Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

―Deja que los arranque. ―El duque no podía soportarlo más. Deseaba hacer saltar por los aires los botones de inmediato para que ella comenzase a hacer lo propio.

―No, compláceme. Quiero saber hacer esto… bien para ti.

Él le sonrió lleno de orgullo. Todas caían en sus redes. Incluso esta que sabía que se había jurado no hacerlo. Su encanto siempre fue su mejor baza cuando de seducir se trataba.

Margaret consiguió desprenderlo de su camisa y luego llevó las manos hasta la presilla de los pantalones.

―¿Estás segura de que esto es lo que quieres? ―Tuvo la decencia de preguntarle.

Ella se sorprendió al darse cuenta de que le estaba dando a elegir. Tal vez no fuese un completo canalla.

―Sí, necesito desesperadamente saber cómo eres ―asintió con firmeza.

―Deja que yo lo haga.

―Adelante ―le dijo, mientras lo veía apartarla a un lado y ponerse de pie para seguir desvistiéndose.

Justo en el instante exacto en el que le dio la espalda, ella se giró para ver la puerta del carruaje. Entonces lo observó bajarse la tela y los calzones y tomar asiento. No se lo pensó más. Abrió la puerta y trató de huir.

Él la cogió por la muñeca con más presión de la que esperaba. Si no la soltaba se la rompería. Margaret tenía ya medio cuerpo fuera del vehículo y él sabía que si la dejaba escapar no podría seguirla. No había nadie en la calle.

―No te soltaré. Si no entras serás la culpable de que te haga mucho daño ―la coaccionó con severidad y rojo de furia.

No porque el acto íntimo se hubiese interrumpido, bueno, un poco también, pero sobre todo porque había bajado la guardia y estaba a punto de verse superado por una… ¡una alborotadora virginal!

―Me la cortaría antes que volver a entrar.

―¿Como tu hermano? ―inquirió lleno de furia. Su identidad estaba más que clara para él.

Margaret dio un pequeño paso al frente, levantó el pie izquierdo, que seguía dentro del carruaje, y le dio un pisotón con toda la fuerza que fue capaz de reunir.

Phenton la dejó ir, sabiendo que era más terca que una mula y que si no lo hacía acabaría rompiéndole la muñeca. Albemarle no lo llamaría al campo del honor por lastimar de una manera tan vil a su hermana.

Margaret se vio sorprendida por él una vez más.

Lo creía tan despiadado que creyó que acabaría visitando al galeno.

Uno y otro se quedaron mirando. La joven estaba fuera del vehículo y él era muy consciente de que en su estado falto de ropa no podía abandonar el interior.

No se sintió cohibido por el aspecto que presentaba, pues estaba habituado a la desnudez y se enorgullecía de su cuerpo.

Se dio cuenta de que ella soportó bien el paisaje que tenía delante.

No se desmayó, todo lo contrario. La observó erguirse, porque no era de una estatura baja, y mirarlo de modo desafiante.

Tuvo que admitir que tenía valor. Oh, sí.

Ella lo estaba retando a que la persiguiera.

Bien, tal vez no fuese eso exactamente, pero era lo que él sentía. Un desafío.

―Su primer error fue subestimarme. Háganos un favor a los dos, olvide que una vez nos encontramos y siga con su vida lejos de mí.

―Eso es imposible. No sabes lo que has empezado, Margaret.

―Sé lo que acabo de terminar, algo que nunca debió haber comenzado. Por lo que respecta a mí, usted, Phenton, es insignificante. No haga que tenga que llamar a mi hermano para que intervenga. No le conviene. Ryan le odia con todas sus fuerzas.

La miró de arriba abajo con… ¿reconocimiento?

No importaba lo que fuese. Al fin estaba fuera de su alcance.

No era transcendental que su cuerpo añorase su calor, su toque y su contacto.

Seguro que eso se debía a que… a que…, a algo que no entendía pero que indudablemente no tenía nada que ver con el canalla.

Phenton cerró la puerta del carruaje y una vez dentro se encontró a sí mismo sonriendo como un tonto.

―Volveremos a vernos, antes de lo que crees ―sentenció en soledad, más dispuesto que nunca a que las cosas no acabasen de ese modo.

Margaret observó al vehículo marcharse y respiró aliviada.

Se tocó los labios con la mano temblorosa, pues había dejado salir los nervios que sentía.

Sus besos la atormentarían por la noche, lo sabía.

Estaba tan enfadada porque él le afectase de un modo tan poco adecuado…

¿Qué tenía Phenton para querer besarlo y asesinarlo al mismo tiempo?

