Capítulo 5
Una baile estresante
Phenton miró a su acompañante de reojo y suspiró.
Los dos amigos acababan de entrar al salón principal de los duques de Kensington.
Las luces de las arañas resplandecían, creando un ambiente del todo encantador que Lucien detestaba.
El vasto espacio estaba decorado en tonos blancos, con algunos tapices en terciopelo dorado en las paredes.
Al fondo se había colocado la mesa de refrigerios, con unos bocados dulces y salados y bebidas.
La orquesta estaba en un lateral de la sala e interpretaba un vals.
Muchas parejas danzaban embelesadas y otras se percibía que lo hacían por compromiso. Las damas se mostraban con sus vestidos más elegantes, con encajes, sedas y muselinas de todos los colores. Algunas llevaban adornos de lo más disparatados en la cabeza. Eso le pareció a Lucien.
El duque se examinó con discreción y determinó que estaba impecablemente vestido con su chaqueta de terciopelo azul oscuro, su chaleco gris perla sobre la camisa de batista blanca y con los pantalones del mismo tono y confección que su levita.
Le molestaba el nudo del pañuelo que componía su corbata, porque su ayuda de cámara se lo había apretado demasiado, o seguramente fuese porque no le agradaba estar en una fiesta decente.
Ladeó la cabeza y miró al amigo que se vio obligado a acompañarlo porque perdió a las cartas la apuesta.
La tarde anterior, habían estado jugando con Lucien: York, el hermano de este, lord Liam, y el vizconde Portman, Thomas Foster.
Phenton hubiera preferido llevar a la fiesta a Portman porque era el menos escandaloso de los cuatro.
Se tuvo que conformar con Liam Banstorn.
Volvió a suspirar mientras examinaba a su acompañante.
―Me estás juzgando y no tienes derecho a hacerlo ―dijo con poca paciencia Banstorn, ante la reprobación que percibía de Lucien.
El hermano de York había tenido que cambiar sus planes esa noche para que Phenton le perdonase las cien libras que apostó en el póquer.
Uno de sus amigos había organizado una orgía en la que los caballeros interpretarían a piratas y las damas estarían cautivas en lo que sería un decorado simulando un barco.
Estuvo a punto de sacar un pagaré para dárselo a Lucien, pero York le dijo que se divertiría mucho si acompañaba a Phenton a casa de Kensington, dado que una muchacha casadera estaba implicada.
Liam no se creyó una palabra, pero su hermano le aseguró que sería un espectáculo digno de ver.
No pudo resistirse a saber de qué iba todo eso.
Pasó un sirviente por delante de ambos y Liam tomó dos copas de champán. Se las bebió sin pestañear. No soportaría estar en un lugar donde las mujeres no acabasen como Dios las trajo al mundo estando sobrio.
Otro lacayo volvió a transitar y de nuevo el contenido de dos copas más fue engullido por el hermano de York. Phenton lo sujetó cuando trató de volver a tomar más licor.
―Mi reputación está hecha añicos, no es nada nuevo, pero pasearme junto a un muchacho que podría acabar desnudo orinando en el ponche… ―señaló Phenton, mientras lo refrenaba de su acción.
Escucharon varios jadeos tras ellos. Cinco matronas, a las que más les gustaba esparcir un buen rumor, comenzaron a dispersarse, con sus hijas cogidas de la mano para huir de ambos.
―Gracias, Phenton ―ironizó Banstorn―. Me has colocado una gran diana sobre la espalda.
Liam confirmó lo dicho cuando vio a dos mujeres que habían escuchado a su amigo cuchicheando con otras mientras lo observaban.
―¿Qué más te da si no piensas casarte? ―preguntó con tranquilidad.
Lucien también era consciente de que no había estado en su mejor momento cuando insinuó que su amigo podría cometer esa barbaridad.
Veía al salón revolotear sobre lo que dijo de Liam y suponía que no hacía falta que su acompañante llegase a hacer semejante acto indecoroso.
Un rumor era mejor que la propia verdad.
―Lo que me molesta no es lo que saldrá publicado en el periódico sobre que he acabado desnudo orinando sobre el ponche.
―¿No? ¿Por qué? Porque superarás así la fama disoluta de tu hermano ―bromeó.
―No. Lo que me da ganas de marcharme sin mirar atrás es que me has llamado muchacho y solo tengo dos años menos que tú.
Tu condescendencia me desagrada muchísimo.
Eso sin olvidar que todo Londres comenzará a relatar el modo tan infame en el que poco a poco me fui quitando la ropa para acabar comprometiendo el ponche con un líquido que salió de mi interior.
Y te aseguro que ardo en deseos de hacerlo para que el rumor sea verdad, pues ya que hablarán preferiría que no fuese sobre una falsedad.
―Se sonrió de lado, las burbujas ya le estaban haciendo efecto―.
Tal vez lo haga, pero en vez de orín, lo que dejaría en el ponche sería mi semilla.
