Capítulo 5 #5
La actitud de él había cambiado por completo. Parecía un hombre decente, casi sintió lástima por la congoja que intuía que sentía. Así que se mostraba menos beligerante, más amable con él.
―Es lo que necesito averiguar.
―No. No puede estar hablando en serio. ―Era casi la misma conversación que tuvo días atrás con Bergen y se veía igual de incrédula que cuando Timothy le desveló sus planes respecto a ella.
―¿Qué crees que estoy proponiéndote?
―Un imposible.
―No te miento cuando te digo que me marché de aquí sabiendo que regresaría para casarme contigo. Cuando doy mi palabra, es la ley.
―Pero yo no acepté su petición.
―Nos hemos besado de un modo delirante. No niegues que hay algo poderoso entre nosotros.
―Aspiro a un matrimonio confiable. No deseo sobresaltos, no quiero tener que preguntarme con cuántas mujeres del salón de baile se habrá acostado mi esposo. Mi elección es lord Bergen ―apuntó con suavidad.
―Si él fuese tu elección, como dices, no te habrías dejado llevar por mis besos. Tú no lo amas.
―Y usted sabe mucho de eso… por supuesto ―ironizó.
―Entiendo de lujuria y deseo. No puedo prometerte amor, pero sí placer. Tanto que no echarás de menos un sentimiento tan poco potente como el que crees necesitar.
―Él me dará ambas cosas ―dijo con seguridad.
―Tú no lo amas ni un poco. Sé cómo me besaste, cómo deseabas más de mí.
Una mujer enamorada no se deja llevar por otro que no es el objeto de sus delirios.
Si quieres mentirte a ti misma adelante, pero te diré lo que te aguarda si lo eliges, porque conozco a los de su clase.
―Se acercó, la terminó de abrazar por completo.
Su pecho femenino sobre el torso masculino.
Ella no se atrevió a moverse. Él la enervaba.
Lucien se colocó junto a su oreja para ofrecerle la explicación―: Te casarás y esa noche en la que descubras lo que es estar íntimamente con un hombre será un desastre.
Te dará tiempo para que te prepares en tu habitación.
Entrará llevando una bata sin nada debajo y apagará la luz para desnudarse y no ofender tu sensibilidad femenina.
Se meterá en la cama y te levantará el camisón, hasta la cintura, para introducirse en ti sin ni siquiera prepararte como es debido.
Te hará daño cuando te reclame y mientras balancee sus caderas para buscar la liberación, te pedirá una y otra vez perdón por lo que te está haciendo.
Esa será tu noche de bodas con un hombre que te dará más frío que el invierno más crudo.
―No es necesaria una pasión cegadora para que un matrimonio funcione ―susurró, incapaz de moverse y alejarse de Phenton.
Tomó aire para continuar―: La amistad, la ternura, la devoción, la lealtad y la…
fidelidad es lo que él me ofrece. Si comparo las listas, Bergen tiene más puntos ―señaló algo más segura de sí misma, en esa segunda intervención.
―Yo te desposaré, te daré dos minutos para que vayas a tu habitación, apareceré desnudo y exigiré tenerte en igualdad de condiciones.
Todas las luces que haya en la estancia estarán prendidas, pues devoraré cada centímetro de tu piel con la mirada, para que tengas claro que estoy hambriento y debes darme de comer.
Cuando me haya cansado de observarte y te sientas la mujer más hermosa del mundo, te llevaré a la cama para besarte.
Comenzaré por tus jugosos labios, seguiré por tu cuello y me detendré a degustar tu oreja para hacerte sentir deliciosos escalofríos de anticipación.
Te tenderás sobre tu espalda y me alimentarás con tus senos, chuparé tus pezones hasta que grites de placer.
Cuando me haya cansado de mamar como si fuese un niño ansioso por la leche de su madre, descenderé para encontrarte mojada y lista.
Querré probar tu néctar y te lameré entre las piernas mientras tú gimes y te deshaces en súplicas, para que te ayude a lograr la plenitud.
Lo harás. Te haré impulsarte tan alto que alcanzarás la mejor dicha que un hombre puede ofrecerle a su compañera de cama.
Entonces y solo entonces, me hundiré dentro de ti, pues tú, suplicante y ansiosa me dirás que te sientes vacía y que debes ser llenada por mi carne.
Te haré el amor hasta que nuevamente clames tu liberación.
Y será ahí cuando yo haya cumplido con mi cometido y me permita la paz de dejarme ir en tus entrañas.
Te dejaré descansar unos minutos y volveremos a empezar otra vez, porque tú así me lo exigirás.
Esa será la vida que te espera junto al hombre con el que estás prometida, y que no se quedará a un lado viéndote partir hacia la infelicidad.
En algún punto de la narración, Margaret había cerrado los ojos y había pasado los brazos por el cuello masculino para aferrarse a la estabilidad que le ofrecía.
En algún momento de ese discurso tan intenso y lleno de deseo, Phenton le había levantado la falda, sin que ella fuese consciente o quisiera serlo.
