Capítulo 5 #3
―Interesante apreciación. ¿Qué viene después de una amistad incipiente, milady ?
―¿Un cortejo? ―preguntó, con una risa baja.
―Amistad, cortejo y matrimonio… Tres grandes palabras capaces de dar alas a un pretendiente.
―¿Debo considerar que no ha cambiado de idea?
―Cuando un caballero anuncia su intención de cortejar a una dama, es poco honorable cambiar de parecer, Margaret. ―A ella le encantó el toque íntimo con el que usó su nombre de pila.
―Por supuesto. ―Lo miró a los ojos y comenzó a sentirse atrevida―. ¿Qué viene después del matrimonio, Bergen?
―Hijos ―aseveró él.
―¿Hechos con pasión? ―Acababa de ser audaz en su pregunta.
Bergen sintió de nuevo la coquetería osada y se sonrió.
―El ardor en su justa medida ―precisó― es necesario entre dos amantes… esposos, milady .
Ella sintió su corazón palpitar con fuerza. Bergen era travieso, pero de un modo atento y refinado. Más sutil de lo que otros desagradables pretendientes lo eran. En concreto se refería a un duque.
―¿Qué opina de la fidelidad? ―preguntó con gran interés.
―La ofreceré en la misma medida en la que espero recibirla, por supuesto ―apostilló con solemnidad.
Ah, su corazón bailó y brincó ante esa respuesta. Lo veía siendo un devoto esposo, un padre ejemplar para sus hijos. Su vida sería tranquila, con un matrimonio basado en el respeto, la amistad, donde las noches darían paso a un apareamiento tierno, sin sobresaltos. Podría ser muy feliz con él.
Margaret movió la cabeza en un intento para que los besos del duque Canalla no manchasen sus planes de futuro.
Bergen no la llevaría hasta ese extremo, no sería descortés en sus atenciones cuando solicitase que ella cumpliese su obligación en el lecho matrimonial.
Phenton sí lo sería, estaba segura. El pícaro, en el que no debería estar pensando, sería un amante duro y exigente.
Apretó las piernas, en otro vano intento por olvidar lo que supuso cobijar su dureza directamente sobre un punto candente de su feminidad.
Observó un banco de piedra en un lateral y decidió que debía sentarse, porque de pronto se sentía muy acalorada. El canalla había hecho más mella en su interior de lo que supuso en un primer momento.
―Necesito un descanso ―se soltó del brazo del conde y tomó asiento.
―¿He ido demasiado lejos en nuestra conversación? ―preguntó con preocupación él.
―En absoluto, yo le he dado pie a aclarar algunos puntos.
―¿Debo suponer que está considerando mi propuesta, Margaret? ―quiso averiguar con un punto de ilusión en su voz.
―No estaría aquí si no fuese así ―expuso con amabilidad.
―Le daré el tiempo que necesite para… ―Volvió a quedarse pensativo y ella supo que él acababa de caer en algo trascendental―. No le he hecho la pregunta debida todavía.
―¿A qué se refiere? ―Maggie no lo entendía.
Lo observó ponerse sobre la rodilla derecha, en el suelo empedrado. La mano derecha se alzaba para tomar la suya izquierda. Un suspiro salió de su garganta, producto de la anticipación más dulce que una mujer podía sentir.
―¡Lord Bergen, su tía ha sufrido un desmayo! ―La exclamación de una mujer histérica llegó hasta los oídos de Maggie para romper la magia.
―No se mueva de aquí ―dijo él, antes de ponerse en pie y salir a toda carrera hacia el interior del salón.
Y pese a haberla dejado plantada en medio de una petición que ella encontró perfecta, no pudo más que ensalzarlo por su diligencia con su tía.
No pasaron ni dos segundos cuando una figura masculina llegó hasta donde permanecían Margaret y la intrusa. La joven levantó la mirada y se dio cuenta de que no se libraría con facilidad del duque Canalla.
La hermana de Albemarle se incorporó de inmediato dispuesta a… a… no sabía a qué, pero algo debía hacer.
La voluptuosa mujer de ojos oscuros y cabello claro que había engañado a Timothy, se acercó hasta él para colocarse muy cerca de Phenton. Le puso una mano sobre el hombro y se dejó caer sobre su torso.
―Me debes una que pienso cobrarme con gran placer, Lucien.
Con un poco de suerte nos veremos esta noche, en casa de quien tú y yo sabemos, y puedas proceder al pago.
―Se acercó a su oreja y se la lamió sin descaro, para luego decirle―: Seré una mujer a la que le encantará estar al lado de un malvado pirata para simular que forzamos a otra víctima.
Maggie la escuchó y rodó los ojos. Ya había tenido suficiente de lo que fuese esa muestra indebida.
La desconocida la miraba como si fuese una competidora.
Por ella, como si el canalla se la llevaba a un rincón oscuro para aparearse como animales.
Él no era tan excepcional como se creía.
No para ella, que había decidido ya lo que deseaba de su esposo: ternura, respeto y lealtad. Bergen sería fantástico.
La joven dio un paso a la derecha para rodearlo y regresar al baile. Phenton le agarró el brazo.
―No tan deprisa. ―La frenó, mientras ladeaba el rostro para mirar a la mujer que todavía lo tenía cautivo en un abrazo posesivo―. Si nos disculpas, Sheyla, la joven y yo tenemos una conversación pendiente.
