Capítulo 4
Una conversación tediosa
Cuando entró en White’s varios congéneres se quedaron observándolo con reprobación. Bajó la mirada discretamente, por si todavía llevaba el pantalón torcido o algo similar.
―No quiero ni imaginar lo que has estado haciendo si vienes con toda la ropa arrugada y estás comprobando que no muestras nada indebido.
Lucien levantó la mirada y se dio cuenta de que su amigo Malcom W. Banstorn, duque de York, estaba sentado en el sillón frente a él, sujetando un periódico.
―¿Tanto se nota lo que he estado haciendo? Porque te aseguro que no lo adivinarías jamás. ―Lo sucedido era sumamente desconcertante.
―¿Cuántas mujeres han sido? ¿Tres? ―York consideró que su aspecto era tan lamentable que por lo menos habría sido una bacanal del todo sorprendente.
―Una ―apuntó, al tiempo que se sentaba en otro sillón situado junto a la ventana, cerca de York.
―¿Solo una? Ah, ya ves, querido amigo, que necesitaré su nombre lo antes posible ―le dijo con media sonrisa. El duque de York era un réprobo todavía peor que Phenton.
―No. Esta es mía.
Lucien gimió en alto ante lo que acababa de decir sin ni siquiera pensarlo. ¿De dónde había salido una frase como esa? Observó la mirada de York y supo que su compañero lo observaba con interés.
―¿Tuya? ―York frunció el ceño. Su amigo no solía atarse a ninguna de sus amantes o concubinas.
―Es una historia muy larga. ―Evitó decir que resultaba vergonzante para él.
―Tenemos tiempo. ―York dobló el periódico, lo dejó sobre una pequeña mesa que había en el centro y sacó su reloj de bolsillo―.
Efectivamente, hasta dentro de una hora no tengo intención de llegar a una fiesta del todo…
divertida. ¿Quieres venir? Mi hermano Liam insiste en que debo acudir.
Por lo visto van a recrear todo un harén de tierras orientales y la preferida del sultán es…
―El duque emitió un silbido para calificar a la mujer que sería la protagonista de la bacanal.
York volvió a colocar el reloj en su bolsillo.
―¿No es tu hermano demasiado joven para seguir tus pasos?
―Tiene dos años menos que yo. Creo que hace tiempo que va por delante de mí. Ya ves, me siento mayor, solo tengo veinticuatro y me veo obligado a demostrarle a mi hermano pequeño que no puede estar a mi altura en cuanto a conquistas, vanidad, educación, inteligencia y…
―No olvides la depravación ―lo interrumpió, para explicar el punto clave de la cuestión.
―Iba a decir riqueza ―señaló perezosamente―, pero imagino que es más perverso que yo. ¡Tantas cosas que hay para tratar de superar a un hermano mayor, y Liam elige la perversión! Nadie podrá negar jamás que somos familia ―señaló con alegría.
―Como si alguien pudiese superarte o negar tu parecido con Liam. ―Phenton se rio.
Todo Londres estaba al tanto de que el duque de York, con sus increíbles ojos azules, su pelo negro y exquisitas facciones, tenía una apariencia angelical, capaz de encantar a cualquier mujer a la que quisiera llevarse a la cama.
Tenía una complexión parecida a Phenton, es decir, anchos hombros, cintura estrecha y un torso duro.
Todo ello sin olvidar unos brazos capaces de sostener a cuantas mujeres quisieran estar sobre ellos, de pie, dando rienda suelta a la lujuria sin que una pared tuviese que servir de ayuda para sujetarlas.
Lucien no se sentía amenazado por el atractivo tan evidente de su mejor amigo, ni por sus modales perfectos, tenía una carrera fantástica como disoluto, quizás no a la altura de York o de su joven hermano lord Liam, pero sí lo bastante como para enorgullecerse de su picardía.
―Háblame de esa mujer que te ha dejado como si vinieses de la guerra contra Napoleón.
―No nombres al Corso, porque ella es mucho peor que cualquier general. ―Lucien suspiró.
York levantó una ceja.
―Te veo fascinado. Eso no es natural en ti ―observó con preocupación.
Lucien se pasó la mano derecha por el rostro y gimió.
―Sí, siento admiración y no me agrada nada ―confesó devastado.
―Ardo en deseos de conocer más detalles. Aunque mejor sería si me la presentases.
―A esta no la encontrarías de tu gusto, te lo aseguro.
―Ah, creí que me conocías mejor. ¿Cuándo reniego yo de lo que adivino que será una noche de lo más placentera con una mujer que te ha dejado en semejante estado?
Te observo agotado, con un desgaste fuera de lo común.
Me había inclinado a pensar que se trataba de tres damas como mínimo.
Me confiesas que ha sido una sola… Es preciso que la conozca.
Lo exijo, Phenton ―le dijo con diversión.
―No es lo que imaginas. Es mucho peor.
―Sabes bien que tengo una mente… del todo perversa, hecha a imagen y semejanza del mismísimo Lucifer en cuanto a féminas desnudas se refiere. Soy capaz de ver a tu valquiria en cualquier posición imposible de ese libro hindú. ¿ Kamasutra era?
