Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

―Verá, Margaret, perdí una partida de ajedrez contra su hermano en la que aposté más de lo razonable.

No solo las cartas son tentadoras. Los que disponemos de una mente ágil disfrutamos de la batalla ante el tablero.

No fue una suma extravagante, pero lo suficiente para hacerme sentir un derrochador.

Cuido cada libra que hay en mi bolsillo, y cometí la temeridad de dejarme llevar por un momento efusivo.

Ella tragó saliva y regresó al sofá para sentarse. Era consciente de que algo inesperado se avecinaba. Bergen la siguió y tomó asiento junto a ella, a una distancia de lo más adecuada y respetable.

―Si me dice que yo fui la apuesta entre mi hermano y usted, creo que…

―No ―la frenó sin dejar que terminase―. No es tan sórdido ―la tranquilizó―. Su hermano se preocupa muchísimo por usted, nunca le haría algo semejante. Así lo considero yo.

―¿Qué sucedió en esa partida a la que alude?

―Albemarle y yo formamos parte de un club en el que una vez al mes nos reunimos para hacer que nuestras mentes trabajen a otro nivel frente a un tablero donde impera solo el negro y el blanco.

Tengo la sospecha de que su hermano, hábilmente, me colocó donde deseaba tenerme.

Sugirió hacer la partida entre ambos más interesante, por descontado lo hizo cuando yo creí que iba ganando.

Es un estratega maravilloso, lo admito y me avergüenzo por haber sido tan inocente.

Pero a veces el orgullo de un hombre es su peor enemigo.

―Mi hermano seguramente hizo lo que comenta. Yo lo conozco bien y sé cuándo trama algo por el modo en el que mueve las cejas. Él me enseñó a jugar y quiero pensar que en algún momento llegué a igualarlo y que por eso nuestras partidas dejaron de celebrarse. Es muy mal perdedor.

―No perdió en esa ocasión. Me ganó. Me ofrecí a hacerle llegar un pagaré, pero él me señaló que tenía asuntos muy importantes que atender en el campo y que su hermana pequeña estaba en Londres sin un guardián que la custodiase adecuadamente.

―Le estoy viendo venir, Bergen, y comienzo a sentirme inquieta.

Margaret sabía que Ryan se había recluido en el campo con su esposa, una mujer a la que no había presentado todavía ni a su madre ni a ella misma.

Les mandó una carta pidiendo paciencia porque la situación con lady Albemarle era compleja.

Ella había hecho sus averiguaciones aquí y allá y lo que le señalaron fue perturbador, pero decidió no meterse en la vida de Ryan y respetarlo.

Estaba comprobando que su hermano no era de ese mismo pensamiento.

Incluso desde la distancia, Ryan había iniciado una jugada muy arriesgada con respecto a la joven.

―Me aseguró que la deuda quedaría saldada si la conocía y cuidaba de usted.

―De ahí, su invitación al parque ―dijo con un bufido.

―Yo no lo vi adecuado cuando me propuso el asunto, pues era del todo evidente lo que él se proponía al juntarnos a ambos.

―Formar una pareja. ―Él cabeceó afirmativamente.

―Fui ingenuo en el juego, pero realista cuando insinuó lo que deseaba que yo hiciese al llegar a Londres: conocerla.

En el momento en el que comenzó a hablar de usted en términos de elogios, insinuando algún defecto divertido, confieso que deseé conocerla mejor al instante.

En nuestro paseo por Hyde Park, ya le expliqué que él describía a una mujer diferente a la que me fue presentada en sociedad, así que despertó mi curiosidad.

Sin embargo, mi honor me impedía acercarme a una dama que estaba prometida.

―¿Hay un contrato con el duque de Phenton? Usted mencionó uno.

―Su hermano decidió sincerarse conmigo. Los dos conocemos bien la reputación de Phenton.

Poca gente habrá en Inglaterra que no esté al tanto de su comportamiento en cuanto a mujeres se refiere.

Es un duque, puede hacer lo que le venga en gana y no se priva de ello.

―Ella lo vio fruncir los labios, era evidente que el canalla no era de su agrado y lo entendía―.

Cuando me desveló que sí existía un contrato rubricado con Phenton, le dije que no me inmiscuiría y él me hizo una pregunta que no pude dejar de lado.

―¿Cuál fue? ―quiso averiguar curiosa.

―Albemarle me miró a los ojos y preguntó: «¿Dejaría que una hermana suya, o una hija, se convirtiese en duquesa a ese precio?».

―Y su honor le impidió echarse a un lado.

―Me aseguró que no me presionaría, solo tenía que venir a conocerla y la deuda quedaría saldada. No quise, usted estaba comprometida y había un contrato.

―Pero se presentó ante mí.

―Cambié de opinión en cuanto me vi siendo padre o hermano de una dama que acabase con Phenton como esposo.

Tengo una fortuna vasta, será todavía mayor cuando tome esposa, y podía hacer frente al pago de la apuesta sin problemas.

Su hermano me intrigó. Mejor dicho, usted lo hizo.

