Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

―¿Debo recordarte que has entrado en el club y he pensado que tres mujeres te habían dejado agotado?

―Te lo he dicho muchas veces ya. No es lo que crees. Lo que ha sucedido con ella hoy no es nada escandaloso… Al menos no ha sido divertido para mí. ―Estaba frustrado todavía.

―¡Entonces dilo de una maldita vez! ―le exigió―. Sé que ella te ha dejado en evidencia y cuanto antes lo digas, antes podré burlarme de ti y darte un consejo.

―Eres peor que un niño, York.

―Lo sé, mi ayuda de cámara no deja de repetírmelo a cada instante. Dilo de una vez ―reiteró―. No puede ser tan vergonzoso como crees.

―Lo es.

―Seguro que no.

―Sé que sí lo es.

―No estamos avanzando, Phenton.

Hubo un momento de silencio. Lucien emitió un largo suspiro lleno de dudas, pero decidió hablar. El silencio no borraría lo que ella le había hecho.

―Me ha engañado diciendo que ella no era ella, que me había equivocado de presa al raptarla y que era la prima de Albemarle, no su hermana.

Luego me ha hablado de lo enamorada que está de su prometido, para finalmente hacerme dudar de tal forma que he tenido que dar la vuelta al carruaje y asegurarme de que se trataba de la mujer correcta.

Cuando he llegado a la puerta de su casa me ha pedido un beso y me doy cuenta de que lo tenía bien ensayado.

Ha comenzado a seducirme de un modo que…

y cuando me ha tenido con el pecho descubierto y con los pantalones bajados, mientras ella no se había quitado una sola pieza de ropa, ha huido de mí para entrar en su casa, dejándome insatisfecho y lleno de preocupación por lo sucedido.

Yo jamás bajo la guardia. Pero antes me ha espetado que me olvide de ella para siempre.

Lucien terminó el relato. Dicho en alto no parecía tan terrible. Era algo que le podía pasar a cualquiera. Se fijó en York. Su amigo estaba quieto, con una mano sobre la boca y sus brillantes ojos azules estaban completamente abiertos.

Lo escuchó carraspear.

―Ah. No sé cómo reaccionar ante ese relato que doy por bueno porque me lo cuentas tú mismo, pero que si lo escuchase en boca de otro que relatase lo que te ha acontecido diría que es falso. Te conozco bien y no te imagino en esa tesitura.

―Ahí está el problema. Todavía no me creo lo que me ha sucedido ―se confesó devastado.

―Si digo lo que pienso, querido Phenton, terminarás nuestra amistad. Si me callo, me acusarás de ser el peor de los amigos. Así que haré lo más sensato y me levantaré para ir a una fiesta indecente.

York hizo amago de levantarse, pero Lucien se incorporó antes que él y le puso una mano sobre el hombro para frenarlo.

―¡Olvídalo! ―demandó con firmeza―. Vas a quedarte aquí y a ofrecer un sabio consejo. ¿No te vanaglorias de ser un duque excepcional?

―Lo hago ―expuso con convicción―. Y no es mentira.

―Ahora es el instante de demostrarlo.

Lucien volvió a sentarse y York se dio cuenta de que la situación era compleja, así que no se marcharía por el momento.

―¿La hermana de Albemarle te gusta?

―Va a ser mi esposa, me comprometí a que así fuese. Da igual si me gusta o no.

―Bien, ella te gusta. Es un punto de partida.

―No he dicho nada como eso ―expuso molesto.

York levantó una ceja.

―¿Quieres ver cómo te quedas tú solo arreglando la situación? ―lo amenazó―. Además, no sé de qué te avergüenzas, después de todo lo que ella te ha hecho y me has confesado, admitir que te agrada más de lo que preveías, no sería nada comparado con el resto.

―York ―usó el título de su amigo de modo muy sereno―, ninguna mujer se ha resistido antes a mí ―puntualizó.

Su amigo entendió de inmediato lo que tanto perturbaba a su amigo.

―Ah, ya veo… tu orgullo se resiente. Diría que algo así puede suceder…, pero no puedo, jamás me ha ocurrido y no creo que en el futuro me pase.

―Algún día, te veré postrado a los pies de una dama que te hará tragarte esas palabras ―le espetó con sorna.

York comenzó a reírse sin contención. Lucien se quedó muy serio y con los labios apretados.

―¿No era una broma? ―preguntó con horror Malcom.

―Sabía que no serías de ninguna ayuda. Solo eres un duque chismoso que deseaba saber qué me sucedía para divertirse un rato.

―¡Sigo aquí! ¿Qué más quieres?

―Una maldita solución. Mi plan inicial de llevármela por la fuerza ha fracasado.

―Si, bueno, no creo que haya sido tu mejor movimiento. ¿Estaba muy enfadada?

―Si hubiese tenido un arma me habría disparado.

¿A las mujeres no les gustaba que un hombre importante, rico y apuesto las secuestrase para poner el mundo a sus pies?

Me pareció un gesto que la haría suspirar.

¿No hablan de eso los libros que suelen leer?

Damiselas en apuros, vikingos secuestrándolas para tomarlas como esposas mientras ellas se derriten…

―No estamos en el siglo pasado, Phenton.

Las damas son… complicadas. ¿Te gustaría a ti que te hicieran justo eso que has dicho?

No me considero progresista, pero he llegado a comprenderlas hasta cierto punto.

