Capítulo 5 #4
―¡Dios misericordioso! Hice bien cuando lo renombré como el duque Canalla. No habrá otro hombre igual en la Tierra, lo sé.
―Gracias.
―No era un cumplido, sino todo lo contrario.
―Y pese a ello no has podido olvidar mis caricias.
Margaret chasqueó la lengua, puso las manos sobre las que él seguía manteniendo en su cintura para tratar de liberarse.
―Me está faltando al respeto y me incomoda lo que hace, excelencia.
―No lo creo, yo más bien diría que necesitas que te bese para que te tranquilice.
―¡Eso no es…!
Demasiado tarde, él ya estaba haciendo lo que había amenazado con llevar a cabo. La boca de Phenton descendió sobre la de Margaret. Rozó los labios femeninos una fracción de segundo, lo justo hasta que ella ladeó el rostro y él se dio cuenta de que estaba besando su mejilla derecha.
Oh, esa muchacha sabía cómo vapulear el orgullo de un hombre.
―¿Cómo eres capaz de resistirte a mis besos? ―se preguntó, más para sí que para ella.
―Habla como si usted fuese la cura de la peste.
―Y tú suenas como si yo causara esa enfermedad.
―No va mal encaminado. ¿Podría soltarme de una vez, por favor? ―preguntó, tratando de ser amable, pero con tirantez.
―Promete que no escaparás y me lo plantearé.
―Es usted un abusón de la peor clase.
―Eso es porque corre por mis venas sangre de highlanders . Tengo algunos antepasados escoceses ―expuso con orgullo.
No se creía nada. Por más que sus anchos hombros se viesen inmensos esa noche enfundados en una elegante y suave chaqueta, y sus enormes manos la sujetasen con aplomo, ella no…
¡Dioses misericordiosos! No debería pensar en él más que con desprecio.
«Es un canalla, solo un canalla, uno del que debes alejarte», se repetía Maggie una y otra vez.
Trató de tranquilizarse. Tal vez si bajase el tono él le dijese lo que pretendía y la dejara marchar.
Contó hasta cinco dispuesta a tragarse toda la furia que él le despertaba.
No funcionó. Lo veía observarla con esos ojos burlones y deseaba…
Contó hasta diez y al final, como se dio cuenta de que no controlaría la rabia que le hacía sentir y que él no iba a decir nada, optó por hacer la pregunta más elocuente.
―¿Qué es lo que quiere, excelencia? ―retomó el asunto inicial, al ver que él no la soltaría.
―Hablar como dos personas adultas. Te lo he dicho antes. Deberías aprender también a atender mejor a tu prometido.
Una vez más, Margaret empezó la cuenta. Llegó hasta diez, respiró profundamente y se obligó a templar su carácter.
Pensó en Mary Wollstonecraft. Ella tuvo que soportar mucho más cuando decidió ser una mujer valiente y comenzar a hablar sobre las aspiraciones reales que las mujeres deberían tener.
Así que un duque engreído y tirano no la haría perder la paciencia.
―Me ha vuelto a obligar a estar en un lugar donde no deseaba ―le recordó.
―No, solo estaba ayudándote a no ser cómplice de un crimen.
―¿Cómo dice?
―¿Qué crees que hubiese pasado si mi prometida llega a responder afirmativamente a una petición que Bergentusen no tiene derecho a hacer?
Se quedó con la boca abierta. Ni contando hasta cincuenta recuperaría la tranquilidad. Él no comprendía nada. Y además de eso, lo más insultante era que estaba convencido de que la razón lo amparaba. Margaret era muy consciente de esa última parte.
―Si no me suelta gritaré, es definitivo. ―Se le acababan las ideas civilizadas.
―Y diré que me has seducido. Nadie se sorprenderá, dado que es más común de lo que crees que un par de prometidos ansiosos adelanten sus votos. Hazlo, será lo más rápido para que ambos estemos casados en un pestañeo.
No intentó controlar su temperamento. Él tenía la inmensa habilidad de reducirla a la indignación más absoluta, así que ni intentó calmarse.
―Bien, esto no nos lleva a ningún lado. Yo estoy perdiendo la paciencia y puedo ser imprevisible.
Siento que esta discusión le divierte muchísimo y acabaré enzarzándome en una pelea contra un hombre que me dobla en tamaño y que seguramente me ganará, pero lo haré porque no quiero contenerme más.
―La joven no había dejado de observar que él sonreía más cada vez que ella se enfurecía hasta el punto de no retorno.
―Es así, tú me diviertes no lo niego. Aunque debes saber que jamás te haría daño. Prefiero someterte sin herirte, solo jadeos de satisfacción. ―Se atrevió a guiñarle un ojo.
―No me toma en serio. Para usted soy un… un trozo de carne que saciará su hambre.
―No es como si tú no te hubieses mostrado famélica ante mí, dulzura. Sé bien lo que te provoqué.
―Quiero que me suelte.
―Solo debes prometerme que no huirás.
Se quedaron mirándose fijamente. Él estaba demasiado cerca de ella. Con la pelea no se había dado cuenta de que los separaban unos pocos suspiros. Margaret sentía su cálido aliento haciéndole cosquillas sobre la nariz. Olía a champán.
―Me quedaré y hablaré con usted si responde a una pregunta.
―Adelante. ¿Tiene que ver con besos?
―No ―dijo con sequedad―. No gritaré, ni trataré de darle un pisotón o una patada en… otras partes más delicadas de su cuerpo si es capaz de decir mi segundo nombre.
