Capítulo 6
La conciencia de una mujer
Esa noche se acostó en su cama sintiéndose tan pequeña, que una hormiga podría engullírsela de un bocado.
Margaret había regresado al salón, después de ir directamente a la sala de descanso de las damas.
Había sorteado a todos los que pudieran cruzarse en su camino.
Cuando llegó sin toparse con nadie, dio gracias al cielo.
Allí se adecentó y se recompuso. Seguía nerviosa.
Enfadada con él, pero más consigo misma.
Había sucumbido porque lo deseaba. Había suplicado su toque porque lo necesitaba.
Había gemido su placer porque se sentía lo correcto.
Eso no quitaba que no debería haber actuado de ese modo reprochable con él. Precisamente con él.
El duque Canalla la incitó. Tuvo que haber estado preparada para repelerlo. No lo consiguió. Y cuando se dio cuenta de su error fue demasiado tarde para desandar sus pasos.
Después de tratar de tranquilizarse sin demasiado éxito, descendió las escaleras hasta la planta principal en busca de Bergen.
No sabía ni cómo podría mirarlo a la cara.
Una mujer no se mostraba ilusionada con la petición de matrimonio de un caballero mientras suspiraba y se deshacía por otro. Se sentía ruin y mezquina.
Le explicó que se había pisado el dobladillo y que una doncella le había hecho un arreglo al vestido de muselina.
Tal y como esperaba, Timothy le comentó que finalmente a su tía no le había sucedido nada.
Lo convenció para marcharse. Y con una despedida muy breve y fría frente a la puerta de su casa, él la dejó ir hacia el interior del edificio.
Dios misericordioso. Se había metido en un lío del que no sabía cómo salir. Especialmente porque tumbada en la cama, en la soledad de su habitación tapada hasta la barbilla y con los ojos cerrados, las únicas sensaciones que podría recordar eran las que él había provocado sin su autorización.
Fue glorioso y eso todavía la enfadaba más.
Phenton había comenzado con su relato sobre su supuesta noche de bodas con Bergen y se indignó.
Pero cuando pasó a narrar lo que él le haría si se casaban…
Fue tan explícito que se encontró temblando y con las rodillas derritiéndose.
Sin olvidar que la humedad llegó hasta su zona íntima como un rocío fresco deseando que alguien investigase más sobre lo sucedido.
Resultó una situación muy parecida a la del carruaje con la salvedad de que en esa ocasión la luna llena brillaba, ella había tomado dos copas de champán en el salón y que él era… ¡Fantástico!
Gimió en alto ante su pensamiento. No podía negarlo. Nadie sabría que había disfrutado de sus atenciones, pese a que si pudiera retrocedería las manillas del reloj de cuco que tenían en la salita de mañana para actuar de otro modo.
Lo quisiera o no, el duque Canalla acababa de poner todo su mundo patas arriba… otra vez.
Entre pensamiento, decepción e irritación, Margaret logró dormirse. Sus sueños no fueron dulces. Bergen aparecía en ellos, Phenton también. Nada bonito, ni placentero.
***
Las flores eran preciosas. Rosas rojas, y venían de un hombre elegante, adecuado, atento, altamente respetuoso. Una doncella las estaba colocando sobre la pequeña mesita que tenía Margaret a su derecha, mientras otra sirvienta dejaba el té en la mesa central para que ella lo sirviese.
La atenta mirada de la condesa viuda estaba sobre lord Bergen y sobre ella.
Margaret no se había atrevido a mirar a Timothy más de lo justo y necesario.
Una sensación extraña le oprimía el pecho.
Se sentía como si lo hubiera traicionado con Phenton y lo que le sucedía era muy desagradable.
Ella no era esa clase de mujer, una que jugase con dos hombres a la vez.
Aunque en honor a la verdad era el Canalla el que había estado siendo deshonesto y la había convertido en un tipo de persona que ella detestaba.
Margaret se consideraba a sí misma honrada, decente, leal y firme. No sucedía eso en esos momentos en los que lord Bergen estaba sentado a su lado, mientras ella le servía el té con dos cucharadas de azúcar, tal y como él le había solicitado cuando le preguntó cómo lo tomaba.
Las dos doncellas se marcharon en cuanto tuvieron el trabajo hecho y en la salita de recibir visitas de su madre, se quedó la pareja en compañía de la condesa viuda de Albemarle.
―Son unas flores preciosas, lord Bergen ―señaló su madre con una radiante sonrisa.
―¿Le gustan a usted, lady Margaret? ―indagó el conde, después de ofrecer una cortés inclinación de cabeza hacia la viuda.
―Son maravillosas ―dijo con afecto la joven.
No hubo tiempo para mucho más, un lacayo entró en la estancia, después de llamar y de que su madre diese permiso, para indicar que había un problema doméstico que necesitaba ser atendido con urgencia.
De inmediato la condesa viuda se levantó y se disculpó para salir rauda a fin de solucionar el imprevisto.
Su madre tuvo la audacia de cerrar la puerta tras de sí cuando dejó a la pareja sola.
