Capítulo 3 #2
―He tenido alguna que otra lección ―soltó con la cabeza alta. Y él supo que la acababa de herir en su orgullo femenino.
―Estoy seguro de que nadie ha metido la lengua dentro de tu boca ―dijo más para sí mismo que para ella.
Su hombría estuvo todavía más dura que unos instantes atrás.
Saber que ella podía ser totalmente… pura.
¿Por qué le excitaba ese pensamiento si siempre había evadido a las damas que no supieran lo que se hacían? No entendía nada.
―No le diré el modo en el que he sido besada ―se reafirmó. Le daba mucha rabia saber que sí le habían hecho eso mismo que su interlocutor acababa de decir, y que fue precisamente él.
―¿Qué debo jurar si accedo a tu petición? ―retornó a la cuestión inicial.
―Que jamás se lo dirá a nadie ―bajó la voz y se acercó a él para susurrarle en la oreja―: especialmente a mi prima.
Fue un error haber ladeado el rostro para ver qué iba a decirle en confidencia. Las cosquillas que sintió en su pabellón auditivo retumbaron en sus testículos.
―Nadie lo sabrá ―dijo, con el mismo susurro bajo que ella había empleado, negándose a creer que lo tenía en sus manos.
La respuesta de Maggie fue arremangarse la falda y sentarse, con las piernas abiertas sobre el regazo de él. De tal modo que cobijó la dureza de su vara entre la zona sensible femenina. Dio un pequeño respingo al sentirlo.
―¡Oh, Dios misericordioso! ―exclamó sorprendida, pensando que estaba llevando las cosas demasiado lejos.
―¿Ya quieres retirarte, dulzura? ―la retó.
Tuvo ganas de darle un bofetón y sacudirle esa condescendencia abusiva que reflejaba.
―Bergen suele ser más… ―Comenzó a hablar de su supuesto prometido para ver si así lo irritaba.
―No vamos a comparar a nuestros compañeros de… fechorías. Especialmente porque si comienzo a hablar, tú saldrías perdiendo, puesto que son muchas las damas con las que podría equipararte y no ganarías a ninguna.
―Eso sería para mí una gran ventaja ―lo desafió.
―No tengo por costumbre prestarme a los deseos insensatos de una muchacha virginal que se alerta nada más siente la dura virilidad de un hombre entre sus piernas. Así que… ¿qué hacemos?
Lo que acababa de decir era una vil hipocresía.
Phenton lo reconocía interiormente, pues saber que tenía sobre él un regalo que jamás había sido desenvuelto…
Por supuesto que ella era virgen. Si casi la había tenido que sostener para que no saliese del carruaje llorando cuando se dio cuenta de qué era esa parte tan dura y gruesa que él escondía tras sus pantalones.
Llevó las manos a sus hombros y trató de acomodarse de modo que su… ¡Dios santo!, si no acababa purgada en los fuegos del infierno por sus mentiras, lo haría por casquivana… ¡Qué desastre!
Maggie comenzó a removerse para ver de qué modo se ponía para no sentir esa cosa punzando en ninguna parte de su cuerpo. Pero era imposible, cuanto más se movía mayor incomodidad le causaba eso . Lo vio poner una cara… ¿llena de dolor?
―¡Por Lucifer, mujer! ―exclamó, al tiempo que la levantaba para sentarla de lado, porque de otro modo…
Maggie acabó sobre su regazo, igual que estaba, pero con las piernas tendidas sobre el terciopelo y los brazos pasados por su cuello para no perder la estabilidad.
―Mucho mejor ―señaló, pues la dureza de él no se apreciaba más que un poco.
―Acaba de una vez ―gruñó. No estaba seguro de cuánta entereza tendría hasta comenzar a seducirla y… ¡No debía hacerlo!
―Esto no está resultando como preví ―dijo enfadada.
―No he tenido queja alguna hasta el momento. Sé que acabaré arrepintiéndome por preguntar ―suspiró y luego inquirió―: ¿Qué es lo que te molesta? Si es que sea un hombre dispuesto a profanarte ―movió las caderas para que ella supiera que se refería a su erección―, no puedo controlarlo.
―¿No gobierna sobre su propio cuerpo?
―No cuando mi virilidad desea algo.
―¿Me desea? ―preguntó con el ceño fruncido. Eso no se lo esperaba.
―Yo no, mi hombría ―puntualizó― es la que quiere que le prestes atención, algo que supongo que no estás dispuesta a hacer… ―Maggie sabía que se estaba burlando de ella.
―Creo que será mejor dejar esto aquí. ―Miró la puerta del carruaje, sopesando si podría dar un ligero salto y empezar a correr. No era algo viable, porque él la mantenía bien agarrada.
―¿Qué te molesta? ―repitió la pregunta.
Ella suspiró. Tendría que seguir con la cuestión un poco más de tiempo, y cuando llegase a casa debería ver a qué se debía esa vasta humedad que sentía entre las piernas.
Sería mejor que recordase lo que tenía que hacer para escapar.
Controlar su respiración agitada le pareció que sería lo más apropiado.
―Pretendo besarlo y usted me increpa. Bergen no hace…
―¡Ya basta de hablar de otro hombre! ―explotó. «No son celos, no son celos, nunca son celos, jamás sientes celos», se repitió una y otra vez para justificar su arrebato.