―¿Lo juras? ―preguntó con diversión. Luego le daría las gracias a Kensington por la información.
―Tan segura estoy de que no lo conoce, que además me siento tentada a apostar algo más.
―¿Un beso?
―¡Quiere olvidarse de los besos! Bastante malo es que me tenga sujeta y pegada a su torso.
―Yo lo encuentro de lo más estimulante. Si te colocases sobre mi regazo entenderías bien lo que digo. ―Estaba dolorido.
Ella sintió las mejillas arder. Sí, comprendía demasiado bien esa alusión y no debería ser así. Una dama virtuosa no debería saber cuán dura podría volverse una parte muy específica de un caballero.
―Diga mi segundo nombre.
―No te irás y me darás un beso ―expuso sus términos con satisfacción.
―No.
―Sí ―afirmó Phenton.
―Entonces no hay trato.
―¿No sabes que no deberías contrariar a tu prometido, dulzura? Tienes mucho que aprender ―le dijo con falso fastidio.
―No seguiré discutiendo, no conoce mi segundo nombre.
―Lo sabrás en cuanto aceptes las condiciones de nuestro pequeño contrato.
―Un trato es sagrado, aunque sea verbal ―lo observó abrir los ojos con sorpresa, pero Margaret decidió no preguntarle por esa cuestión y siguió hablando―: Asegúreme que cumplirá su palabra y me dejará ir, y yo también le prometo que escucharé lo que tenga que decir.
―Y me besarás.
―¿No entiende que no deseo hacer tal cosa?
―Pero yo ardo en deseo de que lo hagas.
―Y como no, sus deseos son lo único que le importa.
―¿Tienes miedo de no poder controlarte, pequeña alborotadora, si te beso?
―¡Está bien! Acepto. ―Seguro que no lo sabría… ¿no?
― Lady Margaret Adelaida Cross.
Ella se quedó atónita.
―¿Quién se lo ha dicho?
―Es deber de un prometido conocer esos detalles importantes.
Ella frunció el ceño para mirarlo acusadoramente.
―Lo debe de haber escuchado de casualidad. Acabemos con esta tontería. Usted tiene una cita ineludible con una mujer que la dejará comportarse como un pirata y yo debo volver con Bergen.
―¿Estás celosa? ―preguntó con seriedad.
―Por supuesto que sí ―dijo con sobriedad.
―Lo sabía, no puedes ser inmune a mí, no cuando te deshiciste en mis manos como si fueses arcilla tierna.
―Estoy celosa, terriblemente, al imaginar que lord Bergen pueda haber sido asediado por la horda de jóvenes que siempre lo amenaza, por no estar a su lado. ―Ahí esperaba haberle asestado un golpe mortal en su masculinidad.
―Puedes sincerarte, Margaret. Has debido venirte abajo al ver que una bella mujer manoseaba a tu futuro esposo. No te sientas mal por reconocerlo ―continuó él con su punto de vista.
―Es usted del todo insoportable.
―Dejemos los celos a un lado, dulzura. Te he traído aquí porque he comprendido que obré muy mal cuando te desmayaste y te metí en el carruaje con la idea de convertirte en mi duquesa, a fin de que tuvieses todo lo que siempre soñaste y que…
―No está sonando como una disculpa ―lo avisó.
―¡Es que no lo entiendo!
―Lo que yo no comprendo es el motivo por el que no me suelta.
―Porque me gusta tocarte y tenerte cerca. Creí que era evidente.
―No va a soltarme… ¿verdad?
―Te conviene que tenga las manos en el lugar en el que están, quietas.
Ella resopló, pues había entendido lo que subyacía bajo esa frase que podría ser común.
―¿Sería capaz de imponerme sus atenciones?
―Nunca antes sentí el impulso de besar a una mujer.
―¿Para que me calle? ―se burló.
―Ojalá fuese solo eso ―musitó.
Margaret tensó la espalda. En ese momento exacto fue cuando ella tuvo miedo.
No de que la violentase o la obligase a hacer algo que no quería, sino porque vislumbró el pánico que él también profesaba.
Lo comprendía. Phenton se sentía atraído por ella de un modo que no deseaba.
Lo veía en sus ojos, en la forma de mirarla, por cómo la tenía sujeta.
―No lo comprendo… ―dijo ella en voz baja al darse cuenta de la situación que tenía ante sí.
―Yo tampoco, te lo he dicho antes. Ninguna mujer en su sano juicio desdeñaría un título, a un hombre como yo. Era más probable que el que hubiera acabado en un carruaje maniatado y amordazado fuese yo. Han tratado de cazarme sin darme cuartel durante más de una década.
No mentía, siendo un chiquillo de catorce años había tenido que sortear toda clase de obstáculos, trampas más bien, para evitar acabar casado con una esposa que no fuese su elección.
―Lo que no entiendo es el motivo por el que está aquí, cuando una mujer se le ha insinuado de una manera que dejaba poco a la imaginación.
―No eres la única sorprendida, Margaret ―confesó, dado que no tenía sentido ocultar lo que ella le hacía sentir.
―Pero si yo no le gusto.
―¿Consideras que si eso fuese verdad estaría aquí frente a ti?
―El orgullo de un hombre puede ser algo muy serio. Albemarle es una muestra de lo que hablo.
―No es eso.
―¿Entonces de qué se trata? ―preguntó con suavidad.