Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

―Disculpe mi arrebato al preguntarle sin amagos, pero debo saberlo: ¿Phenton se impuso?

―Lo que sucede, milord ―él se dio cuenta de que la formalidad excesiva que ella estaba empleando no era buena―, es que me he dado cuenta de que no soy la dama adecuada para usted.

Si mi hermano le relató escrupulosamente cómo soy, debe suponer que resulto más que feroz y difícil.

Yo me he hecho un retrato fiel sobre su persona en estos pocos días que hemos estado juntos.

Sé que es usted honorable, leal, un gran hombre, más allá incluso de su posición o riqueza.

―Y sin embargo, me rechaza ―le dijo dolido.

―No he sido criada para ser dócil, o si mis padres lo intentaron no ha sido efectivo su trato. No sé hasta qué punto podría ser la clase de mujer que un hombre como usted necesita a su lado. Ya ve que estaba dispuesta a besarlo sin saber si acabaríamos casados ―le explicó, a modo de ejemplo.

Bergen se levantó de su asiento y se encaminó hacia la ventana. La estancia se quedó en silencio durante un tiempo.

―Había dado por sentado que se casaría conmigo. Me considero mil veces mejor que Phenton. Sé que lo soy. Tengo un historial intachable y parece ser que esa es mi ruina.

―Él no tiene nada que ver con mi respuesta. Si yo hubiese sentido algo por usted, le habría dicho que sí.

Timothy se giró para verla. El conde llevaba las manos sujetas, la una con la otra, en la zona baja de su espalda.

―¿Amor? ¿Esto es una cuestión de amor?

―De adecuación, más bien. Creo que no nos entenderíamos, lord Bergen.

―El cariño nace poco a poco, el amor despierta con paciencia y con el tiempo.

―O tal vez no lo haga nunca. Necesito una chispa, una pequeña luz que me guíe en mi decisión sobre el futuro.

Él la entendió y se volvió a disgustar. No eran pocas las muchachas que estaban encandiladas por su físico.

―¿No despierto nada de eso en usted, Margaret? ―preguntó frustrado.

―Creo que no. Lo lamento. ―No podía hacer menos que ofrecerle sinceridad.

Hubo un momento de silencio del todo incómodo. Maggie no tenía muy claro cómo comportarse. Se le veía alterado. No era un rasgo habitual en Timothy.

―Me presento en su casa con satisfacción, vengo seguro de mi triunfo, sosteniendo unas rosas cuya belleza palidecen con la dama que he elegido…

―No soy una belleza sin parangón, sé bien mis limitaciones ―lo interrumpió con suavidad. La habían elogiado por ser hermosa, pero no lo era tanto. Especialmente desde que cayó en desgracia por culpa del presunto abandono de Phenton.

Bergen comenzó a negar con la cabeza y suspiró.

―He leído en alguna parte que la belleza está en el ojo del hombre que observa a su dama.

Usted es más que un pelo bonito y unos ojos agradables.

Tiene fuerza. Sabía que no era una dama dócil, como usted ha señalado antes, pero estaba dispuesto a arriesgarme porque quería…

―Se calló, sin saber cómo seguir la frase.

―¿Un reto? ―Tenía la intuición de que esa palabra era la que hubiese utilizado en caso de no haber sido tan correcto en su comportamiento. No era un hombre que ofendiese a otra persona por deporte. Lord Bergen era admirable, pero no era para Margaret.

―Sí. Lo confieso. Temía la clase de esposa que podría llegar a ser y a la vez deseaba ver cómo sería tenerla a mi lado.

―Lo siento. ―No veía qué más podría decir al respecto.

―No se disculpe por no haberme elegido. Solo lamento no poder salvarla de la trampa en la que sé que va a caer.

―No le entiendo… ―No mentía. No comprendía esa alusión. Él le sonrió con condescendencia.

―Phenton.

Ella se sobresaltó por el modo tan enérgico que Bergen usó para espetar el título del canalla.

―Le aseguro que no…

―No se moleste ―la cortó―. Yo lo afirmaré y usted lo negará, y solo el tiempo nos dirá quién tenía la razón. Le deseo buenos días, lady Margaret. Lamento que nuestros… asuntos tengan que finalizar de este modo.

No esperó respuesta alguna, como un pretendiente desechado, el siempre correcto y formal conde de Bergen, caminó hacia la puerta con la cabeza alta, abrió y se marchó sin mirar atrás.

Un segundo fue lo que su madre tardó en entrar en la estancia.

―¿Phenton, Margaret? ―inquirió la condesa viuda, y Maggie supo que su madre había estado pegada con la oreja tras la puerta supervisando el improvisado tête a tête .

La joven se levantó de su asiento y se colocó frente a su madre, quien seguía en la entrada de la salita de recibir visitas.

―¿Tú sabías que existía un contrato?

―No. Tu hermano no me informa nunca de sus planes. La esposa con la que vive en el campo es la prueba más palpable de lo que afirmo.

Margaret la creyó. Ryan solía ser un lobo solitario.

―No podía casarme con Bergen, madre.

―¿Por qué? Es un conde con fortuna, un hombre respetable y estaba más que interesado en ti. Dejarlo escapar ha sido una temeridad.