Pasaría a los anales de la historia de un modo que York no me podría superar ―sentenció con satisfacción.
―Es definitivo, eres más disoluto que tu hermano. No te imagino dándote placer en medio de un salón de baile bajo la atenta mirada de la buena gente de Londres.
―No me tientes, o podría aceptar el reto.
Y lo peor de todo sería que lo haría sin apostar, ni recibir un solo penique, solo para que jamás pudiese reconstruirse mi reputación.
No tengo más que mi título de cortesía por ser hijo de un duque, pero las madres y sus pequeñas arpías me asedian y no es un plato de mi gusto, prefiero que huyan despavoridas. ―No descartaba la idea por completo.
―¿Serías capaz de hacer un acto tan infame como el que describes?
―No estoy lo suficientemente borracho aún. Quizás cuando acabe la noche me lo replantee.
―York podría quitarte la asignación. Una cosa es ser perverso en el lugar indicado, y otra muy diferente es serlo en un acto elegante y civilizado. Además no me ayudaría en nada que te comportases como el mayor de los depravados.
―No sé si tiene arreglo lo que se especula aunque me comporte. Veo a todo el mundo señalándome porque me he desnudado y he orinado sobre el ponche… ¿lo percibes?
―Solo fue una observación mía…
―Que se dará por válida. Tal vez no sea buena idea que me inmole en la fiesta de Kensington.
York sostiene que no es un hombre al que haya que enfadar.
Me avisó de su temperamento y me pidió que me comportara.
Tú lo acabas de arruinar todo ―le recriminó irritado.
Había sido divertido fantasear sobre sus infamias, hasta que recordó la identidad del anfitrión.
―No te preocupes, diremos que fue York el que acabó sin ropa y haciendo cosas repugnantes con el ponche. Así la culpa saldrá de ti para terminar sobre los hombros de tu hermano.
―¿Le harías eso a tu mejor amigo?
―¿No opinas que le vendrá bien un poco de humildad para bajarle del pedestal en el que él mismo se ha puesto? Le hará bien que digan que es un bárbaro de la peor clase. La invención saldrá de aquí esta noche y tú y yo negaremos siempre la historia.
―Como quieras. Seguramente mañana no me acuerde de nada de lo que haya sucedido aquí. ―Tomó una nueva copa de champán, aprovechando que Lucien miraba fijamente hacia la pista de baile.
Ahí estaba. Margaret. Su prometida. Enfundada en un precioso vestido de seda azul claro con ribetes dorados en las mangas y suponía que también en parte de un escote que él calificaría como demasiado bajo.
Y la alborotadora estaba bailando el vals con aquel petimetre que la hizo reír en Hyde Park y que la sujetó por la cintura.
Lucien apretó los dientes y los puños ante la estampa que tenía frente a él.
Estaba haciendo un sobresfuerzo humano para contenerse, no irrumpir en la pista de baile y secuestrarla.
Esta vez nada lo detendría, el simio primitivo que habitaba en Phenton, y que salía a la superficie con mucha asiduidad por culpa de ella, estaba más que preparado para la acción.
―¡Así que es verdad! ―La exclamación de Banstorn lo trajo de nuevo a la realidad y dejó de mirar a la pareja para concentrarse en su amigo.
―¿Qué? ―La única verdad era que él quería asesinar al compañero de baile de Margaret.
―Estamos aquí porque deseas cortejar a una dama.
―Es mi prometida. Sospecho que tu hermano no te ha dado todos los detalles exactos.
Los ojos de Liam se posaron en la pareja que intuía que Lucien había estado mirando con intensidad. La dama era bonita, se veía radiante y colmando de atenciones muy discretas y elegantes a su compañero de vals.
―¿Ella maneja esa información? Porque se diría que está muy entretenida con el hombre que la acompaña ―punzó, como si fuese la serpiente del Edén inoculando veneno.
―Tendré que recordárselo de inmediato.
No pudo más. En cuanto la observó volver a reír por algo que Bergusen o Bergeren ―no recordaba el título y le traía sin cuidado―, le había dicho, él se dispuso a intervenir.
No había algo que lo molestase más que verla reír.
Sería menos violento si la besase… Bueno, no, si hiciese eso le daría un puñetazo en el estómago.
Lo quería lejos de Margaret y lo antes posible.
Lucien dio un paso al frente dispuesto a poner fin a lo que su prometida se trajese entre manos con ese maldito robanovias. Poco le importaba parecer un niño pequeño al que le habían quitado su juguete nuevo. ¡Tenía un contrato firmado con Albemarle!
―Será mejor que no. ―Kensington se interpuso en su camino.
―Yo creo que sí ―dijo Phenton.
―No ha sido como preví, no esperaba que la joven llegase con un acompañante, pero si haces lo que sospecho que pretendes, la perderás para siempre.
―¿Cómo sucederá eso si es mi prometida? ―Estaba seguro de que se saldría con la suya.
―¿Quieres averiguarlo? Te aseguro que no te agradará el resultado de tu intervención.