Sus dedos mágicos habían sorteado sus enaguas y encontrado la abertura de sus prendas íntimas.
La estaba tocando de un modo que parecía un sueño.
Solo estaban sus dedos en medio de unos pliegues muy resbaladizos. Un dedo estaba en su interior, ofreciendo una presión encantadora, mientras su compañero le acariciaba su perla para volverla loca.
Suspiros y jadeos incontrolables eran expulsados por una mujer que necesitaba llegar hasta algo que parecía imposible de alcanzar. Un mito que solo un canalla podría ofrecerle.
La boca de él estaba sobre los labios de Margaret. Las dos lenguas chocaban entre sí para deleitarse con el roce de la una con la otra. No existía un futuro, un pasado, solo el presente más desquiciante.
―Por favor… ―gimió Margaret.
―Lo sé, dulzura. Me necesitas dentro, pero no me tendrás hasta que te convierta en mi esposa. Di que te casarás conmigo y te ayudaré ahora a lograr lo que tu cuerpo necesita.
―Por favor… ―suplicó una vez más, buscando un roce exacto contra esa mano maravillosa que la tenía sometida.
―Margaret… esto es lo que sé que necesitas. Sé mía. No te faltará de nada, un ducado a tu disposición, un duque que te dará su protección.
Ella no escuchaba nada. Solo estaba la necesidad de librarse de esa agonía tan fascinante que la tenía envuelta en su dedo meñique.
―Phenton… por favor… ―Necesitaba ver la luz en medio de la oscuridad.
―Terca hasta el final… ―suspiró, para después darle mayor fricción con su dedo sobre ese tierno pedacito que él deseaba mimar con sus labios.
Le daría lo que necesitaba, porque estaba empezando a conocerla y sabía que no sería fácil llevarla hasta su terreno.
―Dios misericordioso… ―Algo poderoso, abrumador estaba naciendo en su interior.
―Estalla, Margaret. Deja que te sacie con mi mano, disfruta de la promesa que te hago aquí. Dame lo que tengas para ofrecer. Sigo hambriento y debo llevarme algo a los labios. ¡Estalla! ―le ordenó.
La observó cerrar los ojos con más fuerza, aferrarse a sus hombros, inclinar la cabeza hacia atrás y dar un largo grito lleno de satisfacción.
―Misericoooordiaaaaa ―pidió, en medio del delirio de las brumas del placer, mientras la liberación llegaba como un fuerte estallido despejándolo todo a su paso.
Cuando la avalancha cesó, Margaret apoyó su peso en Phenton. Su rostro se quedó sobre su torso. Ella escuchaba el latir de su corazón. El ritmo era frenético.
Sintió que él abandonaba su feminidad, abrió los ojos y vio que la mano pasaba por delante de su rostro para llegar a la boca masculina. Él estaba saboreando los restos de su éxtasis. Tragó saliva con fuerza y cerró los párpados.
―Del todo deliciosa. No puedo esperar para colocar mi boca en la fuente y para disfrutar. Sigo hambriento, Margaret.
Las palabras de él se filtraron para hacer que sus orejas comenzasen a silbar.
No se podía creer lo que acababa de suceder.
El pánico la saludó. Había sido víctima de los deseos más bajos de un canalla.
Se tragó un sollozo, mitad enfado, mitad…
no sabía cómo se sentía, pero estaba descorazonada. La rabia comenzaba a surgir en su ser.
Abrió los ojos y dio un paso para atrás. Sentía la otra mano de Phenton a su espalda, acariciándola con ternura. ¡No! Ella no deseaba ese gesto de un hombre ruin como él. Se movió hacia atrás como pudo y le dio un empujón. A penas lo movió, solo lo suficiente para desembarazarse de su agarre.
―¿Qué ocurre? ―preguntó desconcertado y sorprendido por su repulsión.
―¡No tenías derecho! Me has seducido. Has despertado en mí algo que solo mi esposo tenía legitimidad para descubrir. Mi placer más privado no estaba destinado a que tú lo disfrutases.
Lucien se quedó parado. Frío como el hielo polar. No había previsto ni en un millón de años una reacción así.
―Tú implorabas, suplicabas, Margaret. Me has permitido acariciarte ―dijo, como si estuviese defendiéndose de una acusación de homicidio.
―¡No tenías derecho! ―repitió, con un grito más fuerte que el anterior.
Se dio cuenta de que las lágrimas estaban surcando sus mejillas. Su postura era de ataque, con los puños a ambos lados de la cadera, apretados.
―Estás nerviosa, lo que ha sucedido es nuevo para ti y no he debido…
―¡Aléjate de mí! ―gritó, antes de echarse a correr en dirección al salón de baile.
―Margaret, por favor… ―la llamó, pero no se decidió a ir tras ella―. ¡Maldición! ¡Infierno! ¡Maldita sea! ―gritó, llevándose las manos a la cabeza al comprender que había ido demasiado lejos en esa ocasión.