―Yo creo que no ―saltó Maggie, dispuesta a desembarazarse de su agarre.
―No llegues demasiado tarde, Lucien. Termina con el aburrido asunto que tengas entre manos y ven a buscarme ―le dijo la denominada Sheyla, antes de marcharse de allí con una gran sonrisa y sin echarle una mirada a la joven.
Margaret levantó el pie dispuesta a darle un pisotón para que la dejase en paz.
―No esta vez, dulzura. ―Él estaba más que preparado para cualquier actuación o mentira de ella. No lo pillaría desprevenido dos veces.
No tuvo tiempo para atacarlo, él la alzó en sus brazos y bajó cuatro escalones hacia el jardín oscuro. Oh, no. ¡Esto no podía estar pasándole de nuevo!
Trató de forcejear contra él, pero era una mole grande y dura. Imposible librarse de su cautiverio.
―Gritaré, le juro por Dios que lo haré si no me deja de inmediato. Kensington tomará medidas y le aseguro que el duque Demente no es alguien a quien yo no le importe.
―No pienso secuestrarte esta vez. Solo vamos a hablar, a no ser que desees terminar lo que empezaste en el carruaje, no te haré ningún mal.
Ella jadeó llena de mortificación. Él era Lucifer reencarnado.
Llegaron hasta el punto más apartado del jardín de Kirk Baldrick, daba una intimidad que no debería estar permitida.
Supuso que ese lugar habría sido testigo de muchas cosas…
inadecuadas entre un hombre y una mujer.
En cuanto él la dejó en el suelo, ella trató de volver a huir.
La sostuvo por la cintura para apresarla cuando la dama se colocó frente a él para correr por donde habían venido y le dio la vuelta.
―Esa manía suya de obligarme a hacer algo que no deseo, está convirtiéndose en un hábito desagradable ―le espetó con furia.
―Quiero disculparme por haberte tratado de una forma tan mezquina.
―Le perdono ―dijo de súbito. Comenzó a dar un paso y se dio cuenta de que él todavía la tenía sujeta por la cintura y que no parecía tener pensamiento de soltarla.
―No lo dices de corazón ―cuestionó sobre la veracidad con la que le otorgaba el indulto.
―Es usted insoportable. ¿No se da cuenta de lo contradictorio que acaba de resultar?
―Tenemos que hablar.
―No. Usted me ha pedido disculpas y yo las he aceptado. Aquí finaliza todo. Le exijo encarecidamente que me suelte.
―No puedo hacerlo, porque tenemos que aclarar la situación y si llevo a cabo lo que me pides, sé que saldrás corriendo o tratarás de golpearme. Estoy preparado para todo lo que pueda estar ideando esa mente inquieta tuya.
―Yo no tengo nada que hablar con usted, excelencia ―resaltó con altivez.
Se quedaron en silencio un momento. La mirada azul de ella sobre la verde y fiera de él. Lucien tomó en consideración sus opciones.
―¿Qué tengo que hacer para que me perdones por retenerte contra tu voluntad, Margaret?
―¿Debo contar la presente ocasión, excelencia? Porque se le acumulan las faltas ―sermoneó.
―¿Qué se suponía que tenía que hacer mientras mi prometida se embelesaba con otro hombre?
―¿Olvidarme? ―planteó.
―¿Para que le respondieses que sí, aun sabiendo que no eres una mujer libre?
No sé lo que os enseñan hoy en día a las muchachas, pero si se está comprometida, no se debe animar a otro hombre.
Berguren acabará desolado por tu culpa. Únicamente sobre tu conciencia recaerá esa desconsideración ―sentenció, como si fuese un vicario colocado en un púlpito.
Uhm. Supo que había cometido un error fatal cuando ella frunció la mirada, apretó los labios y levantó los puños en alto.
―De todos los egoístas que pude haberme tropezado, usted es… es… es… ―Ni se molestó en rectificar el título de Timothy porque sabía que él no le haría caso.
―¿El más apuesto? ―sugirió.
―¡El más insoportable de todos! ―terminó, después de haber encontrado el adjetivo más acorde para la situación.
―Sé que me consideras insoportable porque no logras dejar de admirarme. Lo comprendo. No te disculpes.
―¡Arggg! ―gruñó ella.
―Es poco elegante que una muchacha, una dama prometida en tu caso ―reiteró―, se muestre tan desagradable ante el duque que la desposará. Deberías corregir ese comportamiento de inmediato. No me agrada.
―Soy una mujer, no una muchacha y además, podría golpear su ducal cara si tuviese algo más duro que mis puños, pues sé que lo sentiría como una caricia y no le daré el gusto.
―¡Así que te mueres por acariciarme! Debiste quedarte impresionada conmigo en el carruaje. ¿Tuviste la necesidad de acariciarte íntimamente cuando te viste sola en tu habitación? Te aseguro que yo sí lo hice, imaginé que tu mano sostenía mi enorme viri….
―¿¡Pero qué le pasa!? ―lo cortó―. Tantas damas que podría encontrar para que lo ayudasen a… lo que sea que necesita y… ¿tiene que venir a molestarme precisamente a mí, a la única que estaría encantada de perderle de vista para el resto de mi vida?
―Mentirosa… ―susurró con una risa.