Capítulo 5 #2
―Creo que tiene razón ―habló Liam, que seguía al lado de Phenton―. No sé mucho sobre cortejar, pero creo que las palabras bonitas, unas flores, dulces y una joya, serán mejor que cargártela al hombro, tal y como supongo que tienes intención de hacer.
―¡El compromiso es firme! Su hermano me la entregó, tengo una copia del contrato porque Albemarle no es de fiar.
¿Por qué demonios debería cortejarla? ―Lucien sentía que iba a explotar en cualquier momento.
A esas alturas debería estar casado y encerrado con ella en su habitación, enseñándole los placeres de la carne a su recién estrenada esposa.
―Porque es mejor si se hacen las cosas de la manera correcta ―señaló Kensington―. Odio admitirlo, pero yo no actué bien con mi esposa y pagué por ello. Sigue mi consejo y todo será más fácil.
―¿Qué indicación es esa? ―preguntó Liam con curiosidad.
―Él debe pedirle perdón y mostrarse arrepentido. Ese es el primer paso para que la relación pueda reiniciarse ―alegó Kirk Baldrick sin apartar la mirada de Lucien. Ambos seguían uno frente al otro.
―¡Qué disparate! Ser duquesa es mejor que lo que ese cachorro insolente le ofrecerá. ¿Es un conde? Creo recordar que lo es ―habló Lucien.
―Es un conde muy popular entre las matronas y las muchachas solteras. Está considerado como el partido de varias temporadas y la ha elegido a ella.
―¿Perdón? ―Lucien sentía que le estaba dando un ataque de apoplejía. Se aflojó el pañuelo de la corbata. No podía respirar.
―Vas a tener que luchar. No todo es ser un pícaro, Phenton. Si la empujas, ella acabará yendo en la dirección de lord Bergen.
―¡Bergen, eso era! ―Al fin se quedó con el título del maldito.
―¿Lo conoces? ―inquirió Kirk.
―Como si fuese mi peor pesadilla. ―Escuchaba una y otra vez las palabras que ella dijo sobre el que parecía ser su rival. Margaret solo lo había alabado una y otra vez.
―¿No sería más fácil elegir a otra dama? ―planteó Banstorn―. El salón está atestado de muchachas. Tanto da una que la otra. Si ella no quiere ser duquesa, otra lo querrá.
―¿Qué opinas del planteamiento, Phenton? ―cuestionó con bufonería Kensington.
―Se me prometió en matrimonio y la tendré ―dijo con solemnidad Lucien.
Su orgullo estaba en juego, además de otras muchas cosas a las que no le apetecía atender y que le oprimían el pecho. ¡Si solo había compartido unas horas en su carruaje! Ay, pero qué momentos… Especialmente los que ella se subió sobre su regazo y…
Dejó de pensar en eso porque sus pantalones comenzaron a apretar su virilidad, aunque lo que más le dolía era lo extraño que se sentía al verla disfrutando de una velada junto a alguien que no era él.
¡Encima se había vuelto a reír por otra cosa! Dio un paso para bordear a Kensington. Kirk le aferró el brazo, porque no se fiaba de él.
―¿Qué harás?
―¡Conquistarla, maldita sea! ―Se desembarazó de Kirk, pero el otro lo volvió a agarrar.
―Con gritos no lo lograrás ―señaló con cierta diversión Liam, al ver cómo los celos devoraban a un hombre que se juró no acabar al servicio de ninguna dama.
―Ve a terminar de emborracharte, desnúdate y orina sobre el ponche, Banstorn ―le recomendó.
Justo pasaban varias señoras por detrás… y aullaron debido a la indignación.
―Eso es costumbre del duque de York… ―dijo con naturalidad Liam en dirección al improvisado público que había escuchado la salida de tono de Phenton―. Yo jamás cometería semejante infamia.
Se escuchó una sonora carcajada producida por Kensington ante las palabras espetadas por Banstorn.
―Tu hermano te matará si llega a saber que has dicho algo así de su divina persona ―apostilló Kirk.
―Mañana no recordaré nada porque me marcho de inmediato a una fiesta más acorde con mis… expectativas. Así que soy inocente de todos los cargos. ―La orgía estaría en plena ebullición―. Ya he visto lo que deseaba comprobar. Phenton está enamorado y celoso.
―¿Hemos acabado ya de decir estupideces? ―intervino Lucien, mientras Liam se daba la vuelta y se marchaba de allí.
Por lo que a Banstorn se refería, sabía lo suficiente como para burlarse de su amigo durante el resto de su vida.
Tomó nota mental de apuntar en un papel lo que había observado sobre los interminables celos de Phenton en cuanto tuviese ocasión, porque sospechaba que era muy posible que a la mañana siguiente amaneciera sin un solo recuerdo de la noche anterior.
Kensington y Phenton se quedaron solos.
―¿Vas a soltarme de una vez?
―¿Vas a portarte como un caballero, Phenton?
―Tienes mi palabra de que no armaré ningún escándalo.
―Quiero que jures que la dama será tratada como merece. No me fío de tu impulsividad.
―¡Tú eres a quien llaman Demente! ―se quejó.
―Eso era antes de casarme. Di que serás un caballero atento, amable, que le pedirás disculpas y confiaré en ti ―insistió Kirk.
―No hay ni una sombra en ti de lo que fuiste. Si termino como tú, hazme un favor y pégame un tiro.