Margaret rodó los ojos con mortificación.
Las madres eran capaces de hacer cualquier cosa con tal de que sus adoradas muchachas acabasen casadas pronto.
―Lo siento ―se vio en la obligación de decir Maggie.
―¿Por qué?
―Porque mi madre ha sido muy poco sutil y adecuada.
Él frunció el ceño.
―¿Se siente incómoda, Margaret?
―Creo que no, usted es un hombre honorable y sé que no corro peligro alguno a su lado.
―Me agrada mucho que tenga esa apreciación sobre mí. No está en mi naturaleza comprometer a una dama o causarle mal alguno.
―Lo sé.
―Y pese a ello, se encuentra alicaída y triste. Ayer me dejó muy preocupado. Sé que algo le sucedió durante mi ausencia y aunque quiero preservar su derecho a no hablar de lo sucedido, no puedo evitar querer saber lo que la perturba.
Margaret suspiró con fuerza y se puso en pie. El conde hizo lo mismo como señal de respeto y ella le pidió que se quedase sentado. Bergen le hizo caso y tomó asiento de nuevo. Era todo un caballero de la cabeza a los pies.
La joven se acercó a la chimenea. Un leño se movió entre las llamas y tuvo cuidado de no lastimarse con las chispas.
Se dio cuenta de que ella estaba precisamente en una posición parecida a la de ese tronco que prendía la lumbre.
Inquieta, ardiendo por el recuerdo de un canalla y sin saber si acabaría consumida.
―Es complicado hablar de la situación cuando ni yo misma sé lo que me ocurre ―comenzó a explicar.
―Le prometo que soy discreto y que sus confidencias no serán conocidas por nadie más.
―Y una vez más debo reconocer su valía.
―Ayer el duque de Phenton fue un invitado de Kensington y su esposa ―señaló con suavidad, intuyendo que ahí debía de residir el problema.
―¿Lo vio usted? ―preguntó, después de girarse para observar a Bergen que seguía sentado en el sofá.
―Fue inevitable no percatarme de que el hombre me miraba como si quisiera dispararme con sus ojos ―señaló con seriedad.
―Lo siento por eso también ―se disculpó otra vez.
―No. Lo consideré un halago de lo más gratificante.
―¿Por qué? ―preguntó, pues no sabía el motivo de la satisfacción que había notado en su explicación.
―Porque me considera una amenaza y eso es bueno.
Ella lo entendió entonces.
―Asegura que soy su prometida.
―¿La está presionando con el contrato? Albemarle insistió en que no sería un impedimento.
Margaret frunció el ceño de inmediato, después de haberlo escuchado y darle cierto sentido a las palabras de Timothy.
―¿Podría explicarme lo que acaba de decir, Bergen?
―Por supuesto. Como habrá podido apreciar, me gusta seguir las normas, porque sin un orden establecido viviríamos en el caos. Soy un par del reino y debo ser consecuente con mis actitudes y acciones. Mi escaño en el parlamento así me lo exige.
―Es usted correcto, lo sé.
Él le sonrió ante su reconocimiento tan sincero.
―Quiero pensar que debo dar ejemplo desde mi posición. Tengo un derecho de nacimiento que no pedí pero me fue concedido. El patrimonio de mi familia, la reputación de mi título y de mi apellido deben ser lo primero para todos los primogénitos Bergen.
―Así está establecido para todas las familias nobles.
―Margaret comprendía el peso que llevaba sobre sus espaldas, porque su hermano Ryan se lo encontró de súbito y tuvo que trabajar mucho también para ser digno de la herencia de su padre y de su hermano mayor.
Sin embargo, Ryan era tan decidido que hasta que no finalizó su ciclo como soldado, no decidió atender sus obligaciones como conde, pues para Albemarle era fundamental cumplir con su deber y antes que heredero se comprometió a ser militar.
―Cuando su hermano me sugirió que debía conocerla, yo me extrañé, pues la cuestión de su compromiso con un duque como Phenton, corrió como la pólvora.
―¿Lo dice por la reputación de libertino que arrastra? ―Ella había detectado la censura en sus palabras.
―Es momento de confesar un hecho que me corroe porque no lo encuentro digno de mí.
Margaret lo observó ponerse de pie y caminar hacia ella.
―¿Debo prepararme para lo peor, Bergen? Se asemeja usted a un condenado que se enfrenta al juez que dictará una sentencia desfavorable.
―No he hecho nada malo, pero sí reprochable.
―Le escucho, aunque dudo mucho que se le pueda acusar a usted de alguna falta, por minúscula que sea. ―No mentía, era excepcional en su etiqueta, modales y comportamiento.
―Confío en que tras el relato siga pensando lo mismo, Margaret.
―Estoy segura de que así será ―expresó con convicción.
―Espere a escucharme antes de comprometer su perdón.
―Me está asustando, Bergen. Lo siento muy preocupado y eso en su carácter sería toda una novedad.
El conde le sonrió dando conformidad de que así era.