―No es nada libidinoso, York. ¿No te has desfogado hoy? Parece que no lo hayas hecho ―observó cansado.
―No seas absurdo. Por supuesto que sí. ¿Por quién me tomas?
Dos pelirrojas. Mi ayuda de cámara me ha sermoneado con que es hora de que me case y todo eso.
Así que vuelvo a estar disgustado, y solo la promesa de diversión femenina, que dentro de un rato obtendré, me ayudará a sobrellevar mi malhumor.
―¿Dejas todavía que tu sirviente te dé lecciones? ―preguntó extrañado.
―El señor Wilson es peor que una pústula llena de pus. No lo olvides. ―Tenía muchas desavenencias con su empleado. Tantas que a veces no sabía quién mandaba sobre el otro.
Lucien torció los labios al imaginar lo que él acababa de decir.
―¡Ah, York! Casi prefiero que sigas hablando de obscenidades. ¿Era necesario hablar de algo tan repugnante?
―Tú has preguntado, yo me limito a darte explicaciones. La conversación iría por otros lares si hubieses desvelado ya la identidad de esa dama a la que acabaré conociendo.
―Se trata de la hermana de lord Albemarle.
York puso cara de pánico y Phenton se dio cuenta de que empezaba a comprender que la situación era más desesperada de lo que parecía.
―Ah, quédatela. No me enredo con muchachas virginales, menos cuando el hermano es un héroe de guerra. Y después de asimilar que acabarás muerto, y que será una muerte lenta y llena de dolor… ¿Qué te gustaría que dijese en tu panegírico cuando el hermano te mate sin el menor remordimiento?
―Es mi prometida, ¿o lo has olvidado? ―razonó Phenton.
York frunció su perfecto ceño, e incluso así se veía radiante. Lucien tuvo ganas de hacerle un rasguño en alguna mejilla para que toda esa belleza de la que tanto presumía su amigo se fuese al garete.
―¿Estás prometido?
―¿De qué diantres hablarás en mi funeral si eres mi mejor amigo y no sabes nada de mí? ―Estaba a un paso de levantarse y marcharse. York no le estaba ayudando lo más mínimo, sino que lo irritaba todavía más.
―Vuelves a ser absurdo y te muestras tedioso, Phenton. No hace falta conocer a nadie bien para mentir en la despedida eterna de un difunto.
―Resultas encantador, York ―ironizó.
―Lo sé. Y créeme no es trabajo fácil ser yo. ―Lo peor de todo era que Phenton sabía que su amigo realmente creía que lo dicho era verdad.
―¿Por qué siempre acabamos nuestras conversaciones hablando de ti? Tuve que haber hecho algo malo para quedarme en tu bando y no en el de Albemarle cuando estuvimos en Eton. Si él y yo hubiésemos sido más cercanos en la escuela, no estaría en un buen lío, dado que el conde no sería mi enemigo.
―Hablamos de mí porque soy de lo más interesante y merezco atención ―le aclaró con seriedad―.
En cuanto a lo otro, Albemarle y tú siempre habéis sido como el agua y el aceite.
Una amistad entre vosotros no hubiese sido posible ni aunque le hubieras lamido las botas, o a la inversa.
¿Qué demonio te poseyó para acabar prometido con su hermana?
A todo esto… sí que te escucho cuando me aburres con tus problemas, pues recuerdo bien que estabas perdidamente enamorado de la actual esposa de tu némesis.
De nuevo el recuerdo doloroso de Olivia, la mujer a la que perdió.
―Eres ofensivo, pero te lo pasaré por alto porque sí veo que de vez en cuando dejas de prestarte atención a ti mismo y escuchas a tus amigos, pues sabes lo que fue Olivia para mí.
―Dime cuál es el problema, porque no comprendo nada. Cosa extraña, pues soy el hombre más avispado que conozco.
―¡York! ―lo llamó al orden.
―Está bien… pararé ya de adularme. Dime qué ocurre.
―Te lo conté la última vez que nos vimos.
―¿Corría el alcohol durante la conversación?
―Sí.
―¿Había mujeres?
―Dos te atendían a ti mientras una lo hacía conmigo.
―¡Ah! Ahí está el problema. Eres mi amigo más querido, pero cuando Baco me tienta, poco puedo hacer. ¿Te prometiste entonces?
―Sí. Le dije a Albemarle que me casaría con su hermana.
―¿Y lo celebraste fornicando con otra mujer?
York se rio ante la osadía. Conocía bien al hermano de la dama, también a su grupo de amigos.
Mientras que York, su hermano Liam y Phenton eran los más disolutos de todo Londres, Albemarle y sus tres compinches ―a saber: el duque de Kensington, Kirk Baldrick, el conde de Exeter, Frederick Burns y el conde de Monty, Samuel Pierce― eran todo lo opuesto en cuanto a moralidad y lealtad hacia las féminas.
En el medio quedaba un hombre que podría ser considerado un puente de unión entre ambos grupos, y ese era Thomas Foster, vizconde Portman, quien era algo así como una mezcla de suave pícaro y mojigato serio.