Su osadía no tenía límites y lo peor de todo era que Margaret sabía que hubo un momento, entre caricias, gemidos y suspiros, que creyó que perdería el control y que no lo lamentaría.

Ese era el peligro de un verdadero pícaro.

Un canalla que hacía que las damas pecasen sin importar las consecuencias.

Era peligroso. Mucho. Ojalá no volviese a verlo jamás.

Ella se dirigió a su casa con paso seguro, sin correr.

Se sentía como una luchadora que había ganado una gran guerra.

Encontró la puerta abierta y accedió. Una vez dentro buscó la silla más cercana y se sentó mientras se limpiaba una lágrima rebelde.

¿Por qué le tenía que pasar eso a ella? Se juró que él no significaba nada, solo un beso perdido en el jardín.

¿Por qué su corazón estaba más roto que nunca por lo que acababa de suceder?

La puerta se abrió de súbito. Era Marian y venía en un estado mucho peor que el que ella presentaba. Margaret se puso en pie.

―¡ Milady ! ―exclamó, con las lágrimas a flor de piel.

―¿Estás bien? ―le preguntó en cuanto su doncella se abalanzó para abrazarla. Era una mujer un poco más mayor que ella.

―Llevo horas buscándola por todas partes.

Temía venir a casa y que la condesa viuda me echase.

Tengo cinco hermanas que dependen de mí.

Lo siento. Lo siento… no prescinda de mis servicios se lo ruego.

―La doncella estaba muy apurada por haberla perdido de vista en el parque.

Se dio la vuelta cuando los chiquillos la rodearon y su patrona se había esfumado.

Margaret la separó de su abrazo y le dedicó una sonrisa.

―Hoy no ha pasado nada fuera de lo común. Fuimos a Hyde Park con lord Bergen y luego hemos ido a conocer el famoso Prince. ―Era un restaurante popular de nueva apertura cerca del parque―. Yo he insistido en probar la comida y te he invitado. ¿Lo entiendes?

La muchacha asintió, sin poder decir ni una sola palabra, llena de gratitud ante el pacto de silencio ofrecido.

***

Lucien ―para abreviar, porque tenía una larga ristra de nombres detrás del principal― Maldith, duodécimo duque de Phenton, se sentía extraño.

Una sensación completamente nueva que antes jamás había experimentado cuando una mujer estaba implicada.

Y no se trataba de una de sus experimentadas amantes o de una cortesana de un elegante burdel.

No. Era la inocente hermana de Albemarle.

¿Inocente? Sí, porque no tenía la menor idea de lo que había provocado al haber abierto la veda.

Comenzó a subirse la ropa interior y los pantalones con cierto orgullo.

La dureza de su virilidad no había menguado ni un ápice por lo acontecido.

Era indudable que deseaba a la… ¿Cómo se había llamado a sí misma?

Algo relacionado con esa escritora a la que los hombres deseaban silenciar por meter ideas desafortunadas en las mentes de mujeres dóciles.

¿¡Sumisas!? Y un cuerno. Margaret Cross era todo menos una muchacha remilgada y sosegada.

Y maldición si no le agradaba el nuevo rumbo que había dado la situación.

Tal vez sí debería estar encerrado en Bedlam por desear que se produjese el siguiente asalto con la alborotadora.

Se puso la camisa y no se molestó en seguir con el chaleco y la chaqueta. Estaba ardiendo por una muchacha impulsiva y temeraria. Ninguna mujer lo había dejado insatisfecho y su cuerpo estaba amotinado, como si de la Revolución francesa se tratase.

Debería estar gritando y enfadado consigo mismo por haber sido tan estúpido.

A él, un par del reino, un hombre que había segado vidas que merecían ser apagadas, una joven le había dado la lección de su vida.

Toda una gran suerte que ella no pudiese alardear de lo sucedido, dado que acabaría con la reputación hecha trizas, porque de saberse…

Lucien se convertiría en el objeto de unas burlas muy meritorias.

En la soledad de su carruaje, mientras su cochero lo conducía hasta su casa, comenzó a reírse al repasar la situación. Margaret resultaba convincente. Tanto que lo había conseguido hacer dudar para retroceder los pasos.

Se le cortó la risa al darse cuenta de lo fundamental que era ponerla a salvo.

Juró que la misión aceptada contra un malvado llamado Balzack sería la última. Eso fue antes de toparse con Margaret. No. Cuando la Corona pedía auxilio, uno debía prestarlo porque es su deber.

Se marchó de Londres después de hablar con Albemarle sobre la situación y el conde le dio un año para reaparecer.

Ser un espía, uno tan bueno que incluso sus compañeros no sabían si estaba a favor de un bando o del otro, no era una tarea fácil.

