo, despedazarlo y comérselo sin cargo de conciencia alguno.
En ese momento, Maggie lo observó endurecer la mirada y apretar los dientes.
Lo siguiente que vio la joven fue cómo el duque levantaba la mano derecha para proceder a agarrar a la mujer que ella había visto en el baile de Kensington ―y a la que recordaba muy bien debido a su increíble belleza―, para acercarla a su cuerpo y sostenerla con firmeza.
La muchacha se dio la vuelta horrorizada con lo que casi había estado a punto de decir y hacer un instante atrás. Acababa de salvar su futuro y debería ir a la iglesia más próxima para agradecérselo a Dios con una ofrenda apropiada.
―Ah, la hermana de lord Albemarle. ―Se escuchó una voz pomposa, pero a la vez varonil, por lo que Margaret ladeó su cuerpo para ver quién había hablado.
―Esa soy yo, excelencia ―dijo en cuanto se dio cuenta de quién estaba caminando hacia ella con una sonrisa de oreja a oreja.
Lo tuvo enfrente en un periquete y buscó la mano femenina para alzársela y darle un beso sobre su guante.
Cuando terminó la acción ella trató de retirar la mano, pero ese hombre tan apuesto que tenía frente a ella no se lo permitió.
¿Había una plaga en Londres de duques fascinantes, capaces de hacer que las rodillas de una dama comenzasen a temblar?
―Observo que sabe quién soy.
―Lo sospecho ―se sinceró Maggie.