Kirk Baldrick fue un hombre duro, que más gruñía que hablaba. El amor lo cambiaba todo.
―Si acabas como yo, ten la decencia de venir a verme y darme las gracias como se merecen.
―¿Me sueltas para que me convierta en un noble galán lleno de sentimientos amorosos, que escupa mariposas e ilumine el salón con una brillante sonrisa, Kensington?
―Suerte, Phenton. La vas a necesitar ―le dijo con sinceridad.
―Sí… antes de que acabe la noche enviaré a alguien a ver al arzobispo de Canterbury para pedir una dispensa especial. Así de seguro estoy de mi victoria.
Kensington se carcajeó antes de darse la vuelta. Phenton pensó que se debía a sus palabras, pero… fue porque la pareja estaba saliendo por las puertas francesas que daban a la terraza.
―¡Maldición!
―¡Contente, Phenton! Trata de no empeorarlo más ―le recomendó desde la distancia Kirk Baldrick, quien se dirigía hacia la posición de su esposa para solicitarle un baile.
***
Margaret estaba viviendo un sueño. Su madre se había quedado en casa aquejada de un terrible dolor de cabeza y una tía, muy anciana, de lord Bergen, estaba haciendo las funciones de carabina. Lady Scholl era sorda, la pobre, y la pareja había podido hablar distendidamente en el carruaje.
Los duques de Kensington los recibieron con los brazos abiertos, tal y como Maggie sabía que sucedería, pues era un amigo muy querido por Ryan, y también suyo.
Le agradaba la esposa de Kirk, porque lo había cambiado muchísimo.
Si alguien llegase a enterarse de que ella bautizó en su momento a Kensington como el duque Demente…
¡No podía evitar sacar nombres a quienes le causaban una impresión!
Y no importaba que fuese buena o mala. Aunque, el amigo de su hermano parecía otro muy diferente y seguro que ya nadie lo llamaba ya de ese modo. Así que todo estaba bien.
Se concentró en su pareja de baile. Timothy era taaaan apuesto que creía que podría desmayarse.
En cuanto entró por la puerta aquella noche, todas las muchachas comenzaron a interesarse por ella, solo porque iba de su brazo.
Al fin un poco de justicia. Le gustaba sentir la envidia que despertaba. No estaba bien, pero…
El vals se terminó justo cuando no lo deseaba. Había querido permanecer un poco más de tiempo entre sus brazos. Era un bailarín sin igual. Le gustaba tanto… la hacía reír. Nunca la habían hecho sonreír antes. Se veía serio, pero había mucho más bajo la piel, Margaret lo intuía.
―¿Le apetecería tomar el aire en la terraza, milady ? ―propuso Bergen.
―Sí, por supuesto.
No solo era un sueño de hombre, sino que además resultaba encantador, muy respetuoso en todo lo que emprendía. Le saltó a la mente el duque Canalla. No pudo evitar compararlos a ambos.
Por culpa de Phenton ella no se había atrevido a salir de casa hasta esa noche.
No era cobarde, pero no deseaba poner a prueba lo lejos que llegaría el pícaro inmoral para asediarla.
¿Su vida iba a ser así? ¿Viviría con miedo a volver a ser raptada por un hombre que no sabía nada sobre la moralidad o las mujeres?
Se había resistido a enviarle una carta a su hermano.
Cuatro veces rompió el papel. Albemarle tenía asuntos más importantes a los que dedicarse y Margaret no se sentía una mujer indefensa.
Pese a todo, la idea de acabar desposada con lord Bergen cada vez la seducía más.
Intuía que sería un marido amable, cariñoso y que no rompería sus votos una vez recitados ante el Altísimo.
Dos salidas con Timothy Day y ella se veía casada con él. Todo lo contrario que con Phenton. Fuesen cuales fuesen sus planes, ella no formaría parte. Su atrevimiento resultaba indignante.
Mientras iba del brazo de Bergen, se observó a sí misma en la catedral de Londres. Sonrió una vez. Bergen prometía una unión que sí podría ser fabulosa.
Llegaron hasta un punto donde seguía habiendo claridad, pero permitía cierta intimidad. Eso le gustaba mucho de Timothy, se notaba que preservaba su reputación.
―¿Le he dicho que está preciosa? ―preguntó con una brillante sonrisa que amenazaba con deslumbrarla.
―Un par de veces, pero una mujer no se cansa de recibir halagos ―coqueteó.
Él cabeceó ligeramente para demostrar que estaba agradecido por los ánimos dados.
―¿Sería muy atrevido por mi parte solicitarle una nueva salida mañana? Me he dado cuenta de que he sido negligente al no prestarle la suficiente atención a mi… ―se quedó pensativo―, no sé cómo describir nuestra relación.
―Yo diría que somos buenos amigos, milord.
―Amistad… No es una palabra que me hubiese gustado escuchar, lo admito ―apuntó un poco desesperanzado. Ella lo encontró terriblemente tierno. Tanto que le dieron ganas de abrazarlo para consolarlo.
―Como principio, me parece que debería ser la relación natural entre un hombre y una mujer que desean conocerse.
A él, le cambió el semblante al darse cuenta de que, por el tono de la voz de Margaret, por el modo con el que movía su abanico, y cómo batía sus pestañas, ella estaba flirteando magníficamente bien.