Pero al fin había terminado su misión en Francia y era momento de retomar lo que inició con esa joven que lo había dejado impresionado.

Uno de sus enemigos ―considerado más un fantasma que otra cosa― había escapado de sus redes y después de más de seis meses sin dar con su paradero decidió que no podía soportar más la espera.

Deseaba casarse para cumplir con la obligación de engendrar a un heredero.

Debía hacerlo cuanto antes para poner a su prometida a buen recaudo, y Margaret no estaría más segura en ningún otro lugar que junto a él.

Un cabo suelto era peligroso y si Albemarle no le hubiese hecho firmar aquel acuerdo en el que estipulaba que si no regresaba antes de un año, su hermana quedaría libre…

No le daría un motivo al exteniente Ryan para anular el contrato matrimonial, así que volvió incluso antes de que expirase el plazo.

Ella acababa de complicarlo todo, y él precisaba sentirse enfadado, pero lo que le ocurría era todo lo contrario. Y por más que se empeñase en repetirse una y otra vez que no tenía celos, no podía dejar de sentir una opresión muy fuerte cuando recordaba haberla visto reír junto a otro hombre.

¿La habría besado? ¿Lo amaba? ¿La habría tocado del mismo modo que él? ¿Habría, quizás, llegado más lejos de lo que él pudo? Las preguntas hacían que los gruñidos saliesen incontrolables por su boca.

Ella había asegurado que ese petimetre, cuyo título no quería recordar, era su prometido. ¿Era verdad? En caso afirmativo, ¿por qué demonios Albemarle no había cortado esa relación?

Resopló. Por supuesto que Ryan Cross no hubiese impedido que su hermana fuese cortejada por un regimiento en su ausencia. No le sorprendería que incluso hubiese tratado de casarla con otro.

Esos hermanos Cross lo hacían sentir de lo más estúpido.

Era consciente de que se habían burlado de él sin misericordia.

Antes de salir hacia París, confió en el honor de un hombre que lo odiaba, Margaret mismo se lo había recordado hacía escasos minutos.

Toda la situación no le olía bien. Albemarle había jugado en su contra y no era justo, porque Lucien se fijó en ella antes de saber que era su hermana.

Y debería estarle agradecido, porque a pesar de ese hecho, había decidido seguir adelante con la unión.

Ryan Cross era peor que un palo metido en uno de los agujeros de su cuerpo.

Necesitaba respuestas a muchas preguntas que no podían obtener respuesta… todavía.

Decidió estirarse la camisa, colocarse el chaleco y también la chaqueta.

Se pasó los dedos por el pelo, porque la muy arpía lo había despeinado con sus muestras de pasión, unos gestos que en ningún momento fueron una invención, y decidió hacer lo que debía.

Era consciente de que no presentaba su mejor aspecto, pero precisaba ir al club de caballeros White’s a ver qué lograba averiguar acerca de su prometida.

Tocó el techo del carruaje y le dio indicaciones a su cochero. Era tarde, así que cenaría allí y con un poco de fortuna lograría saber qué sucedía con Margaret y ese falso prometido suyo que la había hecho reír sin su permiso.

Mal asunto. Solo necesitaba una esposa para que le diese un par de hijos, tal vez tres, y sospechaba que ella le daría más dolores de cabeza de los que un hombre pudiera tolerar.

Nefasto. Sí. Acababa de verla y ya lo tenía pendiente de cada uno de sus pasos. No era una buena señal para un hombre decidido a no averiguar jamás lo que era el amor o la fidelidad.

Enseguida llegaron a su mente retales de la conversación que habían compartido durante el trayecto a Gretna Green. Era una mujer que lo quería todo en su matrimonio. Una soñadora que además era liberal y agitadora. ¡Qué desastre!… aunque también, podría ser un desafío.

¿Por qué no podía la dama conformarse con un título, dinero y poder? Todas y cada una de las mujeres que conocía no esperarían más que eso de su parte.

Además, después de haberle entregado el corazón a una mujer no hacía demasiado, no estaba dispuesto a tolerar semejante infierno de nuevo. No. Le haría ver a Margaret Cross lo conveniente que sería tener una unión basada en intereses comunes y, como mucho, en la cordialidad. Nada más que eso.

¿Cómo lo lograría? Pronto habría de averiguarlo, porque le daba en su nariz ducal que el tiempo jugaba en su contra.

Cuando un hombre hacía reír de ese modo a una mujer…

Benger o Bargen o Barginter, como demonios se llamase ese petimetre, no se la quedaría.

Él la había visto primero y no iban a arrebatarle dos veces lo que decidió que le pertenecía. ¡No, otra vez!