Él la ve con unos ojos amorosos, pacientes y llenos de admiración.

Yo tenía que venir a descubrir cuánta verdad había en el retrato que plasmó sobre su adorada hermana Margaret.

―Firmó un contrato y nadie me lo dijo ―musitó, al tiempo que dejaba caer su espalda hacia el respaldo del sofá para adoptar una postura nada elegante sobre el mueble.

―Insistió en que no sería un problema, porque el duque es como es…

Su hermano dijo que lo conocía muy bien, y me juró que jamás presionaría a una dama a hacer algo que no quisiera, por lo que si usted me elegía, Albemarle hablaría con él para hacerle comprender lo necesario de romper el documento.

A fin de cuentas, el duque llevaba muchos meses sin dar señales de vida y la había convertido a usted en una burla.

Eso no se podía tolerar ―dijo con severidad―.

Una dama no merece semejante trato, más una a la que admiro y a la que estoy dispuesto a convertir en mi condesa.

Debe saber usted que no soy un hombre que se salte las normas u obre de modo cuestionable.

Usted merece la pena. Para mí la merece y por eso decidí cortejar a una mujer cuyo matrimonio contaba con un contrato.

Hasta ese punto me ha impresionado, Margaret.

En ese momento Bergen le cogió la mano y la colocó entre las suyas.

―No esperaba una revelación semejante ―apuntó ella incrédula.

Su hermano sí era capaz de eso y mucho más, pero se sentía muy molesta.

Aunque hubiera tenido buena intención, Albemarle había actuado a sus espaldas.

Phenton se marchó, pero dejó todo estipulado, no la había abandonado como todo el mundo especulaba.

No al menos en el sentido estricto de la palabra.

Tal vez ella no fuese tan correcta y tajante como Timothy, pero comprendía que había honor detrás de un contrato matrimonial.

Pese a que el duque no le había propuesto matrimonio de modo claro, porque ni tan siquiera le había hecho la pregunta, era lógico que estuviera sobrepasado por la situación.

Era común que los hombres hicieran y deshicieran las cosas que atañían a las mujeres a su antojo.

En una sociedad donde ellos mandaban, las damas poco podían decir al respecto y, sin embargo, Margaret había considerado que Ryan era mejor que eso.

No tenía derecho a elegir sobre su futuro.

La traición de su hermano la hizo hervir en un caldo espeso y humeante de cólera.

―Ayer le hice una pregunta y no recibí respuesta.

Si bien llegué a usted con una honorabilidad cuestionable, mis deseos y afectos son sinceros.

No he ocultado nada sobre ese aspecto. No sé lo que le sucedió ayer durante la fiesta, o si Phenton está involucrado de algún modo, pero comprendo que algo la disgustó sobremanera.

Ella se llevó una mano a la frente y se ladeó para mirarlo.

―Béseme ―susurró, sabiendo que acababa de pedirle una locura a un hombre tan correcto como Bergen.

―¿Disculpe?

―Un beso.

―¿Sin que sepa si ha aceptado mi proposición? ―Ella afirmó con la cabeza―. Es del todo inusual. No soy un pícaro, Margaret.

Cerró los ojos. De pronto llegaron las imágenes que Phenton evocó en su mente en aquel jardín oscuro.

No las de placer, sino las que le relató sobre cómo sería su matrimonio con lord Bergen.

Correcto, honorable, leal… pero sin pasión, sin frescura.

¿Era eso lo que tendría? ¿Era la vida como un tablero de ajedrez?

¿Blanco o negro? Dos hombres se habían fijado en ella, dos personas sin término medio.

Uno era un libertino que se enorgullecía de serlo, sin censura, sin recriminación alguna.

El otro era el epítome de la cordura, la decencia y la corrección, con igual orgullo que el anterior.

Separó los párpados mientras respiraba agitadamente.

Estaba en una encrucijada y sabía que su vida entera dependería de la respuesta que le ofreciese a Timothy Day, conde de Bergen.

Podía ser condesa, llevar una vida sin sobresaltos, apetecible…

aburrida. Él le daría seguridad, fidelidad.

Sus hijos serían perfectos caballeros y su esposo no les permitiría desviarse del camino un ápice.

Tampoco a ella se le concedería virar un grado a babor.

―Me honra con su propuesta y he disfrutado de su compañía y atenciones, lord Bergen ―le dijo con suma etiqueta imperando en la conversación―, pero amablemente y por el bien de ambos debo declinar su propuesta de matrimonio con pesar.

Lo vio abrir la boca al tiempo que fruncía el ceño. Estaba sorprendido. Ella también, en verdad. No había esperado estar negándole su mano a un hombre considerado el mejor partido de dos temporadas seguidas. La tacharían de loca si trascendiese su rechazo.

―¿Esto es porque no quiero ser un granuja y besarla sin que medie un compromiso entre nosotros? ¿Mi honorabilidad me penaliza? ―preguntó incrédulo.

―No. ―Negó con la cabeza―. Ha estado usted acertado cuando se ha figurado que ayer en la fiesta del duque de Kensington ocurrió algo trascendental.