Margaret le sonrió.

―Tal vez si no hubiese visto, siendo pequeña, el amor que mis padres se profesaban, hubiera aceptado una unión sin saber si acabaríamos enamorados.

La condesa viuda chasqueó la lengua.

―Es típico de ti hacerme responsable de una negativa que no deberías haber dado, para luego hacerme un cumplido como ese.

―¿Qué puedo decir, madre? Soy digna hermana de Albemarle y más parecida a ti de lo que suponías.

La condesa viuda comenzó a reírse.

―Espero que así sea, no es tarea fácil domesticar a un hombre.

―¡Madre! ―la reprendió por su tono―. ¿Qué insinúa? ―preguntó escandalizada.

―Ninguno, más uno que está seguro de su atractivo, se reforma por su cuenta. Los pícaros enmendados pueden llegar a ser unos esposos formidables. Tu padre no era una excepción ―le dijo con cierta picardía.

―No he elegido a Phenton ―le aclaró, al darse cuenta de lo que insinuaba la condesa viuda.

―Tampoco yo preferí a Albemarle ―señaló de modo interesante, antes de darse media vuelta.

Margaret suspiró. Su madre nunca les había contado lo que fue su cortejo o su matrimonio, los hermanos llegaron al mundo en un nido primoroso donde reinó la concordia y la devoción entre sus padres.

No recordaba ninguna pelea o palabra alta.

La breve insinuación de su madre sobre sus inicios con el anterior conde de Albemarle la dejó muy pensativa.

No tenía ni la menor idea de lo que iba a hacer. Ni lo que le tendría deparado el futuro.

***

Habían pasado tres semanas desde que Bergen pasase a un segundo plano.

Paulatinamente, Margaret regresó al redil de la buena sociedad.

Suponía que se seguía especulando sobre el interés del conde en ella, dado que las invitaciones a grandes fiestas habían vuelto al fin.

Después de la tranquilidad y el relativo anonimato, era asfixiante tener que interpretar un papel del que se había cansado tiempo atrás.

Los pretendientes aparecieron nuevamente, bailó, se rio y disfrutó en cada velada. Y en todas las fiestas siguió el mismo patrón al entrar en un salón, pues buscarlo a él, al duque Canalla se había convertido en toda una cuestión de vital necesidad.

No se entendía a sí misma. Era todo lo contrario a lo que encarnaban su padre y Albemarle, incluso su difunto hermano mayor era un hombre recto, serio y honorable que respetaba siempre las normas.

Phenton no sabría lo que era el decoro ni aunque se lo encontrase de cara y lo saludase.

Y pese a saber que era el hombre que menos le convenía de toda la faz de la Tierra, no podía olvidarlo.

Sus palabras, sus caricias, el tono gutural de su voz…

Y que Dios misericordioso la perdonase, pero ella recordaba el modo en que había lamido sus dedos viscosos con los restos de su placer y eso no le causó repulsión, más bien todo lo contrario.

¿Sería ella una libertina? ¿Era por ese motivo por el que había rechazado a Bergen sin titubear?

¿Qué futuro tendría con un hombre así? Pero existía un contrato.

Uno que su hermano estaba dispuesto a saltarse sin dudar.

Su padre se revolvería en su tumba, y aunque comprendía los motivos de Albemarle por hacer lo que había hecho al dejarla al margen y endosarle a Timothy ―lo cual no era poca cosa porque habría pocos hombres mejores en Londres que él―, no podía olvidar que estaba mal y era una traición de la peor clase.

El anterior conde siempre les había enseñado a los tres hermanos que lo único que una persona tenía, lo que era infalible sucediese lo que sucediese, era su palabra.

Albemarle la había comprometido con Phenton y ella estaba tentada a averiguar si el duque era tan malo como aparentaba.

Sospechaba que sí, pero después de que su madre insinuase que la mujer adecuada podría sanar los vicios de un pícaro, ella se sentía proclive a dar un paso adelante.

Sus impulsos eran un problema. Margaret era intempestiva y, a veces, incluso salvaje. Cuando tomaba una decisión era inamovible, y eso no era necesariamente bueno, según qué caso.

Tres largas semanas sin verlo y añorándolo. ¡Estaba loca! Lo sabía y aun así, esa tarde había tomado el té con su madre y la había convencido para que le permitiese salir a dar un corto paseo solo con Marian, su doncella.

Las dos acababan de llamar a la puerta de Phenton y aguardaban a que les abriesen.

No sabía el punto en el que el duque y ella se encontraban y necesitaba averiguarlo porque la desesperación y la inseguridad, además de otras cosas del todo inmorales, la atormentaban cada noche antes de dormirse.

Y sus sueños no habían mejorado después de despachar con educación a Bergen.

Phenton seguía visitándola mientras dormía, y en más de una ocasión ella se había levantado llena de excitación y con el rocío impregnando su intimidad.

Era momento de ser humilde y dar la cara, puesto que a él parecía habérselo tragado el infierno. Tal vez se había vuelto a ir a Francia… No sabía qué pensar y por eso decidió ser valiente.