Ponte en su lugar. ¿Qué habría sucedido si fueses tú el que terminase en un carruaje contra tu voluntad y la mujer te dijese que estabas allí para convertirte en su esposo? ―A ver si así su amigo lo comprendía.

El interpelado agitó los hombros.

―No lo sé. No me lo he planteado de tal modo.

Solo sé que mi padre me hubiese dado una palmada en la espalda, mientras me ofrecía un cigarro puro para felicitarme por mi iniciativa por lo que acabo de hacer antes de venir aquí.

Y me habría castigado con cien latigazos si me hubiese visto en la situación que tú acabas de explicar.

Se quedó pensativo un buen rato, lo que le sirvió a York para ver las cosas con perspectiva.

―Bien, tengo la solución a tu problema, pero no va a ser fácil ―habló, al fin, el amigo de Phenton.

―¿Qué propones? ―preguntó, un poco más esperanzado.

―Que te enamores de ella ―dijo, como si fuese la cosa más fácil del mundo.

En esa ocasión le tocó a Phenton comenzar a reírse sin contención. Vio a York serio, con los labios apretados y su monóculo levantado para examinarlo con mayor detalle.

―¿No era una broma?

―Ella te gusta, Phenton. No has podido casarte porque se ha burlado de ti…

―Yo no diría tanto, solo ha tenido suerte ―alegó, interrumpiéndolo.

―Te ha dejado como si fueses un bufón en la corte del Regente, amigo mío. ―Tenía que admitirlo.

―Estás siendo absurdo tú ahora. Ella me desea. Podrá haberme dejado suspirando, pero…

―¿Te hizo suspirar? ―York no daba crédito a lo que escuchaba.

―Sí, York, una muchacha que ha logrado hacerme lo que jamás volveré a relatar me tenía al borde del delirio, creí que eso había quedado claro. ¿Cómo crees que ha logrado escapar de mí? ―inquirió, lleno de malhumor por tener que repetir lo evidente.

―¿Tan buena es?

―No es mi amante, no es caballeroso que preguntes eso. Hablas de mi prometida y te agradecería que la respetases.

―Debo ser excepcional para haber logrado tantas proezas frente a ti sin acabar lo que empezó. ¿Por qué no le cuentas a Albemarle lo que ha sucedido?

―¿Estás loco? Me mataría.

―Eso habría ocurrido si te hubieses salido con la tuya, pero dado que ella te ha dejado en el más absoluto de los ridículos y suspirando, creo que el conde podría verte con nuevos ojos… Yo lo haría. Su hermana te ha reducido a la nada y eso lo llenará de orgullo ―razonó completamente convencido.

―Me has hecho dos sugerencias que no sirven ni para limpiarme mis ducales posaderas. Vete a esa fiesta porque no eres de ayuda. Seguro que allí serás más eficiente que aquí.

―Y gozaré más ―puntualizó―. Phenton, me marcharé, no porque lo ordenes, sino porque te he dado la mejor de las soluciones.

―No has hecho eso ni por asomo ―rebatió enfurruñado.

―Es obvio que ella te gusta más de lo que estás dispuesto a admitir.

Y lo hace porque te ha despreciado y ha sido más inteligente que tú.

La admiras, lo veo en tus ojos. Lo he percibido cuando has relatado algo, que coincido en que jamás deberás revelar a nadie si no quieres perder toda tu credibilidad como hombre… y como espía.

―Tú no la has visto. Fue muy convincente.

―¿Cuántos años llevas al servicio de la Corona?

―Demasiados.

―¿Cuántas veces te ha engañado una mujer?

―Ninguna.

―¿Y la hermana de Albemarle qué años tiene? ¿Dieciocho?

―Debe de tener veinte.

―¿Entiendes adónde quiero ir a parar?

Suspiró derrotado. ¡Claro que lo veía! Y era desconcertante y frustrante.

―Es obvio que la deseo. De otro modo no me hubiera quedado en paños menores.

―Desnudo, dijiste ―le recordó.

―Ella deseaba que acabase lo empezado, estoy seguro de ello, solo que… ―Su voz se apagó.

―Logró contenerse y te dejó más ardiente que las llamas de una chimenea, y ahora solo piensas en volver a verla y no tienes ni idea de cómo procederás.

Deberías probar a ver si puedes enamorarte de ella.

Te aseguro que sé mucho de la familia de Albemarle, la dama no se conformará con menos que un matrimonio por amor. Sus padres le dieron ese ejemplo.

―¡No me lo puedo creer! ―exclamó de pronto.

―Yo tampoco, Phenton. ―Se imaginaba a su amigo en una tesitura que… ¡Qué tediosa debió haber resultado toda esa escena que vivió con la hermana de lord Albemarle!

―Hablaba de ti, York. Tú… precisamente tú, hablando de amor. Tu consejo es una porquería. El disoluto York dando lecciones de amor… Eso sí es inconcebible.

―Entonces proponle que rompa el compromiso y cásate con otra muchacha. Esto es Londres y la temporada no está avanzada. El mercado matrimonial sigue abierto.

―¿Y dejar que gane?

―Ah, el orgullo. Te habla alguien que sabe en exceso lo que es la vanidad.

Tú no estás en posición de luchar contra ella, no cuando Albemarle es su guardián, cuando Kensington lo apoyará y Exeter y Monty estarán a su lado para darte caza.

Tienes dos opciones, o tratas de hacer que tu relación con la muchacha funcione y pones de tu parte, o te apartas para siempre. No veo otra solución posible.