Margaret se asustó ante lo inesperado del grito y comenzó a alejarse de él. Phenton no le permitió recular ni un instante. La sostuvo por la nuca y la acercó hasta su boca.
Un gemido bajo resonó en el interior del carruaje.
Se convenció de que había sido ella. Él no jadeaba por un simple beso, así que tuvo que haber sido la hermana o la prima de Albemarle.
Le importaban tres pares de botas quién fuese ella con tal de que lo apaciguase.
Acabar casado con una familiar de su archienemigo, aunque no fuese de sangre directa, no le parecía tan mala idea.
Solo Dios sabía si sería capaz de parar lo que ella había comenzado, porque él no veía más allá de su necesidad primitiva, de sus ganas de desnudarla para besarla y lamerla sin restricciones.
Ya estaba. Era ahí donde Margaret quería llegar…
al beso. Los labios carnosos del canalla estaban sobre los suyos y su lengua hacía fuerza para colarse en su interior, tal y como hizo en aquella infernal noche.
La urgencia con la que la acariciaba era desconcertante.
La agarró para pegarla sobre su pecho y ella tuvo que dejarse llevar.
Los suspiros que escuchaba, y que estaban producidos por él, la perturbaban.
Abrió ligeramente la boca para probarse a sí misma que podía resistir la tentación.
Error. En cuanto tuvo la malvada lengua del pícaro sobre la suya, se dio cuenta de que había cometido una gran imprudencia.
Sus manos dejaron de sostenerse de la nuca masculina para comenzar a acariciar el cabello de él.
Lo tenía liso y algo más largo de lo que la moda aconsejaba.
Maggie se prometió que solo se dejaría llevar unos pocos segundos más. Un poco más… solo un poco más… Sus besos eran tan apasionados, y a la vez tan urgentes que le hacía preguntarse qué más había entre un hombre y una mujer que siguiesen explorándose hasta… el final.
La mano de Phenton necesitaba tocar sus pechos.
El vestido que había bajo la capa que ella llevaba y que él había echado hacia atrás, era discreto, pero dejaba entrever el nacimiento de dos peras perfectamente formadas y él tenía que darle un bocado de amor.
Sus manos llegaron hasta los senos con impaciencia, su boca abandonó los labios para ir en busca de su cuello, necesitaba recorrer el camino hasta la fruta fresca prometida.
Margaret sintió el primer lametazo en el lugar exacto en el que su pulso latía desbocado.
Gimió llena de un tormento insólito. Como si el mundo fuese a terminarse si él se detenía.
En cuanto la lengua masculina se posó en la parte alta de su seno izquierdo, y sus labios secuestraron un pedazo generoso de su piel ―como si quisiera degustarlo sin tregua―, ella tuvo que gritar llena de una nueva agonía desconocida de lo más perturbadora.
Así fue en el jardín. Él la tocó y ella sintió que desfallecía.
La besó por primera vez para empujarla a un delirio lleno de promesas que acabaron…
Diez meses sin saber nada de él y de nuevo estaba permitiéndole hacer con ella lo que desease.
¡No! Las Wollstonegistas la expulsarían de su círculo si se enteraban de que después del daño provocado, Margaret le daba la bienvenida tan alegremente…
Pero, ay… él besaba tan bien, la acariciaba de un modo tan audaz, porque sabía dónde necesitaba su toque.
¡Experto! Era un libertino sin escrúpulos que no sabría el significado de la palabra fidelidad ni aunque lo atropellase en medio de Mayfair.
¡El plan! Debía recordar lo que había pensado para escapar de sus garras.
De las zarpas de un malnacido que no la merecía, ni a ella ni a ninguna otra buena mujer.
Sí. Phenton debía quedarse solo por el resto de su vida…
o hasta que comprendiese la fuerza del amor y la lealtad en la que debía estar inspirado un matrimonio.
En el momento en el que las manos de él amenazaron con sacar de su escondite los senos, ella lo detuvo. Eso valió para que dejase de besar y lamer la piel de su escote y su cuello. Lo que le sirvió a la dama para recuperar un poco de su intelecto.
―Necesito sentirlos sin toda la ropa. Deseo verte ―le pidió, con humildad.
―Yo primero a ti ―le dijo sin formalidad, tratando de buscar la inteligencia que él estaba a punto de liquidar.
―¿Qué quieres? ―preguntó lleno de anticipación, cerca de su boca. Lucien aprovechó el momento para darle un beso rápido, para después pasear la lengua, descaradamente, sobre sus labios sensuales.
―Verte sin ropa.
―No, dulzura. Iremos a la par. No me fío de ti y sé que hago bien.
Ella compuso su mejor sonrisa en cuanto se vio libre de su caricia tan inapropiada.
―Deja que te vea el torso y yo te mostraré el mío.
―Así sea.
―Eres peligroso, no debo olvidarlo ―musitó, pero él no la escuchó.
Phenton luchó por quitarse, a toda prisa, la chaqueta de seda azul oscuro que llevaba, el chaleco salió con la ayuda de la dama. Cuando solo contaba con la camisa blanca, ella se colocó de pie, y sin tocarlo procedió a besarlo, al tiempo que le iba desatando los botones.